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viernes, 23 de marzo de 2012

EL ABORTO DE AGUINIS



Por Antonio Caponnetto


       
El martes 20 de marzo, desde las páginas de La Nación , el conocido trapisondista que responde al nombre de Marcos Aguinis salió a defender el reciente fallo abortero de la Corte Suprema , mediante un suelto al que tituló “El aliento de vida”; pero que por mejor nombre debió llamarse “Asnología”, e integrar el inquietante repertorio de burradas insignes que bajo tal nombre ha recopilado José Antonio García Ramos.
 
         Varios roznidos aporta el autor a la causa homicida de la Corte , sorprendiendo el primero por su craso determinismo y fatalismo atroz. En efecto –escribe el rucho- si la niña de 15 años eximida de toda culpa por eliminar a su bebé no lo hubiera hecho, “esa madre no sería una madre normal y feliz, ese niño no sería una persona equilibrada”.
 
         Cómo ha llegado Aguinis a profetizar ineluctables e irrevocables desdichas, es un secreto que albergará su diván. Cómo se le restituye la felicidad y la normalidad a una mujer que ha matado a un hijo inocente, tampoco se explica. De cuño espartano, en cambio, es su opción por una persona asesinada antes que desequilibrada o enferma. Tal vez ronde próxima la DAIA con su medidor infalible de deslices discriminatorios, para sentenciar si el jumento ha incurrido en tan fatales conductas.
 
         Pero esta fiesta de Crimen Para Todos, que acaba de organizar la gavilla de Lorenzetti -fiel al modelo nacional y popular- ha resultado empañada una vez más, según Aguinis, por “el dogma de la más importante vertiente del cristianismo, que es la Iglesia Católica ”, la cual insiste en condenar tan inocuas prácticas restituidoras de la felicidad y la normalidad a las mujeres.
 
         No obstante, y para que nadie lo suponga preñado de animadversión hacia la Iglesia, nuestro garañón confiesa sus simpatías por la misma desde los tiempos en que tomaba “vino del Rhin” en un restaurante de Friburgo, atendido por “monjas simpáticas y al que concurrían muchos sacerdotes”. Por boca de ellos se enteró “sobre los preparativos del Concilio Ecuménico II” [sic], y también por ellos asistió  invitado “a ceremonias ecuménicas con protestantes, griegos ortodoxos y judíos, cosa imposible de imaginar en la Argentina de entonces”.
 
            Así, místicamente, entre los brebajes y las comilonas en el Albertus Burse, rodeado de pretes conciliares y de rituales sincretistas, Aguinis descubrió sus ternezas por la Iglesia Católica, la cual –“libre ya de las sanguinarias cruzadas y la delirante Inquisición”- se dedica a “acciones positivas” como la “defensa de la libertad de conciencia, respeto a cultos diversos, intensa acción solidaria con los desposeídos, continuos llamados a la paz, prudente lucha contra los agravios a la democracia”. Una especie de pintoresca ONG, sin la molesta y anticuada preocupación por saber si su Cabeza es Cristo y si Cristo es Dios. “Una secta disidente israelita servida por un personal italiano”, como ironizó impíamente Jorge Luis Borges.
 
         Y tanto simpatiza con esta “iglesia católica” el afamado pollino, que no trepida en aconsejarla bien: que cese de sostener la diferencia entre varones y mujeres, la ilicitud de los medios anticonceptivos y la negativa a que las féminas puedan “acceder al obispado”. Pero sobre todo, que termine de condenar y de reprobar el aborto, porque “ya no es aceptable que se atente contra la libertad de abortar un hijo no querido con el argumento de que se asesina una vida inocente”.
 
