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lunes, 21 de diciembre de 2009

MENSAJE DE NAVIDAD 2009 DEL CAPELLAN MAYOR DEL EJÉRCITO




Por los oídos de la fe, en Navidad escuchamos a los ángeles cantar sobre el pesebre de Belén: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.



Los ángeles, mensajeros de Dios, manifiestan su gloria y anuncian su paz a todos los hombres. La paz de los hombres está en glorificar a Dios con sus vidas. Por ello en Navidad nos unimos de un modo nuevo al coro celestial para cantar glorias de alabanzas y adoración.



Este canto irrumpe en la noche de los hombres y en el pesebre nace el Sol que viene de lo alto e ilumina a la humanidad: El Hijo de Dios hecho hombre. Él mismo es nuestra paz. Él glorificó perfectamente al Padre y unidos a Él le glorificamos nosotros también. Para eso nació de María, en el portal de Belén. He ahí nuestra paz.



La paz de Dios viene de lo alto y es plenitud. La trae Jesús, el hijo de Dios que vino al mundo para reconciliar todas las cosas con el Padre. Él es su justicia y su misericordia. Él nos devuelve la condición de hijos del Padre y de hermanos entre nosotros y así, hace nuevos los corazones que le abren sus puertas.



Decir “¡Feliz Navidad!” conlleva un compromiso y hace manifiesto el deseo de trabajar por la paz, la justicia y la verdad. “Los militares, siéntanse instrumentos al servicio de la paz” (GS, Conc. Vat. II). Una patria en paz requiere del servicio eficiente y eficaz de sus militares. Una Patria en paz se integra al concierto de una humanidad que clama por la paz.



La estrella de la Navidad nos invita a levantar la mirada y a marchar decididos y confiados a un futuro que es distinto en la medida en que es edificado por corazones nuevos: que no admiten exclusiones, en los que la marginación no tiene lugar, en los que el sectarismo es un mal recuerdo y el atropello a los derechos de cada hombre y de cada mujer, una pesadilla de la que hace mucho tiempo se ha despertado.



La fe en la vida eterna que esperamos conlleva un compromiso y ¡ésta es nuestra fe!



Desde esta fe, los cristianos trabajamos y decimos a todos los hombres, sin más adjetivaciones que el ser amados de Dios, con su misma predilección por los más pobres y sufrientes: “¡Feliz Navidad y un año próspero y pletórico de trabajo por la paz, la justicia y la libertad!”.



Al darles mi bendición a todos, sin más condición que el querer recibirla, mi pensamiento va particularmente a quienes sufren por el motivo que fuere, a quienes pasarán la Navidad lejos de sus familias por las razones que fueren y a quienes no comparten nuestra fe, pero están dispuestos a compartir nuestra paz. A todos ¡Feliz Navidad!

¿QUE SE PUEDE HACER?



Por Cosme Beccar Varela*

¿Qué podemos hacer los patriotas que no tenemos ni plata, ni poder, ni armas para enfrentar y, eventualmente, derrocar la tiranía o, al menos darle batalla con honor?

Muchas veces me he quejado en este periódico y de otras maneras, de que los "buenos patriotas" critican la tiranía, se oponen a algunas de sus perversidades pero no se organizan para combatirla con eficacia. Es posible que quienes leen esos reproches piensen que estoy exhortando a un imposible y que yo mismo no sé qué se puede hacer.

Es verdad que enfrentar una tiranía que detenta la suma del poder público -como es nuestro caso- parece cosa imposible. Cada uno de nosotros, librado a sí mismo, es una pulga que se puede aplastar con un dedo. Además, es verdad que hay varias iniciativas aparentemente contrarias al régimen que parecen suficientes y válidas para entablar esa lucha y sin embargo, yo las he criticado como meramente distractivas. Eso me ha hecho acreedor a una especie de vacío indignado creado por quienes, por el contrario, piensan que esas iniciativas son maravillosas y que más no se puede hacer. Por poco me tachan de saboteador o directamente me acusan de tal.

Hay un dicho nefasto: "lo mejor es enemigo de lo bueno". Falso. Proponerse lo mejor es la única manera de hacer algo meramente bueno.

Ninguna de esas iniciativas afecta la continuidad de la tiranía. En caso de tener éxito puede ser que consigan reparar ésta o aquella injusticia, pero el poder que detentan los tiranos permanecerá firme en sus garras y podrán destruir todo lo que no esté en el limitado horizonte de esas acotadas empresas y, allanado el obstáculo circunstancial, podrán destruir también aquello que los opositores en detalle quieren preservar.

