martes, 24 de noviembre de 2009

¿COMO PUEDO IDENTIFICAR A UN DROGADICTO?


En la foto: Diego Maradona drogado, en una foto que circula por Internet y que se ubica con el buscador de imágenes de Google.



Existen algunos indicios que pueden identificarse como señales de peligro. No siempre indican la presencia de abuso de drogas, pero pueden servir como una guía para detectar dicho abuso. Entre estos indicios tenemos:

- Cambios repentinos en la personalidad y en los hábitos.
- Exceso de mal humor. Irritabilidad. Susceptibilidad.
- Repentina caída en el rendimiento académico o laboral.
- Descuido en el aspecto y aseo personal.
- Desaparición de objetos de valor o dinero en casa.
- Temblores, insomnio, aspecto somnoliento o adormilado, lenguaje incoherente.
- Depresión, apatía, desgano, falta de motivación.
- Incapacidad de cumplir con las responsabilidades.-
- Aislamiento del grupo habitual de amigos.
- Hábitos antisociales, como mentir, robar o pelear.
- Crisis nerviosas.
- Pérdida del apetito.

¿Qué es la drogadicción?


La drogadicción es una enfermedad que consiste en la dependencia de sustancias que afectan el sistema nervioso central y las funciones cerebrales, produciendo alteraciones en el comportamiento, la percepción, el juicio y las emociones. Los efectos de las drogas son diversos, dependiendo del tipo de droga y la cantidad o frecuencia con la que se consume. Pueden producir alucinaciones, intensificar o entorpecer los sentidos, provocar sensaciones de euforia o desesperación. Algunas drogas pueden incluso llevar a la locura o la muerte.

La dependencia producida por las drogas puede ser de dos tipos:

- Dependencia física: El organismo se vuelve necesitado de las drogas, tal es así que cuando se interrumpe el consumo sobrevienen fuertes trastornos fisiológicos, lo que se conoce como síndrome de abstinencia.

- Dependencia psíquica: Es el estado de euforia que se siente cuando se consume droga, y que lleva a buscar nuevamente el consumo para evitar el malestar u obtener placer. El individuo siente una imperiosa necesidad de consumir droga, y experimenta un desplome emocional cuando no la consigue.

Algunas drogas producen tolerancia, que lleva al drogadicto a consumir mayor cantidad de droga cada vez, puesto que el organismo se adapta al consumo y necesita una mayor cantidad de sustancia para conseguir el mismo efecto.

La dependencia, psíquica o física, producida por las drogas puede llegar a ser muy fuerte, esclavizando la voluntad y desplazando otras necesidades básicas, como comer o dormir. La necesidad de droga es más fuerte. La persona pierde todo concepto de moralidad y hace cosas que, de no estar bajo el influjo de la droga, no haría, como mentir, robar, prostituirse e incluso matar. La droga se convierte en el centro de la vida del drogadicto, llegando a afectarla en todos los aspectos: en el trabajo, en las relaciones familiares e interpersonales, en los estudios, etc.
Fuente: Aciprensa

SI, LA UNICA IGLESIA QUE ILUMINA ES LA IGLESIA QUE ARDE



Por Christian Viña

(Católico... y periodista)



Desde hace un tiempo, la situación de violencia y conflictividad social que azota a nuestro país –y sobre la que acaba de advertir el Episcopado argentino- está adquiriendo ribetes dramáticos. Pobreza, miseria, exclusión; crímenes, secuestros, perversiones y odios de todo tipo; y un persistente endiosamiento de la venganza, como excluyente forma de hacer justicia, nos muestran no una Patria engalanada para celebrar el Bicentenario de Mayo, sino sus ayes de leona, que en la jaula brama, como bien escribiera Almafuerte.



Y en este contexto –como ayer, hoy y siempre-, la Iglesia Católica sufre los ataques salvajes de sus enemigos de todas las épocas: las sociedades secretas, de inspiración masónica, que buscan aniquilarla; los materialistas de cuño liberal y marxista; los dueños del poder financiero internacional, y su exclusivo afán de lucro; los extremistas que, en su delirio, combaten porque sí contra toda forma de autoridad y, por si fuera poco, la embestida de quienes, para justificar sus desviaciones contra natura, luchan –paradójicamente- contra el orden natural, para ellos inexistente.



