viernes, 16 de septiembre de 2011

IGUALDAD SOCIAL Y DERECHO DE HERENCIA


  1. Posición socialista.
  2. Posición católica.
  3. Textos pontificios
  4. El socialismo, enemigo de la herencia
  5. Inviolabilidad del derecho de herencia
  6. Es falso que sólo se adquieran bienes legítimamente por el trabajo
  7. La institución de la familia acarrea la herencia de los bienes
  8. La herencia, hecho natural
  9. Desigualdades de cuna — son deseadas por Dios
  10. La propiedad rural y la herencia
  11. El derecho de herencia, estímulo de producción
Se ha venido discutiendo últimamente el derecho que tiene el Estado a gravar con un impuesto, a veces confiscatorio, a la herencia.
Tanto quienes manifiestan su posición favorable como sus contrarios, están de acuerdo en que ese impuesto es un medio para establecer la igualdad social o, al menos, atenuarla lo más posible.
Es evidente que ese impuesto –que no hace más que llenar el tonel sin fondo de los gastos públicos– no favorece a las familias más pobres y perjudica a los titulares de esas herencias. Daña también gravemente al país al desestimular a los más capaces para producir más.
Pero es interesante constatar que en esta polémica queda subyacente la afirmación de que las desigualdades son siempre injustas y que se trata de eliminarlas en toda la medida posible.
Desde los comienzos de la historia, la familia y la propiedad privada existen.
No se trata sólo de una coexistencia fría y fortuita entre ambas instituciones, sino de una simbiosis íntima.
La herencia es una institución en la cual la familia y la propiedad se apoyan mutuamente.
Ser propietario, tener familia, son situaciones que dan al individuo una justa sensación de plenitud de personalidad. Vivir como un átomo aislado, sin familia ni bienes, en medio de una multitud de extraños, le da una sensación de vacío, de anonimato y de aislamiento que es profundamente antinatural.
Es fácil comprender la conexión íntima que existe, en las profundidades del alma humana, entre el derecho que el hombre tiene que apropiarse de los bienes y el derecho de constituir familia.
Posición socialista.
El socialismo, por el contrario, niega en su raíz el principio de que el hombre, ser espiritual, inteligente y libre, es señor de si mismo, de sus potencias, de su trabajo. Para el socialismo, todo pertenece a la colectividad. Por esto, éste también niega la familia.
Para ellos, la nivelación de las condiciones sociales y económicas debe alcanzarse especialmente por medio de fuertes impuestos sobre la herencia.
Ser una persona rica desde la cuna, sin mérito ni trabajo propio, por mero capricho de la suerte, con todas las facilidades para instruirse y acumular riquezas todavía mayores, es una ventaja que contrasta de una manera dolorosa con el desamparo en que, inmerecidamente, nacen otros.
El principio de la igualdad de puntos de partida en la vida corresponde a una elemental y evidente exigencia de justicia.
Posición católica.
En virtud del orden natural de las cosas, la familia origina un derecho de la esposa y de los hijos a los frutos del trabajo del marido o del padre. Y esto es tan cierto con relación a los frutos morales —honra, consideración, influencia— como a los frutos materiales, esto es, a las cosas útiles al cuerpo.
Quien nace, pues, de un matrimonio particularmente dotado por la Providencia con bienes espirituales o materiales queda muy legítimamente favorecido desde la cuna, más que otros nacidos de padres dotados de prendas más comunes. Esta desigualdad inicial es justa, porque Dios, supremo Señor de todos los bienes, da a cada uno como le place. «La naturaleza benigna y la bendición de Dios a la humanidad iluminan y protegen las cunas, las besan, pero no las nivelan» –escribió Pío XII).
Además, si quitásemos a los hombres el derecho de dejar sus bienes a la esposa y a los hijos, eliminaríamos uno de los estímulos más vivos al trabajo. Y esto sería grandemente contrario al bien común.
