viernes, 30 de abril de 2010

QUITAN EL NOMBRE “GUSTAVO MARTINEZ ZUVIRIA” DEL SALON DE LA HEMEROTECA NACIONAL

El próximo lunes 3 de mayo el salón de la Hemeroteca Nacional dejará de llamarse "Gustavo Martínez Zuviria" y será nominado "Ezequiel Martínez Estrada".

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La decisión fue adoptada por el Director de la Biblioteca Nacional Horacio González, quien dispuso proceder al cambio de nombre del salón de la Hemeroteca Nacional. El lunes 3 de mayo dejará de llevar el nombre de "Gustavo Martínez Zuviría" y será nominado "Ezequiel Martínez Estrada".

Guillermo Martínez Zuviría estuvo casi 25 años al frente de la Biblioteca Nacional, desempeñando una gran labor en el cargo. Fue nombrado director de la Biblioteca Nacional por el gobierno militar de Uriburu, cargo que desempeñaría durante casi un cuarto de siglo: al asumir la Biblioteca disponía de 270.000 volúmenes, cifra que había ascendido a 700.000 al renunciar Martínez Zuviría durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Fue uno de los miembros fundadores de la recién creada Academia Argentina de Letras.

Su destacada actividad lo hace merecedor de que la sala de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional lleve su nombre.

 

LOS OPOSITORES

Dede el 10 de abril de 1992, al inaugurarse el actual edificio de la Biblioteca Nacional. B´nai B´rith Argentina envió un telegrama al Sr. Secretario de Cultura de la Nación José María Castiñeira de Dios presionó para que se quite el nombre de la sala.

En el telegrama se afirmaba que: “La iniciativa de bautizar unas de las salas de la Biblioteca con el nombre de Gustavo Martínez Zuviria (Hugo Wast) es un hecho indignante y constituye una afrenta a todos aquellos que sostenemos ideales democráticos, practicamos el diálogo y luchamos contra los prejuicios. El nombrado se ha destacado por su pluma antisemita, injuriosa y plena de mentiras. En los tiempos en los que el racismo revive en el mundo entrar a una sala de la Biblioteca Nacional o de cualquier otro ámbito de la cultura que lleve el nombre del autor de "Kahal y Oro" nos producirá, como a muchos argentinos, la desazón, el malestar y el sufrimiento que provocan la mala memoria y el descuido por la dignidad humana.”

La dogmática afirmación realizada, no admite para quienes  la han formulado prueba alguna en contrario. Es más, sería interesante que señalaran cuáles son los textos antisemitas, injuriosos y plenos de mentiras. Desde ese momento B´nai B´rith Argentina no ha cejado en su empeño de extirpar el nombre de Gustavo Martínez Zuviría de la Hemeroteca.

El pasado 7 de octubre de 2009 en el marco de la Primera Jornada "Memoria, educación e investigación del Holocausto" organizada por el Concejo Consultivo de la International Task Force (ITF) en el ámbito del Ministerio de Relaciones Exteriores de la Nación en un panel sobre antisemitismo el Ing. Samuel Kaplan al referirse a la literatura antisemita y a sus autores que ejercieron influencia en el sistema educativo argentino manifestó: "inexplicablemente, la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional lleva el nombre de Gustavo Martínez Zuviria".

La “policía del pensamiento” está aplicando su censura, y lo muestra en sus hechos.

 

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En la foto: Gustavo Martínez Zuviría (cuyo seudónimo era Hugo Wast), un autor católico que escribió en La Nación y que escribió numerosos libros exitosos, muchas veces inspirados en temáticas bíblicas, históricas o literarias. Un autor ocultado y actualmente ignorado por muchos.

 

QUIEN FUE HUGO WAST

Gustavo Adolfo Martínez Zuviría, conocido por su seudónimo Hugo Wast, nació en la ciudad de Córdoba, Argentina, el 23 de octubre de 1883. Fue abogado, escritor y político. Alcanzó notoriedad por sus novelas, algunas de las cuales fueron adaptadas al cine, y también por su acción pública como diputado y ministro de instrucción pública, cargo desde el cual implantó la enseñanza ordinaria no obligatoria de la religión católica en todas las escuelas del país. Fue un nacionalista católico militante, falsamente acusado de “antisemita”.

