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sábado, 28 de septiembre de 2013

CARTA AL PAPA FRANCISCO



Por Tcnl. José Javier de la Cuesta  Avila (LMGSM 1 y CMN 73)

"Tu hija que te quiere y que reza todo el tiempo por ti"
Lucrecia (*)

     La lectura de esta carta que bien titula el PREGÓN DE LA PLATA como de Perplejidad..." puede mover a ignorarla o hacer una rreflexión sobre ella. El ignorarla es consentirla y el reflexionar es valorarla, pero, el callar es hacerse complice de un mensaje que aquellos que tienen alguna dosis de dignidad no puede ignorar y menos aun aceptar.

    No sabemos si el Papa Francisco la leerá y menos aun si la contestara, pero sentimos que el jesuita Jorge Bergoglio, del que nos engullésemos no tan solo los argentinos, sino la inmensa mayoría de cristianos y aun los que no lo son,  sufre un atropello que no se justifica, que excede a lo que es buena costumbre y que desdicé el párrafo con el que cierra la autora su carta.

   Hay cargos y funciones que no son trabajo o tarea, sino que son símbolos, no tan solo por su trascendencia, sino por los efectos que su ejercicio implica. Una, sin dudas es ser el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, que constituye para nosotros, sus fieles, el nexo espiritual con Dios, heredero del mandato que Jesús asigno a Pedro en su relación con sus seguidores. Atacar su figura, desdibujar sus acciones o querer "lucrar" de sus tareas, lastima, da pena, produce sentimientos de humillacion y despiertan dolor y tristeza.

  En este tiempo difícil de apertura y búsqueda de la libertad como bien supremo, uno se pregunta si aquellos que aprovechan de la bondad ajena, que es lo que pretenden o buscan. Cual es la finalidad que tienen como objetivo o que negaciones personales afloran en sus mensajes. Se puede vivir en las penumbras y un día descubrir la luz, pero no se puede querer salir del anonimato usando de peldaño a quien esta luchando para ser el quien porte la claridad que hace falta. El Cardenal Bergoglio (para los argentinos) y el Papa Francisco (para el Mundo) es un ser humano que la Divina Providencia encuentra y da  la responsabilidad de ser pastor de almas. director de seres, que confía en el Espíritu Santo para tener la inspiración de los grandes, el saber de los justos y el valor de aquellos que deben actuar y decidir.

  No sabemos si el Papa Francisco leerá la carta y menos aun si la contestara, pero sepa su autora que algunos la hemos leído y como se refiere a alguien en quien confiamos y respetamos, entendemos que su gesto no es el de la hija que se proclama pues no es el gesto filial que corresponde a un padre.

NOTA DE DIARIO PREGÓN DE LA PLATA: Publicamos la réplica efectuada a la Carta enviada al Papa Francisco por la Sra. Lucrecia Rego de Planas. No obstante reconocer el deber que existe de respetar la investidura, sobre todo del Papa, debemos expresar que primero es el Papa quien debe reconocerse en tal investidura, y que obrar en consecuencia implica dar una respuesta coherente a los planteos de la Sra. Lucrecia, quien transmite la consternación de la mayoría de los católicos formados, en base a las contradicciones que surgen y que a diario son difundidas no sólo por medios no católicos, sino incluso por los propios medios católicos (descartándose por ello una "manipulación" de los dichos). La Sra. Lucrecia transmite la consternación de muchos feligreses, y el Sr. De la Cuesta Ávila el respeto que merece el Sucesor de Pedro y Vicario de Jesucristo en la Tierra. Asimismo, han existido Antipapas que han tratado de desviar a la Iglesia de su Tradición, buscando transmitir un mensaje que no era el de Jesucristo, y la situación siempre fue superada; no cabe duda de que las ambigüedades del Papado serán también superadas en algún momento, en pos de la Fe y la Ortodoxia católica.

(*) Texto editado

jueves, 26 de septiembre de 2013

PERPLEJIDAD, UNA CARTA AL PAPA FRANCISCO

 





