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sábado, 24 de octubre de 2009

LLEGAN A LA ARGENTINA LAS RELIQUIAS DEL SANTO CURA DE ARS


San Juan María Bautista Vianney
Con la presencia de Mons. Rubén Frassia, Obispo de Avellaneda- Lanús quien disertará sobre los detalles de la llegada e itinerario de las reliquias -su sagrado corazón- del cura de Ars, que estarán en la Argentina a partir del 6 de Noviembre.

Martes 27 de OCTUBRE, 17 hs. Casa de la Pcia. Callao 237

Llegada de las Reliquias del Cura de Ars
Su Sagrado Corazón

SAN JUAN MARIA VIANNEY
Ante su inminente llegada, Mons. Rubén Frasia, Obispo de Avellaneda Lanas nos señala lo siguiente:
- Monseñor, se nos ocurre ante todo preguntarle cómo y porque se produce esta visita de la reliquia del Corazón del santo Cura de Ars…

- Sin duda que es una gran alegría para nosotros recibir esta santa reliquia y coordinar su peregrinación por más de veinte diócesis de nuestro país… Entendemos y esperamos que será de gran provecho espiritual para toda la Iglesia en Argentina y particularmente para los sacerdotes en este Año sacerdotal…

Cuando a principio del año 2008 reiterábamos un pedido que hicimos a la diócesis de Belley-Ars solicitando esta visita ni sospechábamos que la Providencia nos sorprendería con la convocatoria de este Año sacerdotal… por eso intuimos que el paso del Corazón del Santo Cura de Ars provocará un sincero compromiso de renovación interior en todos los sacerdotes, y nos animará a dar a esta sociedad un testimonio evangélico más intenso e incisivo…


- Monseñor, cuándo llegaría y qué diócesis está previsto que visite…

- El obispo de Belley-Ars, Mons. Guy Bagnard nos ha confirmado que la reliquia estaría llegando a la Argentina el viernes 6 de noviembre…y que estará acompañada por un custodio de su Diócesis, el P. Karlo Tyberghien. Está previsto que visite veinticinco diócesis: la nuestra, de Avellaneda- Lanús, San Miguel, La Plata, Mercedes-Luján, Mendoza, San Rafael, San Luis, Villa María, Córdoba, Cruz del Eje, Catamarca, Concepción, Jujuy, Salta, San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero, Rafaela, Santa Fe de la Vera Cruz, Paraná, Rosario, Venado Tuerto, San Nicolás de los Arroyos, y Buenos Aires…

Si bien cada diócesis te podrá informar más en detalle lo que ha organizado me interesaría destacar cuatro momentos: la misa que celebraremos los Obispos en la Basílica de Luján, el miércoles 11 a las 17 hs; entre las 18 hs del domingo 15 y las 13 del lunes 16 se realizará un Encuentro de oración por la santificación del clero que se está preparando en Villa Cura Brochero, donde insistiremos en nuestro ruego por la pronta glorificación del Venerable P. José Gabriel del Rosario Brochero; el jueves 26 desde las 8 hasta las 12 hs en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, los sacerdotes de la Región Buenos Aires podrán participar de esta media jornada en la que tendrán una plática de S. E. Cardenal Estanislao Karlic y concelebrarán la misa presidida por S. E. Cardenal Jorge M. Bergoglio, en la que renovarán sus promesas sacerdotales; finalmente, de un modo particular para nuestra diócesis…: el viernes 6, la misa de recepción, en la que participarán todos los sacerdotes de nuestra Diócesis y será presidida por el Señor Nuncio Mons. Adriano Bernardini, a las 19 hs, la vigilia que realizaremos en el seminario Pablo VI desde las 22 hs; el sábado 7 la Jornada juvenil vocacional que se realizará en el Santuario Diocesano de Oración por las vocaciones (Kloosterman 1726 Monte Chingolo–Lanús) y las ordenaciones sacerdotales que celebraremos el 25 en la Parroquia del Sagrado Corazón (Lanús) a las 19 hs.



