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domingo, 17 de julio de 2011

¡FASCISTAS!


Por Denes Martos

Cuando se enteraba de las noticias de la Argentina, San Pedro siempre luchaba con sentimientos encontrados. Por un lado disfrutaba del ingenio, la espontaneidad y el humor algo corrosivo de esas almas pero, por el otro lado, le molestaban sobremanera las eternas disputas, las constantes reyertas y las eternas discusiones bizantinas.

Por ejemplo, hacía unos días y después de una elección perdida en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un famoso cantautor había publicado en un diario de izquierda un artículo en el que afirmaba que la mitad de la ciudad "le daba asco" por haber favorecido con su voto a un candidato "fascista". Inmediatamente, desde el otro bando, le contestaron que no aceptar "el veredicto de las urnas" constituía una "típica actitud fascista".

— No deberían enzarzarse en esta clase de controversias estériles quienes tienen un país tan maravilloso como el que le ha conferido el Señor a los argentinos– solía decir San Pedro, sacudiendo la cabeza en un gesto de incredulidad.

— Realmente. Quienes, mal o bien, han tenido por destino a la Argentina no deberían discutir lo que podría haber sido y no fue. – asintió San Martín – Creo haberlo dicho bastante claramente en aquella oportunidad cuando señalé que "Serás lo que debas ser, o no serás nada". Los argentinos, hoy por hoy, todavía no han conseguido ser lo que deben ser y por lo tanto . . .

El Padre de la Patria se interrumpió al advertir que el final de la frase sería un poco demasiado fuerte y no estaba en su ánimo contribuir a exacerbar los ánimos.

— Sin embargo, deberíamos hacer algo para unirlos. Al menos un poco. – especuló el Santo.

— Honestamente, Pedro, no se me ocurre nada viable. Yo mismo tuve que abandonar el país porque me negué a participar de una pelea entre hermanos. Y ni hablemos de las discusiones que estallaron cuando le legué mi sable a uno de los pocos que, más allá de los altercados internos, defendió la soberanía nacional frente a las ambiciones extranjeras.

— ¡Ya sé! – exclamó de pronto San Pedro – Les enviaré dos buenos cristianos que contribuyeron mucho a lograr la independencia del país. Quizás ellos logren convocarlos para una concordia general.

Así fue como resultaron enviados Fray Justo Santa María de Oro y Fray Luis Beltrán con la misión de intentar la conciliación de los argentinos. Ambos con sólidas credenciales para ello: el primero como firme defensor de la soberanía popular republicana frente a las intenciones monárquicas de otros patriotas como Belgrano y su "Plan del Inca"; el segundo como incansable proveedor de armas y logística para el ejército del Libertador.

Sin embargo, forzoso es admitir que no encontraron mucho eco las gestiones que los dos frailes hicieron ante legisladores y miembros del Poder Ejecutivo invocando la necesidad de fortalecer las instituciones republicanas y la urgencia de reforzar la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas para garantizar la defensa de la soberanía nacional. El único medio que se dignó mencionar la gestión de ambos sacerdotes fue Página 12 y no lo hizo precisamente en términos halagadores. Un editorial bastante vitriólico mencionó cosas tales como la "inaceptable intromisión de la Iglesia en los asuntos del Estado", recalcando además "el más terminante rechazo de la escandalosa glorificación del armamentismo militarista", para terminar protestando enérgicamente por la "doble provocación fascista" que – según el diario – constituía la intervención de los dos eclesiásticos.

Pero los muchachos de Página 12 no calcularon con la testarudez del guardián de las llaves celestiales. Ni corto ni perezoso, apenas enterado del fracaso de sus dos embajadores, San Pedro tomó inmediatamente la decisión de insistir con otro emisario. Esta vez la elección recayó sobre Juan Bautista Alberdi.

— Es el padre de la Constitución Nacional. – razonó San Pedro – Tendrán que pensarlo dos veces antes de denostarlo.

Desgraciadamente también esto resultó en un pequeño error de apreciación. (Hasta a los grandes santos les sucede a veces). Porque, o bien San Pedro había olvidado lo que Alberdi escribiera oportunamente en su magnum opus, o bien nunca leyó sus "Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina ", ese texto fundamental que sirvió de borrador para la discusión de la Constitución de 1853.