Comparto con ustedes la carta que envié esta mañana a nuestro Papa Francisco. Confío en que la recibirá en un par de días más a partir de hoy.
Huixquilucan, México, a 23 de septiembre del 2013
Muy querido Papa Francisco:
Me da mucho gusto tener esta oportunidad para saludarte.
Seguramente no te acordarás de mí y lo comprendo, pues, viendo a tanta gente cada día, debe ser muy difícil para ti recordar a todas las personas con las que has dialogado y convivido en algún momento de tu vida.
A lo largo de los últimos 12 años, coincidimos, tú y yo, varias veces, en algunas reuniones, encuentros y congresos eclesiales que se llevaron a cabo en ciudades de Centro y Sudamérica con distintos temas (comunicación, catequesis, educación), lo cual me dio la oportunidad de convivir contigo durante varios días, durmiendo bajo el mismo techo, compartiendo el mismo comedor y hasta la misma mesa de trabajo.
En aquel entonces, tú eras el Arzobispo de Buenos Aires y yo era la directora de un importante medio de comunicación católico. Ahora, tú eres nada más y nada menos que el Papa y yo soy… sólo una madre de familia, cristiana, con un esposo muy bueno y nueve hijos, que da clases de Matemáticas en la Universidad y que trata de colaborar lo mejor que puede con la Iglesia, desde el lugar en que Dios le ha puesto.
De aquellas reuniones en las que coincidimos hace ya varios años, recuerdo que en más de una ocasión te dirigiste a mí diciéndome:
– "Niña, decime Jorge Mario, que somos amigos", a lo que yo respondía asustada:
– "De ninguna manera, Sr. Cardenal! ¡Dios me libre de tutear a uno de sus príncipes en la Tierra!
Ahora, en cambio, sí me atrevo a tutearte, pues ya no eres el Card. Bergoglio, sino el Papa, mi Papa, el dulce Cristo en la tierra, a quien tengo la confianza de dirigirme como a mi propio padre.
Me he decidido a escribirte porque estoy sufriendo y necesito que me consueles.
Te explicaré lo que me sucede, tratando de ser lo más breve posible. Sé que te gusta consolar a los que sufren y ahora, yo soy uno de ellos.
Cuando te conocí por primera vez, siendo el cardenal Bergoglio, y durante esas convivencias cercanas, me llamaba la atención y me desconcertaba que nunca hacías las cosas como los demás cardenales y obispos. Por poner algunos ejemplos: eras el único entre ellos que no hacía la genuflexión frente al sagrario ni durante la Consagración; si todos los obispos se presentaban con su sotana o traje talar, porque así lo requerían las normas de la reunión, tú te presentabas con traje de calle y alzacuellos. Si todos se sentaban en los lugares reservados para los obispos y cardenales, tú dejabas vacío el sitio del cardenal Bergoglio y te sentabas hasta atrás, diciendo “aquí estoy bien, así me siento más a gusto”. Si los demás llegaban en un coche correspondiente a la dignidad de un obispo, tú llegabas, más tarde que los demás, ajetreado y presuroso, contando en voz alta tus encuentros en el transporte público que habías elegido para llegar a la reunión.
Al ver esas cosas, ¡qué vergüenza contártelo!, yo decía para mis adentros:
– “Uf… ¡qué ganas de llamar la atención! ¿por qué no, si quiere ser de verdad humilde y sencillo, mejor se comporta como los demás obispos para pasar desapercibido?”.
Mis amigos argentinos que también asistían a esas reuniones, notaban de alguna manera mi desconcierto, y me decían:
“No – "No eres la única. A todos nos desconcierta siempre, pues sabemos que tiene los criterios claros, ya que en sus discursos formales muestra unas convicciones y certezas siempre fieles al Magisterio y a la Tradición de la Iglesia; es un valiente y fiel defensor de la recta doctrina. Pero… al parecer, le gusta caerle bien a todos y estar bien con todos, así que puede un día decir un discurso en la TV en contra del aborto y, al día siguiente, en la misma TV, aparecer bendiciendo a las feministas pro-aborto en la Plaza de Mayo; puede decir un discurso maravilloso contra los masones y, unas horas después, estar cenando y brindando con ellos en el Club de Rotarios.”
Mi querido Papa Francisco, ése fue el Card. Bergoglio que conocí de cerca: un día charlando animadamente con Mons. Duarte y Mons. Aguer acerca de la defensa de la vida y de la Liturgia y, ese mismo día, en la cena, charlando, igual de animadamente, con Mons. Ysern y Mons. Rosa Chávez acerca de las comunidades de base y las terribles barreras que significan “las enseñanzas dogmáticas” de la Iglesia. Un día, amigo del Card. Cipriani y del Card. Rodríguez Maradiaga, hablando de la ética empresarial y en contra de las ideologías de la Nueva Era y, un rato después, amigo de Casaldáliga y Boff hablando de lucha de clases y de "la riqueza" que las técnicas orientales pueden aportar a la Iglesia.
Con estos antecedentes, comprenderás que abrí unos ojos enormes en el momento que escuché tu nombre después del “Habemus Papam” y, desde ese momento (antes de que tú lo pidieras) recé por ti y por mi querida Iglesia. Y no he dejado de hacerlo ni un solo día, desde entonces.
Cuando te vi salir al balcón, sin mitra y sin muceta, rompiendo el protocolo del saludo y la lectura del texto en latín, buscando con ello diferenciarte del resto de los Papas de la historia, dije sonriendo preocupada para mis adentros:
– “Sí, no cabe duda. Se trata del cardenal Bergoglio”.
Durante los días que siguieron a tu elección, me diste varias oportunidades para confirmar que eras el mismo a quien yo había conocido de cerca, siempre buscando ser diferente, pues pediste zapatos distintos, anillo distinto, cruz distinta, silla distinta y hasta habitación y casa distinta al resto de los Papas, que siempre se habían acomodado humildemente a lo ya existente, sin requerir de cosas “especiales” para ellos.
En esos días estaba yo tratando de recuperarme del dolor inmenso que sentía por la renuncia de mi queridísimo y admiradísimo Papa Benedicto XVI, con quien me identifiqué desde el inicio de manera extrema, por su claridad en sus enseñanzas (es el mejor profesor del mundo), por su fidelidad a la Sagrada Liturgia, por su valentía en defender la recta doctrina en medio de los enemigos de la Iglesia y por mil cosas más que no enumeraré. Con él en el timón de la Barca de Pedro, yo sentía que pisaba sobre tierra firme. Y con su renuncia, sentí que la tierra desaparecía bajo mis pies, pero la entendí, pues realmente los vientos estaban demasiado tempestuosos y el papado significaba algo demasiado rudo para sus fuerzas disminuidas por la edad, en la terrible y violenta guerra cultural que estaba librando.
