domingo, 20 de julio de 2014

PROLOGO AL LIBRO: "LOS PRINCIPIOS DE INTERPRETACIÓN DEL MOTU PROPRIO SUMMORUM PONTIFICUM"



La tesis doctoral en derecho canónico de Fr. Alberto Soria Jiménez, OSB, defendida el 29 de mayo de 2013 en la Universidad de S. Dámaso, acaba de ser publicada por ediciones Cristiandad con el título "Los principios de interpretación del motu proprio Summorum Pontificum". Este estudio canónico-histórico-litúrgico, en torno a la unidad del rito romano como principio de interpretación de la carta apostólica en forma de motu proprio de Benedicto XVI, ocupa 552 páginas, de las que casi 150 corresponden a bibliografía y concluye con un índice onomástico. La obra está dedicada al papa emérito y viene precedida por un prólogo firmado el 25 de julio de 2013 por el Cardenal Antonio Cañizares Llovera, actual prefecto de la Congregación del Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos, desde 2008.
Dijo la Virgen:
"Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos procura consolarme; y di que: a todos los que durante cinco meses en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario, me hagan quince minutos de compañía, meditando en los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación" (Nuestra Señora a Sor Lucía en Pontevedra, el 10 de diciembre de 1925)




PRÓLOGO DEL CARDENAL CAÑIZARES A LA TESIS
DOCTORAL DEL P. ALBERTO SORIA JIMÉNEZ, O.S.B.

"Los principios de interpretación del motu proprio Summorum Pontificum"

Nos hallamos ante un trabajo que aborda científicamente un tema que en los últimos años ha sido objeto de acaloradas controversias. Sin embargo, desde el inicio deben tenerse muy presentes dos rasgos de esta obra: su carácter académico y la pertenencia del autor a una comunidad que es fiel a los grandes principios de la liturgia, pero en la que no se celebra la forma extraordinaria del rito romano. Ello le ha permitido observar la situación “desde fuera”, posibilitando así la gran objetividad reflejada en su investigación. Por otra parte, si bien esta tesis doctoral se ha presentado en una Facultad de Derecho Canónico, el tratamiento de los aspectos históricos y litúrgicos pone de manifiesto la competencia del autor también en esos ámbitos.
Muchos aspectos destacan en este trabajo. En primer lugar, la variedad y amplitud de fuentes y autores consultados, tal y como se evidencia en los más de quinientos del índice onomástico. Esta completa bibliografía, que supera los mil seiscientos títulos, compendia gran número de recientes publicaciones impresas en lenguas diversas y no siempre accesibles, lo que convierte a esta obra en única para el estudio del tema. Dentro de esta bibliografía sobresale un elenco, cuya exhaustividad podemos intuir, de los textos de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI sobre la continuidad litúrgica y temas afines. Otra característica de esta investigación es la exposición objetiva y extensa del status quaestionis, que permite conocer las posturas a favor y en contra de las medidas de Benedicto XVI. En los textos citados, muchos críticos de las mismas dejan entrever una concepción acerca del concilio y de la reforma litúrgica que manifiesta claramente que la difusión generalizada de la “hermenéutica de la ruptura”, como modo de comprender estos eventos, lejos de ser una fantasmagoría, es una realidad bien concreta.
En segundo lugar, este trabajo nos brinda un análisis detenido y profundo de la terminología de Summorum Pontificum, destacando el tratamiento de términos como “rito”, con distinciones que iluminan acerca de la controvertida expresión “dos formas del mismo rito” y que solucionan de manera convincente lo que parecía contradictorio, confuso y criticable a muchos, de uno y otro lado. Son dignas de mención asimismo las precisiones en torno a numquam abrogatam, sobre la prohibición del misal anterior.
Apoyado en la rica bibliografía, en el vocabulario y en los conceptos fundamentales, el autor analiza meticulosa y detalladamente los documentos pertinentes, realizando así una exégesis sólidamente fundada.
