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domingo, 30 de diciembre de 2012

DEFENSA DE LA CIUDADELA DEL MATRIMONIO



Una de esas extrañas contradicciones de los liberales es que ellos pueden cambiar su posición cuando les conviene.
Fue en los años sesenta que comenzaron su brutal ataque contra el matrimonio. Las feministas odiaban la institución, porque decían que las “esclavizaba”. La liberación sexual debería extenderse a quienes lo quisieran.
Todo fue hecho para quitar el prestigio y la estima de esta querida institución. Pronto se puso de moda que las parejas vivieran juntas. Los resultados son bien conocidos. La institución del matrimonio ha sufrido un daño inmenso. Vemos las consecuencias del amor “libre” en la proliferación de hogares monoparentales, divorcio, aborto, las prácticas anticonceptivas, enfermedades de transmisión sexual y los estilos de vida sexual con desvíos de todo tipo.
La única forma en que el matrimonio puede defenderse valientemente era no ceder e insistir que es una unión permanente, excluyendo cualquier otra. Maridos y esposas valientes han resistido al ataque del amor “libre” de la revolución sexual y, aunque maltratado por la guerra cultural, el estandarte sagrado del matrimonio sigue flameando en la ciudadela a pesar de todo.
Ahora parece que aquellos que eran tan anti-matrimonio se han convertido en pro-matrimonio.
Cuando el matrimonio se convierte en un obstáculo insalvable para la agenda sexual revolucionaria del amor “libre”, los liberales no tienen ningún problema en convertir el matrimonio en una institución que promueva su agenda, bajo la forma de un “matrimonio” homosexual.
Es por eso, la misma gente que promueve toda la gama de posiciones revolucionarias en materia sexual, está ensalzando las maravillas del “matrimonio” homosexual.
Los que llamaban al matrimonio esclavitud en los años sesenta, ahora insisten en su “derecho” a casarse.
Ellos no han cambiado sus posiciones sobre el aborto, la anti-concepción, el divorcio o el amor “libre”. Todavía apoyan con entusiasmo estas posiciones contrarias al matrimonio. Veremos a esos liberales huyendo de la castidad, de la abstinencia, de la modestia y de la virginidad como los murciélagos huyen de la luz.
Sin embargo, ellos toman esta nueva posición porque saben que, mientras el estandarte sagrado del matrimonio indisoluble ondee en la ciudadela, la sociedad reconoce que la moral sigue existiendo. Mientras la moral aún exista, el programa del amor “libre” encuentra un obstáculo que los liberales encuentran insoportable.
Es por eso quieren destruir la fortaleza no desde el exterior sino desde dentro. Tratan de eliminar los límites de exclusividad que hace que el matrimonio sea lo que es. Esa exclusividad que marca el patrimonio como una unión fructífera y permanente de un hombre y una mujer, deberá ser inclusiva y estéril.
Está en la naturaleza de las pasiones desenfrenadas el no aceptar ninguna restricción y condenar toda moralidad. Así, los nuevos “defensores” del matrimonio no estarán contentos hasta que estandarte sagrado del matrimonio indisoluble sea abatido y la bandera del arco iris sea puesta en su lugar.
No estarán satisfechos hasta que toda y cualquier relación sexual, “géneros” y estilos de vida sean aceptados. Es decir, nunca serán felices, porque nunca la sexualidad desenfrenada trae la felicidad, sino sólo frustración, ansiedad y desilusión.
Fuente: TFP Ameriana
Acción Familia

miércoles, 4 de abril de 2012

EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS, LA NOCHE DE LA AGONÍA

Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos
 
Nuestro Señor, en el Huerto de los Olivos, sufrió el tormento de la soledad. No de la soledad que es calma, recogimiento, oración; la soledad que es el paraíso del alma verdaderamente interior, sino la soledad creada por la indiferencia general, por la incomprensión y por el odio.
En el momento en que el Señor se preparaba para morir por la humanidad, forzoso sería que a su lado estuviesen todos los que oyeron maravillados sus palabras. Tal era la repercusión producida por sus enseñanzas, que los hombres para oírlo se internaban en el desierto sin pensar en el abrigo o en el pan.
En el momento del dolor y del peligro ¿dónde están esas multitudes? Cuando el Señor hacía milagros el pueblo entusiasmado lo aclamaba.