Me sentía como abandonada en medio de la guerra, en pleno terremoto, en lo más feroz de un huracán y fue cuando llegaste tú a sustituirlo en el timón. ¡Tenemos capitán de nuevo, demos gracias a Dios! Confié plenamente (sin ninguna duda de por medio) en que, con la asistencia del Espíritu Santo, con la oración de todos los fieles, con el peso de la responsabilidad, con la asesoría del equipo de trabajo en el Vaticano y con la consciencia de estar siendo observado por todo el mundo, el Papa Francisco dejaría atrás las cosas especiales y las ambivalencias del Card. Bergoglio y tomaría de inmediato el mando del ejército, para, con fuerzas renovadas, continuar los pasos en la lucha intensa que su predecesor venía librando.
Pero, para mi sorpresa y desconcierto, mi nuevo general, en lugar de tomar las armas al llegar, comenzó su mandato utilizando el tiempo del Papa para telefonearle a su peluquero, a su dentista, a su casero y a su periodiquero, atrayendo las miradas hacia su propia persona y no hacia los asuntos relevantes del papado.
Han pasado seis meses desde entonces y reconozco, con cariño y emoción, que has hecho trillones de cosas buenas. Me gustan mucho (muchísimo) tus discursos formales (a los políticos, a los ginecólogos, a los comunicadores, en la Jornada de la Paz, etcétera) y tus homilías en las Fiestas Solemnes, porque en ellas se nota una minuciosa preparación y una profunda meditación de cada palabra empleada. Tus palabras, en esos discursos y homilías, han sido un verdadero alimento para mi espíritu. Me gusta mucho que la gente te quiera y te aplauda. ¡Eres mi Papa, el Jefe Supremo de mi Iglesia, de la Iglesia de Cristo!
Sin embargo, y esta es la razón de mi carta, debo decirte que también he sufrido (y sufro) con muchas de tus palabras, porque has dicho cosas que las he sentido como estocadas en el bajo vientre a mis intentos sinceros de fidelidad al Papa y al Magisterio.
Me siento triste, sí, pero la mejor palabra para expresar mis sentimientos actuales es la perplejidad. No sé, de verdad, qué debo hacer, no sé qué debo decir y qué callar, no sé hacia dónde tirar ni hacia dónde aflojar. Necesito que me orientes, querido Papa Francisco. De verdad estoy sufriendo, y mucho, por esa perplejidad que me tiene inmóvil.
Mi grave problema es que he dedicado gran parte de mi vida al estudio de la Sagrada Escritura, de la Tradición y el Magisterio, con el objetivo de tener razones firmes para defender mi fe. Y ahora, muchas de esas bases firmes resultan contradictorias con lo que mi querido Papa hace y dice. Estoy perpleja, de verdad, y necesito que me digas qué debo hacer.
Me explico con algunos ejemplos:
No puedo aplaudirle a un Papa que no hace la genuflexión frente al Sagrario ni en la Consagración como lo marca el ritual de la Misa, pero tampoco puedo criticarlo, pues ¡Es el Papa!
Benedicto XVI nos pidió, en la Redemptionis Sacramentum, que informáramos al obispo del lugar de las infidelidades y abusos litúrgicos que viéramos. Pero… ¿debo informar al Papa, o a quién, por encima de él, que el Papa no respeta la liturgia? ¿O al Papa no se le reporta? No sé qué debo hacer. ¿Desobedezco las indicaciones de nuestro Papa emérito?
No puedo sentirme feliz de que hayas eliminado el uso de la patena y los reclinatorios para los comulgantes; y menos me puede encantar que no bajes nunca a dar la comunión a los fieles, que no te llames a ti mismo “el Papa” sino sólo “el obispo de Roma”, que no uses ya el anillo de pescador, pero tampoco puedo quejarme, pues ¡eres el Papa!
No puedo sentirme orgullosa de que le hayas lavado los pies a una mujer musulmana en el Jueves Santo, pues es una violación a las normas litúrgicas, pero no puedo decir ni pío, pues ¡Eres el Papa, a quien respeto y le debo ser fiel!
Me dolió terriblemente cuando castigaste a los frailes franciscanos de la Inmaculada porque celebraban la Misa en el rito antiguo, pues tenían el permiso expreso de tu predecesor en la Summorum Pontificum. Y castigarlos, significa ir en contra de las enseñanzas de los Papas anteriores. Pero ¿a quién le puedo contar mi dolor? ¡Eres el Papa!
No supe qué pensar ni qué decir, cuando te burlaste públicamente del grupo que te mandó un ramillete espiritual, llamándoles “ésos que cuentan las oraciones”. Siendo el ramillete espiritual una tradición hermosísima en la Iglesia, ¿qué debo pensar yo, si a mi Papa no le gusta y se burla de quienes los ofrecen?
Tengo mil amigos “pro-vida” que, siendo católicos de primera, los derrumbaste hace unos días al llamarles obsesionados y obsesivos. ¿Qué debo hacer yo? ¿Consolarlos, suavizando falsamente tus palabras o herirlos más, repitiendo lo que tú dijiste de ellos, por querer ser fiel al Papa y a sus enseñanzas?
En la JMJ llamaste a los jóvenes a que “armaran lío en las calles”. La palabra “lío”, hasta donde yo sé, es sinónimo de “desorden”, “caos”, “confusión”. ¿De verdad eso es lo que quieres que armen los jóvenes cristianos en las calles? ¿No hay ya bastante confusión y desorden como para incrementarlo?
Conozco a muchas mujeres solteras mayores (solteronas), que son muy alegres, muy simpáticas y muy generosas y que se sintieron verdaderas piltrafas cuando tú le dijiste a las religiosas que no debían tener cara de solteronas. Hiciste sentir muy mal a mis amigas y a mí me dolió en el alma por ellas, pues no tiene nada de malo haberse quedado soltera y dedicar la vida a las buenas obras (de hecho, la soltería viene especificada como una vocación en el Catecismo). ¿Qué les debo decir yo a mis amigas “solteronas”? ¿Que el Papa no hablaba en serio (cosa que no puede hacer un Papa) o mejor les digo que apoyo al Papa en que todas las solteronas tienen cara de religiosas amargadas?