Si, por otra parte, tenemos en cuenta los medios de los que se valen los canonistas para la interpretación de la ley, este trabajo constituye sin duda un precioso material. En efecto: el medio primario de interpretación es la atención al significado propio de las palabras, considerado en el texto y en el contexto. Pero esta significación comporta no solo ni principalmente su sentido común, sino su sentido usual jurídico y debe entenderse en consonancia con las definiciones del código y de la doctrina. El sentido literal debe contextualizarse, para no hacer violencia a la materia tratada en virtud de una excesiva literalidad. Como la aplicación de todo esto no siempre es fácil, en caso de duda u oscuridad el código prescribe recurrir no solo a los lugares paralelos sobre la misma materia, sino también al fin y a las circunstancias de la ley: entre otras, la ocasión en que ésta se promulga, el tiempo y lugar y especialmente su proceso de elaboración.
Todo esto contribuye a determinar la mens legislatoris, elemento clave, en última instancia, de la interpretación de la ley.
La amplia documentación presentada en este trabajo permite hallar esos diversos elementos de interpretación de la ley aplicados al motu proprio, lo que lo convierte en un valioso auxiliar para determinar la mens legislatoris del documento y en útil vademécum en el momento de tomar decisiones para su recta aplicación.
Por todo lo dicho, este estudio constituye tanto una referencia para el estudio como una guía para la aplicación práctica de Summorum Pontificum y de la instrucción Universae Ecclesiae.
Sin embargo, no se trata de una obra meramente técnica, interesante solamente para los especialistas. Por ello quisiera detenerme en algunos aspectos que conciernen a un público mucho más amplio y cuya lectura puede invitar a una enriquecedora reflexión.
La concepción, claramente presente tanto en el motu proprio como en los documentos a él vinculados, de que la liturgia heredada constituye una riqueza a conservar, se comprende en el espíritu del movimiento litúrgico en la línea de Romano Guardini, al que Benedicto XVI tanto debía en su relación personal con la liturgia desde su juventud. La detallada y documentada historia del proceso, desde su comienzo en los 70 hasta hoy, que el autor de este trabajo nos brinda, muestra cómo esta legislación no fue fruto momentáneo de una presión ni un reflejo de un parecer personal y aislado del papa, sino que otras personas deseaban desde hacía tiempo una solución semejante. Estos criterios del joven sacerdote Joseph Ratzinger se afianzaron y afinaron con el correr de los años y fueron asumidos por Juan Pablo II, que habría considerado la posibilidad de proveer una legislación oportuna.
El clima entre los cardenales designados para reflexionar sobre el tema era favorable. La comisión cardenalicia instituida por Juan Pablo II, en la que es innegable la influencia del cardenal Ratzinger, habría propuesto “eliminar la impresión de que todo misal sea el producto temporal de cada época histórica” y habría afirmado que “las normas litúrgicas, no siendo [3] verdadera y propiamente «leyes», no pueden ser abrogadas sino subrogadas: las precedentes en las sucesivas”. Es muy importante la demostración, presente en esta investigación, de que la actitud de Benedicto XVI no constituye tanto una novedad o cambio de rumbo de gobierno, cuanto una concreción de lo que ya Juan Pablo II había emprendido con iniciativas tales como la consulta a la comisión cardenalicia, el motu proprio Ecclesia Dei y la creación de la Pontificia Comisión del mismo nombre, la misa del cardenal Castrillón Hoyos en Santa María la Mayor en 2003 o las palabras del papa a la congregación del culto divino en ese mismo año.
La historia del proceso hace ver que, desde el inicio, el deseo de conservar la forma tradicional de la misa no era exclusivo de integristas, sino que gente del mundo de la cultura o escritores como Agatha Christie o Jorge Luis Borges firmaron una carta solicitando su preservación y S.
Josemaría Escrivá hizo uso de un indulto personal otorgado espontáneamente por el mismo Mons. Bugnini. Se advierte también la preocupación de Benedicto XVI por poner de relieve que la Iglesia no desecha su pasado: al declarar que el misal de 1962 “no ha sido jamás jurídicamente abrogado”, ha puesto de manifiesto la coherencia que desea mantener la Iglesia. En efecto, ella no puede permitirse prescindir, olvidar ni renunciar a los tesoros y a la rica herencia de la tradición del rito romano, pues sería una traición y una negación de sí misma, porque no se puede abandonar la herencia histórica de la liturgia de la Iglesia, ni querer establecer todo ex novo sin amputar partes fundamentales de la misma Iglesia.