Por eso insisto en sostener que debemos proponernos directamente la destrucción de la tiranía. Con eso salvaremos los objetivos específicos de cada uno de esos grupos y conseguiremos que la Argentina tenga un gobierno justo y el bienestar sea general.

* * *

¿Qué hacer, entonces? Mi propuesta es casi decepcionante para quienes buscan el éxito inmediato pero creo que si la hubieramos empezado a aplicar cuando empecé a presentarla, tal vez hoy la tiranía no existiría y hasta puede ser que nunca hubiera empezado.

La idea debe tener en cuenta una situación lamentable y es que la "amistad social" entre nosotros casi ha desaparecido, como así también las ideas y costumbres que constituyen la esencia de nuestra Patria. Lo que hasta hace 50 años era evidente ahora hay que probarlo con argumentos que casi nadie entiende y las buenas costumbres que nos caracterizaban como una nación civilizada deben ser revalidadas a pura fuerza contra los vicios contrarios. Como decía Santo Tomás de Aquino, una pasión desviada sólo se quita con la pasión contraria. El desorden igualitario, la prepotencia, la delincuencia, el caos social, la deshonestidad política, sólo se erradican mediante el respeto a las jeraraquías naturales, la honestidad, el orden y la decencia practicadas por algunos, aunque sean minoría, pero sostenidos por la fuerza que sea necesaria... aunque no más que esa.

Habiendo casi desaparecido la "amistad social" los argentinos vivimos aislados los unos de los otros y hasta puede decirse que no todos los que nacieron en esta tierra son argentinos. Son otra cosa tan incompatible con la Argentina que están dedicados a destruirla para levantar sobre sus ruinas una argentina falsa y extranjera.

* * *

A partir de estos datos lamentables, el programa práctico que propongo. es el siguiente:

1) Quienes todavía quieran rescatar la esencia de la Argentina en su totalidad restableciendo una Autoridad nacional justa que sirva el bien común, no deben conformarse con hacer parte de alguna asociación que se proponga apenas un objetivo limitado que no implique una oposición total a la tiranía. Lo que define el movimiento, según dicen los escolásticos, es el "terminus ad quem", o sea, el objetivo hacia el cual se dirige la acción, aunque se encuentre en su más ínfimo comienzo. Por lo tanto, lo primero es la intención de esos patriotas de acabar con la tiranía y restaurar la Argentina verdadera y no apenas conformarse con algún bien parcial, aunque la realización de aquel fin excelente y total sea larga y de dudoso éxito.

2) Como la tiranía ha conseguido aislar a los "buenos patriotas" lo primero que deben hacer éstos es conocerse. Para eso, cualquier medio de publicidad es bueno, por ejemplo, "La botella al mar" que es leída, por lo menos, por 5.000 personas. Pero para conocerse no es suficiente saber que el otro existe. Cada uno debe saber cómo y cuál es el otro. Para eso es necesario reunirse, formar una asociación que les permita conversar, actuar en común aunque más no sea en pequeñas cosas y convocar a otros. Debemos suponer que hay muchos "buenos patriotas" que no se conocen. Si yo creyera que no los hay, ni me molestaría en escribir estás líneas. La primer tarea será reunirlos y conocerlos, saber "qué puntos calzan".

3) Esta tarea inicial implica dos tipos de acción:

a) una, ad intra, es decir, conocer a todos los que están y establecer una amistad sincera que engendre confianza recíproca. Todos deben llegar a saber que cada uno de los otros es persona de honor que no faltará nunca a su palabra. Cuando se dice: "¡Vamos!" todos deben confiar en que los otros van y nadie falla.

b) Y la otra "ad extra", es decir, buscar mediante la publicidad de sus actos dar oportunidad a los demás "buenos patriotas" de conocer la existencia de la asociación y acercarse para formar parte de ella. Aunque la publicidad sea mínima por la escacez de los medios, deben dar a conocer sus objetivos de totalidad patriótica y estar dispuestos a expandir esa "amistad social" cada vez más.

4) Ninguna sociedad humana puede existir sin una autoridad. Consecuentemente, esa asociación debe organizarse designando sus dirigentes que la encabezarán con un sistema deliberativo en el que todos participen de acuerdo a sus capacidades. Siendo, como serán, de una extrema debilidad frente al poder tiránico es indispensable que todos aporten sus luces al quehacer de la asociación y que sólo en caso de que no se pueda llegar a una conclusión común decidan los dirigentes dentro de lo justo y razonable. Y en ese caso, que todos aporten sus esfuerzos con lealtad y sin retaceos.