¿Dónde está ahora este pueblo? ¿Cómo explicar que a su lado ni siquiera figuren los leprosos a quien remedió, los ciegos y los mudos que curó, los muertos a quienes restituyó la vida? Esto se debe a que resulta fácil creer a la vista del milagro, pero es difícil afirmar nuestra Fe frente a los que no vieron milagros o no quieren creer.
Aclamar al Señor en medio de una multitud entusiasmada no es difícil. Pero soportar los sarcasmos, la incomprensión, la hostilidad, en los ambientes en que se profana la Fe, es muy difícil. Vibrar de entusiasmo cuando se escuchan las enseñanzas del Señor, es fácil. Pero poner en práctica sus mandamientos, cuando después de pasado el entusiasmo, cada uno retorna a la inexorable trivialidad de la vida cotidiana, es mucho más difícil. Es innegable que las multitudes se entusiasman por el Maestro. Su pecado no consistió en que el entusiasmo fuese débil, sino en que se quedase sólo en entusiasmo.
Y por esto en el Huerto de los Olivos el Señor está solo, y ofreciendo por cada uno de nosotros los méritos de su inmensa soledad.
* * *
Los apóstoles habían dejado todo, negocios, familia, situación, para consagrarse enteramente al Señor. En el cumplimiento del deber cotidiano supieron ser eximios. No hubo cansancios, ni calumnias, ni sarcasmos que los hiciesen desertar. Entretanto, también estos dejan solo al Señor. Duermen abatidos, huyendo así en el entorpecimiento del sueño, a la realidad de la vida, demasiado pesada para sus hombros.
¿Cómo explicar esa defección? Su generosidad fue sólo suficiente para las circunstancias comunes de la vida cotidiana, con sus pequeños reveses, con sus incontestables satisfacciones. Abandonaron todo, es verdad, pero en compensación tres de ellos vieron la gloria del Señor en lo alto del Tabor, y todos participaban a los ojos del pueblo de las grandezas del Maestro. Practicaron hasta milagros. Fueron así arrancados del anonimato oscuro y pesado que parecería ser lo normal de sus vidas. La vida cotidiana discurría pues, para ellos, de manera austera pero muy soportable.
El Señor, sin embargo, no se contenta con las almas que son generosas tan sólo en el tenor menudo de la vida cotidiana. Un día u otro una tragedia se presenta a los que El prefiere. Tragedia interior o tragedia exterior, una y otra por lo general, y en la mayoría de los casos varias tragedias que se suceden hasta la muerte. Y estos hombres flaquean.
En la vida de todos los días, no se prepararon para las grandes ocasiones, para las inmolaciones enormes, para las renuncias completas. Al final, llegada la hora de Dios, se rompió el cuadro de la existencia normal y cotidiana. El momento de la angustia, de la persecución y del dolor llegó. Y helos ahí que duermen, abandonando al Maestro.
Cada uno de nosotros puede preguntarse, tomando en consideración este cuadro: ¿hasta qué punto estoy dispuesto al heroísmo? ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a dejar por Vos, Señor, todas y cada una de las cosas grandes y pequeñas que constituyen el placer de mi vida cotidiana?
Sé que por mí nada puedo. Pero sé también que con vuestro auxilio seré capaz de todo. Dadme vuestra gracia para que yo no sea de aquellos que “no pueden vigilar una hora con Vos” (Mt. 25, 46). Para que yo no me deje arrastrar por tanta cobardía, quiero en mi vida cotidiana prepararme para todo “vigilando y orando para no caer en tentación”.
* * *
A lo lejos, brillan las luces de la ciudad electa, que olvidada de Vos, ahora se prepara para el reposo y para el placer. Y es en aquella Jerusalén, bienamada entre todas las ciudades de la tierra, dentro de la cual sopla hora contra Vos un viento de incomprensión culpable y de torpe hostilidad; aquella Jerusalén que no os quiso conocer, y en cuyas murallas ahora se prepara el deicidio. Os odian aquellos a quien amasteis. Congréganse para mataros precisamente aquellos a quienes quisisteis reunir a vuestro alrededor como la gallina reúne a sus polluelos. Sois, Señor el gran rechazado.
Después quedó de nuevo yermo el Huerto de los Olivos.
Pero su nombre no se apagó nunca de la mente humana. Para siempre, de todos los rincones de la Tierra, hacia allí afluyeron y afluirán hombres llenos de respeto, de gratitud y de amor. Ellos consideran como honra y como gracia besar la tierra vulgar de que está hecho. Llevan para sus casas como joyas de valor las hojas de los olivos que allí crecen. Nunca un cristiano sufrió dolores y angustias, sin que ellas se aliviasen pensando en los grandes tormentos del Huerto. De él se puede decir “bienaventurado lo llamarán todas las generaciones”, porque en él se dio la inmensa inmolación de alma del Hijo de Dios.
Fuente: Acción Familia