Hace un par de semanas dijiste que “éste, que estamos viviendo, es uno de los mejores tiempos de la Iglesia”. ¿Cómo puede decir eso el Papa, cuando todos sabemos que hay millones de jóvenes católicos viviendo en concubinato y otros tantos millones de matrimonios católicos tomando anticonceptivos; cuando el divorcio es “nuestro pan de cada día” y millones de madres católicas matan a sus hijos no nacidos con la ayuda de médicos católicos; cuando hay millones de empresarios católicos que no se guían por la doctrina social de la Iglesia, sino por la ambición y la avaricia; cuando hay miles de sacerdotes que cometen abusos litúrgicos; cuando hay cientos de millones de católicos que jamás han tenido un encuentro con Cristo y no conocen ni lo más esencial de la doctrina; cuando la educación y los gobiernos están en manos de la masonería y la economía mundial en manos del sionismo? ¿Es éste el mejor tiempo de la Iglesia?
Cuando lo dijiste, querido Papa, me aterré pensando si lo decías en serio. Si el capitán no está viendo el iceberg que tenemos enfrente, es muy probable que nos estrellemos contra él. ¿Lo decías en serio porque así lo crees sinceramente o fue “sólo un decir”?
Muchos grandes predicadores se han sentido desolados al saber que dijiste que ya no hay que hablar más de los temas de los cuales la Iglesia ya ha hablado y que están escritos en el Catecismo. Dime, querido Papa Francisco, ¿qué debemos hacer, entonces, los cristianos que queremos ser fieles al Papa y también al Magisterio y a la Tradición? ¿Dejamos de predicar aunque San Pablo nos haya dicho que hay que hacerlo a tiempo y destiempo? ¿Acabamos con los predicadores valientes, los forzamos a enmudecer, mientras apapachamos a los pecadores y con dulzura les decimos que, si pueden y quieren, lean el Catecismo para que sepan lo que la Iglesia dice?
Cada vez que hablas de “los pastores con olor a oveja”, pienso en todos aquellos sacerdotes que se han dejado contaminar por las cosas del mundo y que han perdido su aroma sacerdotal para adquirir cierto olor a podredumbre. Yo no quiero pastores con olor a oveja, sino ovejas que no huelen a estiércol porque su pastor las cuida y las mantiene siempre limpias.
Hace unos días hablaste de la vocación de Mateo con estas palabras: “Me impresiona el gesto de Mateo. Se aferra a su dinero, como diciendo: ‘¡No, no a mí! No, ¡este dinero es mío!”No pude evitar comparar tus palabras con el Evangelio (Mt 9, 9), contra lo que el mismo Mateo dice de su vocación: “Y saliendo Jesús de allí, vio a un hombre que estaba sentado frente al telonio, el cual se llamaba Mateo, y le dijo: Sígueme. Y éste se levantó y le siguió.”
No puedo ver en dónde está el aferramiento al dinero (tampoco lo veo en el cuadro de Caravaggio). Veo dos narraciones distintas y una exégesis equivocada. ¿A quién debo creer, al Evangelio o al Papa, si quiero (como de verdad quiero) ser fiel al Evangelio y al Papa?
Cuando hablaste de la mujer que vive en concubinato después de un divorcio y un aborto, dijiste que “ahora vive en paz”. Me pregunto: ¿Puede vivir en paz una mujer que está voluntariamente alejada de la gracia de Dios?
Los Papas anteriores, desde San Pedro hasta Benedicto XVI, han dicho que no es posible encontrar la paz lejos de Dios, pero el Papa Francisco lo ha afirmado. ¿Qué debo apoyar, el magisterio de siempre o esta novedad? ¿Debo afirmar, a partir de hoy, para ser fiel al Papa, que la paz se puede encontrar en una vida de pecado?
Después, soltaste la pregunta pero dejaste sin respuesta lo que debe hacer el confesor, como si quisieras abrir la caja de Pandora, sabiendo que hay cientos de sacerdotes que, equivocadamente, aconsejan seguir en concubinato. ¿Por qué mi Papa, mi querido Papa, no nos dijo en pocas palabras lo que se debe aconsejar en casos como éste, en lugar de abrir la duda en los corazones sinceros?
Conocí al cardenal Bergoglio en plan casi familiar y soy testigo fiel de que es un hombre inteligente, simpático, espontáneo, muy dicharachero y muy ocurrente. Pero, no me gusta que la prensa esté publicando todos tus dichos y ocurrencias, porque no eres un párroco de pueblo; no eres ya el arzobispo de Buenos Aires; ahora eres ¡el Papa! y cada palabra que dices como Papa, adquiere valor de magisterio ordinario para muchos de los que te leemos y escuchamos.
En fin, ya escribí demasiado abusando de tu tiempo, mi buen Papa. Con los ejemplos que te he dado (aunque hay muchos otros) creo que he dejado claro el dolor por la incertidumbre y perplejidad que estoy viviendo.
Sólo tú puedes ayudarme. Necesito un guía que ilumine mis pasos con base en lo que siempre ha dicho la Iglesia, que hable con valentía y claridad, que no ofenda a quienes trabajamos por ser fieles al mandato de Jesús; que le llame “al pan, pan y al vino, vino”, ‘pecado’ al pecado y ‘virtud’ a la virtud, aunque con ello arriesgue su popularidad. Necesito de tu sabiduría, de tu firmeza y claridad. Te pido ayuda, por favor, pues estoy sufriendo mucho.
Sé que Dios te ha dotado de una inteligencia muy aguda, así que, tratando de consolarme a mí misma, he podido imaginar que todo lo que haces y dices es parte de una estrategia para desconcertar al enemigo, presentándote ante él con bandera blanca y logrando así que baje la guardia. Pero me gustaría que nos compartieras tu estrategia a los que luchamos de tu lado, pues, además de desconcertar al enemigo, también nos estás desconcertando a nosotros y ya no sabemos hacia dónde está nuestro cuartel y hacia dónde está el frente enemigo.
Te agradezco, una vez más, todo lo bueno que has hecho y dicho en las fiestas grandes, cuando tus homilías y discursos han sido hermosos, porque de verdad me han servido muchísimo. Tus palabras me han animado e impulsado a amar más, a amar siempre, a amar mejor y a enseñarle al mundo entero el rostro amoroso de Jesús.
Te mando un abrazo filial muy cariñoso, mi querido Papa, con la seguridad de mis oraciones. Te pido también las tuyas, por mí y por mi familia, de la cual te anexo una fotografía, para que puedas rezar por nosotros, con caras y cuerpos conocidos.
Tu hija que te quiere y reza todos los días por ti,
Lucrecia Rego de Planas