Templos pintados con leyendas obscenas y sacrílegas; activistas que invaden iglesias y llegan a profanarlas, incluso, hasta con la deposición de sus excrementos; y hombres, mujeres y niños escupidos, humillados y golpeados, mientras rezaban el Rosario, unidos en una cadena de brazos, para custodiar sus Catedrales, son sólo apenas unas muestras de esta escalada. Y una frase que se repite, en la orgía de odio que sale de gargantas, aerosoles y pinceles es: La única Iglesia que ilumina es la Iglesia que arde... Acaba, incluso, de escribirse y gritarse a los cuatro vientos, durante la Misa de Clausura de la Exposición del Libro Católico, en La Plata.



No hay que ser muy perspicaz para entender el mensaje. Como los detractores de todos los tiempos acusan a la Iglesia de oscurantista; de sumir a los pueblos en las tinieblas de la ignorancia, y de querer arrastrar a individuos y naciones a su sometimiento económico y una servil explotación, sólo una Iglesia incendiada puede dar algo de luz... Sueñan, así, con ser los nerones de la posmodernidad; e imaginan el día en que, desde caligulescos escenarios, tocando la cítara o vaya a saber qué instrumentos, verán reducir a cenizas todos los templos católicos...



Hemos visto quemar Iglesias, entre nosotros, en un pasado no lejano. Hoy sabemos por la historiografía seria –y no por la panfletaria, que sólo busca hacer rating o vender revistuchas pseudohistóricas- que ello se debió a un plan bien orquestado del anticatolicismo; con la sibilina colaboración de algunos infiltrados en el gobierno de turno. Se buscó, entonces, lo que siempre se busca: dividir al pueblo creyente, y hacerlo optar por su fidelidad a Dios o al César. Hubo, así, incluso en las propias familias católicas, quienes tiraban a la calle el cuadro del Papa, y quienes hacían lo propio con la imagen del Presidente de entonces. Lo cierto es que aquella herida sigue sangrando...



Confieso que cuando leo o escucho La única Iglesia que ilumina es la Iglesia que arde, mi primer pensamiento se dirige a sus autores. ¿Acaso no se dan cuenta del odio que los destruye?. ¿No piensan, por un momento, que son títeres de los intereses que dicen combatir?. ¿Tendremos oportunidad de hacerles ver que se equivocaron de enemigo?.



Tuve, de cualquier modo, un momento de providencial iluminación al pasar frente a la Parroquia Nuestra Señora de Balvanera, mientras rezaba el Rosario, y leer la frase, por enésima vez, en uno de sus muros. A pocos metros, un grupo de jóvenes católicos, de la Noche de la Caridad, alimentaba a indigentes de la calle. Sí, efectivamente –me dije- la única Iglesia que ilumina es la Iglesia que arde. Arde en las manos congeladas de esos ancianos hambrientos, y en las manos de esos chicos; que se toman en serio ser discípulos de la Luz del mundo. Y que, por lo tanto, no andarán en tinieblas, sino que tendrán la Luz de la Vida (Jn 8, 12).
Ilumina y arde la Iglesia cuando, el fuego de su amor, le permite reconocer a Cristo en el hambriento, el sediento, el enfermo, el forastero y el preso (Mt. 25, 31 – 46) Y cuando, al hacerse cargo de ellos, denuncia las estructuras sociales injustas que, primero, los generan y, luego, los descartan.
Ilumina y arde la Iglesia cuando muestra, con sus palabras y silencios; con sus obras y enseñanzas, que el fuego es la energía trasformadora de los actos del Espíritu Santo. Y cuando anuncia a Cristo como el que bautiza en el Espíritu Santo y el fuego (Lc 3, 16)



Ilumina y arde la Iglesia cuando profesa la Fe en su único Señor, que vino a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido! (Lc 12, 49)
Ilumina y arde la Iglesia cuando, junto a su Madre, María Santísima, deja descender, en formas de lenguas como de fuego, sobre sus discípulos, para colmarlos de Él, al Espíritu Santo; como en aquella mañana de Pentecostés (Hch 2, 3-4)
Ilumina y arde la Iglesia cuando reconoce en Jesús la Luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre (Jn 1, 9)
Ilumina y arde la Iglesia cuando, en la luz inextinguible de sus mártires, confirma que ni las llamas del odio, ni las garras ni los dientes de las fieras, ni el fuego de la pólvora, ni el filo de la espada, podrán terminar con el Amor, ni con un Reino que no es de este mundo (Jn 18, 36)
Ilumina y arde la Iglesia cuando, en la brillantez de sus santos, muestra la generosidad y el desprendimiento de quienes quemaron su vida por Cristo y su Reino.
Ilumina y arde la Iglesia cuando, para llevar la Buena Noticia de la salvación, cruza los mares, desafía los desiertos, se interna en las selvas, trepa todas las montañas y desciende a cualquier pozo, para mostrar a los hombres de nuestro tiempo que ser feliz, desde Cristo, está al alcance de sus manos.
Ilumina y arde la Iglesia cuando se muestra, sin pudores ni cálculos humanos, verdaderamente Santa; esposa inmaculada de su Santo fundador, y Madre de una multitud de santos.
Ilumina y arde la Iglesia cuando, incluso con el pecado y hasta el escándalo de algunos hijos prominentes, implora de rodillas perdón a su Señor. Y, lejos de cualquier especulación mundana, se experimenta débil, y siempre necesitada de conversión.
Sí, efectivamente, la única Iglesia que ilumina es la Iglesia que arde. ¡Gracias por recordárnoslo...!. Y por invitarnos a pensar -aun desde medios y formas totalmente repudiables-, que no hemos nacido para ser mortecinos fueguitos, llamados a una súbita extinción...!