         Nadie ose pensar que Aguinis está queriendo desnaturalizar y pervertir a la Esposa del Señor. Tampoco roce alguno su pensamiento con la conjetura maligna de que el celebrante de las gestas del marrano esta befando una vez más el rostro santo de la Barca. No; nada de eso. Tales reconvenciones sostenidas con admonitorio gesto tienen lugar, sencillamente, porque lo contrario le “genera [a la Iglesia ] una deserción de fieles”, y no es cuestión de perder la clientela. Bastante escrupuloso estuvo ya el paisano Judas, que devolvió los denarios y encima se ahorcó. Si al fin de cuentas todo lo que habían hecho él y sus empleadores hebreos era prefigurar el fallo de la Corte y matar a la víctima.
 
            La agudeza del rucio no parece dispuesta a detenerse, en esta su nota impar. Habiendo desechado que cuando se aborta se asesina la vida de un inocente (¿de qué será culpable?), acota para una antología del cinismo: “Si la madre y el médico son asesinos por terminar con un embarazo no querido, ¿quién es el asesino de los abortos espontáneos? ¿Dios? ¿Por qué esa ‘vida inocente’ en el vientre materno no es protegida por el Señor Omnipotente? ¿Tocamos el absurdo?”.
 
         No es propiamente el absurdo lo que está tocando Aguinis con esta farsa argumentativa, sino algo más trágico que se llama blasfemia. Porque va de suyo que en una muerte naturalmente ocurrida –sea a la edad de la vida que sobrevenga- no hay asesinato alguno, y que un aborto espontáneamente advenido no tiene responsables culposos, sino padres dolientes que jamás podrán olvidar el desgarrón de esa vida trunca. Sabemos empíricamente de qué estamos hablando. Explicarle a tamaño burro porqué el “Señor Omnipotente” nos dona y nos quita la vida o los bienes cuando su justa providencia lo dispone; porqué no abandona a ninguno de sus hijos, mucho menos cuando los llama a su seno, es algo que escapa a sus merecimientos intelectuales y morales. Si el zopenco supiera que Job no es un sustantivo inglés sino el nombre de un personaje veterotestamentario, algo podría colegir al respecto.
 
            Quedaba por alcanzar la cima mayor de la estulticia y de la burdísima ignorancia, y Aguinis conquistó el anhelado trofeo. Sumando a sus muchos títulos –como el de arrebatador de la gloria de Edipo, injuriador de San Cirilo de Alejandría, inventor del Prondec, invertidor de la Cruz o pavo real- decidió convertirse en exégeta bíblico, y nos regala esta perla interpretativa a la que no arribaron siquiera las testas de Spinoza o Teodoreto: El primer hombre se llamó Adán [...]. La versión más difundida es que fue modelado con tierra por las escultóricas manos del Creador. Lo hizo completo, con vísceras y pestañas, con labios y uñas. Era un feto grande. Una ‘vida inocente’, como se dice en la actualidad. Pero no tenía vida. No la tenía y no la tendría si Dios no le insuflaba su espíritu, que vendría a ser el oxígeno que le permitiría respirar. Sin oxígeno (que en la antigüedad no se conocía y se llamó aliento o soplo o espíritu) no habría existido el primer hombre. Los sucesivos nacimientos siguieron ese modelo: una previa configuración, que adquiría vida autónoma al inhalar el oxígeno [...]. Formó Dios al hombre (Adán) del polvo del suelo (adamá) e, insuflando en sus narices aliento vital, quedó constituido el hombre como ser vivo [...]. Dios insufló ‘en sus narices el aliento vital y quedó constituido el hombre como ser vivo’. Se refiere a las narices, no al embrión. Se refiere al aliento vital, que no puede ser sino el oxígeno. Recién entonces se constituye el hombre como ser vivo, según marcan las Escrituras. No cuando era un simple embrión”.
 