lunes, 29 de noviembre de 2010

RETIRAN DEL MERCADO LA TRADUCCIÓN ESPAÑOLA DE “LA LUZ DEL MUNDO”, EL NUEVO LIBRO DE BENEDICTO XVI

luz del mundo

Por Lucrecia Rego de Planas *

Manipulación que han hecho los traductores (tanto de L´Osservatore Romano, como de la Editorial Herder) para acomodar las palabras del Papa a lo que ellos querían escuchar.

El título de este artículo es falso, pero pienso que si fuera cierto, significaría una gran noticia para la Iglesia.
Y no por lo que el Papa ha dicho en el libro-entrevista, sino por lo que los traductores del texto al español, por negligencia, ignorancia o malicia, han querido poner en labios del Papa.

Ya se ha hablado bastante del error en la traducción del párrafo en el que el Papa habla del uso del preservativo como herramienta para evitar el contagio del SIDA.
Fue una grave falta editorial que llevó a la confusión a una gran cantidad de personas, pero no es el único error de traducción que hay en el texto ni el más grave de todos.

Como muestra, basta un botón:
¿Qué dijo el Papa en su libro acerca de la Humanae Vitae?
Veamos el párrafo que publicó L’Osservatore Romano el 20 de noviembre:

Las perspectivas de la "Humanae Vitae" siguen siendo válidas, pero otra cosa es encontrar caminos humanamente practicables. Creo que habrá siempre minorías íntimamente convencidas de la exactitud de esas perspectivas y que, viviéndolas, quedarán plenamente satisfechas de modo que podrán ser para otros un fascinante modelo a seguir. Somos pecadores. Pero no deberíamos asumir este hecho como una instancia contra la verdad, cuando esa alta moral no es vivida. Deberíamos buscar hacer todo el bien posible, y apoyarnos y soportarnos mutuamente. Expresar todo esto también desde el punto de vista pastoral, teológico y conceptual, en el contexto de la actual sexología e investigación antropológica, es una gran tarea a la cual es necesario dedicarse más y mejor.