5) Cuando la asociación haya alcanzado un número suficiente de integrantes como para llamar la atención general, deberá aumentar su actuación pública atacando a la tiranía y promoviendo acciones que convoquen a la resistencia total de acuerdo a lo dispuesto en el art. 36 de la Constitución ("reformada" en 1994) al pueblo y a las demás asociaciones de objetivos parciales.

6) Los "buenos patriotas" deben darse cuenta de que hasta ahora, con el sistema de apoyar dirigentes tibios, grises, transaccionistas, siempre dispuestos a pactar con la tiranía, lo único que se ha conseguido es reforzarla. La asociación que aquellos formen debería adoptar algún lema novedoso que subraye su voluntad de no consentir que la tiranía se suceda a sí misma, ya sea dentro de la sociedad conyugal o fuera de ella. Por ejemplo: "¡Justicia en todo y para todos!". Los "buenos patriotas" deben ser intransigentes con la falsedad ideológica que implique la negación de la moral cristiana, con la corrupción y con todo intento de encumbrar delincuentes, incapaces, aprovechadores o acomodaticios.

Esta actitud intelectual, voluntaria y hasta psicológica, debería ser lo que caracterice a los asociados, despreciando las críticas de los eternos transaccionistas. Eso no impedirá que, llegado el caso, se firmen acuerdos con grupos afines pero sin ceder un ápice en el objetivo final y definiendo claramente y por escrito las condiciones del acuerdo que siempre será público. Y, desde luego, tampoco deberá excluir el trato respetuoso con todos, aún con los enemigos.

Y ya que escribí "enemigos" es importante que los "buenos patriotas" se den cuenta de que los tienen. Son los mismos que quieren destruir la Patria y someterla a una tiranía marxista y lo son también los falsos amigos que so pretexto de aconsejar, desalientan, intrigan y desvían. No hay concordia con el enemigo. Sólo puede haber un estado de lucha hasta su derrota, aunque la necesidad obligue a largas esperas de incómoda convivencia.

7) Si consiguiera formarse esa asociación y si un número suficiente de "buenos patriotas" restableciera por ese medio la amistad social y la confianza mutua, se habría así preparado el instrumento indispensable para cualquier clase de acción lícita que el desarrollo de los acontecimientos nos exigiera. Sin eso, no estaremos preparados para servir a la Patria en los graves momentos que se avecinan y quedaremos al margen de la Historia reducidos al triste papel de testigos inútiles de nuestra degradación nacional.

Como puede verse, esto es concreto, fácil de hacer y, por ahora, casi no tiene riesgos. ¿Por qué no se hace? No lo sé.


* e-mail:
correo@labotellaalmar.com
La Botella al Mar, Buenos Aires, 21 de Diciembre del año 2009 - 949

LA RELIGION COMO IDEOLOGiA POLITICA Y LA AUTENTICA POLITICA CATOLICA


En la foto: Jean Ousset, el pensador de La Ciudad Católica



Por J. A. Ullate *




I



¿Qué debemos, pues, hacer los católicos en política? Pregunta recurrente y sintomática de que no tenemos las cosas demasiado claras. Hay confusión sobre qué es política (¿política de partidos?, ¿voto útil?, ¿cooperación a un bien común natural?); sobre el grado de apremio del “deber de participar en política”; sobre quién está legitimado para “levantar una bandera” en política que nos vincule a los católicos (manifestaciones, campañas sociales, candidaturas electorales); sobre el alcance de la consecuencias y la obligatoriedad de la fe en orden social. Eso, por enumerar algunas causas de perplejidad compartida. El resultado es del todo previsible: lo que podríamos llamar el “proceso perverso” de la atrofia de los católicos. Este proceso tiene al menos cinco pasos:



1) Se da por sentada la primacía de la acción: el “algo hay que hacer”; el “no podemos quedarnos de brazos cruzados”. Esta aparentemente benemérita afirmación conlleva la noción de que ante una emergencia lo principal es actuar o, lo que es lo mismo, que nuestra conducta será moral en la medida en que hagamos algo. Pero eso no es cierto ni siquiera en un caso de urgencia máxima, como socorrer a un accidentado o rescatar a la víctima de un incendio. En esos casos, las circunstancias nos impondrán una gran presión para tomar una decisión y nos impondrán también con evidencia el fin que buscamos, pero, por rápida que sea, nuestra acción no será moral ni prudente sin una razonable deliberación sobre los medios más adecuados.