         Una primera y relevante consecuencia se sigue de la hermenéutica aguiniana. Y es que en lo sucesivo, las diferentes y valiosas agrupaciones Pro Vida deberán constituirse en defensoras a ultranza de narices, puesto que por tamaño órgano, está visto, penetra la vida. ¡Cesen los genetistas y neonatólogos sus arduos exámenes científicos sobre la vida y el desarrollo del nasciturus! Es la hora de las pituitarias, el glorioso y postergado turno de los otorrinolaringólogos. Dios hizo vivir a los nasos, no a los embriones; y adelantado fue Quevedo que supo decir aquello de “érase un hombre a una nariz pegado”.
 
         Una segunda consecuencia de la erudita exposición del onagro es el obligado cambio de rumbo que deberán hacer de ahora en más los teólogos de todas las escuelas y corrientes. Al fin sabemos que Dios es un enfermero eficiente, un adelantado de Carl W. Scheele –el descubridor del oxígeno- que con su inmenso tubo a cuestas iba desparramando vida de napia en napia y de trompa en hocico. Por suerte, y con el paso de los siglos, llegaría Cristina Kirchner para abreviar el nombre de tan salvífico elemento, llamándolo “cero”, a secas. Según el neo-biblista Aguinis, antes de que el “feto grande” hecho de barro recibiera su primera bocanada de oxígeno, fuera del vientre materno, no tenía ni tiene vida. Ergo, si la Corte decide achurarlo panza ad intra, aplaudamos el hecho.
 
         Al fin un corolario tercero se desprende del análisis del levita cordobés, y está llamado a revolucionar el universo de la antropología. “Los sucesivos nacimientos” –le hemos leído- “siguieron ese modelo [el de Adán]: una previa configuración, que adquiría vida autónoma al inhalar el oxígeno”. ¡Tantos debates semánticos estériles agitándose en el terreno de la metafísica, de la medicina, de la bioética, y Marcos Aguinis tenía resuelto el dilema valiéndose de un tropo informático! ¿Qué es el hombre?, se preguntaba Hamlet. ¿Qué es el hombre?, nos preguntamos todos. He aquí la respuesta final y unívoca: una configuración, a la que recién se puede tener por viva cuando inhala un poco de oxígeno autónomamente. Como el windows xp si no lo agarra el virus troyano. La nobel periodización aguiniana no abriga dudas: antes de la oxigenación nasal asistida por un extraño demiurgo neumonólogo, no hay vida; después sí, aunque su duración dependerá de la cantidad de delincuentes que dejen en libertad los mismos jueces garantistas de la Corte Suprema.
 
        Ironías al margen, es demasiado grave que este sujeto indocto y fatuo tenga un espacio público desde el que desgranar el error, la mentira, la confusión y la ignorancia. Y que una vez más, no haya obispo dispuesto a salvar la ofensa que le ha propinado a la Iglesia y a reponer el orden alterado. Demasiado grave, incluso, que se justifique el asesinato de las criaturas por nacer con una retorcida y estúpida interpretación bíblica.
 
         Se cuentan por decenas los textos escriturísticos en los que la vida del embrión es considera sagrada e intangible; como querida y premiada por Dios es considerada la tarea de los padres de engendrar un hijo. Embrión, hijo o fruto de las entrañas maternas, no nariz oxigenada por una deidad que nos saca de la hipoxia.
 
           A la vista está el Salmo 138, 13, cantándole al Señor: “Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre”. El libro de Jeremías, en el que Dios dice al profeta: “antes de formarte en el seno materno te conocí” (Jer. 1,5); los pasajes del Génesis en los cuales el Altísimo ordena engendrar y parir; y hasta los mellizos de Rebeca que combatían dentro de su vientre (Gén. 25, 21-22). Cuando el Señor castiga a María con la lepra, Aarón dirige esta súplica: “no sea ella como un aborto, que al salir del seno de su madre tiene ya medio consumida la carne” (Núm. 12, 11). Sin olvidarnos el explícito y conocido pasaje del Libro del Éxodo (21,12), en el que se dispone el castigo recio e inflexible para quienes “trabados en riña dieren un golpe a una mujer encinta, de modo que aborte”. ¿Se humillaba el Apóstol San Pablo cuando se llamaba a sí mismo “aborto” (I.Cor.15,8), o se estaba ponderando, anticipándose al fallo de Lorenzetti y sus secuaces? Cuando la misma y terrible metáfora es utilizada por San Ignacio de Antioquía, ¿debe entenderse que la rotulación escriturística de alguien como un abortivo es un encomio, o el más agraviante de los epítetos que uno pueda cargar sobre sus hombros para expresar su nadidad?
 