Es un párrafo confuso, en el que parece que el Papa justifica de alguna manera a las personas que no viven de acuerdo con las enseñanzas de la Humanae Vitae.
Leamos ahora el texto que aparece en el libro de Herder que se puede descargar en versión electrónica en www.todoebooks.com y que (supongo) debe ser el mismo texto de la edición impresa:

Las perspectivas de Humanae Vitae siguen siendo correctas. Ahora bien, encontrar nuevamente los caminos para poder vivirlas, es algo diferente. Creo que siempre habrá núcleos que se dejen realmente convencer y llenar íntimamente por ellas y que después, contribuyan a sostener también a otros. Somos pecadores. Pero no deberíamos tomar como instancia contra la verdad el que esta elevada moral no se viva. Deberíamos intentar hacer todo el bien que podamos y sostenernos y soportarnos mutuamente. Decir también todo esto pastoral, teológica y conceptualmente en el contexto de la sexología y la antropología actuales de tal modo que sea comprensible es una tarea en la que se está trabajando y en la que hay que trabajar todavía más y mejor.

Un texto aún más confuso que el anterior.
A simple vista se ve que existen muchas diferencias entre una traducción y otra:
válidas V.S. correctas
caminos humanamente practicables V.S. los caminos para poder vivirlas
núcleos V.S. minorías
no deberíamos tomar este hecho [refiriéndose a "somos pecadores"] como instancia para... V.S. no deberíamos tomar [refiriéndose a "el que esta elevada moral no se viva"] como instancia contra...

Y muchas diferencias más.

Las interpretaciones de los dos párrafos pueden ser totalmente diversas. ¿Cuál traducción es la correcta? ¿La uno, la dos... ninguna?
Es imposible que el Papa, habiendo hablado unas páginas atrás en contra de "la dictadura del relativismo", hable luego de "la relatividad" de las enseñanzas de la Humanae Vitae.
Forzosamente se trata de una mala interpretación, una mala traducción o una manipulación del texto.
Lo único lógicamente posible es que el Papa haya dicho en alemán algo como esto:

"Debemos pensar nuevamente en las enseñanzas de la Humanae Vitae y encontrar el lenguaje adecuado para expresarlas, (desde el punto de vista pastoral, teológico y conceptual ) de modo que los que viven inmersos en el contexto actual de la sexología y antropología, puedan comprender sus enseñanzas, que continúan siendo absolutamente válidas. Somos pecadores, pero esto no debe ser usado como pretexto para justificar que esta elevada moral no se viva. Debemos siempre buscar hacer el bien y ayudarnos y apoyarnos mutuamente para lograrlo."

Por supuesto se trata de una "componenda" que yo estoy haciendo para que las palabras del Papa sean acordes con el Magisterio, pero es sólo un invento, una suposición, un deseo sincero de seguir creyendo en la rectitud intelectual y moral de nuestro Supremo Pastor.
Quiero encontrar el texto en alemán ¿alguien lo tiene?
Además, no puedo creer que el Papa haya usado el término "sexología", pues es una palabra sin sentido.
En estos días está viviendo en mi casa una chica alemana de 24 años (la adoptamos como hija durante seis meses para que realice su servicio social en México) y ella nos ha explicado (en la vida familiar, tratando de que mis hijos y yo aprendamos algo de su lengua) que el idioma alemán no puede traducirse literalmente, palabra por palabra, pues cada palabra en una oración cobra sentido sólo al leer la oración en su totalidad.
Esto nos da esperanzas de que el traductor haya interpretado mal las palabras del Papa y las haya traducido a lo que a él mismo le acomodaba.

¿Cómo podemos estar seguros de lo que realmente respondió el Papa?
Comparemos las dos traducciones de un solo renglón del párrafo anteriormente citado:
L´Osservatore
Deberíamos buscar hacer todo el bien posible, y apoyarnos y soportarnos mutuamente.

Todoebooks
Deberíamos intentar hacer todo el bien que podamos y sostenernos y soportarnos mutuamente

"Buscar" es muy diferente de "intentar"
"posible" es muy diferente a "que podamos"
"apoyarnos y soportarnos" es diferente a "sostenernos y soportarnos"
Y ¿es "soportarnos" la traducción correcta del verbo "support" (o el que haya usado el Papa en alemán)? ¡Por supuesto que no! "support" no es "soportar" sino "apoyar"

Veamos la traducción al inglés, publicada por American Magazine:

The basic lines of Humanae Vitae are still correct. Finding ways to enable people to live the teaching, on the other hand, is a further question. I think that there will always be core groups of people who are really open to being interiorly convinced and fulfilled by the teaching and who then carry everyone else. We are sinners. But we should not take the failure to live up to this high moral standard as an authoritative objection to the truth. We should try to do as much good as we can and to support and put up with each other. We should also try to express the teaching pastorally, theologically, and intellectually in the context of today’s studies of sexuality and anthropology so as to create the conditions for understanding so that people can realize that this is a great task on which work is being done and on which even more and better work needs to be done.

