miércoles, 25 de julio de 2012

DISCURSO ALUSIVO AL DÍA DE LA INDEPENDENCIA ARGENTINA

 
Discurso del profesor Enrique Raúl Pizarro del día 9 de julio de 2012, en ocasión del Acto escolar Patrio en la ciudad de La Plata.

Distinguidas autoridades, estimados profesores y alumnos de nuestra comunidad educativa:
Hoy es el día en que rendimos justo homenaje a los próceres que proclamaron nuestra independencia, un día 9 de julio de 1816. Honrado con la difícil tarea de rememorar tan glorioso acontecimiento, comienzo por aclarar que no lo haremos con la crónica histórica de aquellos sucesos, sino con una evocación y una reflexión sobre las cualidades de aquellos sucesos, sino con una evocación y una reflexión sobre las cualidades personales de los patriotas que los protagonizaron, para poder apreciar cabalmente su calidad de verdaderos argentinos. Y ello, como respuesta a la necesidad de tomar conciencia del peligro actual e inminente que corre la Patria argentina de perder definitivamente su identidad nacional, y junto con ella, toda forma de independencia.
La Argentina no nació por casualidad, ni apareció de la nada, o como hija de nadie, como bien lo dice el padre Ignacio Ezcurra: tiene un pasado, una cultura, una raza, una religión, una lengua. Y todo eso, se hunde en las raíces de la Historia…
¿Por qué decimos que eran verdaderos argentinos los patriotas que declararon la Independencia? Responder a tal cuestión implica verificar qué sabían aquellos hombres y mujeres de 1816, sobre el mundo y ellos mismos. En qué creían; cuáles eran sus fidelidades y sus problemas. Es decir, conocer de qué se quisieron independizar, y de qué no. Qué afectos, compromisos y lealtades los ligaban a esta tierra nuestra.
Ante todo, tenían en claro el concepto de libertad. Y eran fieles al alma de la Patria. Los treinta y nueve representantes de las ciudades, pueblos y localidades rurales argentinas que se reunieron en el Congreso de Tucumán sabían que, en última instancia, toda libertad tiene como finalidad alcanzar la felicidad eterna que Dios reserva a sus hijos, y que lo demás se daría por añadidura. Por eso nunca se les pasó por la cabeza independizarse de su propia cultura, de sus tradiciones, de su cosmovisión trascendente del mundo; y menos aún, de su propia conciencia moral.
Recordemos que tanto se identificaba a la argentinidad con la Cristiandad, que once de aquellos diputados eran sacerdotes, justamente porque los pueblos elegían curas por su representatividad popular. Los treinta y nueve eran católicos, lo que les permitía doblar la rodilla ante Dios para reconocer sus faltas, y pedir perdón por sus pecados. Y no doblarla ante el dinero y el poder, única “religión” de muchos de nuestros representantes de hoy… ¿Se arrepentirían de sus pecados los políticos de hoy?, ¿Se confesarían?, ¿Se reconciliarán con Dios y con el prójimo, con el pueblo agraviado al que dicen representar? No será así mientras conciban la libertad como una mera rebelión contra todo código y compromiso responsable. De modo inverso al de nuestros héroes fundadores.
Estos nunca cortaron amarras con una cosmovisión trascendente de la vida, en la que el Bien, la Verdad, la Justicia y la Belleza tienen el valor permanente e inmutable de ser los caminos hacia Dios; es decir, las cuatro vocaciones del alma humana. Valores absolutos que resultan, para algunos líderes actuales, “meros puntos de vista”. Una cuestión de gustos, o una opción tan válida como los vicios, la corrupción, el dinero, o el capricho individual; que parecen confundirse con la democracia.
Los fundadores de la argentinidad no solo quisieron asegurarle un cuerpo a nuestra Patria, es decir, un territorio poblado y con un sistema político libre de toda dominación extranjera. También quisieron garantizarle un alma que la identificara.
¿Y cuál era esa alma, sino la del cristianismo heredado?: la de la cultura que le rezaba a Dios Uno y Trino en castellano. La del reconocimiento y apego al orden natural. La de la fidelidad a la propia historia y a las tradiciones. La de la lealtad y el respeto a los compromisos asumidos. La cultura del trabajo, y el sacrificio personal, la del cumplimiento voluntario de los deberes y obligaciones como fuente de todo derecho.
El orgullo por la civilización e instituciones heredadas de Grecia y de Roma, y recreadas por la Hispanidad en América. La del sentido del bien común, cuando se ejercía la política como servicio al prójimo y no a sí mismos. Una cultura basada en la familia como fundamento no ya de toda nación organizada, sino incluso de toda realización y felicidad personal y social.
Una Patria de varones y mujeres educados en la fe, la esperanza y la Caridad; en la justicia, la fortaleza, la prudencia y la templanza… Esta era el alma de la Patria, esta o ninguna. De estos valores esenciales y constitutivos del alma nacional no quisieron independizarse nunca los hombres de julio de 1816.
Hoy, los poderosos, las elites que manipulan la economía y las finanzas, los medios, la farándula, la educación, la legislación, etcétera, parecen creer que se puede tener un país sin alma. Pues han traicionado todas y cada una de sus notas constitutivas, y desde luego, el mandato de los representantes del Congreso de Tucumán. No es que antes no hubiese traidores. No hacía mucho, en 1815, Alvear había querido recolonizar esta tierra bajo bandera británica. Y Rivadavia intentaba entregar la riqueza nacional a Londres, y se dedicaba a perseguirlo a San Martín y a la Iglesia Católica, o a venderse al Brasil. Unos pocos “doctores unitarios” miraban hacia fuera con vergonzosa e inconfesable añoranza de Patrias ajenas, desde la clandestinidad de las logias, necesaria para ellos pues conspiraban en medio de un pueblo con alma cristiana y dignidad. Nuestro pueblo no les toleró sus actos en cuanto trascendieron.