BUENOS AIRES, Domingo 22 de Noviembre de 2009.-

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.-

LA MISA DE CLAUSURA DE LA XI EXPOSICIÓN DEL LIBRO CATÓLICO EN LA PLATA

En la foto: Manuel Outeda Blanco, quien expresó que las manifestaciones de homosexuales contra la muestra y sus pintadas en el Pasaje Dardo Rocha de que "la única Iglesia que ilumina es la que arde", parecen "de otra época"

El sábado 14 de noviembre de 2009, el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, presidió la Santa Misa en acción de gracias por los dones recibidos durante la XI Exposición del Libro Católico en La Plata, que permitió a gran cantidad de visitantes recorrer la muestra con más de 10.000 volúmenes de un centenar de editoriales, expuestos en forma temática.

En dicha celebración eucarística, que se llevó a cabo en el Auditorio del 1º piso del Centro Cultural Pasaje Dardo Rocha participaron numeroso público general y pertenecientes a distintas instituciones. La preparación litúrgica estuvo a cargo de los Seminaristas del Seminario Mayor San José, con guía del Centro de Profesionales Santo Tomás de Aquino de Buenos Aires y el prestigioso Coro del Colegio Inmaculada de La Plata, bajo la dirección del Maestro Andrés Matías Larrechart y la Sra. Elda Moro de Segalerba en órgano, acompañó musicalmente esta celebración.

En esta ocasión, la intención fue -en adhesión al Año Sacerdotal proclamado por Su Santidad Benedicto XVI-: “Por las vocaciones sacerdotales, para que su entrega al servicio del Evangelio transmitiendo el misterio salvífico de Cristo Eucaristía, den frutos abundantes para la Santa Madre Iglesia”. En ese momento, se recordó a las personas fallecidas que colaboraron durante estos años con la exposición.

Al finalizar la celebración eucarística, la Comisión Organizadora de la Junta Regional de Educación Católica, procedió a entregar los diplomas recordatorios a los Colegios que participaron en la muestra estática y dinámica en el marco de la Exposición.

En la fecha, el evento coincidió por segundo año consecutivo con la marcha de homosexuales que realizan saliendo desde la Plaza Moreno hasta la Plaza San Martín, la cual contó con personas que arribaron de Buenos Aires para reforzarla. En esta última Plaza, se concentran alrededor de la estatua de San Martín, pero a las 19.30 hs, cuando transcurría la mitad de la Misa celebrada por Mons. Aguer, una horda de desaforados pretendió ingresar a la Exposición, provocando actos de vandalismo.

Ante tal situación conmocionante, fueron cerradas las puertas de acceso al Pasaje Dardo Rocha, y hasta que no se disolvió la manifestación nadie pudo ingresar o egresar del lugar, ante el grupúsculo de violentos travestis, lesbianas y homosexuales que pretendían entrar para destruir todo y agraviar a quienes se encontrasen en la Misa y dañar el evento de prestigio cultural que ya lleva 11 años de permanencia en la ciudad.

Pintadas como "soy lesbiana y hereje", "la degeneración es revolucionaria" y "la única Iglesia que ilumina es la que arde", son ejemplos de pintadas en daño a la propiedad pública que los sujetos produjeron. Esto además es un grave delito reprimido por el Código Penal, demostrando su verdadero rostro: la angustia desesperada del resentimiento permanente contra sí mismos que acaba en odio a Dios y a la sociedad, a la que desde su deseo autodestructivo también buscan destruir la sociedad.

