lunes, 27 de septiembre de 2010

QUE SE VAYAN TODOS....

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Por el Tcnl. José Javier de la Cuesta Ávila (LMGSM 1 y CMN 73).

Las ciudades de Argentina hace una década se inundaron de voces proclamando el fin de aquellos que estaban destruyendo el país y, hoy, tantos años después, sus descendientes siguen la obra, ante los azorados argentinos, que sienten diluirse la Patria en el pasado y negarse la Nación para el futuro, porque el mal no esta en las personas, sino que surge de un sistema viciado que se enquista como un régimen de poder tenebroso, violando lo pactado y retaceando el éxito en el mañana-

Cuán equivocados fuimos los argentinos que, en un tiempo de crisis, creímos que las voces airadas, elevadas para señalar que sabíamos quienes eran los culpables del desastre y que queríamos que dejaran de conducir nuestros destinos, serian escuchadas. Su efecto fue un cambio de nombres, pero no una modificación de acciones y conductas, con lo que, casi sin mostrarlo concretamente, el sistema volvió a posesionarse de todo.

Casi un siglo de desaciertos se acumulan entorpeciendo la evolución que el país tiene potencialmente como capacidad distintiva. Un sinfín de idas y venidas nos han llevado por senderos sin salidas y la vida de la sociedad se ha convertido en un permanente siempre empezar. Una larvada actividad de grupos que mostraban sueños e ideales como suculentos festines, aparto a la comunidad de sus esfuerzos constructivos y la llevo a la espera de goces que no habían sido ganados y merecidos.

La terrible de esta historia es que el país es excepcional y que pese a la obra siniestra que intenta socavarlo, el mismo resurge con ganas de vivir y encara acciones para subsistir pese a los vendavales. Lo triste de este proceso es que algunos se atribuyen ese renacer y, lo peor de todos, es que muchos lo creen y, lógicamente, hasta lo apoyan.

Sin embargo, esta marejada, a la larga, horadará los cimientos de la estructura como país, debilitara sus vigas institucionales y nos llevara al caos como sociedad organizada y pondrá en serio riesgo nuestra identidad internacional y, quizás, la libertad y la independencia.

Es necesario que, de alguna manera, vuelva la luz a las tinieblas que muestran los sucesivos escenarios, para que ella aliente a las realizaciones, impulse las actividades y concrete lo que aspiramos. Pero esta claridad no aparecerá como fruto de un milagro sino que tiene que ser la resultante lógica del análisis y la determinación firme de la búsqueda de las soluciones.

La clase política de nuestra nación se dejo influir por las teorías que prometían avanzar con facilidad, lo que la llevo a diseñar cursos de acción que no tenían origen en los aportes, sino que resultaban de un restar aquellos y no de apoyarlos. Se perdió la experiencia de nuestros mayores que en el siglo XIX pensaron mas en nosotros, sus descendientes, que en ellos mismos y nos dieron las bases para ser un gran país. Se jugo entre los intereses (corporativos) y las ideas (ideologías) y se olvido las necesidades y las aspiraciones, con lo que se socavo la esperanza de crecer y la alegría de lograr premio por lo realizado.

La trama sociopolítica creo un eslabón falso en la representación asignado ella a las ideologías y/o las corporaciones y negando su origen genuino en las gentes, con lo que se traza un cuadro falso e inconsistente que no tiene la calidad que requiere ni la fortaleza necesaria. Se olvida ocultando o deformando la verdad del ayer para restar a nuestros antecesores el merito por lo realizado y no se reconoce en cuanto ellos dieron la savia que nos permitió hasta ayer ser.

Argentina nació de un origen feudal al que se trasplanto la calidad y la sabiduría milenaria de occidente, con el sabor de lo europeo y la sustancia de lo hispánico, que los gobernantes de ayer supieron ubicar en el mundo, pese a nuestra posición periférica, insertándonos en las mas elevadas realizaciones frutos del progreso y la evolución. La Constitución Nacional, el reflejo terminante de lo que se quería hacer y ella el marco obligado a recorrer, fue alterada y modificada, en una constante de aprovechamiento personal, restando la guía como carril de marcha de nuestra Nación.

Tenemos que saber que hemos caído en un sistema que ha creado un régimen que se aparta de lo pactado en los inicios para ser nación y que en tanto no salgamos del mismo, no tendremos respuesta como sociedad organizada. Por ello, si Argentina vuelva a sus carriles fundacionales y sus estructuras políticas se adaptan a las condiciones pactadas, se volverá a ser lo que debemos ser, no por negación de lo que esperamos, sino por el logro de lo que podemos.

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