Se entiende bastante mejor que cualquiera de las citadas traducciones al español.
Si traducimos este texto, directamente del inglés al español, se leería así:

Las líneas básicas de la Humanae Vitae siguen siendo correctas. Encontrar caminos para que las personas sean capaces de vivir esta enseñanza es una cuestión que queda pendiente. Pienso que siempre existirán grupos nucleares de personas realmente abiertas, interiormente convencidas y plenas con estas enseñanzas y cuyo testimonio puede arrastrar a los demás. Somos pecadores. Pero no podemos basarnos en nuestras faltas para desechar este altísimo estándar moral como si fuera una objeción autoritaria a la verdad. Debemos tratar de hacer todo el bien que podamos y apoyarnos y animarnos unos a otros. Debemos también tratar de expresar esta enseñanza pastoralmente, teológica e intelectualmente, en el contexto de los estudios actuales acerca de la sexualidad y de la antropología, creando así las condiciones adecuadas para el entendimiento, de modo que estas personas puedan darse cuenta que es una gran tarea en la que estamos trabajando y en la cual se debe trabajar más y mejor.

Este texto no contiene ningún asomo de relativismo, ni deja abierta la menor duda acerca de la actualidad, vigencia y exigencia de las enseñanzas de la Humanae Vitae.
Pero… ¿qué fue lo que respondió realmente el Papa? ¿Palabras nebulosas y relativistas como las que aparecen en las traducciones al español? ¿o palabras claras y certeras como las de la traducción al inglés? ¿o algo distinto a las dos?
Tendremos que ir al original en alemán.
Creo que ha quedado demostrado, con este pequeño ejemplo, la manipulación que han hecho los traductores (tanto de L´Osservatore Romano, como de la Editorial Herder), por error, ignorancia o malicia, para acomodar las palabras del Papa a lo que ellos querían escuchar en sus posiblemente deformadas conciencias.
Por lo pronto creo, sinceramente, que se deberían retirar del mercado los ejemplares de la traducción española, para no confundir a los fieles.
Gracias. Que Dios les llene de bendiciones.