Otro aspecto importante surge de la lectura del relato histórico de esta obra: los avances que ha habido a lo largo de estos años en la sensibilidad pastoral con respecto a estos fieles, la mayor atención a su persona y a su bien espiritual. En efecto, la legislación en un principio fue muy limitada, tenía solo en cuenta al mundo clerical y prácticamente ignoraba a los laicos, dado que la principal preocupación era disciplinar: controlar la potencial desobediencia a la legislación que se acababa de promulgar. Con el tiempo, la situación ha ido tomando un mayor perfil pastoral, para ir al encuentro de las necesidades de estos fieles, lo que se termina reflejando en
un fuerte cambio de tono en la terminología usada: es así que ya no se habla más del “problema” de los sacerdotes y fieles que seguían vinculados al llamado rito tridentino, sino de la “riqueza” que su conservación representa.
Se ha creado de este modo una situación análoga a la que había sido normal por tantos siglos, porque debemos recordar que san Pío V no impidió el uso de las tradiciones litúrgicas que tuvieran al menos doscientos años de antigüedad. Muchas órdenes religiosas y diócesis conservaron así su rito propio; como arzobispo de Toledo, he podido vivir esta realidad con el rito mozárabe. El motu proprio ha modificado la situación reciente, haciendo comprender que la celebración de la forma extraordinaria debería ser normal, eliminando todo condicionamiento por razón del número de fieles interesados y no poniendo otras condiciones,
para participar en dicha celebración, que las normalmente requeridas para cualquier celebración pública de la misa, lo que ha permitido un amplio acceso a esta herencia que, si bien de derecho era un patrimonio espiritual de todos los fieles, es, de hecho, ignorada por una gran parte. En efecto, las restricciones actuales a la celebración en la forma extraordinaria no son distintas que las que hay para cualquier otra celebración, en el rito que sea.
Los que quieren ver, en la distinción que hace el motu proprio entre cum y sine populo, una restricción a la forma extraordinaria, olvidan que tampoco con el misal promulgado por Pablo VI cabe celebrar cum populo sin autorización y acuerdo del párroco o rector de iglesia.
Por otra parte, la posibilidad, contemplada expresamente en el motu proprio, de que en la celebración sine populo se admita sin obstáculos la presencia espontánea de fieles (expresión que ha provocado más de una ironía por parte de los críticos del documento) no ha hecho sino acabar con la extraña circunstancia de que, aunque celebrada por un sacerdote en situación canónica completamente regular, esta misa quedaba cerrada a la participación de los fieles solo en razón de la forma ritual usada, forma que por otra parte estaba plenamente reconocida por la Iglesia. Se ha evitado también reeditar la situación de los 70, en la que sacerdotes que no podían adoptar el nuevo misal por motivos de salud, edad, etc., se veían condenados a no poder celebrar nunca más la eucaristía con una comunidad, por muy reducida que fuera, lo que sería visto, según la sensibilidad actual, como discriminatorio. Por otra parte, restringir deliberadamente la misa cum populo, limitando en la práctica la celebración de la forma extraordinaria a la misa sine populo, contradiría las palabras e intenciones de la constitución conciliar: “Siempre que los ritos… admitan una celebración comunitaria, con asistencia y participación activa de los fieles, incúlquese que hay que preferirla, en cuanto sea posible, a una celebración individual y casi privada” (Sacrosanctum Concilium 27).
Es indudable que, a mediados del siglo XX, una profundización y una renovación de la vida litúrgica eran necesarias. Pero, con frecuencia, esta no ha sido una operación perfectamente lograda. Ha habido una “reforma”, un cambio en las formas, pero no una verdadera renovación tal como propone la Sacrosanctum Concilium. A veces el cambio se ha realizado con un espíritu superficial, el criterio parece haber sido alejarse a toda costa de un pasado que era percibido como totalmente negativo y superado, como un cambio absoluto, como si se debiese crear un abismo entre el pre y el post concilio, en un contexto en el cual el término “preconciliar” era usado como insulto, pero el verdadero espíritu del documento conciliar no es el de encarar la reforma como una ruptura con la tradición sino, por el contrario,
como una confirmación de la Tradición en su sentido profundo.