El hecho es que, apenas arribado, Alberdi comenzó a recitar su argumento favorito en cuanto a que "gobernar es poblar". Pero, recordando seguramente lo que había escrito casi 160 años atrás, no tuvo mejor idea que especificar su propuesta afirmando:

— "Poblar es civilizar cuando se puebla con gente civilizada, es decir, con pobladores de la Europa civilizada. Por eso he dicho en la Constitución que el gobierno debe fomentar la inmigración europea. Pero poblar no es civilizar, sino embrutecer, cuando se puebla con chinos y con indios de Asia y con negros de África." [ 1 ]

¡Para qué!

Al día siguiente el escándalo fue tan mayúsculo que las páginas de los medios no alcanzaron para dar lugar a las mayúsculas de los titulares. Las madres, las abuelas, las tías y hasta las primas de la Plaza de Mayo repudiaron "el chauvinismo retrógrado impregnado de xenofobia y de prejuicios cavernícolas contra nuestros hermanos latinoamericanos y afroamericanos". El INADI sacó un comunicado impugnando "el espíritu discriminatorio de neto corte fascista y antidemocrático" del orador y hasta la DAIA se sumó al repudio denunciando que "criterios racistas como los del Señor Alberdi constituyen la antesala del nazifascismo y preanuncian la siempre latente posibilidad de un nuevo Holocausto". Hubo al menos media docena de presentaciones ante la Justicia solicitando el procesamiento de Juan Bautista Alberdi por violaciones a la Ley 23592, al Art.20 de la actual Constitución Nacional, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la Ley 17722 y la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación Racial, solicitando además la urgente intervención del Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial según lo dispuesto por la Ley 26162.

La cuestión es que Alberdi tuvo que partir raudamente y dejar el país huyendo de masas de piqueteros que al grito de "¡Fascista provocador!" no sólo cortaron todos los accesos al aeropuerto internacional de Ezeiza sino que hasta amenazaron con mantener cortada la Avenida Ricchieri por tiempo indefinido, al menos hasta tanto el gobierno no declarase persona non grata al otrora ilustre prócer. Algo que, naturalmente, sucedió poco después mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia promulgado ad hoc por la Presidencia en vista de la inusitada gravedad del caso. Aunque cabe señalar que, antes de eso, el Jefe de Gabinete criticó duramente a La Nación y a Clarín que en sendos editoriales habían calificado toda la movida contra Alberdi como un atentado facsista contra la libertad de expresión y la prensa independiente. Incluso, fuentes generalmente bien informadas comentaron que el Secretario General de la CGT había amenazado con bloquear el Congreso con una barrera de camiones si a los legisladores se les ocurría promover una reforma constitucional de neto corte fascista según las ideas alberdianas. Finalmente, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un activo y dinámico legislador propuso cambiarle el nombre a la Avenida Juan Bautista Alberdi, pero el proyecto fracasó porque los demás legisladores, después de catorce horas de arduo debate, no consiguieron ponerse de acuerdo en el nombre del prócer reemplazante.

Ante el cariz de los acontecimientos, San Pedro no tuvo más remedio que admitir que la situación lo había desbordado. Convocó, pues, al Consejo Asesor Celestial en pleno y solicitó recomendaciones.

Los debates fueron largos y engorrosos. Después de mucho cabildear, sopesar alternativas y conscientes de que esta vez la cosa no debía fallar, al final el voto mayoritario se inclinó por Don Domingo Faustino Sarmiento.

— Es el Maestro de los Maestros. – opinaron varios – Nadie puede tener algo sustancial en contra de la educación. Además, el hombre siempre fue un gran polemista. Si alguien lo critica, seguramente se encontrará con la horma de su zapato. No les va a ser fácil discutir con Sarmiento.