- Qué importancia o significado tiene esta visita del Corazón de San Juan María Vianney? …

Permítame recordar lo que San Agustín de Hipona enseña en su libro La Ciudad de Dios… “está claro que quien estima a alguien, venera lo que queda de esa persona tras su muerte, no sólo su cuerpo sino partes de él e incluso cosas externas, como sus ropas. Entonces, en memoria de ellos [los santos] debemos de honrar sus reliquias, principalmente sus cuerpos, que eran templos del Espíritu Santo”. Para los cristianos la veneración de los santos no es idolatría, y la veneración de sus reliquias tiene que ver con aquella actitud de humilde solicitud y de amor reverencial por la cual esperamos recibir algún favor de Dios gracias a la comunión espiritual con aquel a quien invocamos… fijémonos los milagros que se nos cuentan de Pedro (de quien bastaba que su sombra pasase por un enfermo para que se curase Hch 5,15) o de Pablo (bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o prendas que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos Hch 19,11-12), o lo que se dice en el Antiguo Testamento del manto de Elías (II Reyes 2, 9-14) o de los huesos de Eliseo (II Reyes 13,21)…
En este caso es el “Corazón”, y más allá de ser admirable que se conserve intacto este músculo cardíaco, impulsa nuestra devoción su valor simbólico… es el “corazón sacerdotal” de este santo párroco, lo que veneramos y deseamos imitar en el seguimiento de Jesús… El Cura de Ars en su humildad, era consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”… Queremos pedirle al Señor, contando con la intercesión de san Juan María Vianney, que modele nuestros corazones y los haga palpitar como el de este santo sacerdote francés.
- Con qué expectativas prepararon o están preparando esta visita? …
- Cuando le escribimos a Mons. Bagnard, le decíamos que abrigábamos “la ilusión de contar con tan venerables reliquias para realizar una peregrinación por al menos algunos de nuestros Seminarios, alentando en nuestros seminaristas el deseo de santidad inspirados en tan alto testimonio, promoviendo la oración por las vocaciones y por la santidad de todos los consagrados, particularmente los sacerdotes” y además “ya que en nuestro país se encuentra avanzado el proceso de beatificación de un sacerdote diocesano, ejemplar para el clero argentino –el Venerable José Gabriel del Rosario Brochero, “el cura de Ars argentino” según dichos de Juan Pablo II– tal visita nos permitiría intensificar la oración por esta causa”. La convocatoria, por parte de SS Benedicto XVI, a celebrar un año sacerdotal con ocasión de celebrarse el sesquicentenario del dies natalis de San Juan María Vianney, ha confirmado nuestra primera intención y ha intensificado nuestro compromiso por hacer de esta visita una ocasión propicia para renovar en todos los sacerdotes, particularmente los que servimos en Argentina, “la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney”; así como en Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir, que así también nosotros busquemos una total identificación con el propio ministerio.

- Antes de despedirnos Mons. Rubén O. Frassia nos invitaba…

- Usando las mismas palabras del Santo Padre, yo también, quiero encomendar esta primera visita a la Argentina del Corazón del Santo Cura a la Santísima Virgen María, “pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars”. Me encomiendo a sus oraciones y les pido que recen para que el Señor lleve a buen término esta ocasión de renovación que en este Año Sacerdotal nos ofrece…

viernes, 11 de septiembre de 2009

RP. ALFREDO SÁENZ PIDIÓ SANTOS OBISPOS Y BUENOS SEMINARIOS EN LA EXPOSICIÓN DEL LIBRO CATÓLICO



En la foto: el R.P. Dr. Alfredo Sáenz SJ, disertando en la Exposición del Libro Católico, cuyo lema es "Toma y lee el buen libro", sobre "La fisonomía espiritual del Sacerdote de Cristo"

El día 10 de septiembre pasado, en el marco de la XXI Exposición del Libro Católico en Buenos Aires promovida por Manuel Outeda Blanco, el R.P. Dr. Alfredo Sáenz S.J., Miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, brindó una charla sobre el tema "In Persona Christi. La fisonomía espiritual del Sacerdote de Cristo”.

La conferencia fue realizada en adhesión al Año Sacerdotal proclamado por el Papa Benedicto XVI al conmemorarse el 150 años de la partida a la Casa del Padre de San Juan María de Vianney (Santo Cura de Ars).