En una página dedicada a él, se expresan los siguientes conceptos:

Gustavo Martínez Zuviría fue un escritor fecundo. Llegó a ser en su época el más difundido en lengua española, siendo en la actualidad el escritor argentino que más libros vendió en la historia de las letras argentinas, y uno, sino el más prolífico de ellos, traducido a 15 idiomas. Este escritor católico, publicó más de sesenta obras con su nombre y su seudónimo de Hugo Wast, también existen artículos periodísticos, discursos y otros escritos aparecidos sin firma.
En 1954 solamente en castellano se habían vendido casi 3.000.000 de ejemplares, con casi 500 ediciones, con otra gran cantidad de las mismas y libros vendidos en el exterior.
Hombre bondadoso y piadoso, de una profunda formación teológica, un cristiano práctico, de misa diaria y comunión frecuente, sin ostentaciones ni engreimiento, virtudes no comunes en el difícil gremio de los literatos.
Su fuerte convicción religiosa y su condición de católico militante, lo convirtieron en un decidido defensor de la fe cada vez que fue menester hacerlo, sobre todo como apologista de la Iglesia.
Hugo Wast fue fiel a sus principios y vivió conforme con ellos. Fué fiel a Dios, a su Patria y a su conciencia, esa armonía estuvo ligada a través de sesenta años de actuación, a una línea de conducta, así como creía, así pensaba y obraba. Vivía como sentía, sentía como escribía y escribía como obraba.

Se ha echado un manto de olvido sobre su obra y su persona, existiendo una consigna del silencio sobre Hugo Wast, por su condición de escritor católico.
El 28 de marzo de 1962, en Buenos Aires, a la que llamó turbulenta y alegre, entregó su alma a Dios.

 

SU ACCIÓN

Comenzó a escribir artículos para el diario “La Nación” y la revista satírica “Caras y Caretas”. Su novela titulada “Flor de Durazno” es un intenso melodrama que gozó de gran aceptación, y fue adaptada al cine por Francisco Defilippis Novoa en 1917, que sería también un éxito de taquilla, y marcaría el debut nada menos que de Carlos Gardel en el cine.

Martínez Zuviría es señalado como “antidemocrático”, pero sin embargo tuvo actuación partidaria, accediendo entre otros al cargo de diputado. Inició su actividad política en el Partido Demócrata Progresista, fundado por Mariano Demaría, constituyendo una alianza entre tendencias socialistas y conservadoras de la época. El PDP lo postuló a la vice gobernación de la provincia de Santa Fe, en binomio con Lisandro de la Torre, siendo derrotados.

Dirigiría el periódico "Nueva Época" de Santa Fe brevemente, hasta que fue elegido como diputado nacional en 1916.

En 1918 publicó Valle Negro, una novela que la Academia Española distinguió con su Premio Quinquenal, Diploma de Honor y Medalla de Oro. Acerca de ella, Miguel de Unamuno dijo: “He leído Valle Negro con el ánimo suspenso y volveré a leerlo, porque el interés que me despertó es el de un dramático juego de pasiones. Esta novela puede leerse en cualquier país y podrá leerse en cualquier tiempo, cuando se sigan leyendo Carmen y Colomba, de Merimée. Su precisión y condensación la librarán de modas del gusto. Correspondiendo a esta manera de sentir y de entender la novela, es el estilo adecuado. Limpio, claro, preciso, sin contorsiones metafóricas, sin retorcimientos estilísticos a que ahora hay alguien tan aficionado”.

Su obra Desierto de Piedra mereció el Gran Premio Nacional de Literatura, siendo traducida a los idiomas inglés, francés y alemán entre otros. También fue autor de varias obras de opinión en los Cursos de Cultura Católica. Asimismo, fue designado miembro de la Real Academia Española durante su estancia en España.

En 1933 presidió la comisión de prensa del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, y en 1935 recibió la Orden de San Gregorio Magno, otorgada por Pío XI como premio al valor religioso de su obra literaria.

Varias de sus novelas fueron adaptadas al cine, además de la mencionada: "La que no perdonó" (1938), "La casa de los cuervos" (1941), "El camino de las llamas" (1942) y "Valle negro" (1943). En 1954 recibió la condecoración de la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio del gobierno español.

