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jueves, 14 de octubre de 2010

FERIADO NACIONAL DEL 27 DE OCTUBRE: CONMEMORACIÓN DE LA MASACRE CONTRA EL PROF. JORDÁN BRUNO GENTA

a Jordan Bruno Genta

Por Emilio Nazar Kasbo

El próximo 27 de octubre de 2010, conmemoración de la masacre y brutal asesinato del Profesor Jordán Bruno Genta, será feriado nacional por primera vez en Argentina.

¿Qué es lo que se puede esperar de una persona que naciera en un hogar filomasónico, ateo, socialista, anarquista y anticlerical al que incluso se le asignara el nombre de una persona que se consideraba a sí mismo como el Anticristo?

Por una mera coincidencia, el día 27 de octubre de 2010 será por primera vez Feriado Nacional, aunque no por el motivo que corresponde. En esa fecha se realizará el censo nacional, pero se conmemorarán a su vez los 36 años de la masacre y brutal asesinato del Profesor Jordán Bruno Genta, a manos de un “comando 22 de agosto” del ERP, según fuera reivindicado en su oportunidad, en tanto que otras fuentes atribuyen a la Triple A el hecho.

Es importante destacar que el día “22 de agosto”, nombre del comando que se atribuyó el atentado, es una fecha con significado teológico, ya que en el santoral es el día de María Reina. Este elemento es coincidente con el texto que tras la muerte del Prof. Carlos Sacheri difundieran los que se atribuyeron el asesinato, correspondiente a personas con conocimiento teológico y de la Fe Católica.

Genta fue el filósofo de las esencias, el Sócrates de la Argentina, quien unió la ética con la Metafísica con un gran aporte en la materia. Conocedor profundo del ser y del devenir, del Absoluto y de lo relativo, se convirtió a la Fe Católica por las lecturas de los clásicos griegos, latinos e hispánicos, pero fundamentalmente por la influencia de su esposa María Lilia.

Hoy fríamente se expresa en la Wikipedia: “Jordán Bruno Genta (1909-1974) fue un escritor y filósofo nacionalista católico argentino, profesor de filosofía y letras durante 40 años. Incursionó en el periodismo y escribió numerosos libros de amplia difusión en el nacionalismo católico. Fue rector del Instituto Nacional del Profesorado (en Buenos Aires)”.

SU BIOGRAFÍA

Genta nació en la ciudad de Buenos Aires el 2 de octubre de 1909, como segundo hijo varón de Carlos Luis Genta (anarquista, ateo y anticlerical) y Carolina Coli. Recibió el nombre de Jordán Bruno en homenaje a Giordano Bruno, un monje italiano que se consideraba a sí mismo como el Anticristo, a quien la Inquisición juzgó en 1600 por sus ideas.

Formado como líder del socialismo ateo, su matrimonio con María Lilia le valió el testimonio cercano de la piedad y la cosmovisión católica en la vivencia femenina de la Fe. Hombre sincero y coherente, un obligado descanso por razones médicas en la provincia de Córdoba (Argentina), lo puso en contacto con los clásicos de la literatura latina, para continuar con la profundización del pensamiento filosófico en sus inicios con los presocráticos, continuando con Platón y Aristóteles, la Divina Comedia, sumado a la literatura clásica hispana, que fueron mostrando el camino del orden humano subordinado a lo Metafísico, y viendo el contacto de la Metafísica con la Teología. El descubrimiento del Absoluto en Dios, la coherencia intelectual en la vida fue su camino racional de conversión al catolicismo sobre el que tantos prejuicios le habían inculcado, incluyendo su propio nombre. Y la vía de la voluntad para alcanzar el Bien que la inteligencia indicaba, fue el simple testimonio de su esposa, alcanzando una conversión tal que involucró íntegramente su vida.

J.B. Genta

En el año 1936 se implantó en la provincia de Buenos Aires, bajo el gobierno de Manuel Fresco, una reforma a la enseñanza primaria consistente en reducir el ciclo de estudios generales a cuatro grados dejando los dos últimos para un ciclo de preaprendizaje basado en cursos de industria, comercio, agricultura, ganadería, quehaceres domésticos, etc. Paralelo a la reforma, el gobierno creó un Instituto Nacional del Profesorado destinado a la preparación pedagógica de los docentes en el marco adecuado para las finalidades que la reforma pretendía.