2) A esa premisa, impuesta “a los católicos”, le sigue la aceptación de que para ser “eficaces” en la sociedad de masas debemos agruparnos y actuar bajo movilizaciones ideológicas, por consignas. El católico debe “sumarse” a iniciativas diseñadas en misteriosas instancias que deciden cuáles son las batallas a librar y los planteamientos que hay que reivindicar: el católico individual acepta que su participación en las mismas es “instrumental”, “funcional” respecto de tácticas en las que no participa. Todo sea por la “eficacia”. Esa pretendida eficacia se persigue siempre desechando las motivaciones específicamente católicas y sobrenaturales, y centrándose siempre en aspectos secundarios de orden “laico” o meramente natural. Se hace creer al católico que, para ser “eficaz”, incluso para estar legitimado en la plaza pública, hay que esconder lo específicamente católico.



3) Por esa misma exigencia de “eficacia” política, las cuestiones doctrinales, la reflexión sobre el correcto planteamiento doctrinal de la batalla social planteada, se descartan como inoportunas: “este no es el momento de dividir”. Recurso que encubre nuevamente la movilización ideológica y basada en consignas, en detrimento de una auténtica participación humana y cristiana, es decir, que no sólo tenga como fin la consecución de un objetivo “político” sino la realización de un acto moral. Una acción ideológica es una acción escindida respecto del ámbito moral, como si por “acertar” en las batallas políticas, nuestra principal contribución al bien común –al cumplimiento exacto de nuestros deberes, entre ellos el de formarnos– quedarse descontada.



4) Es palpable que la coartada para este tipo de acciones, la exaltación de la eficacia, conduce, además, a resultados prácticos escasos o nulos, como se contempla después de más de treinta años recurrir crecientemente a este tipo de “movilización” de lo que queda del resto de los católicos y del también creciente descuido de la verdadera transmisión de la doctrina y de la vida católicas en las familias.



5) Por lo mismo, esa menguante eficacia política, en aras de la cual se ha pedido concentrar esfuerzos, es contemporánea de un progresivo deterioro de la vida personal, familiar y política verdaderamente católicas. ¿Cuántos católicos hoy están familiarizados con la doctrina social de la Iglesia, o tan sólo con el reinado social de Jesucristo y sus exigencias en el orden temporal, público y privado?



Esa tendencia se ha ido agudizando hasta la situación actual en la que los católicos son convocados a movilizaciones en las que (¡incluso cuando se convocan desde ámbitos eclesiásticos!) las razones cristianas quedan totalmente implícitas y eclipsadas bajo la mención a “derechos humanos”, “batallas laicas”, “defensa de la libertad” o “de las instituciones naturales”, ya sea al hablar de la educación, de la familia o del aborto, que parece que para los católicos hoy ya no haya política fuera de esos temas.

En sí mismo, este círculo vicioso o proceso perverso de autonegación de la concepción católica de la política es un factor de destrucción para los católicos. Es un proceso que se yergue como un obstáculo para, al menos, advertir la exangüe situación de lo que fue el “pueblo católico”.

Como decía al comienzo, la desorientación ha permitido el desarrollo de este proceso parasitario que, mientras alimenta la ilusión de llevar “al católico a la vida pública”, en realidad logra no sólo la instalación en los católicos de una mentalidad antipolítica, sino que genera un espejismo de cumplimiento del deber que impide un benéfico examen de conciencia de los católicos.



II



Acabamos de describir un mecanismo psicológico, un “proceso perverso”, de autonegación política de los católicos. Proceso que resulta tanto más paradójico cuanto que empieza por alimentar la urgencia de lo político en las conciencias cristianas. ¿Cómo puede ser que la exageración de lo político lleve consigo una mentalidad antipolítica, una autonegación política para los católicos, su irrelevancia pública?

Hay que aclarar un equívoco. ¿Qué queremos decir cuando decimos “política”? El P. Lachance explicaba que, “dado que solo tenemos un fin último, es necesario que las instituciones que hemos recibido de la naturaleza y de la gracia con el objeto de hacernos llegar a ese fin, combinen su esfuerzos, de modo que logren la unidad de dirección requerida por la unidad misma de nuestro destino”. En el concepto tradicional, la política abarca todo lo que los ciudadanos y los gobernantes hacen para la consecución del bien común temporal: la paz y la vida virtuosa de los miembros de la comunidad política. Así, gobernante y ciudadanos cooperan políticamente, aunque la actividad política sea, eminentemente, la del gobernante, que dirige y hasta de da valor político a los actos particulares de los ciudadanos en su vida cotidiana. Los ciudadanos hacen política al obedecer las leyes, al tomar parte en los órganos de representación, y hasta por el mero hecho de aceptar que sus actos “privados” adquieran virtualidad política bajo el paraguas de las decisiones generales del gobernante. Lo que subyace a este planteamiento no es el aspecto “triunfalista” del catolicismo, sino la constatación de la inevitable dualidad de órdenes –natural y sobrenatural– a los que pertenece el ser humano simultáneamente, así como la jerarquía existente entre ellos. Querámoslo o no, el hombre pertenece al orden social natural y al orden sobrenatural (aunque lo ignore o lo rechace para su perdición) y no teniendo más que un solo fin último, es natural que el hombre busque la armonización entre ambos.

