martes, 31 de julio de 2012

SAN IGNACIO DE LOYOLA


Fundador de los jesuitas (1491-1556)
 
Ignacio fue el último de doce hijos de una familia de Azpeitia (Guipúzcoa) en el País Vasco. A los 14 años lo destinaron a la carrera eclesiástica, pero al poco tiempo la abandonó y se pasó a la militar.
Abandonó su país para servir en la corte de los grandes personajes de la época. Nombrado caballero, ardía en deseos de combatir en la guerra para adquirir fama y conquistar la mano de una noble señora de muy alto linaje.
En la guerra entre Francisco I de Francia y Carlos V fue destinado con sus soldados a la defensa de Pamplona. La víspera de la batalla buscó a un sacerdote para confesarse, pero como no lo encontró dio cuenta de sus pecados a un compañero de armas: un acto de humildad que existía en la tradición cristiana gracias a las recomendaciones de Santo Tomas de Aquino y san Buenaventura.
La batalla fue intensa y el enemigo logró derribar las murallas de la ciudad. Ignacio resistió hasta que fue herido en ambas piernas. Los franceses lo trataron muy bien y luego lo enviaron a su tierra para ser curado allí.
Durante el correspondiente reposo, Ignacio pidió algún libro para leer, preferentemente de caballería, pero no había de estos sino sobre la vida de Cristo y una colección de vida de santos.
Con esta lectura, Ignacio se sintió atraído por primera vez por estas vidas y advirtió que en aquellos momentos experimentaba una paz y una alegría desconocidas hasta entonces.
Después de largas y maduras reflexiones, tomó la decisión de servir, no ya a un rey de este mundo, sino al mismo Cristo, como lo habían hecho San Francisco y  santo Domingo. Pero si éstos habían consagrado toda su vida a la gloria de Dios, él los superaría consagrándola a la mayor gloria de Dios,  expresión que, en adelante, sería su divisa.
Esta decisión fue confirmada tras una prolongada visión de la imagen de Nuestra Señora con el santo Niño Jesús, y, según cuenta él mismo en su Autobiografía, le aportó un excesivo consuelo. A partir de ese momento Ignacio fue otra persona.
Con la intención de peregrinar a Tierra Santa, se dirigió primero al santuario de Montserrat, allí colgó la espada y  el puñal en el altar de la Virgen, se vistió con una túnica y unas sandalias; y con un bastón, una calabaza de peregrino y una mula, partió para Manresa. Era el año 1522.
Luego, Ignacio experimentó una etapa de gran tranquilidad interior y alegrías espirituales, seguida de otro tiempo muy difícil lleno de tentaciones con fuertes sufrimientos internos que lo llevaron al borde del suicidio. Pero finalmente quedó inundado de luz divina.
En una época de la Iglesia marcada por incertidumbres doctrinales y divisiones que minaban sus estructuras vitales, Dios quiso infundir en el espíritu de Ignacio las verdades fundamentales del cristianismo, meditó sobre la Trinidad, el Verbo encarnado, la madre de Dios, la santa eucaristía.
Y con estas realidades en su alma llegó a Tierra Santa, de donde volvió con el ferviente deseo de predicar a todo el mundo. Para prepararse, Ignacio se puso a estudiar, primero en Barcelona y luego en Alcalá, donde terminó preso porque había predicado en privado sus Ejercicios espirituales y pesaba sobre él la sospecha de herejía. Pero un profesor de exégesis bíblica fue a visitarlo y al salir exclamó: “He visto a Pablo en la cárcel”, tras lo cual lo dejaron libre con la condición de que no hablara de cosas de la fe hasta después de estudiar otros cuatro años.
Ignacio se fue a Salamanca, pero también allí acabó preso. Cuando salió, decidió ir a París, que entonces era la capital intelectual de Europa. Allí obtuvo el título de “maestro en artes” o “doctor” y reclutó a sus primeros compañeros, todos deseosos de dar ejemplo de vida apostólica y de predicar el Evangelio para fomentar una reforma profunda en el seno mismo de la iglesia. Sus “Ejercicios” los practicaba individualmente con cada uno de ellos y cuando se enamoraban de su ideal, hacía que se conocieran.