Este instituto estaba regido por un grupo de intelectuales vinculados al nacionalismo católico, entre los cuales se encontraba Genta. Los propósitos que la documentación oficial asignaba a esta entidad incluían, ”... evitar el peligro (...) que la reforma, en su ejecución, pueda transformar los valores instrumentales con que tiene que operar, en fines y derivar a objetivos practicistas que la desnaturalizarían, malogrando la bienhechora influencia espiritual que está llamada a desarrollar”. (Véase Ministerio de Gobierno. Reforma Educacional en Buenos Aires. La Plata, 1937, págs. 255-260).

En 1943 fue designado interventor de la Universidad Nacional del Litoral por el gobierno emergente del golpe del 4 de junio de ese año, del cual participó Juan Domingo Perón como integrante del GOU (Grupo de Oficiales Unidos). Sus tendencias políticas conservadoras le valieron amplias críticas en un documento editado en su contra y firmado por el movimiento FORJA, lo que lo llevó a un enfrentamiento con Arturo Jauretche.

“Genta no aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario”, afirma Antonio Caponnetto.

En sus obras, Genta promovía la jerarquización del saber y la promoción de los estudios técnicos en el marco de la Metafísica de la filosofía tradicional aristotélico tomista y el espíritu católico, ya que tal fue la base racional de su conversión. En el marco de esta jerarquización del saber, los estudios técnicos debían estar al alcance del conjunto de la población, al igual que la cultura humanística de orientación católica.

SU ASESINATO

En la mañana del domingo 27 de octubre de 1974 (coincidente con la fecha de Cristo Rey de la liturgia anterior al Concilio Vaticano II), al salir de su domicilio de Buenos Aires, disponiéndose a asistir a Misa como siempre lo hacía, salió a la calle, y en la esquina fue acribillado de once balazos frente a su familia, por un guerrillero vestido de traje marrón, apoyado por otros que se desplazaban en un vehículo.

Genta, en el momento de su asesinato se desempeñaba como regente del Instituto de Enseñanza Privada Santa Rita.

El grupo "22 de agosto" del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) se atribuyó la responsabilidad del asesinato.

SUS OBRAS

Entre sus obras se encuentran la dirección del periódico “Combate”, así como los siguientes libros y publicaciones:

Acerca de la libertad de enseñar y de la enseñanza de la libertad (1945); La idea y las ideologías (1949); Libre examen y comunismo (1961); Guerra contrarrevolucionaria (1964); Análisis crítico del «Manifiesto comunista» (1969); Testamento político (editado en 1984), Opción Política del Cristiano, Principios de la Política, El Nacionalismo Argentino, entre otras obras.

El principal de sus escritos, o al menos el más difundido, es Guerra contrarrevolucionaria, en el cual traza las líneas de un esquema agustiniano de las ideas, separando la Doctrina Positiva de la doctrina negativa, distinguiéndolas y señalando hacia dónde se dirige cada una de ellas.

SU LEGADO

Como bien lo describe Antonio Caponnetto, Genta:

“Sostuvo una enemistad firmísima con el comunismo, pero también -y simétricamente- con el liberalismo en todas sus variantes. El liberalismo sigue siendo un pecado, y lo sabía.

”No fue democrático. Admiraba a los grandes monarcas santos, a los varones jerárquicos instauradores de gobiernos fuertes, a los jefes aristocráticos, a los Caudillos de la Patria y de Occidente; y hasta respetaba cristianamente a los grandes conductores nacionales a quienes aplastó la conjura aliada en 1945.

“La Realeza Social de Jesucristo era su opción política. El Omnia Instaurare in Christo, su lema y su norte. Su divisa flameante e izada bien al tope…

“Repetía con Santa Teresa: “es preferible la Verdad en soledad al error en compañía”. Y con Aristóteles: “en toda juntura entre lo malo y lo bueno, sufre lo bueno”. No mixturaba los contrarios, así como evitaba mezclar el agua con el vino.