Prueba de esto son las palabras del gran liturgista Josef Jungmann, uno de los inspiradores de la reforma litúrgica, al comentar el artículo 23 de la constitución conciliar: “La reforma de la liturgia no puede ser una revolución. Ella debe intentar tomar el verdadero sentido y la estructura fundamental de los ritos transmitidos por la tradición y valorizando prudentemente lo que está ya presente, los debe desarrollar ulteriormente de manera orgánica, yendo al encuentro de las exigencias pastorales de una liturgia vital”. Estas luminosas palabras señalan los ideales que “deben servir de criterio para toda reforma litúrgica” y de los que Jungmann dijo:
“Son los mismos que han sido seguidos por todos aquellos que con perspicacia han pedido la renovación litúrgica”. Algunos de estos principios son universales, como dice la misma constitución conciliar:
“Entre estos principios y normas hay algunos que pueden y deben aplicarse lo mismo al rito romano que a los demás ritos” (Sacrosanctum Concilium 3); en coherencia con esto, también la celebración en la forma extraordinaria del rito romano debería ser iluminada por la constitución
conciliar en sus diez primeros números, donde se exponen los principios universales de la liturgia.
Es así como el concilio afirma que el Señor no solo envió a los apóstoles “a predicar el Evangelio a toda criatura y a anunciar que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte y nos condujo al reino del Padre, sino también los envió a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (Sacrosanctum Concilium 6).
Allí se enseña también que el fin de la celebración litúrgica es la gloria de Dios y así se produce la salvación y santificación de los hombres, pues en la liturgia “Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados” (Sacrosanctum Concilium 7); y no olvidemos, por lo demás, que son los santos, santificados por Él, los verdaderos adoradores de Dios, los profundos reformadores del mundo, testigos del mundo futuro que no perece.
Como recordaba el entonces cardenal Joseph Ratzinger, “mirado retrospectivamente, el hecho de que la constitución litúrgica se colocase al comienzo del Vaticano II, tiene el sentido preciso de que en el principio «está la adoración». Y por lo tanto, Dios. Este principio corresponde a las palabras de la regla benedictina: Operi Dei nihil praeponatur. La Iglesia,
por naturaleza, deriva de su misión de glorificar a Dios y, por ella, está irrevocablemente ligada a la liturgia, cuya sustancia es la reverencia y la adoración a Dios, el Dios que está presente y actúa en la Iglesia y por ella.
Una cierta crisis, que ha podido afectar de manera importante a la liturgia y a la misma Iglesia desde los años posteriores al concilio hasta hoy, se debe al hecho de que frecuentemente en el centro no está Dios y la adoración de Él, sino los hombres y su capacidad «hacedora». En la historia del posconcilio ciertamente la constitución sobre la liturgia no fue entendida a partir de este primado fundamental de Dios y de la adoración, sino como un libro de recetas sobre lo que podemos hacer con la liturgia. Sin embargo, cuanto más la hacemos nosotros y para nosotros mismos, tanto menos atrayente es, ya que todos advierten claramente que lo esencial se ha perdido”. Cuando sucede lo que el cardenal Ratzinger describía, es decir, cuando se pretende que la liturgia la hagamos nosotros y esto se impone, entonces, los fieles y las comunidades se secan, se debilitan y languidecen.
Por eso es absolutamente infundado decir que las prescripciones de Summorum Pontificum serían un “atentado” contra el concilio; una afirmación tal manifiesta un gran desconocimiento del concilio mismo, pues el hecho de brindar a todos los fieles la ocasión de conocer y apreciar
los múltiples tesoros de la liturgia de la Iglesia es precisamente lo que deseó ardientemente esta magna asamblea al decir: “El sacrosanto concilio, ateniéndose fielmente a la Tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios” (Sacrosanctum Concilium 4).