Luego de una misa en Montmartre, en la cripta de san Dionisio, uno de los estudiantes que ya era sacerdote, hizo votos de pobreza y de dedicarse al servicio de Dios, predicando  y sirviendo en los hospitales y, de ser posible, viajar a Jerusalén o donde el papa lo mandase.  Estaban dando los primeros pasos de lo que luego sería la Compañía de Jesús; la luz de Manresa los iluminaba, soñaban con evangelizar el mundo.
En aquellos momentos, Erasmo de Rótterdam había abierto nuevos horizontes a las ciencias y había pedido una reforma de la iglesia. Martín Lutero en Alemania y Zuinglio y Calvino en Suiza iniciaban una reforma personal que ponía en cuestionamiento al papa. Ignacio por su parte se sintió impulsado por Dios a emprender, también él, una reforma de la Iglesia, pero en sintonía con el carisma de Pedro.
Afectado en su salud, los médicos le aconsejaron que volviera a su tierra natal, para descansar y curarse allí. Ya en España, fomentó la reforma del clero, regularizó el auxilio a los pobres y, con sus predicaciones convirtió a personas de todas las clases sociales.
Pero tras un breve tiempo en España, se dirigió a Venecia, donde reanudó los estudios teológicos interrumpidos en Paris y aguardó la llegada de los compañeros que quedaron en Francia para emprender todos juntos una peregrinación a Palestina.
En Venecia conoció a  Juan Pedro Carafa que, tras renunciar al obispado de Chieti, en los Abruzos,  con San Cayetano de Thiene había fundado la orden de los teatinos. Caraza quiso enrolar a Ignacio en su orden pero este le contestó con franqueza que él buscaba un objetivo diferente.
Cuando sus compañeros franceses llegaron a Venecia, Ignacio ya era sacerdote y juntos fueron a pedir permiso a Pablo III para ir a Tierra Santa, y aunque obtuvieron el permiso del papa, la guerra les impidió partir, por lo que Ignacio consideró que no había que perder el tiempo y envió a algunos compañeros a predicar por diversas ciudades de Italia, y él y otros dos se dirigieron a Roma. Por entonces nació el nombre Compañía de Jesús.
Estaba en los alrededores de Roma cuando tuvo una visión en que el padre Eterno lo encomendaba a Jesús como discípulo suyo, y concibió tal devoción por este santísimo nombre, Jesús, que quiso llamar Compañía de Jesús a la congregación.
Fue un período fértil no exento de problemas, ya que nuevamente lo acusaron de hereje. Tras un proceso regular, los jueces fallaron a su favor.
El 27 de septiembre de 1540 se aprueba por bula pontificia la Compañía de Jesús, y se elige a Ignacio como superior quien la dirige desde Roma.
Durante sus últimos años de vida, la Compañía se extendió por toda Europa y la América española, luego hasta la India, Japón y Etiopía. Otra idea suya fue la de fundar colegios gratuitos y en los que se admitía a personas de todas las capas sociales. Estos colegios evolucionaron y se convirtieron en universidades. También se instituyeron seminarios, de gran importancia para la reforma de la Iglesia. Poco a poco, todos los seminarios católicos del mundo se amoldaron a la espiritualidad ignaciana.
Murió en Roma, a los sesenta y cuatro años el 31 de julio del año 1556.
 
“Toma, Señor, y recibe
mi voluntad, memoria, entendimiento,
mi libertad, mi haber, mi poseer.
 
Tu me lo diste… a ti, Señor, lo torno…
Todo es tuyo, dispón a voluntad…
Dame tu amor y tu Gracia,
Que esto me basta, no pido más…”
 
                                       -San Ignacio de Loyola-   
 
 
Recopilado por Ricardo Díaz de “Vidas santas y ejemplares”, Enrico Pepe, Barcelona, 2002.-

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