LA IGLESIA CRITICO LA SUPRESION DE EDUCACION RELIGIOSA CATOLICA DE LOS LICEOS MILITARES

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El arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión Episcopal de Educación Católica, monseñor Héctor Aguer, criticó la decisión de suprimir la educación religiosa católica de los diez liceos militares del país, dispuesta por decreto del Ministerio de Defensa.
     "Implica un lamentable retroceso, ya que la ley de Educación Nacional -que fue sancionada en 2007- consagró el concepto de educación integral. Es evidente que no se debe excluir la dimensión espiritual y religiosa del currículo escolar", advirtió.
     La medida también encontró la resistencia de los padres que envían a sus hijos a estos institutos y pretenden que no se excluya la visión religiosa en la instrucción de los liceístas, alrededor de 2.100 varones y 1.100 mujeres, de los niveles primario y secundario.
     La disposición ministerial, vigente desde marzo de 2010, estableció reemplazar la materia "educación católica" por otra denominada "Problemáticas ciudadanas en la Argentina contemporánea".
     La misma asignatura que fue cuestionada por su "sesgo ideológico" por monseñor Aguer, en 2006, cuando fue incorporada a los planes de estudios bonaerenses por la entonces directora de Escuelas, Adriana Puiggrós.

LA IGLESIA RECHAZO INICIATIVAS LEGISLATIVAS DE ABORTO Y HOMOMONIO

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En la foto: Mons. Antonio Marino, obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de La Plata

 

El obispo auxiliar de La Plata, monseñor Antonio Marino, miembro de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura, recibió ayer en la sede de la Conferencia Episcopal Argentina a diputados y senadores nacionales, a quienes les transmitió la preocupación de la Iglesia por el avance legislativo de proyectos de ley para despenalizar el aborto, y permitir el “matrimonio” entre personas del mismo sexo y hasta la posibilidad de que estas parejas adopten.
     El prelado, a cargo del seguimiento legislativo, reiteró la posición contraria de la Conferencia Episcopal Argentina a la posible equiparación legal de los enlaces homosexuales con el matrimonio, y fundamentó el porqué defiende la vida desde el momento mismo de la concepción y pide con insistencia no legalizar el aborto en el país, práctica que los obispos consideran un crimen.
     Monseñor Marino explicó a los legisladores que hay leyes que son urgentes y otras, referidas a cuestiones de la ley natural, que requieren "un debate mayor".
     Tras recordarles que "los derechos humanos no se dan, ni se otorgan, sino que nacemos con ellos", Marino precisó que la oposición al “matrimonio” entre personas del mismo sexo no es sólo por razones religiosas, sino también del derecho natural.
     "Hay valores que no son negociables", aseguró.
     Los legisladores reclamaron, por su parte, "un mayor acompañamiento de la Iglesia, para tener argumentos" a la hora de discutir en el Congreso esta cuestión o la despenalización del aborto.
     El obispo estuvo acompañado por el presbítero Rubén Revello y los laicos Nicolás Lafferriere y María Inés Franck, peritos de la Universidad Católica Argentina (UCA).
     Participaron de la reunión los senadores Juan Carlos Romero e Hilda González de Duhalde, y los diputados Walter Agosto, Juan José Alvarez, Ivana Bianchi, Alfonso de Prat Gay, Patricia Gardella, Adolfo Fernández, Liliana Padul, Daniel Germanos, Eduardo Ibarra, Julio Ledesma, Mario Merlo, Gabriela Michetti, Jorge Obeid, Alberto Pérez, Claudia Rucci, Enrique Thomas y Alberto Triacca.

CONFIANZA, ¿ADONDE TE FUISTE?

a Alberto_Asseff

Por Alberto Asseff*

Un factor indispensable para el funcionamiento de un país es la confianza social. Es un primordial asunto interno, sin perjuicio de que también es necesaria la confianza proyectada hacia el mundo externo.

La confianza es esencial para que reine la convivencia. ¿qué país puede andar si sus gentes no pueden convivir? Es la confianza social la que cimenta la buena calidad institucional. El sistema se sustenta en las creencias y acatamiento colectivos.

La confianza es contagioso optimismo. Atrae a propios y extraños montando un escenario propicio para vivir y emprender. Correlato inverso es el pesimismo, ese que nos ha invadido y que limita horizontes y sega esperanzas.