Del mismo modo, observamos que cuando se denuncian actitudes o posiciones de “rechazo al concilio” esto es siempre en un único sentido, es decir, en el de quienes no aceptan el estado actual de la liturgia, aun cuando en muchos casos las actitudes y usos que provocan ese rechazo no provengan del concilio en sí mismo ni sean una aplicación de sus principios, sino que, por el contrario, con frecuencia se trata de actitudes y usos que en realidad lo traicionan, por ser diametralmente opuestos a lo que la asamblea conciliar expresó. Mientras que nadie habla, o si lo hace lo hace con un juicio mucho menos riguroso, de la desobediencia y “rechazo”, por desgracia tan frecuentes, a los grandes principios claramente expuestos por el concilio. Por eso el entonces cardenal Ratzinger ha llegado a decir:
“El mayor obstáculo para una aceptación pacífica de la estructura litúrgica renovada está en la impresión de que la liturgia se ha dejado abandonada a la inventiva de cada uno”. Y decía en otra ocasión, hablando de la liberalización de la celebración de la antigua liturgia, que “no se trata de un ataque contra el concilio, sino de comunidad, por muy reducida que fuera, lo que sería visto, según la sensibilidad actual, como discriminatorio. Por otra parte, restringir deliberadamente la misa cum populo, limitando en la práctica la celebración de la forma extraordinaria a la misa sine populo, contradiría las palabras e intenciones de la constitución conciliar: “Siempre que los ritos… admitan una celebración comunitaria, con asistencia y participación activa de los fieles, incúlquese que hay que preferirla, en cuanto sea posible, a una celebración individual y casi privada” (Sacrosanctum Concilium 27).
Es indudable que, a mediados del siglo XX, una profundización y una renovación de la vida litúrgica eran necesarias. Pero, con frecuencia, esta no ha sido una operación perfectamente lograda. Ha habido una “reforma”, un cambio en las formas, pero no una verdadera renovación tal como propone la Sacrosanctum Concilium. A veces el cambio se ha realizado con un espíritu superficial, el criterio parece haber sido alejarse a toda costa de un pasado que era percibido como totalmente negativo y superado, como un cambio absoluto, como si se debiese crear un abismo entre el pre y el post concilio, en un contexto en el cual el término “preconciliar” era usado como insulto, pero el verdadero espíritu del documento conciliar no es el de encarar la reforma como una ruptura con la tradición sino, por el contrario, como una confirmación de la Tradición en su sentido profundo.
Prueba de esto son las palabras del gran liturgista Josef Jungmann, uno de los inspiradores de la reforma litúrgica, al comentar el artículo 23 de la constitución conciliar: “La reforma de la liturgia no puede ser una revolución. Ella debe intentar tomar el verdadero sentido y la estructura fundamental de los ritos transmitidos por la tradición y valorizando prudentemente lo que está ya presente, los debe desarrollar ulteriormente de manera orgánica, yendo al encuentro de las exigencias pastorales de una liturgia vital”. Estas luminosas palabras señalan los ideales que “deben servir de criterio para toda reforma litúrgica” y de los que Jungmann dijo:
“Son los mismos que han sido seguidos por todos aquellos que con perspicacia han pedido la renovación litúrgica”. Algunos de estos principios son universales, como dice la misma constitución conciliar:
“Entre estos principios y normas hay algunos que pueden y deben aplicarse lo mismo al rito romano que a los demás ritos” (Sacrosanctum Concilium 3); en coherencia con esto, también la celebración en la forma extraordinaria del rito romano debería ser iluminada por la constitución
conciliar en sus diez primeros números, donde se exponen los principios universales de la liturgia.
Es así como el concilio afirma que el Señor no solo envió a los apóstoles “a predicar el Evangelio a toda criatura y a anunciar que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte y nos condujo al reino del Padre, sino también los envió a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (Sacrosanctum Concilium 6).