Hace mucho tiempo que en España no vivimos un régimen así (por muy defectuosa que fuera su aplicación). Hoy ningún régimen político asume esa concepción. La ecumene política mundial se basa en una idea naturalista del orden social. De aquí el primer equívoco: ¿es la situación actual normal o patológica, políticamente? La inmensa mayoría de los católicos hoy responden que ésta es una situación normal (a pesar de una mala aplicación de la sana laicidad) y que la situación patológica más bien era la de unida católica, o de tesis.

Dejando a un lado la anomalía que supone que los católicos no se sientan vinculados por la doctrina política de la Iglesia, señalo que esa desvinculación evidencia una concepción de la política naturalista. Para la gran mayoría de nuestros contemporáneos católicos, el orden político no puede facilitar la obtención del fin último (la felicidad celeste, en palabras de Santo Tomás de Aquino). Se busca, en un sentido negativo, que las políticas no destruyan algunos bienes morales (familia, aborto, educación) y, en un sentido positivo, que produzcan el mayor bienestar material posible y, si cabe, que se apoyen las iniciativas privadas en materia de familia y educación.

No puedo desarrollar aquí el origen filosófico de esta concepción de la política, ni criticar la vía principal (el personalismo filosófico) por la que esta mentalidad no católica se ha abierto camino entre los cristianos, operando una reducción de la política a instrumento y juego de intenciones privadas. Trato tan sólo de señalar que el trasfondo ideológico de ese proceso perverso de autodestrucción política de los católicos es un falso concepto de la política. A eso llamo ceder a la tentación antipolítica: el antipoliticismo que denuncia Miguel Ayuso. El católico hoy siente la urgencia de “hacer algo en política”, pero en realidad para él esa política es ya sólo el modo de hacer realizables sus aspiraciones privadas. Por ese motivo no hay verdadero aprecio de lo político, sino su total desprecio. Sólo se siente el apremio de intervenir en esta “nueva política” cuando nuestros pequeños mundos se ven afectados. Hace pocos años un grupo católico-liberal repetía esta consigna: “no queremos el Poder, sino poder…”. Magnífico resumen de la nueva concepción de lo social.

Ése es, pues, el travestido concepto de la política que subyace en las batallas a las que se empuja a los católicos. Batallas “políticas” que incluyen manifestaciones “pro-vida”, “pro-matrimonio” (sin rechazo de otros tipos de uniones, siempre que no se llamen matrimonio), campañas de “objeción de conciencia”, pero también desesperadas llamadas a la concentración del voto en torno a candidaturas “con valores cristianos”. El comprobable fracaso de estas campañas, la irrelevancia crónica de los católicos en este tipo de marco social, su inevitable seguidismo y subordinación a fuerzas ideológicas extrañas (los partidos gobernantes) o el cultivo ilusorio de esperanzas sorbe partidos marginales no ha conducido a una reflexión sobre la corrección de los postulados de partida, sino todo lo contrario: a la enésima huida hacia delante. Pero mientras tanto, ese pelagianismo político va extrañando más y más a los católicos de sus referencias propias.

Ahora vuelvo a plantear la pregunta inicial: ¿qué hemos de hacer en política hoy? Se impone un doble preámbulo para nuestro actuar político:



a) dado que no estamos en una situación de cristiandad política, preámbulo ineludible será reconocer lo anómalo de la actual ordenación social; hacer profesión de disconformidad respecto a este desorden. Confesar lo patológico de esta situación: no de una determinada política u otra, sino del marco constitutivo y constitucional;



b) otro prolegómeno de nuestro actuar político es que debemos estimar el orden político por encima de la efectividad política. O lo que es lo mismo, que debemos disciplinarnos para no actuar en función de efectividades o resultados previstos (más o menos, o nada realistas), sino en función de la recomposición de un orden hacia el fin, el bien común (non tenemur fine, sed ordine ad finem, como enseñaba el abate Berto).