En dicha oportunidad, el P. Sáenz dijo que es propio del Buen Pastor dar la vida por sus ovejas, y que por ello los sacerdotes tienen un rebaño espiritual y deben tener la disposición de hasta dar la vida en martirio cruento por la salvación de la vida espiritual de sus ovejas.

El sacerdote debe hacerse pan para sus fieles, debe hacerse “pan comido”, pero no todos los que parecen sacerdotes lo son en realidad, expresó citando antiguos autores católicos.

Sólo quien apacienta y defiende a sus ovejas es pastor, quien no apacienta y no defiende, no es pastor ni les da el pasto de la Doctrina Verdadera. Estos últimos son los pastores mercenarios. San Gregorio afirmaba que en tiempo normal el mercenario atiende a la grey, pero cuando viene el lobo se nota cómo en realidad la desatiende. Hay un lobo que arrebata y disgrega el rebaño, que es el Diablo. Ante ello, el mercenario es frío, no se enciende. Cuando el pastor teme corregir las culpas, halaga la maldad, y enmudece.

Por eso San Gregorio decía: “no busque el pastor que los súbditos le amen a él más que a la Verdad”. A quienes son fieles y fuertes, estos pastores mercenarios sí los amonestan, pues son débiles con los fuertes y fuertes con los débiles.

San Agustín definía al mercenario como aquél que viendo venir al lobo, huye. Y huye quien calla con su silencio indebido.

Por su parte, San Bernardo los decía que no temía tanto a los pastores mercenarios como a aquellos que se convierten incluso en lobos de sus hermanos. Aquellos al menos en alguna oportunidad cumplen con su función que le es propia, en tanto que quienes se convierten en lobos destruyen a la grey.

Al respecto, el P. Sáenz dijo que Benedicto XVI realizó dos afirmaciones muy duras. La primera es que la nave de Pedro hace agua por todos lados; y la segunda que hay más cizaña que trigo en la Iglesia. De ello se concluye que hay quienes quieren destruir a la Iglesia desde dentro, incluso manos sacerdotales. Si el sacerdocio fuese íntegro, toda la Fe florecería, pero si no fuese íntegro la Fe se marchita. Por ello, la destrucción de la sociedad muchas veces empieza por la destrucción del sacerdocio.

¿Qué hacer ante estas realidades? La respuesta es Santos Obispos y buenos seminarios.

Este año la XXI Exposición del Libro Católico en la “Casa de la Empleada - Obra de Monseñor Miguel de Andrea”, ubicada en calle Sarmiento 1272 de Capital Federal, se abrió desde el 31 de agosto hasta el domingo 13 de Septiembre, realizándose la clausura con la Santa Misa a las 19 hs presidida por Su Emcia. Revma. Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., Arzobispo de Buenos Aires y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. Este año, la intención de la Misa de clausura es "Por las vocaciones sacerdotales, para que su entrega al servicio del Evangelio transmitiendo el misterio salvífico de Cristo Eucaristía, den frutos abundantes para la Santa Madre Iglesia.”

sábado, 29 de agosto de 2009

EL ARZOBISPO DE LIMA PROMUEVE LA COMUNIÓN EN LA BOCA Y RECUPERAR “EL AMOR A LA EUCARISTÍA”



En la foto: El Cardenal peruano Mons. Juan Luis Cipriani, quien pidió a los fieles recibir la Comunión de rodillas, en la boca, y el uso de la patena.

El Arzobispo de Lima Mons. Juan Luis Cipriani invocó a los fieles a practicar una urbanidad eucarística, consistente en la buena educación de la piedad, respeto y adoración al Cuerpo de Cristo. Esta exhortación la realizó en la Misa Dominical que celebró en la Basílica Catedral de Lima, el domingo 23 de agosto, XXI del Tiempo Ordinario.

“Recuperemos ese amor a la Eucaristía, recibiendo a Jesús con el cuerpo y el alma limpios, en gracia de Dios. Que se utilice esa pequeña bandeja de comunión, para que en caso una partecita de la Hostia se desprenda, no caiga al suelo (la patena). Por eso, esta urbanidad, que debemos enseñarla desde los niños hasta los más ancianos”, exhortó durante su homilía, según informó la Sala de Prensa del Arzobispado de Lima.