         A la vista de estos escogidos pasajes –que no son los únicos, pues también el Salterio abomina de quienes andan derramando la sangre inocente de sus hijos- es cuanto menos una canallada salvaje valerse de la Biblia para justificar y aplaudir el fallo crapuloso de la Corte Suprema. Cuanto menos, decimos. Cuanto más cabe otro nombre, pero las meretrices no tienen la culpa de todas las filiaciones que le brotan, maguer sus sanitarias prevenciones.
 
         Aguinis dice pertenecer a una camándula de intelectuales opugnadores del Gobierno. Y Cristina se dedica más que a gobernar, a criticar cada artículo de los medios que presume opositores. Aguinis aprueba el aborto. Cristina ha dicho que no lo promueve ni lo busca. ¿No era una buena ocasión para que la presidente reuniera a sus aplaudidores lacayunos, con alguna de las excusas  que lo hace habitualmente, y dijera en público, con la noteja de Aguinis en la mano, que “ La Nación miente”, y que su autor incluso destila “un tufillo racista”, al predeterminar quiénes tienen que morir para no vivir padeciendo desequilibrios o traumas?
 
         Ocurre que el antioficialismo de los innúmeros Aguinis es un escandaloso bluff. Son sirvientes del Régimen, esbirros de la democracia, agentes del sistema cuya perversión prohíjan, potencian, usufructúan y medran. Cuando hay que matar inocentes –sus cuerpos o sus almas- están codo a codo con quienes dicen diferir o confrontar.
 
          Y ocurre que la oposición al aborto de Cristina es un fraude inicuo. No sólo porque no ha protestado contra el fallo de la Corte –que contiene a algunos de sus amigos, como un sodomita prostibulario y una atea invertida- sino porque, desde hace años, tiene desplegada y ordenada a sus infernales huestes para impulsar el derecho al aborto en el ámbito legislativo. Tales los casos, entre otros, de María Elena Chieno, Silvia Risko, María del Carmen Bianchi, Gloria Bidegain, Mara Brawer, y un sinfín de esperpentos.  
 
            “Es un tema para el debate tranquilo, no para los anatemas”, concluye Aguinis su culposo dislate. Y reclama "un consenso [...] que mantenga a la religión -y a la Iglesia Católica en especial- en una postura acorde con las necesidades de la actualidad".
 
           Las necesidades de la actualidad de Aguinis están sobradamente cubiertas con sus recursos múltiples de betsellerista fenicio y de Epulón sin atriciones. Que se entregue nomás al consenso de sandeces rentadas, con tantos otros de su mísera laya. Pero la primera necesidad de la actualidad de los niños por nacer es la de ser alumbrados, recibidos, criados y educados cristianamente. Sean el fruto de una violación horrenda o del más amoroso acto conyugal. Si lo primero, porque un mal no se remedia con otro mal. Si lo segundo, por razones obvias.
 