El alcance político de estos preámbulos es inmenso y su aceptación o su rechazo determina la incomprensión radical y rechazo mutuo entre dos formas de “hacer política” –una legítima y otra no, por masiva que sea– entre los católicos. Estamos habituados a escuchar precisamente la admisión, la confesión, de los prolegómenos inversos: clérigos y seglares reconociendo “que se sienten cómodos en este marco constitucional”, “que no echan en falta (los privilegios de) un orden constitucional diferente”, “que no tienen miedo de la libertad política”, y por otro lado, que lo distintivo del actuar de los cristianos en política es una motivación ética, un impulso hacia determinadas “políticas”, una orientación privada para defender unas u otras “batallas sociales”. Exactamente lo contrario. Éste es el cruce de vías que divide trayectorias opuestas. Aquí hemos tropezado. Y cuando se ha errado el camino, no hay más solución que retroceder y decidir –correctamente– de nuevo. Por más que para muchos éste sea “un debate superado”, hoy más que nunca es necesario plantearlo con sosiego y con rigor.



III



Ha llegado el momento de sacar algunas conclusiones prácticas.

La política católica está media por el bien común. Bien común temporal, que tiene como requisito la existencia de un régimen y unos gobernantes que lo persigan. Cuando falta ese régimen nos hallamos en una situación patológica, políticamente enferma, en diversos grados según el alejamiento del bien común. Y las obligaciones de los católicos varían según las circunstancias sean más o menos adversas, pero en semejantes casos estarán marcadas por la necesidad de evitar males mayores o de subvenir a necesidades concretas, no por la búsqueda directa de un bien común temporal, que en esas condiciones se vuelve imposible, pues la facultad de ordenar no está en mano de los ciudadanos. Lo que sí está en sus manos es concurrir al orden, cuando se da. En casos extremos, pero con expectativas razonables de éxito, también está en su mano concurrir al advenimiento de un régimen legítimo.

Los regímenes políticos hoy tienen una separación radical de la Iglesia y del Estado; un marco constitucional positivista–naturalista; y, por ende, una privación del bien común temporal. Lo que varía es el grado de corrupción práctica de cada legislación, el punto hasta el que “hacer legal” y promociona actividades inmorales y delictivas. Invocar hoy fórmulas de convocatoria para la participación política semejantes a las pensadas ad hoc para situaciones ya superadas (p.e. el ralliement o la democracia cristiana) es injustificable, puesto que el grado de impenetrabilidad de los regímenes naturalistas es hoy incomparablemente mayor y las expectativas de influencia de este tipo de fórmulas son despreciables. Así las cosas, se da la paradoja de que las “políticas” propuestas por quienes quieren seguir siendo católicos pero sin cuestionar la esencia del régimen actual, contribuyen directamente a la creciente descristianización de los católicos, llevados a formas de participación que, además de estériles, los reducen a instrumentos. Formas que a corto plazo no requieren que los católicos cumplan sus deberes de estado, sino que se sumen a ésta o aquélla iniciativa, con la expectativa puesta en un resultado futuro, mientras que el bien común lógicamente acarrea el perfeccionamiento moral actual de los agentes: cumpliendo con mi deber de estado, me hago mejor, y procuro en mí también el bien común. Cuando falta un gobernante que ordene los actos de deber de estado hacia el bien común, a los católicos nos falta el medio ordinario para la participación política. Seguimos teniendo obligaciones ineludibles de justicia (conmutativa y en cierto sentido también legal), pero la justicia sola ya no basta. En tales casos, como los que vivimos ahora, la caridad, ordenada no ya al bien común temporal, sino a Dios, bien común trascendente, ejerce una cierta suplencia. Por la caridad verdadera (no sólo por las obras de caridad), los cristianos se convierten en el alma de la ciudad (cfr. epístola a Diogneto).

En las épocas en que la organización social se ha mostrado obstinadamente impenetrable al Evangelio, los cristianos han contribuido al bien común de forma extraordinaria. Contribución doble: por un lado, la caridad procura bienes espirituales para la sociedad, pero por otro lado, mediante le apostolado y la predicación, transmite la verdadera doctrina política católica, la aspiración a una situación de normalidad, de orden cristiano. Así mantiene viva la llama de una aspiración a “restaurarlo todo en Cristo”, también en la vida social y prepara su advenimiento.

Así las cosas, un cierto “espíritu político” que insiste en “hacer política” por encima de todo, se convierte en el peor enemigo de una auténtica y posible “política católica”. “Este espíritu político –escribe Hervé Belmont– es uno de los vehículos más eficaces del espíritu del mundo y, si no estamos en guardia, nos alejará poco a poco del espíritu del Evangelio”. El “espíritu político” siempre pretende fascinar a los católicos encendiendo en ellos una esperanza mundana, al tiempo que tritura el contenido específicamente cristiano de la acción. En los tres primeros siglos, los cristianos no tenían expectativas razonables de realizar una política católica “normal”, pero no por ello cedían a ese “espíritu político” (auténtica antipolítica) sino que, guiados por la caridad, cumplían su función de “alma de la ciudad”, sin descuidar ni dejar de transmitir ese anhelo de reinado social de Jesucristo. Nada más alejado del “espíritu político” que un mártir cristiano, pero no pensemos que los mártires se desentendían del orden de la ciudad. Cuando iba a ser entregado al suplicio junto a su amigo Tiburcio, Valeriano se dirigió a los presentes diciendo: “Ciudadanos de Roma: permaneced constantes en la verdadera fe, destruid los dioses de madera y de piedra… reducidlos a polvo”. Palabras que demuestran cómo lo que algunos han llamado despectivamente “constantinismo” estaba más que virtualmente presente en la fe de los cristianos y que es un sofisma deducir de la “impotencia política” de los primeros cristianos la doctrina de la separación de la Iglesia y el Estado.