De modo que el Gran Sanjuanino lió sus petates, partió hacia la tierra e inició su misión. Y no le fue tan mal. Es decir: no le fue mal mientras se mantuvo dentro de los márgenes de lo educativo y defendiendo la labor de los docentes, aunque – la verdad sea dicha – le costó un poco adquirir el vocabulario políticamente correcto y llamarlos "trabajadores de la educación" como se estila ahora. El aquelarre de órdago se armó recién cuando, citándose a si mismo, declaró:

"El pueblo judío. Esparcido por toda la tierra ejerciendo la usura y acumulando millones, rechazando la patria en que nace y muere por un ideal que baña escasamente el Jordán (. . .). Este sueño que se perpetua hace veinte o treinta siglos, pues viene del origen de la raza, continua hasta hoy perturbando la economía de las sociedades en que viven, pero de las que no forman parte. Y ahora mismo en la bárbara Rusia como en la ilustrada Prusia se levanta el grito de repulsión contra este pueblo que se cree escogido y carece de sentimiento humano, el amor al prójimo, el apego a la tierra, el culto del heroísmo, de la virtud, de los grandes hechos donde quiera que se producen." [ 2 ]

La descripción, aun somera, del despiporre que generaron estas palabras requeriría un espacio del que lamentablemente no disponemos aquí. La condena y el espanto fueron prácticamente universales. No sólo las instituciones locales rechazaron las declaraciones del sanjuanino en los más duros términos. Al repudio local se sumó la B'nai B'rith internacional, la ADL norteamericana, el Museo de la Historia del Holocausto en Yad Vashem y la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia. Hasta el Gran Maestre de la Masonería Argentina tomó distancia del asunto declarando que las expresiones de su predecesor en el cargo no reflejaban en absoluto el pensamiento de la masonería actual. Con lo cual se compró un regio problema porque al día siguiente salieron todos a preguntar si – contrario sensu – esas declaraciones no reflejarían, acaso, el pensamiento de la masonería antigua.

La cuestión es que Sarmiento resultó expulsado del país por racista, discriminador y xenófobo.

Además de nazifascista, por supuesto.

San Pedro se mesó los cabellos. Había llegado prácticamente al agotamiento de sus recursos. Terco y temperamental como era, no quiso, sin embargo, darse por vencido. Consultó con cuantas almas se pusieron a su alcance y poco a poco un último nombre fue emergiendo del conjunto de los posibles candidatos. Con todo, antes de tomar una decisión definitiva, hizo una última consulta.

— ¿Qué le parece doctor? ¿Lo logrará el General?

Ricardo Balbín se rascó la barbilla.

— Es difícil decirlo, Pedro. En mi época yo, por mi parte, hice todo lo que estuvo a mi alcance y hasta admito que incluso puede decirse que me excedí un poco en eso de tratar de lograr la unidad nacional. En aquél momento el proyecto fracasó no tanto por culpa de nosotros sino por los propios partidarios del General que primero se agarraron a balazos y después tuvieron que ser echados de la plaza. Y prefiero no recordar lo que siguió a continuación.

— Pero pasó mucho tiempo y ahora son gobierno – trató de argumentar San Pedro.

— ¿Lo son? No sé, Pedro. Es arriesgado. Es todo lo que puedo decir.

Después de varios días de cavilaciones y consultas adicionales, San Pedro se decidió por fin a hacer un último intento. Entrevistó al General personalmente, conversó largamente con él, lo llenó de recomendaciones, le rogó por todos los Santos del cielo que se moderase en sus dichos, cruzó los dedos y, finalmente, lo envió a la tierra. Con ello, como quien dice, disparó su último cartucho.

Al principio todo fue aceptablemente bien. Hubo grandes convocatorias masivas, actos, discursos, entrevistas y reportajes en los que el General – para mayor o menor satisfacción de sus partidarios – esgrimió con su usual picardía aquello de "No es que nosotros hayamos sido tan buenos. Lo que pasó fue que los que vinieron después fueron tan malos que, en comparación, resultamos óptimos". Hubo bastante discusión acerca de quiénes serían exactamente "los que vinieron después", pero la cosa no pasó de diatribas más o menos históricas y la sangre no llegó al río.

Lo que causó la explosión fue la conferencia que el General pronunció en la CGT.

