Por Carlos Alberto Falchi
Un lamentable entredicho ocurrido días pasados me provocaron
las presentes reflexiones.
Cumplidos los setenta se tiene la sensación precisa de “doblar
el codo”, la convicción que se encara la “recta final”, se tiene la sensación de
que corremos hacia el fin.
Desde mi infancia fui sometido a una férrea educación, recibí
educación de hombre, tanto en el hogar como en los establecimientos a los que concurrí, dicha educación exaltaba
la generosidad, la obligación de respetar y proteger a los débiles, nos
enseñaban a respetar y venerar a la mujer, me enseñaron que el honor es
irrenunciable, que sin él no se merece vivir.
Estas circunstancias me hicieron tolerante con el prójimo, es decir con el próximo,
sobre todo con los débiles, tratar de olvidar, comprender, perdonar… Hasta que
súbitamente se despiertan los imbéciles.
Un viejo dicho de la sabiduría popular italiana decía que “la
madre de los imbéciles esta siempre encinta”, quizá esto explique la existencia
de estos seres.
Con amargura compruebo como personas a las que brinde mi
amistad, envían textos rebosantes de injurias, insinuando calumnias, en tanto
otros proceden a reenviarlos agregando comentarios, que pretenden ser jocosos,
y son lamentables.
Con relación al que envió el libelo injurioso dejé planteada,
oportunamente, la excepción correspondiente que hago extensiva a él, o los, que
procedieron a reenviarla con bastarda actitud que ab-initio los deja
descalificados. (1)
Eventualmente me queda el derecho de promover las acciones
judiciales.
A esta altura de mi existencia puedo afirmar que jamás me
arrodille ante el poder, jamás caminé de rodillas para ahorrar zapatos (como decía
el tango), conocí demasiados hombres
pequeños que no solo hicieron reverencia y se arrodillaron, además, besaron emocionados el culo del cacique de
turno.
Quizás razones astrológicas me impulsaron a comportarme como
aquel personaje histórico, que al decir de Anzoátegui, pensaba LA PUTA QUE LO PARIÓ Y ESCRIBIA LA PUTA QUE
LO PARIÓ. Prefiero que me recuerden por manifestar siempre lo que pensaba, y no
por cobarde acomodaticio, a pesar de los disgustos que me ocasiono tal conducta.
Se dice que el viejo no teme la muerte, pero siempre lamenta enfrentarla
sin haber asimilado la lección de la vida.
Lamento no haber aprendido, a pesar de que hombres sabios me habían advertido.
Recuerdo siempre aquello que me advirtió un gentil hombre que
me aconsejó “debes llevar siempre un bastón, en la vida te encontrarás a menudo
con gente despreciable con la que es aconsejable no dialogar, simplemente tratarla
a bastonazos".
Recuerdan algunos memoriosos que uno de mis ancestros, que jamás
abandonaba el bastón, lo usaba con frecuencia para disciplinar a insolentes y
mal educados.
Una mujer de mi familia hace mucho tiempo me observó: "tienes
la obligación de tratar cordialmente a los inferiores, mas no por ello
brindarles tu amistad y recibirlos como pares".
Olvidé la observación, además no tuve en cuenta aquello que
siempre recordaba mi padre, citando al
Dante, como actitud ante la vileza de los infames: “Non ragioniam di lor, ma
guarda e passa” (Infierno,51).
En traducción libre al “lunfa básico” podemos decir “no le
des bola a los grasas, que te miran y se chivan”.
El error me es imputable, brindé mi amistad a quienes no la merecían.
A pesar todo, debo reconocer que la vida me recompensó con gran
cantidad de amigos -varones y mujeres- leales y sinceros, que me acompañan en
este difícil camino.
No puedo dejar de mencionar a mi familia que me respalda, me
acompaña, que comprende mis locuras y sonríen complacientes.
CARLOS ALBERTO FALCHI.- 9.12.2011.-
(1) “DEJO PLANTEADA, PUBLICAMENTE, “EXCEPTION de MILIEU”.-
“A un provocador, adicto a promover situaciones escandalosas
le informé, vía correo electrónico: “respecto a tu amenaza de incluir un
capitulo en tu próximo libro,…no me asusta. Oportunamente me comportaré de
acuerdo a las normas legales.”
Es decir, claramente, al anticipar que en caso de concretar
la injuria en una publicación le informo
que solicitare la aplicación judicial de las normas correspondientes,
renunciando, desde ya, al trámite regido por el Código de Honor por aplicación
de la denominada “Exception de milieu”,
o mejor dicho “or no se bat que contre ses
egaux”.
No puedo considerar un igual, la persona que desprecia e
injuria a los de su propia sangre; tal
circunstancia me inhibe la aplicación de
las normas del Código de Honor.
Tal como explico, oportunamente, Carlos Jorge Varangot “abundan personas, según nos recuerda la
experiencia, que no siendo ni teniendo ninguna cualidad de caballero …se
comportan grosera o insolentemente sin
causa o sin mayor motivo, con algún caballero, procurando así que este le
envíe los padrinos y con esto satisfacer el único propósito que los guió, que
es el de adquirir notoriedad” o, como en este caso, publicitar infamias, “en
todos estos casos el caballero no debe seguir el trámite del Código de Honor”.
Además, la respuesta a mi comunicación de que oportunamente me
comportaré conforme a las normas legales, provocó las siguientes expresiones del
provocador: “En cuanto a si se te da por hacer la Payasada del
"duelo" te voy a ir a buscar y donde te encuentre y te voy a cagar
a…”.
Conforme al añejo principio “a confesión de parte, relevo de
prueba”, no se puede recurrir a las normas que rigen el comportamiento
caballeresco con quien descree de ellas y las califica de “payasada”, haciendo
gala de un lenguaje vulgar.”
CARLOS ALBERTO FALCHI
BUENOS AIRES
5.12.2011
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