“Se atrevió a decir lo que otros callaban y aún callan: que hay una culpabilidad judeomasónica tras el drama de la Argentina y tras la derrota de la Civilización Cristiana…

“Expresamente repudió la falsa línea ideológica “San Martín - Rosas - Perón”. Sus arquetipos no eran los incendiarios de iglesias sino los herederos de la estirpe del Cid…

“Lo habían ido a matar a la puerta de su casa. Un domingo, cuando rumbeaba para la Santa Misa, en la tradicional festividad de Cristo Rey, como después escribieron sádicamente sus verdugos...

“Lo mataron por ser católico y nacionalista. Lo mató el odio rojo por luchar por el Amor de los Amores”.

MUERTO EN ODIO A LA FE

Efectivamente, Jordán Bruno Genta fue asesinado en odio a la Fe, pero esto no significa un mero martirio de alguien que a último momento es capaz de dar su vida en ese instante, sino que sus virtudes como católico brillaron en sus escritos y en sus discursos, como prueba irrefutable del testimonio sobrenatural de los católicos en el mundo, en plena unión con la Iglesia para santificar el mundo.

Un camino de conversión, una Fe vital y una muerte en honor a Cristo Rey por un comando que lleva la fecha de María Reina: efectivamente, Genta fue muerto

Es imperioso que se abra efectivamente una causa de canonización a Jordán Bruno Genta, para poder analizar con detenimiento sus escritos a fin de establecer por la Iglesia oficialmente su concordancia con el Magisterio, unido a la coronación de su muerte. Genta ha sido un verdadero ejemplo y testimonio católico en vida, sin medias tintas, para quienes lo conocieron personalmente.

sábado, 11 de julio de 2009

Jaque Mate


por Peter Kreeft.

La doctrina de la divinidad de Cristo es una doctrina central del cristianismo, pues es como una llave maestra que abre todo lo demás. Los cristianos no han razonado de modo independiente ni puesto a prueba cada una de las enseñanzas de Cristo que recibieron vía la Biblia y la Iglesia, sino que creen en todas ellas en base a Su autoridad. Pues si el Cristo es divino, bien puede confiarse en Él como maestro infalible en todo lo que dijo, incluso cosas duras como su exaltación de la pobreza y del sufrimiento, su prohibición del divorcio, su don a la Iglesia de la autoridad para enseñar y perdonar los pecados en Su nombre, sus advertencias sobre el infierno (muy a menudo y muy seriamente), la institución del escandaloso sacramento de comer su carne—frecuentemente nos olvidamos cuántas “cosas duras” enseñó.

Cuando los primeros apologistas cristianos comenzaron a dar razón de su fe a los incrédulos, naturalmente esta doctrina de la divinidad de Cristo resultó atacada, pues era casi tan increíble para los gentiles como escandalosa para los judíos. Que un hombre nacido de un vientre materno y que murió en la cruz, un hombre que se cansaba y que padeció hambre y que se enojó y que se conmovió y lloró ante la tumba de su amigo, que este hombre que tenía las uñas sucias fuera Dios era, sencillamente, la más asombroso, increíble, idea loca que jamás entró en cabeza de hombre en toda la historia de la humanidad.

El argumento al que recurrían los apologistas para defender esta doctrina aparentemente indefendible se ha transformado en un argumento clásico. C. S. Lewis lo ha usado en varias oportunidades. En cierta oportunidad le dediqué medio libro (Between Heaven and Hell). Es el argumento más importante de la apologética cristiana, pues una vez que el infiel acepta la conclusión de este argumento (que Cristo es Dios), todo lo perteneciente a la Fe sigue solo, no sólo intelectualmente (por tanto las enseñanzas de Cristo han de ser verdaderas) sino también personalmente (si Cristo es Dios, Él es también tu Señor y Salvador).

El argumento, como casi todos los argumentos eficaces, es extremadamente sencillo: o bien Cristo es Dios, o bien fue un mal tipo.