Allí se enseña también que el fin de la celebración litúrgica es la gloria de Dios y así se produce la salvación y santificación de los hombres, pues en la liturgia “Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados” (Sacrosanctum Concilium 7); y no olvidemos, por lo demás, que son los santos, santificados por Él, los verdaderos adoradores de Dios, los profundos reformadores del mundo, testigos del mundo futuro que no perece.
Como recordaba el entonces cardenal Joseph Ratzinger, “mirado retrospectivamente, el hecho de que la constitución litúrgica se colocase al comienzo del Vaticano II, tiene el sentido preciso de que en el principio «está la adoración». Y por lo tanto, Dios. Este principio corresponde a las palabras de la regla benedictina: Operi Dei nihil praeponatur. La Iglesia, por naturaleza, deriva de su misión de glorificar a Dios y, por ella, está irrevocablemente ligada a la liturgia, cuya sustancia es la reverencia y la adoración a Dios, el Dios que está presente y actúa en la Iglesia y por ella.
Una cierta crisis, que ha podido afectar de manera importante a la liturgia y a la misma Iglesia desde los años posteriores al concilio hasta hoy, se debe  [6] al hecho de que frecuentemente en el centro no está Dios y la adoración de Él, sino los hombres y su capacidad «hacedora». En la historia del posconcilio ciertamente la constitución sobre la liturgia no fue entendida a partir de este primado fundamental de Dios y de la adoración, sino como un libro de recetas sobre lo que podemos hacer con la liturgia. Sin embargo, cuanto más la hacemos nosotros y para nosotros mismos, tanto menos atrayente es, ya que todos advierten claramente que lo esencial se ha perdido”. Cuando sucede lo que el cardenal Ratzinger describía, es decir, cuando se pretende que la liturgia la hagamos nosotros y esto se impone, entonces, los fieles y las comunidades se secan, se debilitan y languidecen.
Por eso es absolutamente infundado decir que las prescripciones de Summorum Pontificum serían un “atentado” contra el concilio; una afirmación tal manifiesta un gran desconocimiento del concilio mismo, pues el hecho de brindar a todos los fieles la ocasión de conocer y apreciar
los múltiples tesoros de la liturgia de la Iglesia es precisamente lo que deseó ardientemente esta magna asamblea al decir: “El sacrosanto concilio, ateniéndose fielmente a la Tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios” (Sacrosanctum Concilium 4).
Del mismo modo, observamos que cuando se denuncian actitudes o posiciones de “rechazo al concilio” esto es siempre en un único sentido, es decir, en el de quienes no aceptan el estado actual de la liturgia, aun cuando en muchos casos las actitudes y usos que provocan ese rechazo no provengan del concilio en sí mismo ni sean una aplicación de sus principios, sino que, por el contrario, con frecuencia se trata de actitudes y usos que en realidad lo traicionan, por ser diametralmente opuestos a lo que la asamblea conciliar expresó. Mientras que nadie habla, o si lo hace lo hace con un juicio mucho menos riguroso, de la desobediencia y “rechazo”, por desgracia tan frecuentes, a los grandes principios claramente expuestos por el concilio. Por eso el entonces cardenal Ratzinger ha llegado a decir:
“El mayor obstáculo para una aceptación pacífica de la estructura litúrgica renovada está en la impresión de que la liturgia se ha dejado abandonada a la inventiva de cada uno”. Y decía en otra ocasión, hablando de la liberalización de la celebración de la antigua liturgia, que “no se trata de un ataque contra el concilio, sino de una realización de este (me atrevería a decir) incluso más fiel que lo que actualmente se presenta como realización del concilio”.