La confianza es bienestar social. Contrariamente, su defecto apareja malestar. Es lo que sobrellevamos en este tiempo.

La confianza atenúa la necesidad de coerción. A más credibilidad menos punición. La población cumple con leyes y normas porque cree en ellas y no sólo por temor a la sanción. Aunque, naturalmente el posible castigo obra como persuasorio eficiente. A más confianza menos policía y menos burocracia. No es una ecuación utópica. El buen comportamiento social ahorra sellos, trámites y ventanillas oficinescas porque el régimen estatal puede marchar en el andarivel de la declaración jurada. Así sustituye intervenciones costosas delegando en el habitante la responsabilidad. Es lo que hizo Italia desde 2000 cuando, por caso, nadie tiene que aportar su partida de nacimiento para impulsar un trámite.

La confianza que nos falta produce efectos perversos como el incremento de la delincuencia común, la “viveza” mal llamada "criolla" y "sálvese quien pueda que yo hago la mía".

La confianza está casada con la verdad así como su antítesis con la mentira y la insidia. En las cumbres político-sociales de nuestro país hay demasiada mentira y exceso de insidiosos y escasa verdad. No podemos seguir relativizando a esta anómala situación. La verdad merece tener una oportunidad restauradora. Nos haría mucho bien a todos.

La demolición del INDEC ha sido una especie de tsunami para la credibilidad social.

El populismo es una de las más colosales mentiras que nos tiene atrapados.

La carestía de confianza se origina en el derrumbe del ejemplo superior. Sin ejemplaridad como faro orientador de la sociedad, se resquebraja todo, comenzando por lo institucional.

La confianza enaltece las relaciones e interacciones de los individuos. En lugar de recelarnos y atisbar dónde está la trampa que nos amenaza, ligarnos en acciones y negocios para interactuar y así enriquecernos cívica y económicamente. Estoy pensando en esa confianza que alienta a los movimientos políticos y a las organizaciones civiles y también en los miles de emprendimientos - de todas las dimensiones, desde micros hasta magnos - que mueven la actividad económica y generan bienes tangibles y servicios valiosos.

Son inenarrables las inversiones que no se realizan, tanto de ahorros internos como foráneos. A más  desconfianza procedimientos más bastardos, menos riesgo y más especulación. El riesgo es un formidable motor de la vida humana. Asumirlo es prueba de potencia moral y su consecuencia es nada menos que el progreso social. El de verdad, no el de la publicidad oficial. Nadie arriesga en un escenario dominado por la clandestinidad del acomodo, la influencia y el amiguismo, tres nefastos compañeros de ruta de la decadencia nacional.

La desconfianza es el más ruinoso de los antinegocios. Los trunca dejándolos nonatos o los frustra a poco de comenzar. La falta de credibilidad de la población en sus mandatarios es gravosísima en todos los planos. El país se desfuncionaliza por completo como producto de los resquemores que se despliegan por doquier.

La Justicia se corroe con la desconfianza. Nace el escrache, el corte de rutas y calles y hasta la mano propia suplantando a los jueces. Es un colosal derrumbe no ya del sistema institucional, sino del mismísimo concepto de civilización.

La salud pública incumple su objetivo preventivo atrapada por una telaraña de intereses mayoritariamente espurios o, en su defecto, intolerablemente ineficientes. La confianza en este área, como en todas, se ha ausentado.

Los males sociales crecen a horcajadas de la desconfianza. Los pésimos gobiernos son hijos putativos de la desconfianza social. El desconfiado retacea su participación, no presta su concurso genuino, no pone el hombro de verdad. Y sin el respaldo real de la población es impracticable e irrealizable el ideal de buenos gobernantes. Peor, la carencia de participación, la apatía - que es hermana gemela de la desconfianza - fogonea al descontrol. Ya se sabe: un gobierno descontrolado es una catástrofe por donde se lo mire, desde las ruinas republicanas que genera, hasta la acción devastadora sobre la economía, hoy atada con alambres por la precariedad de su base. Economía cada día más ligada al anclaje del dólar para contener falazmente al azote inflacionario.

La desconfianza social agudiza los flagelos que nos azotan, desde la indigencia hasta la brecha de desigualdad que se abisma. Y torna ingobernable a un país que debiera ser el territorio ideal para modelar un sistema político-institucional paradigmático para todo el orbe.