Ni los mártires “desertaban” de la política ni nosotros debemos hacerlo: sencillamente, el desorden imperante hacía imposible una participación directa y puede ser que hoy suceda igual. Sin embargo, ese obstáculo no alteraba el alcance de su fe, que también aspiraba –igual que debemos aspirar nosotros– a ser aplicada a la vida social. Como los mártires, debeos obedecer a Dios y cumplir con nuestros deberes de estado, no tanto “hacer política”. De ese modo estaremos contribuyendo al verdadero bien común, también temporal, aunque sea mediatamente. Como parte imprescindible de nuestra obediencia a Dios, debemos conocer y transmitir, difundir, la doctrina política de la Iglesia, sobre el Reinado Social. Un verdadero apostolado social, no desgajado del resto de la fe y de la vida de la fe.

Sin familias que vivan plenamente la fe (sin reducciones “pietistas”, “naturalistas” o “sentimentales”), educando católicamente a sus hijos; sin una adecuada transmisión de la fe y una educación de la inteligencia de la fe; sin un celo por la conversión del prójimo, no es que no vayamos a tener “política cristiana”, es que no tendremos cristianos.

Para un determinado “espíritu político”, lo importante es el éxito (¿qué éxito?) de singulares acciones políticas (movilizaciones, manifestaciones, congresos, partidos…) que respondan a las necesidades sociales, desgajadas de un orden completo, pero vemos que todo eso coincide con un debilitamiento progresivo de la fe, de las familias cristianas, de la educación católica y del apostolado militante sin que este problema le suscite la misma urgencia. Quizás es que para ellos sea posible una política católica sin católicos.

Dom Delatte, al explicar cómo se fueron distanciando los que antaño habían sido grandes amigos, Dom Guéranger y Montalembert, decía: “Ambos aman a la Iglesia; ambos quieren servir sus intereses. El uno, preocupándose sólo de los derechos de la Iglesia y de los de su verdad; el otro, con una preocupación por las circunstancias del momento, por las exigencias de la política, por las condiciones de la sociedad (…) pero el antagonismo entre el espíritu sobrenatural y el espíritu político es fatal” (Vie de Dom Guéranger, I, 355-6).

Se trata, pues, del enfrentamiento entre el espíritu sobrenatural y el espíritu político. A pesar de que su fin principal no es político, sino dar gloria a Dios, sólo el primero procura le bien de la ciudad, y permite una contribución eficaz al bien común, una acción política cristiana. “Los cristianos –escribe don Hervé Belmont– frecuentemente han contraído un espíritu político y partisano que no ha hecho sino politizar el cristianismo, en lugar de cristianizar la política”.

Por lo tanto, bienvenidas todas las propuestas de acción, siempre y cuando nazcan del espíritu sobrenatural y no del espíritu político. Y para empezar, dediquemos más atención a lo que damos con demasiada alegría por descontado y en realidad es el objeto de toda nuestra vida: buscar el Reino de Dios y su justicia.

* Revista Verbo, N° 477-478
Agosto – Septiembre – Octubre 2009
FUNDACIÓN SPEIRO

UPCN PIDIO A OPORTO LA TITULARIZACION DE CARGOS JERARQUICOS EN SECUNDARIOS



Además se va a llevar ese pedido al ámbito legislativo una vez que estén conformadas las respectivas comisiones de ambas cámaras del Poder Legislativo Provincial, anunció el secretario general del gremio Carlos Quintana

La titularización de los docentes que se desempeñan en cargos jerárquicos en escuelas secundarias por medio de una Ley de excepción fue solicitada hoy por UPCN al Director General de Cultura y Educación, Mario Oporto.

Además el secretario general del gremio Carlos Quintana adelantó que se va a llevar ese pedido al ámbito legislativo una vez que estén conformadas las respectivas comisiones de ambas cámaras del Poder Legislativo Provincial.