* Dirección
Catholic.net
lplanas@catholic.net

miércoles, 26 de mayo de 2010

GRAMSCI, SEXUALIDAD Y EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

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Por Lucrecia Rego de Planas

  
Es una parte importantísima en el camino hacia la falta de fe y que forma parte de la estrategia dictada por Antonio Gramsci: destruir a la familia para erradicar de la vida del hombre sus creencias y tradiciones sagradas.
Esta destrucción familiar para acabar con los criterios cristianos les interesaba a muchas personas, no sólo a los comunistas. A ella se sumaban intereses racistas, comerciales y económicos de muchas personas, que incluían algunos grupos judíos y masones… entre muchos otros. Por eso, el apoyo económico a la estrategia fue inmenso.
Si tratamos de imaginarnos una familia verdaderamente destruida, terriblemente destruida, completamente destruida, podríamos imaginar a una en la que los esposos se lastiman, se engañan y se separan; una familia en la que las madres abandonan a sus hijos, o tal vez, una en la que las mamás matan a sus pequeños y éstos matan a sus padres enfermos.
Suena algo terrorífico, pero… eso era lo que buscaba Gramsci.
Era un reto grande: ¿Cómo hacer para que familias latinas, sólidas, unidas, aferradas a sus creencias, tradiciones y valores cristianos y familiares se desintegraran?
No podían sacar de repente anuncios que dijeran: "Maridos, abandonen a sus mujeres; mamás, maten a sus hijos; nietos, maten a sus abuelos". Nadie les hubiera hecho caso.
Así que se preguntaron: "¿qué es lo más sagrado en la familia, lo que más aprecian estas familias conservadoras?". Los hijos, fue la respuesta. "Arremetamos contra ellos y convenzámoslas de que tener un hijo es lo peor que les puede suceder. Después de eso, el resto será fácil".
Usaron dos estrategias: una, disfrazada de ciencia, para llegar al ámbito económico y de las empresas, que desarrolló Malthus con su teoría demográfica de la sobrepoblación y la carestía: "Si la población sigue creciendo, no habrá alimentos suficientes para todos".
Aunque era totalmente ridícula, porque la historia del mundo económico demuestra lo contrario, la propagaron por todos los medios, con fotografías desgarradoras y gráficas llamativas, de manera que pareciera la pura verdad. Y el mundo… se lo creyó. Ahora vemos las consecuencias en las poblaciones envejecidas de Europa.
La otra estrategia fue una campaña publicitaria dirigida directamente a cambiar la mente del pueblo, en el que ya existía un gran interés por tener cosas materiales. La campaña consistía en un solo mensaje aparentemente aceptable y poco dañino, que decía así: "La familia pequeña vive mejor".
Cualquiera que analice la frase racionalmente, un solo segundo, se dará cuenta de que es mentira, pues todos conocemos familias grandes y pequeñas que viven bien y también conocemos familias grandes y pequeñas que viven fatal. Así que nada que ver con la verdad. Pero nos la repitieron tanto, tanto, tanto, tanto… durante tantos, tantos, tantos años (más de 20), que nos la creímos.
La frase aparentemente nada dañina, tenía dos fines muy bien planeados:
1) Que la gente relacionara e igualara "vivir mejor" con "tener más cosas", de esa manera el hombre olvidaría que "vivir bien" significó algún día "portarse bien", "ser bueno".
2) Que la gente empezara a ver a los hijos como los enemigos del bienestar.
Con esto, el hijo dejó de ser un don maravilloso de Dios y pasó a convertirse, en la mente de las personas, en el enemigo potencial del bienestar familiar.
Como la gente olvidó que "vivir bien" tenía mucho que ver con "ser bueno", las virtudes y valores familiares pasaron a un segundo plano casi olvidado (exactamente lo que buscaba la estrategia de Gramsci) y fueron sustituidas por el "si quiero vivir bien, debo tener pocos hijos para poder tener más cosas".
Por supuesto, la industria de los anticonceptivos y todos los vendedores de "cosas", de cualquier cosa que pudieran comprar las familias, apoyaron felices esta iniciativa. Significaba mucho, mucho, mucho dinero para ellos. A un cristiano convencido de sus valores difícilmente le puedes vender algo que no necesite, pues sabe del recto uso de las creaturas. Tal vez te lo compre por hacerte el favor, pero nada más.
En cambio, a alguien que ha puesto el materialismo por encima de los valores cristianos, le puedes vender… lo que quieras. Por eso recibió tanto apoyo esta estrategia. Pero todavía no lograban destruir a la familia (sólo la habían hecho chiquita), así que completaron la con una segunda campaña, que sonaba casi igual que la anterior.
De nuevo, una frase solamente, repetida millones de veces por todos los medios y durante mucho tiempo: "Pocos hijos para darles mucho".
Esta segunda campaña, que duró otros 20 años, además de reforzar las ideas de la primera (el hijo como enemigo y el cambio de los valores por el materialismo), trajo como consecuencia una generación de padres que se sintieron obligados a "darles mucho" a sus hijos únicos (todo lo que pidieran) para compensar la falta de hermanos.
Y así crecieron estos niños, egoístas, demandantes y exigentes, acostumbrados a dar nada y recibir mucho (todo lo que quisieran). Ahora estos niños ya son adultos y se están casando con niñas de la misma generación, igual de egoístas, demandantes y exigentes, que no saben dar y se sienten con derecho a recibir mucho (todo lo que se les antoje).
El resultado, ya lo estamos viendo: matrimonios que duran uno o dos años, cuando mucho. Una verdadera epidemia de divorcios. Gramsci era muy listo, sin duda.
Otra consecuencia que trajo esta segunda campaña de los pocos hijos, fue una generación de mamás que se quedaron sin nada qué hacer cuando sus hijos únicos crecieron. Mujeres de 40 años que se encontraron un día con que lo único que tenían que hacer, a falta de otros hijos a quien entregarse, era pensar en ellas mismas, en su autorrealización.
No sólo ésta es la causa, pero sí es una de las raíces del feminismo radical: mujeres cuarentonas que se sienten oprimidas (porque no tienen en quién pensar) y desean liberarse (de su soledad y falta de actividad) para realizarse. En esta generación encuentran una tierra fertilísima el físico culturismo, las cirugías estéticas, los cursos de auto superación y todas las corrientes del New Age que promueven, ante todo, el sentirse bien con uno mismo.
El resultado… miles de mujeres que abandonan sus hogares para "estar bien consigo mismas". Otro triunfo de la estrategia de Gramsci.
Y bueno, ¿a quién se le antoja llegar a una casa en donde sólo vive una señora, operada de pies a cabeza, que vive de apio y agua, habla del ying y el yang, y que sólo piensa en sí misma? A nadie. Creo.
Esta generación de esposos, hombres, significó un mercado hermoso para las industrias de la pornografía y la prostitución. El adulterio… sí… una medalla más para Gramsci.
Una vez que la mente del pueblo aceptó la separación de la sexualidad y la fecundidad, la aceptación de lo demás ya viene por sí sola: de la anticoncepción vienen luego las relaciones sexuales antes y fuera del matrimonio y, ¿por qué no?, la homosexualidad. Si una cosa se vale, la otra también.
Y… una vez que la mente del pueblo aceptó que el hijo es el enemigo del bienestar, entenderá fácil que no sólo hay que evitarlos, sino que también hay que matarlos cuando no los deseamos. El aborto: mamás que matan a sus hijos… corona de laureles para Gramsci.
Aún hay más: si el niño por nacer significa un estorbo para el bienestar, mucho más lo será un anciano, un enfermo o un niño deforme. Eugenesia, selección de embriones y eutanasia: mamás que matan a algunos hijos y se quedan sólo con los sanos y nietos que matan a sus abuelos enfermos… Gramsci, te mereces un aplauso, has destruido a la familia cristiana.
Ahora sí, con la "Revolución sexual", la sociedad latina está lista para la toma de la sociedad política, la fuerza coercitiva. Hay leyes que aprueben todo lo anterior: divorcio, anticoncepción (salud reproductiva), homosexualidad (ideología de género), concubinato, aborto, eugenesia y eutanasia.
Adelante Gramsci, la mesa está puesta para ti, cuando se cumplen 70 años de tu muerte.
lplanas@catholic.net