* * *
La proposición socialista es tan corriente, y la posición católica choca tanto en ciertos ambientes, que conviene mencionar en apoyo de esta última al Doctor Máximo de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino. Dice él: «Es de ley natural que los padres acumulen bienes para sus hijos, y que éstos sean herederos de sus padres» ([1]).
Textos pontificios
El socialismo, enemigo de la herencia
Los socialistas, comunistas y nihilistas «impugnan el derecho de propiedad sancionado por la ley natural, y por un enorme atentado, dándose aire de atender a las necesidades y proveer a los deseos de todos los hombres, trabajan por arrebatar y hacer común cuanto se ha adquirido a título de legítima herencia, o con el trabajo del ingenio o de las manos, o con la sobriedad de la vida» ([2]).
Inviolabilidad del derecho de herencia
«Siempre ha de quedar intacto e inviolable el derecho natural de poseer privadamente y trasmitir los bienes por medio de la herencia» ([3]).
Es falso que sólo se adquieran bienes legítimamente por el trabajo
«… que el trabajo sea el único titulo para recibir el alimento o las ganancias, eso no lo enseñó nunca el Apóstol» ([4]).
La institución de la familia acarrea la herencia de los bienes
«Ley plenamente inviolable de la naturaleza es que todo padre de familia defienda, por la alimentación y todos los medios, a los hijos que engendrare, Y asimismo la naturaleza misma le exige el que quiera adquirir y preparar para sus hijos, pues son imagen del padre y como continuación de su personalidad, los medios con que puedan defenderse honradamente de todas las miserias en el difícil curso de la vida. Pero esto no lo puede hacer de ningún otro modo que transmitiendo en herencia a los hijos la posesión de los bienes fructíferos» ([5]).
La herencia, hecho natural
«De esta grande y misteriosa cosa que es la herencia — es decir, el paso a través de una estirpe, perpetuándose de generación en generación, de un rico acervo de bienes materiales y espirituales; la continuidad de un mismo tipo físico y moral, conservándose de padre a hijo: la tradición que une a través de los siglos los miembros de una misma familia — de esta herencia, decimos, se puede entrever, sin duda, la verdadera naturaleza bajo el aspecto material. Pero también se puede y se debe considerar esta realidad de tan gran importancia, en la plenitud de su verdad humana y sobrenatural.
«Ciertamente, no se negará el hecho de un substrato material a la transmisión de los caracteres hereditarios; para ignorar esto, precisaríamos olvidar la unión íntima del alma con el cuerpo, y en cuánta medida nuestras mismas actividades espirituales dependen de nuestro temperamento físico. Por eso, la moral cristiana no deja de recordar a los padres las grandes responsabilidades que tienen a ese respecto.
«Pero lo que más vale es la herencia espiritual, transmitida, no tanto por esos misteriosos lazos de generación natural, cuanto con la acción permanente de aquel ambiente privilegiado que constituye la familia con lenta y profunda formación de las almas, en la atmósfera de un hogar rico de altas tradiciones intelectuales, morales y sobre todo cristianas, con la mutua influencia entre aquellos que viven en una misma casa, influencia esa cuyos benéficos efectos se prolongan mucho más allá de los años de la infancia y de la juventud, hasta el fin de una larga vida, en aquellas almas selectas que saben fundir en sí mismas los tesoros de una preciosa herencia, con la contribución de sus propias cualidades y experiencias
«Tal es el patrimonio más precioso de todos, que iluminado por una fe firme, vivificado por una fuerte y fiel práctica de la vida cristiana en todas sus exigencias, elevará, perfeccionará y enriquecerá las almas de vuestros hijos» ([6]).
Desigualdades de cuna — son deseadas por Dios
«Las desigualdades sociales, inclusive las que son ligadas al nacimiento, son inevitables; la naturaleza benigna y la bendición de Dios a la humanidad, iluminan y protegen las cunas, las besan, pero no las nivelan.