De rodillas

Asimismo, el Pastor limeño recordó que la Iglesia Universal enseña que la comunión Eucarística se recibe en la boca, y de una manera extraordinaria –con permiso del obispo- en la mano.

“La comunión Eucarística se recibe en la boca para evitar el uso de la mano sucia en contacto con el Cuerpo de Cristo. En esta arquidiócesis todavía hay el permiso (para recibir el Cuerpo de Cristo en la mano). Digo todavía, porque cada vez más le pido a los sacerdotes y religiosos que ese respeto visible al Cuerpo de Cristo se manifieste y que no esté entregándose el Cuerpo de Cristo como quien reparte unos papeles”, mencionó.

El Arzobispo de Lima también recordó que la forma correcta de recibir a Jesús en la Eucaristía requiere de una preparación personal para estar en gracia. Y al momento de recibirlo, mostrar una señal visible de respeto, que puede ser la inclinación de la cabeza, y mucho más recomendable, recibir la Santa Eucaristía de rodillas.

El amor a la Eucaristía del Cura de Ars

Finalmente, el Pastor de Lima recordó, en este Año Sacerdotal, al Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, como un ejemplo a imitar en el amor a Dios en la Eucaristía.

“Hay que tener esa buena educación del Cuerpo de Cristo. Abramos con confianza el corazón a Cristo, dejemos que nos conquiste. Como decía el Santo Cura de Ars: nuestra única felicidad en esta tierra consiste en amar a Dios y saber que él nos ama. Que la Virgen María con su humildad nos enseñe a ser más respetuoso cuando nos acerquemos a recibir el Cuerpo de Cristo”, culminó.

jueves, 18 de junio de 2009

CARTA A LOS PRESBITEROS POR EL AÑO SACERDOTAL

CIUDAD DEL VATICANO, 18 JUN 2009 (VIS).-El Papa ha dirigido una carta a los presbíteros del mundo con motivo del Año Sacerdotal, en el 150 aniversario de la muerte de Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars.

Mañana, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y jornada de santificación sacerdotal, Benedicto XVI inaugurará este año jubilar durante la celebración de las vísperas en la basílica vaticana.

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"Queridos hermanos en el Sacerdocio:

He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal" con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis" de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-.Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

"El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús", repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de "amigos de Cristo", llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo.

El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina". Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: "¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña ostia...". Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: "Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo".

Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: "No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá". Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: "Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida". Con esta oración comenzó su misión. El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su "Yo filial", que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, "viviendo" incluso materialmente en su Iglesia parroquial: "En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa... Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar", se lee en su primera biografía.

La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo "hacerse presente" en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la "Providence" (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos "para llevar a todos a la unidad del amor: 'amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua' (Rm 12, 10)". En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de "reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia... Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos".

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración". Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...". "Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis". Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que "no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración... Contemplaba la ostia con amor". Les decía: "Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios". Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!". Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!".

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesionario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un "círculo virtuoso". Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesionario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en "el gran hospital de las almas". Su primer biógrafo afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua". En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él". "Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".

Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita". Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesionario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: "El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!". A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro porque vosotros no lloráis", decía. "Si el Señor no fuese tan bueno... pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno". Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado" en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: "Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios... ¡Qué maravilla!". Y les enseñaba a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz".

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: "Deus caritas est" (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.

Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos". Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el "alto precio" de la redención.

En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio". Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?". Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.

La identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida" caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica "Sacerdotii nostri primordia", publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: "Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana".

El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos" de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la "Providence", sus familias más necesitadas. Por eso "era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo". Y explicaba: "Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada". Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: "Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros". Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: "No tengo nada... Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera". También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que "la castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado. También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad". Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido". Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: "Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios".

En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. "El Espíritu es multiforme en sus dones... Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo". A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: "Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño". Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas "puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo".

Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica "Pastores dabo vobis" del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical "forma comunitaria" y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo. Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva. Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

El Año Paulino que está para concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente "entregado" a su ministerio. "Nos apremia el amor de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron" (2 Co 5, 14). Y añadía: "Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: "Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854". El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre".

Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz".

BXVI-CARTA/AÑO SACERDOTAL/... VIS 090618 (4000)

Carta del Sumo Pontífice Benedicto XVI para la convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del dies natalis de Juan María Vianney (16 de junio de 2009)