Los incrédulos siempre dicen que fue un buen hombre, no un mal tipo; que fue un gran maestro moral, un sabio, un filósofo, un moralista y un profeta, no un criminal, no un hombre que merecía morir crucificado. Pero, en buena lógica y sentido común, un buen hombre es la única cosa que en efecto no podía ser. Pues reclamó ser Dios. Dijo, “Antes de que Abraham fuera, Yo Soy”, profiriendo así la palabra que ningún judío se atrevía a pronunciar puesto es que es el nombre privativo de Dios, dicha por el mismísimo Dios a Moisés en la zarza ardiente. Jesús quería que todos creyes que Él era Dios. Quería que la gente lo adorara. Reclamó para Sí el poder de perdonar los pecados contra cualquier otro. (¿Quién puede hacer eso excepto Dios, el Uno siempre ofendido en cada pecado?).

Ahora bien, ¿qué pensaríamos hoy en día de un hombre que anduviese reclamando semejantes prerrogativas? Por cierto no que fuera un buen hombre y un sabio. Sólo hay dos posibilidades: o bien dice la verdad, o no. Si dice la verdad, es Dios y el caso está cerrado. Hemos de creer en él y adorarlo. Si no dice la verdad, entonces no es Dios sino un simple hombre. Pero un simple hombre que quiere que uno lo adore como a Dios no es un buen hombre. En verdad, es un hombre muy malo, o bien moralmente o bien intelectualmente considerado. Si sabe que no es Dios, entonces es moralmente malo, un mentiroso que intenta engañarnos deliberadamente e inducirnos a la blasfemia. Si no sabe que no es es Dios, si sinceramente cree que es Dios, entonces intelectualmente se revela como deficiente—de hecho, un insano.

Una medida de la insania es el tamaño del precipicio que se abre entre lo que uno sostiene ser y realmente es. Si creo ser el filósofo más grande de los Estados Unidos, soy sólo un tonto arrogante; si creo que soy Napoleón, probablemente tenga los cascos a la jineta; si creo que soy una mariposa, estoy plenamente embarcado y muy lejos de las costas de la cordura. Pero si creo que soy Dios, soy más insano aún puesto que la distancia entre cualquier cosa finita y el Dios infinito, es aún mayor que entre dos cosas finitas, incluso la que hay entre un hombre y una mariposa.

Josh McCowell ha sintetizado el argumento sencilla y memorablemente en el trilema “Señor, ¿mentiroso o loco?”. Son las únicas dos opciones. ¿Y bien? ¿Por qué no las dos cosas? Pero nadie que haya leído los Evangelios puede honesta y seriamente considerar posible semejante cosa. La sensatez, el ingenio, la sabiduría humana, la atracción que ejerce la persona de Jesús tal como se manifiesta en el Evangelio resulta verdad irresistible, incluso para el más endurecido y prejuicioso de sus lectores. Comparen a Jesús con mentiroso como el Reverendo Moon o lunáticos como el moribundo Nietzsche. Jesús cuenta en abundancia con esas tres cualidades que precisamente los mentirosos y locos justamente nunca tienen:

1) Su sentido práctico, su habilidad para leer los corazones humanos, para entender a la gente, y las preguntas reales que se esconden detrás de sus palabras, su habilidad para curar no sólo sus cuerpos sino también su espíritu;

2) la hondura de su fabuloso amor, su apasionada compasión, su habilidad para atraer a la gente, hacerla sentir cómoda y perdonada, su autoridad, “no como la de los escribas”; pero sobre todo,

3) su capacidad para sorprender, su impredicibilidad, su creatividad. ¡Los mentirosos y lunáticos son tan aburridos y predecibles! Nadie que conoce tanto el Evangelio como a los hombres puede siquiera sostener la hipótesis de que Jesús fue un mentiroso o un lunático, un mal tipo.

No, el incrédulo casi siempre cree que Jesús fue un hombre bueno, un profeta, un sabio. Pues bien, si fue un sabio, pueden confiar en Él y creer todo lo que Él dijo. Si sus enseñanzas son falsas, entonces no es un sabio.

La fuerza de este argumento reside en que no es un argumento hecho en base a conceptos; es sobre Jesús. Invita a la gente a leer los Evangelios y llegar a conocerLo. La premisa mayor del silogismo es la personalidad de Jesús, la naturaleza humana de Jesús. El silogismo tiene los pies bien plantados sobre la tierra. Pero te conduce al cielo, como la escala de Jacob (que Jesús dijo, se refería a Él: Gén. XXVIIII:12; Jn. I:51). Cada escalón sigue al anterior. El silogismo es lógicamente impecable; simplemente no tiene salida.

