miércoles, 17 de noviembre de 2010

¿PARA CUANDO EL PLAN DE DESARROLLO?

Alberto_Asseff

Por Alberto Asseff

Un concepto de Talleyrand a Napoleón: "Su Excelencia, esto no es un crimen. Es peor, es un gran error". Nuestra política comete varios crímenes, dicho con mucho horror y sin ningún rubor porque a estas realidades es ineludible no encubrirlas. Empero, la cuestión es aún más gravosa. Cuando no incurre en delitos, cae en gravísimos errores.

Es un inexcusable yerro que sigamos sin un Plan Estratégico de Desarrollo. Somos un país que se excede en recurrir a "papá Estado", pero inconcebible y contradictoriamente desde ese padre no descienden señales orientadoras para nuestro desenvolvimiento programado, pensado.

Todos los países requieren del pensamiento estratégico. No interesan las posturas ideológicas. Los liberales también planifican el porvenir. La diferencia es que ellos reconocen en el Estado a un socio no todopoderoso y a su vez éste acepta que el papel de la iniciativa privada es imprescindible. Pero los dos juntos programan el camino.

Nosotros estamos en el escenario más incómodo: tendencia irrefrenable al viejo estatismo, pero el Estado continúa, a pesar de que engorda, cada día pensando menos y dirigiendo poco.

Está claro que con una política que se agota en las expectativas y pujas electorales y que se revuelve en un internismo interminable y patológico, es imposible reformar al Estado y otorgarle funcionalidad a partir de atender a su cerebro, ese que parece, alarmantemente, ausente. Este Estado es el reflejo de esta política. Son inescindibles.

Como dicen en España, la política nuestra está fuera de tiesto. Mientras la ciudadanía vive azorada por la criminalidad común, la política prosigue el debate sobre las garantías, la policía y demás. Rechazan liminarmente la ley y el orden sin comprender que sin ellos no hay solución para la convivencia argentina. En materia económica, es notoria la oportunidad: el siglo asiático - este s.XXI - quiere comer y tiene para pagar. Además, los problemas ambientales - incluyendo el amenazante cambio climático -, la escasez de agua dulce, la carencia de espacios verdes y productivos y la superpoblación causan correlativas ventajas para nuestro país. Cuidando el equilibrio ambiental, el agua, los bosques, los suelos y poniendo plan y sensatez en nuestro proceso de urbanismo, la Argentina puede emerger, promediando este siglo, como el país de la esperanza. Y erigirse en mentora de las mutaciones que exige el mundo.

Tenemos todo lo que el planeta necesita y carecemos de casi todo lo que a él le molesta o le sobra. Dicho, quizás, con la exageración que autoriza nuestra ansiedad para que no se nos escurra esta situación conveniente.

Empero, existe algo que conspira hondamente contra nuestros intereses nacionales: no somos capaces de prever a mediano plazo. ¡Ni hablar del largo! Si obráramos con larga visión licuaríamos esos enfermantes vaivenes que nos embargan.

Los iroqueses, habitantes de la región lacustre del Canadá, tenían la peculiaridad de adoptar decisiones pensadas para siete generaciones posteriores. ¡Cuánta sabiduría! ¡Qué envidia!

China se caracteriza por ese atributo de los iroqueses al que une la paciencia, otra formidable virtud. Da la sensación de que Brasil anda por ese rumbo como lo explicaría ese concepto acuñado por Itamarati: "con la Argentina, paciencia estratégica". Con esa conducta sofrenan las retaliaciones de la industria paulista frente a las medidas proteccionistas aisladas y fuera de un plan que se adoptan acá.

La política debe ser construcción del futuro. Nosotros adolecemos de política conforme esa definición. A lo mejor tenemos militancia - muchas veces nutrida por las cajas del Estado...-, pero lo que rigurosamente se llama y es política nos falta a luces vistas.

Cuando existe política genuina y proficua - la que abre el rumbo hacia adelante - siempre se halla su guía, esto es la geopolítica y sus parientes de primer grado, la geoestrategia y la geoeconomía.

La política actuando en el espacio geográfico, trazando líneas directrices a largo plazo y planificando el desarrollo económico-social. Es a todo esto a lo que me refiero.

Todos los días se producen reuniones en los diversos ámbitos. ¿Por qué no se organiza de una vez por todas el famoso Consejo Económico y Social como gran foro para el consenso sobre prioridades de inversión, salarios, incentivos tributarios, integración demográfica y territorial ? ¿Por qué no pensar en ese sitio de convergencia cómo queremos que se desarrolle nuestra sociedad?

Hablé hace un tiempo de "crecimiento sin desarrollo". Flagrantemente es lo que hoy nos pasa. Porque paralelamente con el incremento innegable del consumo y con el relativo equilibrio de las cuentas fiscales - que es frágil, al punto que depende de lo que haga Dilma Rousseff con el real a partir de enero - aparecen factores perversos como la droga, la criminalidad, la conflictividad, la fragmentación, la violencia social, entre otros.

Estamos pagando altísimo precio por la adolescencia de un Plan Nacional de Desarrollo Estratégico, al que concibo como orientativo y no imperativo. El buen Estado tiene instrumentos para inducir sin imponer. Un costo es la inflación: el desarrollo sostenido y sólido inhuma esa falacia de que se necesita inflación para fogonear la economía.

No podemos persistir en la inacción ante el urbanismo desordenado que data de más de medio siglo. Ese proceso anárquico es fuente de muchas de las lacras sociales y económicas que nos afectan, incluida la inseguridad. Sólo un Plan de Desarrollo puede enmendar esta falsa escuadra en la que nos movemos.

Nadie habla de una política demográfica, pero es una de las mayores exigencias de este momento histórico.

El pensamiento estratégico posee la virtud de estudiar sesudamente - ¡sí, con seso...! - capacidades y vulnerabilidades del país, determinar cuáles son los pasos para integrar el proceso industrial y tecnológico y cómo asociar más estrechamente a la universidad como formadora de los dirigentes y del conocimiento con la actividad económica. Esas estrategias también marcarán las líneas de la política exterior para que ésta acompañe la apertura de los mercados y les dé certeza.

El Plan abarca - en rigor, es su sustento - lo cultural. Si la Argentina no recupera su autoestima es poco o nulo lo que podremos forjar colectivamente. Autoestima no es conformismo ni vanidad. Es sencillamente, tenernos amor, algo esencialmente sano. Con ese amor por nosotros mismos podremos ir licuando faccionalismos y antropofagias, tan venenosos para que algún día próximo volvamos a tener política.

Algunos se tienen que sustraer a las pequeñeces y banalidades y reflexionar sobre lo que pretendemos para el futuro. Así se empezaría a elaborar el Plan Estratégico de Desarrollo.

* Dirigente de UNIR
www.pnc-unir.org.ar
www.unirargentina.com.ar
pncunir@yahoo.com.ar

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