"Pensé que eso pertenecía a otra época... esta gente quiere la hoguera para los católicos", declaró a Diario Pregón de La Plata el Presidente de la Exposición, Manuel Outeda Blanco.

lunes, 23 de noviembre de 2009

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO


Por Mario Caponnetto

La celebración de la Festividad de Cristo Rey que, a partir de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, cierra el ciclo del tiempo ordinario y clausura el año litúrgico, ha de movernos a una seria reflexión. Pues si la Iglesia proclama a Jesucristo como Rey debemos preguntarnos qué significa este reinado y cuáles son las consecuencias que de él se derivan.
Muchos sospechan que el Concilio no se ha limitado a un simple traslado de la antigua festividad instituida por el Papa Pío XI, en 1925, del último domingo del mes de octubre al último domingo del ciclo anual, sino que ha ido más lejos: ha cambiado sustancialmente el sentido originario de la misma festividad. En efecto, se dice, ya no se trata de afirmar el reinado de Cristo sobre todas las realidades, principalmente aquellas que son propias del orden público y social, sino de acentuar, más bien, la naturaleza espiritual, extramundana y metahistórica de aquel Reinado. El traslado, en consecuencia, respondería antes a este criterio nuevo pues la festividad clausura, ahora, y da cima a todo el clima esjatológico que tiñe marcadamente la liturgia de los últimos domingos del año.
Pero ¿es esto así? Como sucede muy a menudo, desde la aparición en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo del Concilio Vaticano II, también en este delicadísimo punto, un espíritu mundano y secularizante -hoy lamentablemente muy difundido en amplios sectores eclesiales- parece querer prevalecer no sólo sobre el espíritu del propio Concilio sino, lo que es más grave, sobre lo que ha sido y sigue siendo doctrina permanente y segura del Magisterio de la Iglesia, de la Tradición y de la propia Escritura, fuentes insustituibles de la Fe Católica.
Volvamos, pues, a la pregunta inicial: el Reinado de Cristo ¿es sólo la consumación metahistórica del Reino anunciado por el mismo Jesús o, además, conlleva una efectiva y real potestad de Cristo sobre el orden temporal público y privado? La respuesta debe ser meditada y repensada por la inteligencia cristiana en esta época de tanta confusión y -¿cómo no decirlo aunque duela?- de tanta pusilanimidad entre los católicos, sean laicos, sean pastores.
La guía más segura, al respecto, es volver a una atenta lectura de la Encíclica Quas primas, dada por el Papa Pío XI, el 11 de diciembre de 1925. Este importante documento -cuya vigencia no ha sido negada oficialmente ni por el Concilio ni por ninguno de los Sumos Pontífices posteriores a Pío XI- no solamente instituye la festividad litúrgica de Cristo Rey sino que compendia admirablemente la verdadera doctrina católica sobre nuestro tema.
A nuestro juicio son tres los elementos esenciales a tener en cuenta en la lectura de la Encíclica: primero, el sentido y el fundamento de la Realeza de Cristo; segundo, el carácter de esta Realeza; tercero, el contexto histórico en el que fue escrita la encíclica.



a. Sentido y fundamento de la Realeza de Cristo.

Distingue Pío XI un doble sentido de la realeza de Cristo: el metafórico (translata verbi significatione) y el propio (propria verbi significatione). Según el primero de estos sentidos decimos que "Cristo reina en la inteligencia de los hombres [...] por ser Él la misma Verdad y por la necesidad que tienen los hombres de beber en Cristo la verdad y aceptarla de Él". También, "que reina en las voluntades de los hombres [...] porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad, encendiendo en ella los más altos propósitos"; finalmente, Cristo "es rey de los corazones, porque con su supereminente caridad [...] se gana el amor de las almas" (1).
Pero en un sentido propio "se ha de atribuir a Jesucristo hombre el título y la potestad de rey; pues sólo como hombre se puede afirmar de Cristo que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino (Dan. 7, 13-14) ya que como Verbo de Dios, identificado sustancialmente con el Padre, posee necesariamente en común con el Padre todas las cosas y, por lo tanto, también el mismo poder supremo y absoluto sobre toda la creación" (2).
Estamos, sin duda, ante una definición de singular trascendencia pues se trata, nada menos, que de la Realeza de Cristo vista a la luz suprema del misterio de la unión hipostática. Y aquí reside el fundamento radical de dicha realeza: "en una palabra, por el sólo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre la creación universal" (3).
Es que la Encarnación del Verbo ha transfigurado, de raíz, todas las realidades humanas. Ya nada es lo mismo a partir del hecho, capital y fundante, de la Encarnación. Y si Santo Tomás, al establecer, con Aristóteles, que la verdad es el fin del universo, recuerda que por eso ad veritatis manifestationem divina Sapientia carne inducta se venisse in mundo (4), de tal modo que a partir de ahora esa Verdad, entrevista por el Filósofo, no es otra que la Verdad Encarnada, fundamento y fin de toda sabiduría humana, así también, a partir de la Encarnación podemos hablar de una Potestad Encarnada -divina potestas carne inducta- fundamento y fin de toda potestad sobre la tierra.



b. Carácter de la Realeza de Cristo.