¿Qué hace, entonces, la gente, cuando se los confronta con esta argumentación? A menudo, sencillamente confían sus prejuicios: “¡Oh, ¿sabes?, sencillamente no puedo creer eso!” (¡pero si se ha probado debidamente como verdadero, por fuerza has de creerlo si buscas la verdad!).

A veces, se alejan, como muchos de los contemporáneos de Jesús, meditabundos, mientras menean la cabeza, perplejos. Tal vez sea esa la hipótesis de máxima. El terreno ha sido ablandado y arado. La semilla ha sido sembrada. Dios hará el resto.

Pero si saben algo de teología moderna, tienen dos vías de escape. La teología dispone de una vía de escape que el sentido común no. Quienes disponen de sentido común fácilmente pueden convertirse. No así los teólogos, que entonces como ahora, son los más difíciles de convertir.

La primera vía de escape consiste en el ataque de los exégetas a las Escrituras, poniendo en duda su confiabilidad histórica. A lo mejor Jesús nunca reclamó para sí ser divino. A lo mejor todos esos molestos pasajes fueron invención de la Iglesia primitiva (decid “la comunidad cristiana”—suena tanto más moderno).

En tal caso, ¿quién inventó el cristianismo, si no fue Cristo? Una mentira, tanto como una verdad, tiene que originarse en algún lado. ¿Pedro? ¿Los Doce? ¿La generación siguiente? ¿Cuál fue el motivo de quienquiera que sea que inventó este mito? ¿Qué ganaron con este complicado y blasfemo engaño? Porque tiene que haber sido una mentira deliberada, no el producto de una sincera confusión. Ningún judío confunde Creador con creatura, a Dios con el hombre. Y ningún hombre confunde un cuerpo muerto con uno vivo, resucitado.

Aquí lo que ganaron con el engaño. Sus amigos y familiares los despreciaron. Judíos y romanos los despojaron de su estatus social, posesiones y privilegios políticos. Fueron perseguidos, encarcelados, flagelados, torturados, exiliados, crucificados, comidos por leones y cortados en pedacitos por gladiadores. De modo que unos bobos judíos inventaron todo el complicado y mentiroso e increíble andamiaje que constituye el cristianismo sin absolutamente razón alguna, y millones de gentiles les creyeron, dedicaron su vida a eso y murieron por eso—sin razón ninguna. Sólo era una fantástica broma práctica, una estafa. Sí, en verdad que hay aquí una estafa, pero sus autores son los exégetas del siglo XX, no los autores de los Evangelios.

La segunda vía de escape (noten cómo nos esforzamos por deshacernos del abrazo de Dios como un chancho enjabonado) consiste en orientalizar a Jesús, interpretarlo no como el único Dios-hombre sino como uno de muchos místicos e iluminados que descubren su interioridad divina tal como lo hace cualquier místico hindú. Esta teoría le quita fuerza a su reclamo de ser divino, pues sólo ha caído que todo el mundo es divino. El problema con esta teoría consiste sencillamente en que Jesús no era hindú, sino judío. Cuando decía “Dios”, ni Él ni su auditorio se referían a Brahma, ese todo impersonal y panteísta; se refería a Yahvé, el Creador trascendente, personal y divino. Considerar a Jesús como un místico, un gurú judío, constituye la más flagrante falta contra el sentido histórico de las cosas. Enseñaba a rezar, no a meditar. Su Dios es una persona, no un postre. Dijo que Él era Dios, pero no que todo el mundo también lo era. Enseñó sobre el pecado y el perdón de un modo que ningún gurú podría hacerlo. No dijo absolutamente nada sobre la “ilusión” de la individualidad, como lo hacen estos místicos orientales.

Dispónganse a atacar cada una de esta evasiones—Jesús como hombre bueno. Jesús como lunático, Jesús como mentiroso, Jesús como el hombre que jamás dijo ser Dios—quiten de en medio esos casilleros del tablero que son vías de escape y al rey no le queda mover sino hacia un solo casillero.

Allí le espera el jaque mate.