          En pos de esos niños por nacer cruzamos hoy espadas. Contra la Corte, el Gobierno, la intelligentzia judía o la inacción lacerante de la Jerarquía Católica.

martes, 30 de marzo de 2010

AGUINIS: MENTIROSO DESDE EL PRINCIPIO

 

Marcos Aguinis

"Vosotros sois hijos del diablo. Él ha sido homicida y mentiroso desde el principio". Juan 8,44-47

 

Por Antonio Caponnetto

 

  En La Nación Revista del domingo 28 de marzo (LNR, Nº 2125, p. 20-25), Marcos Aguinis es reporteado largamente, incluyéndose en la tapa de la publicación un primoroso fotoshop de su imagen. El reportaje discurre por los carriles habituales; esto es, la adulación servil de la reportera Any Ventura y la petulancia del entrevistado, quien se exhibe con una fatuidad cristínica, desbordante e invasiva, tanto en el triple look elegido para sus poses,como en la pretensión de una inexistente solvencia intelectual.

                  Recuérdese al respecto, a guisa de ejemplos cercanos, el grueso papelón que cometió en Perfil, a principios de mayo de 2009, reinventando el texto sofocleano de Antígona y torciendo con brutalidad el verdadero carácter de Edipo. O ese otro gazapo sobre Hypatia de Alejandría, movido por su proverbial odium Christi, y asentado en La Nación del 7 de agosto de 2009. De ambas salvajadas culturales hemos dado cuenta en su momento, el Dr. Bernardino Montejano y yo, mientras desde las irreconciliables antípodas pero con percepción concurrente, su cofrade Verbitsky lo desnudaba llamándolo  "pavo real", en inquietante nota del 2 de agosto de 2009 aparecida, claro, en Página 12. Ya se sabe el proverbio escolástico sosteniendo la validez de la verdad cualquiera sea su procedencia: "Veritas, a quocumque dicitur...".

Pero volvamos a los dichos del neuronovelista en el precitado reportaje de La Nación. Ya in fine, la desventurada Ana le da pie espetándole: "Ha padecido actos de antisemitismo". Y el pavezno regio responde sin hesitar: "-Sí. Por ejemplo, la revista nazi Cabildo me sacó en tapa diciendo: Subversión a sola firma. Los siete pecados capitales de Aguinis . El primer pecado capital es ser judío. El segundo es ser democrático. El tercero, ser intelectual. El cuarto, psicoanalista, y así seguía. Pero el primer pecado era ser judío. No te olvides de que en esa época se hablaba de la sinagoga radical ".

Aguinis miente por lo que calla, y miente por lo que dice.

Calla que nuestra frontal oposición a su persona desde las páginas de Cabildo fue la reacción legítima, no sólo a su desembozada y ruin ofensa a la Iglesia Católica y a Su Divino Fundador, sino a ese plan totalitario y despótico que concibió como Secretario de Cultura del alfonsinismo, y al que puso el bombástico nombre de PRONDEC:Programa para la Democratización de la Cultura. El Prondec, digámoslo de una vez , era un grosero lavado de cerebro estatal, de neto corte gramsciano y neomarxista, antecedente y ensayo del ominoso Decreto 1086 del kirchnerismo. Casi como un símbolo trágico del objetivo insurreccional del Prondec, o acaso como un guiño endiablado de la absoluta impunidad para subvertirlo todo de la que gozaba el funcionario del abogado defensor de Santucho, Aguinis exhibía en su firma la estrella erpiana. No; no era él la víctima de ningún antisemitismo. Era y sigue siendo el victimario ritual de la Argentina Católica. No era el objeto de ninguna persecución nazi. Era el sujeto de una persecución  hebrea a la Cruz, que aún no ha cesado.

De todo esto dimos prolijo y solitario testimonio en Cabildo, principalmente durante el año 1986. La respuesta del déspota, asentada en el órgano sionista Nueva Presencia, el 29 de agosto del mismo año, fue exigir "la eliminación de ese veneno que infecta a la sociedad". Poco tiempo después, su mandante accedía al drástico pedido, cancelándosele a nuestra revista las franquicias postales para obstaculizar e impedir su libre circulación. Extraño ejercicio de la libertad de prensa el que concibe este "democratizador de la cultura".