Según se señaló, estos docentes accedieron a sus actuales cargos mediante pruebas de selección, aprobadas en forma legal, para desempeñarlos en forma transitoria; pero al no realizarse los Concursos de Títulos, Antecedentes y Oposición para cargos titulares, como lo establece el Estatuto del Docente, se les impidió llegar a esa situación de revista.

Desde la Secretaria Gremial Docente de UPCN, se explicó que por la Ley 14.016 se titularizó a directivos de Educación Secundaria Básica provenientes del cargo de Coordinador de Tercer Ciclo de E.G.B. y en ese sentido se requiere ahora la equiparación en base los principios de razonabilidad y la equidad.

Por otra parte se indicó que la Constitución de la Provincia de Buenos Aires consagra el derecho de igualdad ante la ley.

“Estos docentes han acompañado e implementado las sucesivas transformaciones educativas, defendiendo la educación pública y sosteniendo bajo su responsabilidad la ardua tarea de llevar adelante a las instituciones que tienen a su cargo”, dijo el Secretario Gremial Docente de U.P.C.N., Rubén Landívar, quien agregó que “en muchos casos fueron ellos quienes paliaron las deficiencias del propio sistema”

SALUDO NAVIDEÑO DE ROBERTO MAGLIANO



Estimado Compañero:

No quiero dejar pasar la oportunidad de mandarle un saludo para estas próximas fiestas de Navidad y Año Nuevo, con mi deseo de que tenga un muy buen 2010.
Y de que este contacto inciado hace un tiempo se mantenga cada vez más sólido.
Un fuerte abrazo peronista.
ROBERTO MAGLIANO
IAEJP

"MACRI NO TIENE VALORES NI CONVICCIONES POLITICAS"


En la foto: Ricardo López Murphy (izq) en un acto de proselitismo partidario con Mauricio Macri (der), cuando eran amigos


El dirigente de Convergencia Federal Ricardo López Murphy cuestionó la gestión de Mauricio Macri al frente del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y señaló que el líder del PRO "no tiene valores ni convicciones políticas".

"La gestión ha sido muy mala y los errores muy graves; usted no puede pasar de proponer el matrimonio gay a designar Abel Posse en una semana, esto revela falta de criterio y da la sensación de una absoluta desconcertación", advirtió López Murphy.

Además, agregó que el jefe del Gobierno porteño está en un proceso de deterioro muy agudo". "La mejor señal de este proceso de deterioro es la declaración de Francisco De Narváez de que él va a competir por la presidencia de la República. Esto quiere decir que lo ve a Macri en un proceso de decadencia irreversible", aseguró

"El problema es que no hay valores, por eso se la pasa emprendiendo y retrocediendo. No se trata de ser terco, se trata de ser tenaz, persistente y de fuertes convicciones, y con eso, no se retrocede tan fácil porque se ponen en juego sus valores", apuntó López Murphy.

"Si usted dice no voy a subir impuestos y los sube, cuando usted dice estoy con la familia tradicional y después apoya el matrimonio gay, nadie entiende donde usted está”, concluyó el ex candidato presidencial.

SALUDO NAVIDEÑO DEL MOVIMIENTO NACIONAL SOCIAL CRISTIANO


El MNSC les desea una muy Feliz Navidad.

La vivencia del Espíritu Navideño les otorgará Paz a vuestros corazones y los llenará con la dicha del Espíritu Santo.

No os olvideis nunca que Dios es el dador de todas las cosas. Tened siempre pensamientos positivos, sed alegres, valerosos y siempre listos para servir al prójimo, ya sea ayudando a los enfermos, colaborando en asociaciones civiles, instituciones como Cáritas, en la política, etc., siempre pensando que estais colaborando con la obra de Dios.

El día tiene 24 horas ¿cuánto de ese tiempo dedicamos a la oración?, muy poco, no?

El que nos dió la vida, ¿no merece un poco mas de atención de nuestra parte?.

Todo mejorará en el futuro si estamos unidos a Él, desterremos de nuestro corazón el odio, el rencor, y actuemos siempre con bondad. Nuestros pensamientos nobles de amor y paz, acciones generosas y desinteresadas, y la oración constante son la llave para lograr lo que tanto anhelamos ¡Ser Felices!

Un fraternal abrazo.

Nicolás Fusco
Presidente del Movimiento Nacional Social Cristiano
Vicepresidente de la Junta Nacional del Partido Demócrata Cristiano

SALUDO NAVIDEÑO DE ASOCIACION PUGLIESE DE LA PLATA


¡ Auguro di trascorrere serenamente,

le prossime feste e che il nuovo anno sia fonte

de prosperita, salute, lavoro e goia

Buona feste !!!!




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