Sólo la desconfianza social opera y entroniza el 'milagro al revés' de un país abundante que adolece por todos lados y en todos los aspectos. País sin conflictos, con una demografía manejable, con recursos pletóricos, que sólo por la desconfianza se va arruinando hasta parecerse peligrosamente a inviable.

La confianza se fue. En algún escondite está. Hay que reencontrarla. Su rastro nos lleva al patriotismo que no nos sobra, a la corrupción que sobreabunda, como su concubina la impunidad, a la que le debe su crecimiento exponencial, y a la anomia. Si renace el sentimiento nacional - indispensable en épocas de globalización -, reaparece la mínima e ineludible honradez - no maximizo para que nadie reproche utopismo - y nos reconciliamos con la ley, para reconocerla y cumplirla, tendremos la confianza perdida.

Y con confianza podríamos hacer cosas asombrosas, al punto de sorprendernos a nosotros mismos.

*Dirigente del PNC UNIR

Unión para la Integración y el Resurgimiento

pncunir@yahoo.com.ar

CARTA ABIERTA DE LA ASOCIACION DE ABOGADOS POR LA JUSTICIA Y LA CONCORDIA A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA DE LA NACION

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http://www.justiciayconcordia.org/


Buenos Aires, 28 de abril de 2010
Señor Presidente de la
Excma. Corte Suprema de Justicia
Dr. Ricardo Luis Lorenzetti
Palacio de Justicia
S / D
De nuestra consideración:
El pasado 7 de abril solicitamos formalmente una entrevista a ese Alto Tribunal, para dar cuenta de la fundación de nuestra Asociación Civil Abogados por la Justicia y la Concordia, ocurrida el 12 de agosto de 2009, que hoy integramos más de trescientos abogados pertenecientes al foro de la ciudad de Buenos Aires.
Hasta hoy no hemos recibido respuesta, e interpretando el silencio del excelentísimo Tribunal, como una declinación tácita a la posibilidad de recibirnos, nos dirigimos públicamente a usted y, por su intermedio, a los demás ministros del cuerpo, para expresar de este modo lo que habríamos manifestado en su despacho de haber sido recibidos.
Nos hemos asociado, señor Presidente, porque la Justicia está desvirtuada y la Concordia desconocida. Como abogados, tenemos el deber, que surge de nuestro juramento profesional, donde a través de la Constitución nos comprometemos a “afianzar la justicia”, de que ella pueda, así, alcanzar su objetivo que es dar a cada uno su derecho. Como ciudadanos, tenemos el deber de procurar la concordia, la “paz interior”, bien común fundamental de cualquier sociedad política.
1
Desde luego, señor Presidente, cuando estamos a punto de celebrar los doscientos años de gobierno propio, podemos rememorar también las muchas ocasiones en que justicia y concordia fueron vulneradas entre nosotros. También sabemos, señor Presidente, y saben usted y los ministros de este excelentísimo Tribunal, qué papel airoso o desgraciado pudo caberle a la administración de justicia en la instauración, mantenimiento o condena de aquellas vulneraciones. A nuestra Asociación le preocupa, señor Presidente, la situación actual de injusticia y enemistad interna, que también –seguramente- desvela a ese Alto Tribunal.
Nos inquieta, señor Presidente, la instauración, a través de fallos dictados por este Tribunal, a partir del año 2003, de una suerte de derecho de dos velocidades, donde las garantías básicas contenidas en la constitución, que este mismo cuerpo proclamó hace ciento veintitrés años “arca sagrada” y “palladium de la libertad”, valen para unos y resultan absolutamente ineficaces para otros. A través de los precedentes “Arancibia Clavel”, “Lariz Iriondo”, “Simón” y “Mazzeo”, a los militares y fuerzas de seguridad, empleados para combatir el terrorismo que asoló a la Argentina en la década del setenta, se les han negado derechos y principios que rigen desde siempre para todos los ciudadanos, que, en enumeración no taxativa, pasamos a exponer:
Se ha desconocido el principio de legalidad, siendo estos ciudadanos juzgados por delitos llamados de “lesa humanidad” que no existían como tales al momento de los hechos, y que todavía no han recibido tratamiento legislativo para que se los defina como a todo delito, evitando así el caos interpretativo que impera actualmente, y su consecuente utilización con fines políticos contra adversarios del poder de turno.