Pero el destronador de las glorias de Edipo, decíamos, no sólo miente por lo que calla sino por lo que dice.Y dice que en Cabildo escribimos una nota titulada "Los siete pecados capitales de Aguinis", en la cual , "el primer pecado capital" que se le señalaba, era ser judío.

No hay absolutamente nada de eso. Lo comprobará el lector, pues a continuación de estas líneas reproduzco textual y lealmente la nota de mi autoría, que apareció en Cabildo, el Nº 102 de la 2da. época,  Buenos Aires, 15-7-1986, p. 6-7, bajo el título de Aguinis:Mala Letra, seguida del largo y fundado análisis que otro colaborador hacía del "proyecto totalitario" del Prondec.

                    Una vez más, Marcos Aguinis ha mentido. Es que él es "el socio del éxito", como lo llama Any Ventura con razón, aunque en su ignorancia crea que lo está ponderando. Nosostros sabemos,desde Aristóteles, que el éxito no es criterio de Verdad; y nos seguimos preguntando con Balzac: "¿De cuántas infamias se compone un éxito?".

                     Una vez más, reiteramos, Aguinis ha mentido, cumpliéndose en él la sentencia irrevocable asentada por Jesucristo contra los fariseos, que recuerda nuestro epígrafe joánico.

                      No habrá derecho a réplica desde las logiadas páginas de La Nación. Nunca lo ha habido para nosotros, ni aún cuando fuimos vilmente atacados con nombre y apellido, en una noteja cobarde que escribió el exaltador de las gestas marranas el 3 de octubre de 2008.

                      Nada de esto importa ahora. Lo que importa es que sus declaraciones nos confirman que estamos en el buen camino. En efecto, más allá de las trapacerías en las que incurre, sabiendo la lenidad de la que goza como "intelectual" del sistema, es absolutamente cierto que hace 24 años desenmascaramos reciamente las trapisondas contraculturales de Aguinis.

                      A pesar del tiempo transcurrido, el hombre no se ha olvidado de la paliza recibida.

                      Sigamos entonces. Por la Nación contra el caos. Porque alguien tiene que decir la Verdad

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AGUINIS: MALA LETRA

Por Antonio Caponnetto

Cabildo, 2da. época, Nº.102, Buenos Aires, 15-7-1986, p. 6-7

Ya nos hemos ocupado algunas veces del Sr. Aguinis. Desde los tiempos en que servía en un modesto segundo plano bajo las órdenes del inolvidable Go­rostiza, hasta los de su encumbra­miento sigiloso al actual cargo que detenta. Ya nos hemos ocupado de registrar sus juicios temerarios y sus ges­tos despóticos, sus poderes discre­cionales y sus melifluas maneras, sus proyectos de colonizador cultural y sus desplantes de cancerbero advene­dizo. Es que Aguinis las tiene todas consigo, y como diría el buen Trócco­li, no se priva de nada. Pero ¿qué co­sa es, realmente, este sujeto de la re­volución contracultural emprendida por la socialdemocracia vernácula?

Es un intelectual. De esos del “partido de los intelectuales" que zahería Peguy. Es decir, transido de materialismo y de naturalismo, de fa­tua autoproclamación de glorias, de inflado narcisismo y tono irreverente, siempre pronto para profanar u oscu­recer lo más sagrado. Alguien que ha cambiado el amor a la sabiduría por el apego a la fama. La soledad del es­peculativo por la clientela electoral, el claustro de estudio por el bufete de burócrata, el tratado reflexivo por el “best seller" playero, el Plan Salvífi­co por el Plan de Alfabetización, la ciencia por los eslóganes ideológicos. Intelec­tual del sindicato de la "intelli­gentzia"; un gremio particularmente intranquilo y huelguista cada vez que la Patria está en pelea.