Otro aspecto sobre el que llama la atención el trabajo que presentamos, y que es urgente no perder de vista, es la repercusión negativa que pueden tener estas discusiones intraeclesiales en el ámbito del ecumenismo. Con frecuencia, en medio de la polémica, no se advierte que las críticas al rito recibido de la tradición romana alcanzan también a las demás tradiciones, en primer lugar a la ortodoxa: ¡casi todos aquellos aspectos litúrgicos que fuertemente atacan quienes se han opuesto a la conservación del misal antiguo son precisamente aspectos que teníamos en común con la tradición oriental! Un signo que confirma esto, por contraste, son las expresiones entusiastamente positivas que han llegado del mundo ortodoxo al publicarse el motu proprio. Este documento se convierte así en un punto clave para la “credibilidad” del ecumenismo, pues, según expresión del presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, el cardenal Kurt Koch, “promueve, de hecho, si se puede decir así, un «ecumenismo intra-católico»”. Podríamos decir, en consecuencia, que la premisa ut unum sint presupone el ut unum maneant de modo que, como escribe dicho cardenal, “si el ecumenismo intra-católico fracasara, la controversia católica sobre la liturgia se extendería también al ecumenismo”.
Benedicto XVI manifestó con su legislación su amor paterno y comprensión hacia aquellos que están especialmente vinculados con la tradición litúrgica romana y que corrían el peligro de convertirse, de modo permanente, en marginados eclesiales; es así como, hablando de esto, recordó con claridad que “nadie está de más en la Iglesia”, dando muestras de una sensibilidad que anticipaba la preocupación del actual papa Francisco por las “periferias existenciales”. Todo esto constituye sin duda un signo fuerte para los hermanos separados.
Pero el motu proprio ha producido además un fenómeno que es para muchos sorprendente y que constituye un verdadero “signo de los tiempos”: el interés que la forma extraordinaria del rito romano suscita, especialmente entre jóvenes que nunca la vivieron como forma ordinaria y
que manifiesta una sed de “lenguajes”, que no son ya los de “más de lo mismo” y que nos llaman desde fronteras nuevas y, para muchos pastores, imprevistas. El abrir la riqueza litúrgica de la Iglesia a todos los fieles ha hecho posible el descubrimiento de los tesoros de este patrimonio a quienes aún los ignoraban, con lo que esta forma litúrgica está suscitando más que nunca numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas a lo largo del mundo, dispuestas a entregar sus vidas al servicio de la evangelización. Esto se ha visto reflejado de un modo concreto en la peregrinación a Roma del pasado noviembre, en agradecimiento por los cinco años del motu proprio, que aunó a peregrinos de todas partes del mundo bajo el sugestivo lema Una cum Papa nostro y que ha sido, por su gran despliegue, por su numerosa concurrencia y, sobre todo, por el espíritu que animaba a los participantes, una confirmación palpable de lo acertada que ha sido esta legislación, fruto de tantos decenios de maduración.
La impresión más fuerte que queda después de la lectura de este trabajo, es que la estructura jurídica fundada por el motu proprio no está limitada a ser la respuesta a una problemática acotada en el tiempo, sino que se apoya en principios teológicos y litúrgicos permanentes, creando así una situación jurídica sólida y bien definida que independiza al tema tanto de corrientes de opinión como de decisiones arbitrarias. De este modo, mientras que, para unos y otros, durante años el problema y la discusión han girado en torno a un juicio sobre una cuestión que, en última instancia, pertenece a la disciplina histórica, Benedicto XVI, por encima de la discusión “teórica”, ha intentado resaltar la necesidad de llegar a una coherencia teológica y, sobre todo, de obtener un importante fruto pastoral. Esperamos que este libro pueda ayudar a un mayor conocimiento y a aportar asimismo elementos para una recta aplicación del sabio legado de Benedicto XVI en orden a la reconciliación litúrgica en el seno de la Iglesia. Y puesto que consideramos que esta reconciliación litúrgica es una urgente necesidad que precede a la evangelización y al ecumenismo, me gustaría extenderme más sobre este aspecto, ahondando en sus implicaciones.
Como decía Benedicto XVI en su carta a los obispos de la Iglesia católica, de 10 de marzo de 2009: “La prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del sucesor de Pedro en este tiempo es conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios”.
Estas palabras recuerdan, como este mismo papa repitió en diversas ocasiones, que “el desafío de la nueva evangelización interpela a la Iglesia universal y nos pide también proseguir con empeño la búsqueda de la unidad plena entre los cristianos”. Por eso asumió “como compromiso prioritario trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo”.