Delitos o agravantes que no estuvieron ni están en el Código Penal, sino en un Tratado Internacional ratificado con posterioridad a los hechos, cuya aplicación retroactiva esta expresamente prohibida en su artículo 24 al igual que en la Constitución Nacional. 2
Se han desconocido también, y solo a ellos, el instituto de la prescripción de la acción penal, de la cosa juzgada, del non bis in idem y de la aplicación de la ley penal mas benigna.
Se ha invocado dogmáticamente la costumbre internacional como sucedáneo de la ley penal escrita, sin tener precedentes de esa costumbre y atribuyéndole fuerza imperativa.
Se le han quitado al Congreso de la Nación y al Poder Ejecutivo los dos instrumentos que la Constitución les otorga para cumplir el mandato de “afianzar la paz interior”, revisando e invalidando, los indultos y las dos leyes de amnistía dictadas por el Parlamento, llamadas de “obediencia debida” y “punto final”. Y solo a ellos.
Solo a ellos no se les aplica “el plazo razonable” para su juzgamiento consagrado por el Pacto de San José de Costa Rica, y se les agravan las condiciones de encierro, manteniendo prisiones preventivas por tiempo indefinido y a personas que superan los setenta años, edad en que los jueces deben conceder la prisión domiciliaria. Las cárceles no deben ser instrumentos de tortura y no están preparadas para recibir ancianos ni enfermos, ello ha generado decenas de muertos en cautiverio.
En virtud de la conculcación de los principios apuntados hay mas de setecientos presos políticos, y, también como consecuencia de ese desvarío, podemos afirmar que todos los ciudadanos estamos en libertad condicional. Abandonar la legalidad para alcanzar lo que algunos creen que sería justo, significa la destrucción del sistema civilizado de convivencia. Ningún ciudadano debiera consentirlo y ningún hombre de derecho dejar de denunciarlo.
Entienda el señor Presidente, entiendan los señores ministros, que nuestra Asociación no es un grupo de presión, como otros que pululan, para continuar librando la desgraciada contienda de los años 70 bajo registro forense. A nosotros nos mueve, repetimos, nuestro deber irrevocable de abogados y nuestra obligación primaria de ciudadanos por la Justicia y la Concordia. No exaltamos retrospectivamente los crímenes de unos u otros ni propiciamos 3
repetir hoy las demasías de ayer, como grupos de presión que, convertidos en parásitos de la curia, lo hacen a diario. No intentamos, tampoco, legalizar en actas judiciales una versión sesgada de la historia, haciendo que los jueces no juzguen personas sino que juzguen el pasado, como también oímos repetir diariamente. Queremos recuperar un derecho que dé a cada uno lo suyo sin negar a nadie, por razones ideológicas, lo suyo correspondiente, y queremos recuperar la paz interior para poder, con espíritu de misericordia, acariciar cada herida del pasado y retirar la mano seca, en lugar de dejarlas sangrar a designio.
Esto es lo que queríamos plantearle en la audiencia que oportunamente solicitamos. De todos modos, señor Presidente, sea en su despacho o aquí, en la vereda de nuestro Palacio de Justicia, tenga en cuenta que hay una Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia que no cejará en alcanzar sus objetivos; que a cada iniquidad y a cada desunión, opondrá el derecho; y que estará recordando continuamente a los jueces, el principio clásico de que peor que sufrir una injusticia es cometerla.
No se nos escapa, señor Presidente, señores ministros de la Corte, que están sufriendo ustedes, en este momento, inicuas presiones por parte del Ejecutivo, de miembros del Legislativo y de los grupos de presión que recordábamos más arriba, esto es, de todos aquellos que pretenden convertir la justicia en su propia venganza y la paz en el regodeo de su triunfo. No contentos con haber conseguido en los estrados la negación del derecho para sus enemigos, ahora van por más. No dude, excelentísimo Tribunal, que esta Asociación está a su lado frente a este intento de subyugación, precisamente porque están en juego la justicia y la concordia. Estamos a su lado, aunque sea en la calle.
Dios guarde a V.E.


Mariano Gradin                            Alberto Solanet
     Secretario                                         Presidente