Es un demócrata; y de los ob­servantes más ultramontanos. De los que queman incienso al proferir el nombre de la urna y practican la nu­merolatría como un rito iniciático. De los que plugan al Bajísimo y se entre­gan en latréutica ofrenda al culto de la soberanía popular. De los que an­teponen el cuadernillo del '53 a la ley eterna, el sufragio universal al honor patrio, el elector al guerrero, el candi­dato al santo, la duración guberna­mental a la perennidad nacional. La democracia es el pan con el que se debe comulgar obligatoriamente, co­activamente, a riesgo de quedar exco­mulgado de los tiempos modernos. El nuevo maná y la nueva Arca, que se ha de "internalizar" unánimemente si no se quiere ser un impío autoritario. La moral de los más, la rebelión de lo inferior, la tiranía de la cifra, la primacía de la inconsciencia, la desencialización de la realidad, la desontologización de la Criatura, la omisión de Dios Padre; y todo ello y tanto más, por decreto, bajo severa fiscalía y reglamentación estatal: éso es la democracia para el Secretario de Cultura.

Es un alfonsinista; subespecie ésta dentro de los demócratas que aunque en vías de extinción especifica al gé­nero. El alfonsinismo es la democra­cia de oferta, de ocasión. Una verda­dera oportunidad; barata y casi una pichincha. Se envuelve como para re­galo o se lleva puesta. Para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, y por si esto fuera poco, la Agencia Ratto otorga garantía de afiliación hasta 1989.

Es un psicoanalista. Esto es, al­guien que no tuvo infancia sino etapa esfinteriana. Que no creció ni se hizo joven, ni se enamoró ni sufrió o se alegró a risotadas, ni quiso a sus padres o hermanos, ni soñó un impo­sible ni soñó ser de grande soldado o sacerdote. A cambio de ello, como se sabe, los psicoanalistas tienen complejo de Edipo, trauma de naci­miento, desarrollo evolutivo, pareja, catarsis, proyecciones oníricas, super yo, libidos reprimidas, paranoias y duelos varios. Psicoanalista Aguinis: alguien para quien la Argentina no es un misterio ni una tradición, ni una estirpe ni un destino, ni una victoria, pendiente, sino una sociedad neuróti­ca y conflictuada por resabios autori­taristas de los que debe liberarse.

Y es un judío. Lo que equivale a decir -hablando claro- que es un enemigo de la Ciudad Cristiana, ene­migo mortal de Cristo y de Su Reale­za, hijo de los hijos del padre de la mentira. Judío y sionista, como se ha cansado de proclamarlo. Lo que suma a la enemistad teológica contra la identidad nacional una ene­mistad política y económica, una extranjería invasora y expoliadora de los pueblos, un racismo agresor y ofensivo. Hasta uno de esos organis­mos internacionales en los que cree con devoción laicista, reprobó el racismo sionista ante evidencias incuestionables.

Intelectual, demócrata, alfonsi­nista, psicoanalista, judío, sionis­ta: he aquí alguien para quien parece haberse creado el Infierno. Sin embargo, es uno de los artífices del pa­raíso democrático. Es uno de los artífices de la subversión dominante y abarcadora.

Pero está haciendo mala letra. Tan mala que delata sus intenciones y sus propósitos, su enrolamiento ideológi­co y sus afinidades crapulosas. Tan mala que la grafía denuncia pública­mente su biografía, y las letras se estrellan pentagramáticamente sobre los papeles públicos para rubricar los planes siniestros de la destrucción es­piritual de la patria.

No prevalecerá la caligrafía de la subversión. Porque estas tierras fue­ron descubiertas por un hombre que estampaba en su firma un CRISTO FE­RENS: El que va con Cristo, el que lleva a Cristo. El Señor de los Ejérci­tos no permitirá definitivamente que ultrajen sus posesiones. El Verbo hecho carne, palabra de vida eterna, letra sagrada y nombre de los· nombres, borrará todas las obras del Maligno y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies (1, Cor. 15,25). Effunde frameam. Desenvaina tu espada, Señor. Y déjanos firmar con ella Tu Victoria.