Después de reseñar los factores internos que hacen a la unión de todos los argentinos, pasó al ámbito de la política internacional y allí, sacando del bolsillo un ejemplar de "La Hora de los Pueblos" leyó textualmente lo que había escrito unos 43 años antes:

"Este desarrollo intenso de la política internacional, dentro y fuera de los países, ha impuesto la necesidad de crear los instrumentos para manejarla y así han surgido las "Grandes Internacionales". El capitalismo y el comunismo soviético no son sino dos de ellas, aparentemente contrapuestas pero, en realidad de verdad, perfectamente unidas y coordinadas. Para comprobarlo, basta recordar 1938 cuando se aliaron para aniquilar a un "tercero en discordia" representado entonces por Alemania e Italia. No es menos elocuente lo que sucedió en la Conferencia de Yalta en la que ambos imperialismos se ponen de acuerdo y coordinan sus futuras actividades de dominio y explotación. Pero es que todo tiende a internacionalizarse alrededor de ello, lo que, en último análisis, es un triunfo del internacionalismo comunista. La masonería, el sionismo, las sociedades internacionales de todo tipo, no son sino consecuencia de esa internacionalización del mundo actual. Son las fuerzas ocultas de la revolución como son las fuerzas ocultas del dominio imperialista." [ 3 ]

La conferencia terminó razonablemente bien con grandes aplausos y el canto de la marcha. ¡Pero al día siguiente . . . ! Ustedes no tienen ni idea del desquicio que se armó. La Nación tituló: "El peronismo regresa a sus orígenes fascistas". Clarín salió con: "Perón justifica al terrorismo en Medio Oriente". La embajada israelí sacó una solicitada a dos páginas completas desmintiendo su participación en cualquier clase de "dominio imperialista". Página 12 publicó un extenso editorial sobre las "perimidas teorías conspirativas fascistoides ". El Partido Obrero emitió una declaración en la que afirmaba que el General "está tan cegado por sus prejuicios burgueses y por su odio fascista que ya no distingue entre táctica y estrategia de masas". Un prestigioso intelectual de izquierda publicó un largo artículo en el que hizo malabarismos dialécticos para demostrar que el peronismo del '45 no tenía nada que ver con el socialismo del Siglo XXI y que el socialismo nacional de los '70 fue malentendido por todos los que pensaron que no era más que un nacional socialismo con el nombre al revés.

Al final, San Pedro no tuvo más remedio que llamar urgentemente de regreso a su enviado antes de que La Cámpora tomara las armas y la cosa pasara a mayores.

— No me diga que no se lo advertí. – comentó Balbín ante un Pedro completamente abatido – Le dije que era arriesgado.

El santo quedó largo rato pensativo y, al final, estalló:

— ¡Qué sé yo! Puede ser que yo no sepa distinguir demasiado bien a los fascistas. Pero, por lo visto, es imposible enviarles a alguien que no lo sea.

— Non hanno capito niente!! Inoltre, sono tutti ladri!! ­– exclamó, con fuerte acento sammarinese y algo de ironía, una voz a lo lejos.

— Veramente. . . – masculló San Pedro a regañadientes.

Y con eso abandonó definitivamente el proyecto.


Notas:

1)- Juan Bautista Alberdi, "Las Bases", Páginas Explicativas, Disponible en: http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Alberdi/Alberdi_Bases_00.htm

2)- D.F. Sarmiento; "Condición del extranjero en América"; en: "Obras de Sarmiento, publicadas bajo los auspicios del gobierno argentino", tomo XXXVI. Editor A. Belin Sarmiento. Imprenta y Litografía "Mariano Moreno" - Bs. As., 1896 — D.F. Sarmiento; "Condición del extranjero en América"; Obras completas, tomo XXXVI. Luz del Día, Bs. As., 1953. — Artículo titulado "Somos extranjeros", en el Censor, Buenos Aires,1886.

3)- Juan D. Perón, "La Hora de los Pueblos", Ed. Norte, Madrid 1968, pág.22 - Disponible en: www.juventudconvergencia.org/web/libros/lahora.pdf 
Consultado el 22/05/2011.



Denes Martos
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17/Junio/2011