El Papa se detiene extensamente en las fuentes escriturísticas (tanto del Viejo cuanto del Nuevo Testamento) que abonan la Realeza de Jesucristo y no puede sino concluir que todos los textos sagrados demuestran con plena evidencia "que este reino es principalmente espiritual y que su objeto propio son las realidades del espíritu" y que "cuando los judíos y aún los mismos apóstoles juzgaron equivocadamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo judío y restablecería el reino de Israel, Cristo deshizo y refutó esta idea vanamente esperanzada" (5).
No; no hay lugar alguno para confundir el Reino de Cristo con ningún reinado temporal ni para identificarlo con ninguna forma de dominio humano. Pero este aspecto esencial y eminente no se contradice con la potestad real que Cristo ejerce sobre todo el hombre y sobre todo el universo. Entonces, ¿por qué substraer las realidades políticas y sociales a la potestad real de Jesucristo? ¿Por qué cerrarle, precisamente, las puertas al Rey de la Historia, allí donde los hombres fundan la ciudad terrena? ¿Por qué inexplicable prejuicio se ha de excluir de la divina potestad del Redentor el orden social, jurídico, económico y familiar? "Incurriría en grave error -concluye Pío XI- el que negase a la humanidad de Cristo el poder real sobre todas y cada una de las realidades sociales y políticas del hombre" (6).



c. Contexto histórico de la encíclica.

Por último, no hay que olvidar el contexto histórico en el que fue escrito este notable documento. El Papa lo señala desde las palabras iniciales: se trata de un mundo sobre el que se ha precipitado un diluvio de males cuya causa no es otra que el rechazo de la inmensa mayoría de la humanidad a Jesucristo y su santísima ley, tanto en la vida privada, en la vida familiar y en la vida pública. Por eso, concluye, es vana la esperanza de paz de los pueblos si se deja de lado a Cristo. Resuena, entonces, firme e intrépida, la consigna con la que el Papa convoca a los hombres de aquella hora: pax Christi in Regno Christi.
También hacia el final de la Carta vuelve Pío XI al panorama del mundo de entonces. Señala, como gravísimos males del aquel mundo, el laicismo y la apostasía pública que él ha producido en las sociedades (7). Justamente, se trata de reparar tales males instituyendo para ello la celebración solemne de Cristo Rey porque la Iglesia, por medio de su admirable pedagogía, cada vez que quiere hacer viva en los fieles la presencia de una verdad determinada, la celebra, la hace liturgia.
Para concluir: ¿quién puede negar que aquel laicismo devastador y aquella apostasía de las naciones que atribulaban el corazón del Papa hace ya casi ocho décadas, son casi nada si las comparamos con este radical inmanentismo y con este impío secularismo que presiden, hoy, la construcción de una Civitas Mundi, inspirada en el Regnum Hominis en perenne batalla contra la Civitas Dei?
Más, mucho más que en 1925, se hace hoy preciso rescatar la necesaria proyección temporal del Reinado de Cristo como único modo de hacer un mundo más justo y más humano. Todo cuanto hagamos en este sentido, es cierto, ha de ser con la mirada puesta en ese Reino que consumará la Historia. Pero mientras aguardamos -y dejando expresamente a salvo la legítima pluralidad de las opciones políticas del cristiano- recordemos, con palabras de Jordán B. Genta, maestro y mártir de la Fe: "Con Cristo lo podemos todo y nuestro empeño en lo político debe ser para que Él reine... (8).
"No tengamos miedo de proclamar esta Realeza de Cristo. Sobre los tejados. Sin flaquezas. Con caridad. Nadie puede temer este Reinado. Pues como lo recuerda Pío XI: Non eripit mortalia, qui regna da caelestia.

_______
Notas
(1) Quas primas, 4. Seguimos el texto español de Doctrina Pontificia, II, Documentos Políticos, BAC, Madrid, 1958.
(2) Ibidem.
(3) Quas primas, 6.
(4) C.G. I, c. 1.
(5) Quas primas, 8.
(6) Ibidem.
(7) Quas primas, 12 y 13.
(8) Jordán B. Genta, El nacionalismo argentino, Buenos Aires, 1972.

ACTO DEL CAMPO EL 10/12/09 A LAS 17 HS EN EL ROSEDAL DE PALERMO EN CAPITAL FEDERAL