Hoy parece inversa la situación: en el seno del poder político una minoría silenciosa, fiel al ser nacional, quiere a la Patria y a su gente. Y la defienden como pueden. Y una mayoría se vende a los poderes tenebrosos de la Cultura de la Muerte, a la tiranía del pensamiento único. Es decir, a la injusticia, y el desprecio por la vida inocente que confunden con derechos humanos y libertad.
Entonces, pareciera prevalecer ese poder que quiere impedir una Argentina libre, unida, grande y soberana. Esto nos conduce a reflexionar sobre una sentencia evangélica: “por sus frutos los conoceréis”. En efecto, si el fruto de la cultura y la sabiduría de nuestros héroes fundadores fue la libertad (pensemos en Saavedra, Artigas, Borrego, Belgrano, San Martín y Rosas, entre otros), los frutos de los anti-héroes de ayer y de hoy han de ser sin duda, peor que la dependencia, una amarga esclavitud.
Esclavitud al imperio global del dinero, y más aun, a los vicios que se instalarán sin redención posible en una sociedad “construida” al margen de Dios y sus mandamientos.
Quizás estos constructores de Patrias sin alma no han caído en la cuenta de que no se puede hacer una sociedad sin Dios, sin hacerla al mismo tiempo contra los propios hombres, mujeres y niños de esa sociedad, quienes solo en Dios tienen derechos por naturaleza.
No son nuestros el rechazo a la obra de Dios, a las Bienaventuranzas de su Hijo, como a su sacrificio redentor. No son argentinos el rechazo a la pureza a la Virgen, ni a la maternidad en sí.
La persecución de lo más sagrado, tiene la intención de que nosotros no participemos de ello. Intenta alejar de nosotros al Modelo mismo, que es Cristo. Y con Él, la verdad que nos hace libres.
Algún día, los perseguidores de hoy sabrán que son reales y son posibles la Verdad, el Bien, la pureza y el pudor. La Caridad, la humildad, la nobleza de espíritu. Será cuando dejen de mirarse en el espejo de sus propios fracasos y rencores. Mientras tanto, seguirán intentando amaestrarnos. Haciéndonos como ellos: débiles, sobornables, sin autonomía de pensamiento, masificados. Para que no seamos libres ni capaces de plantarnos ante el injusto secuestro de nuestras almas y del alma nacional.
Para los hombres de la independencia, semejantes planes hubiesen resultado la negación de la libertad misma que ellos consolidaron. Cuando ellos cortaron los lazos que nos hacían dependientes de un sistema decadente: la monarquía borbónica, reyes degradados e indignos, lo hicieron justamente porque ellos ponían en riesgo el cuerpo y el alma de la Patria, es decir, su territorio y su cultura; al entregarse en manos de tiranos extranjeros (Napoleón). O de ideologías afrancesadas (despotismo ilustrado), o anglófilas (liberalismo masónico).
Tenían buen olfato nuestros pueblos criollos y sus caudillos. Sabían qué defender. Por eso nos independizaron.
Más tarde, en 1820, las provincias argentinas, para salvar la argentinidad tendrían que cortar lazos con la Buenos Aires unitaria; es decir, con la oligarquía porteña, implantando el sistema federal. Recordemos la bandera de Quiroga contra los doctores y políticos de Buenos Aires: “¡Religión o Muerte!”
¿Dónde quedó ese sentido del propio ser de los argentinos, de conservación de la propia identidad? ¿Dónde está la herencia que los valientes próceres de la Independencia nos legaron? ¿Existe todavía? ¿Podrá renacer? ¿Dónde se oculta…?
Les confieso que yo no sería profesor si no hubiera visto en ustedes el alma de mi Patria. Creo que en ustedes se esconde, como un río subterráneo. Precisamente en sus ideales. En sus anhelos de paz y justicia. En el entusiasmo al descubrir nuestras cosas: historia, literatura, tradiciones y artes, música, pensamiento. En la admiración por la verdadera belleza. En el anhelo de trascendencia y de Dios. En la intuición del orden natural de la creación, y la emoción ante su esplendor. En la búsqueda de la verdad, el amor a la vida, el sentido de la amistad, y el orgullo ante los ante los triunfos y aciertos de nuestros grandes hombres y mujeres. O los proyectos nobles y generosos de nuestros genios.
En todas estas actitudes, ustedes me han enseñado a mí. Por eso veo yo el futuro de la Patria, que hoy sufre en silencio, en la juventud verdaderamente argentina.
Nosotros hemos recibido la antorcha de la Cristiandad en América, de manos de nuestros mayores: los héroes de la independencia y sus sucesores. Y si ustedes no se dejan robar el alma de la Patria, la luz de esa antorcha en sus manos será un faro para sus hijos y para las futuras generaciones. Entonces, quizás un día no muy lejano podamos refundar la República en su verdadera esencia. Y proclamar la segunda independencia que nos merecemos, signada por los mismos principios que la primera. Y así reencontrarnos con nuestro destino. Dios lo permita.
Muchas gracias, y hasta siempre, queridos chicos, y amables y pacientes colegas.


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