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jueves, 18 de noviembre de 2010

CIRCUNSTANCIAS

Raul Hasbun

Por el P. Raúl Hasbún, sacerdote

La ligereza, la precipitación, la improvisación, la negligencia, la infundada intuición o el espontaneismo incontinente pueden arruinar las más nobles intenciones y acciones y originar daños que nunca estuvo en su mente provocar.

El discernimiento ético-jurídico sobre la bondad o malicia de actos humanos se configura como un triángulo que no puede descomponerse ni desequilibrarse. En uno de sus vértices está la intención del sujeto que actúa: hay que indagar quién es él, qué sabía, qué quiso o pretendió hacer. En otro vértice se sitúa la naturaleza del objeto en sí: lo que esa acción significa por su lenguaje intrínseco. Y en el tercer vértice confluyen todas y cada una de las circunstancias en que esa acción se realizó: cuándo, dónde, cómo, por qué medios, con quién o contra quién.

Para que la acción sea moral y jurídicamente buena, deben ser buenas la intención del sujeto, la naturaleza intrínseca del objeto, y cada una de las circunstancias. Si en cualquiera de los vértices aparece la palabra “mala”; la acción entera queda contaminada y viciada.

Por eso es mala la acción de prostituirse, aunque la intención motivante sea la de proveer alimento y educación a los hijos o prestar un servicio a la patria. También es malo hacer limosna, oración y ayuno, cuando la intención es validarse como héroe espectacular en materia de ascética, devoción y beneficencia. Y si algún párroco resolviera recaudar fondos para construir un jardín infantil organizando un bingo, una parrillada o un animado encuentro de baby-fútbol en el interior del templo, la circunstancia del lugar sagrado viciaría la bondad de la intención y del objeto en sí.

A la inversa, actos malos por su objeto pero realizados con intención pura siguen siendo malos, pero pueden merecer, para el sujeto, acogerse a una circunstancia atenuante. Quien es miembro de una banda y cómplice en una operación de secuestro merecerá reproche, tanto en el foro secular como eclesial; pero captará benevolencia si, arrepentido, se aparta de la banda y suministra pistas conducentes a esclarecer los hechos, rescatar indemne a la víctima y aprehender al resto.

El buen juzgador, de los demás y de sí mismo, compulsará prudentemente si aparte de la recta intención (subjetiva) y de la intrínseca concordancia (objetiva) del acto con la ley moral, jurídica o natural están igualmente satisfechas las exigencias de actuar cuándo, dónde, cómo y por los medios y razones que se debe. La ligereza, la precipitación, la improvisación, la negligencia, la infundada intuición o la espontaneidad incontinente pueden arruinar las más nobles intenciones y acciones y originar daños que nunca estuvo en su mente provocar.

Se cuenta que un estudiante alemán, admirador del virtuosismo jurídico de los franceses quiso estampar su sentimiento en una frase esculpida en bronce: ich liebe die Gesetze der Franzosen (amo las leyes de los franceses). En un rapto de precipitación lírica, se descuidó y escribió: ich liebe die Gesässe der Franzosen: me encantan los traseros de los franceses.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl y en Infocatólica

miércoles, 11 de agosto de 2010

CLEMENCIA

Por el P. Raúl Hasbún

 

Es sinónimo de compasión y exigencia de moderación al aplicar justicia. Desde el derecho romano conocemos el aforismo “summum ius, summa iniuria”: cuando la justicia se desvincula de toda otra virtud (prudencia, templanza, fortaleza, esperanza, caridad) arriesga degenerar en suprema injusticia.

Aislado en sus códigos, obsesionado por traducir servilmente la letra de la ley, prisionero del temor a ser caratulado como permisivo, influenciable o menos docto en materias de derecho, el juzgador se deja sensible o inconscientemente guiar por la lógica rectilínea y aritmética : a tales hechos, tal punición legal y punto. La exaltación unilateral de la justicia y su indisoluble confusión con la legalidad lo exponen a olvidar que todo, en el derecho, tiene que ver con la dignidad de personas humanas.

Detrás de cada carpeta y expediente y número de causa hay un ser único e irrepetible, que tiene un nombre, una familia, un pasado que permite comprenderlo, un presente con necesidades impostergables, un futuro amparado por el irrenunciable derecho a la esperanza. El moderno procedimiento penal da al menos ocasión para nunca perder de vista el rostro personal de los intervinientes.
Es claro: el imputado, más tarde acusado y condenado, no tuvo clemencia con su víctima. La despojó de su libertad, su propiedad, su honra, su integridad sexual, su vida. ¿Se le deberá por ello sancionar con la ley del talión? Las condiciones vigentes en los recintos penitenciarios privan, a los reclusos, prácticamente de los mismos bienes que éstos arrebataron a sus víctimas: libertad, propiedad, honra, integridad sexual, no pocas veces la vida.

Pero la ley del talión corresponde a una época de barbarie jurídica, es una venganza brutal, generadora de nuevas violencias. Un sistema penal y carcelario que so pretexto de inhibir la peligrosidad del recluso lo hace progresivamente incapaz de reinsertarse en la sociedad y reencontrar su camino como persona es indicativo de una involución jurídica y cultural dos veces milenaria.

La virtud de la justicia deja de ser tal cuando se la desvincula de la clemencia, de la esperanza, de la compasión, del respeto amoroso a la persona. Con el actual sistema de represión y punición penal nos acercamos al absurdo de que un delincuente se torne potencial y actualmente más peligroso adentro que afuera. Y si la vía legalmente expedita para temperar la justicia con el perdón (amnistía, indulto, beneficios carcelarios) se descarta por temor a la imagen, nuestra celebración bicentenaria quedará marcada con un signo de involución bimilenaria.

La ley del talión fue solemnemente derogada por Cristo. Los 15 millones que en Chile rezan el Padrenuestro ya no saben bien qué significa el “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Y temen, con razón, que esa justicia sin clemencia se vuelva un día contra el inclemente.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por www.humanitas.cl