«Atended, por ejemplo, a las sociedades más inevitablemente niveladas. Ningún artificio logró jamás ser lo bastante eficaz hasta el punto de hacer que el hijo de un gran jefe, de un gran conductor de multitudes, permaneciese del todo en el mismo estado que un oscuro ciudadano perdido en medio del pueblo. Pero si estas disparidades ineludibles pueden parecer, consideradas de una manera pagana, como una inflexible consecuencia del conflicto de las fuerzas sociales y de la supremacía conseguida por unos sobre los otros, según las leyes ciegas que se suponen regir la actividad humana, y consumar el triunfo de algunos, así como el sacrificio de otros; por el contrario, tales desigualdades no pueden ser consideradas por un espíritu cristianamente instruido y educado, sino como disposición deseada por Dios por las mismas razones que explican las desigualdades en el interior de la familia, y, por tanto, con el fin de unir más a los hombres entre sí, en el viaje de la vida presente hacia la patria del cielo, ayudándose unos a otras, de la misma manera que un padre ayuda a la madre y a los hijos.
«Si esta concepción paterna de la superioridad social, a veces, en virtud del ímpetu de las pasiones humanas, arrastró los ánimos a desvíos en las relaciones de personas de categoría más elevada, con las de condición más humilde, la historia de la humanidad decaída no se sorprende con esto. Tales desvíos no bastan para disminuir u ofuscar la verdad fundamental de que, para los cristianos, las desigualdades sociales se funden en una gran familia humana» ([7]).
La propiedad rural y la herencia
«Entre todos los bienes que pueden ser objeto de la propiedad privada ninguno es más conforme a la naturaleza, según enseña la «Rerum Novarum», que la tierra, esto es, la finca en que habita la familia y de cuyos frutos saca enteramente, o al menos en parte, lo necesario para vivir. Y en el espíritu de la «Rerum. Novarum» está el afirmar que, regularmente, sólo aquella estabilidad que se arraiga en la tierra propia hace de la familia la célula vital más perfecta y fecunda de la sociedad, reuniendo espléndidamente con su progresiva cohesión a las generaciones presentes con las futuras» ([8]).
El derecho de herencia, estímulo de producción
«Cuando los hombres saben que trabajan un terreno propio, lo hacen con un afán y esmero mayor; y hasta llegan a cobrar gran afecto al campo trabajado con sus propias manos, y del cual esperan para sí y para su familia no sólo los alimentos, sino hasta cierta holgura abundante. Entusiasmo por el trabajo, que contribuirá en alto grado a aumentar las producciones de la tierra y las riquezas de la nación» ([9]).
Textos adaptados de «Reforma Agraria, Cuestión de Conciencia», Plinio Corrêa de Oliveira y otros autores.

[1] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Supp., q. 67, a. 1.
[2] León XIII, Encíclica «Quod Apostolici Muneris», del 28 de diciembre de 1878, A.S.S. vol. XI, pág. 370 (Ex Typographia Polyglota S. C. de Propaganda Fide – 1893)
[3] Pío XI, Encíclica «Quadragesimo Anno», de 15 de mayo de 1931 — A.A.S., vol. XXIII, pág. 193.
[4] Idem, pág. 197
[5] León XIII, Encíclica «Rerum Novarum», de 15 de mayo de 1891 — A. S S., vol. XXIII, pág. 646 (Ex Typographia Polyglota S. C. de Propaganda Fide — 1890, 1891).
[6] Pío XII, Discurso de 5 de enero de 1941, al Patriciado y a la Nobleza Romana — «Discorsi e Radiomessaggi», vol. II, pág. 364.
[7] Pío XII, Discurso del 5 de enero de 1942, al Patriciado y a la Nobleza Romana – “Discorsi e Radiomessaggi”, vol. III, pág. 347.
[8] Pío XII, Discurso del 1 de junio de 1941, con ocasión del 50º aniversario de la Encíclica “Rerum Novarum” -”Discorsi e Radiomessagi”, vol. III, pag. 116.
[9] León XIII, encíclica “Rerum Novarum”, del 15 de mayo de 1891 – A.S.S., Vol XXIII, pág. 663 (Ex Typographia Polyglota, S.C. de Propaganda Fide – 1890, 1891)
Fuente: Acción Familia

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