De este camino, que estamos llamados a recorrer, forman parte también las reconciliaciones pequeñas y medianas, como también recordaba Benedicto XVI en la mencionada carta a los obispos de la Iglesia católica, en el que la liturgia se ve interpelada directamente, pues, como afirmaba siendo aún el cardenal Joseph Ratzinger: “detrás de las diversas maneras de concebir la liturgia hay, como de costumbre, maneras diversas de entender la Iglesia y, por consiguiente, a Dios y las relaciones del hombre con Él. El tema de la liturgia no es en modo alguno marginal: ha sido el concilio quien nos ha recordado que tocamos aquí el corazón de la fe cristiana”. Y más recientemente insistió, en un discurso a obispos de Brasil, en que “el centro y la fuente permanente del ministerio petrino están en la eucaristía, corazón de la vida cristiana, fuente y culmen de la misión evangelizadora de la Iglesia. Así podéis comprender la preocupación del sucesor de Pedro por todo lo que pueda ofuscar el punto más original de la fe católica: hoy Jesucristo sigue vivo y realmente presente en la hostia y el cáliz consagrados”.
En este marco, brevemente esbozado, se sitúan Summorum Pontificum y Quaerit semper. Como explica Benedicto XVI, refiriéndose al primero de los documentos citados, la puesta al día de las disposiciones dadas en 1988 sobre el uso del misal romano de 1962 busca “llegar a una reconciliación en el seno de la Iglesia”, reconciliación que supone, como punto de partida, admitir la posibilidad de acciones litúrgicas diversas, en tanto que respondan al mandato bíblico y expresen la misma fe en fidelidad con la tradición viva de la iglesia. Pues, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica 1153, las formas ortodoxas de un rito no son otra cosa que realidades vivientes, nacidas del diálogo de amor entre la Iglesia y su Señor. Son expresiones de la vida de la Iglesia, en las que se condensa la fe, la oración y la vida misma de las generaciones y en las que se ha encarnado también, con una forma concreta y en un mismo momento, la acción de Dios y la respuesta del hombre.
Si se parte de esta premisa, resulta comprensible que el concilio no haya proscrito o abolido los textos litúrgicos anteriores a la reforma que, como sucede con los actuales, hacen posible la liturgia, es decir, “una vida común entre Dios y los hombres por la que los hombres llegan a ser una sola cosa entre sí, porque han alcanzado la unión con Dios en Cristo”, en expresión de Louis Bouyer. En realidad, una liturgia ortodoxa, es decir, aquella que es expresión de la fe verdadera, no es nunca una simple colección de ceremonias diversas hechas sobre la base de criterios pragmáticos, de las que se puede disponer de modo arbitrario.
Esta visión conciliar de la liturgia implica una perspectiva de caridad que supera prejuicios, que no ve una forma como superior a la otra, como respuesta a su supuesta crisis pre o posconciliar. “Todo esto significa que para la reforma de la liturgia se requiere una gran capacidad de tolerancia dentro de la Iglesia, tolerancia que en este terreno es el escueto equivalente de la caridad cristiana. El hecho de que a menudo falte no poca de esa  tolerancia es sin duda la crisis de la renovación litúrgica entre nosotros. (...)
Porque el culto divino más auténtico de la cristiandad es la caridad” (Ratzinger, El nuevo pueblo de Dios). Requiere ser conscientes de que “la riqueza insondable del Misterio de Cristo es tal que ninguna tradición litúrgica puede agotar su expresión” (Catecismo de la Iglesia Católica 1201) y así se entiende que “las dos formas del uso del rito romano pueden enriquecerse mutuamente”, como sugiere la carta a los obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum.
Naturalmente, la necesaria fidelidad al concilio, que ha presentado los principios y normas básicas que todos los textos deben respetar, se manifiesta cuando se viven los criterios esenciales de la constitución Sacrosanctum Concilium durante la celebración litúrgica, ya sea cuando se usan los textos anteriores a la reforma o aquellos renovados, como decíamos más arriba. A ese respecto decía el entonces cardenal Ratzinger, con ocasión del décimo aniversario del motu proprio Ecclesia Dei: “Por esto es importante atenerse a los criterios esenciales de la constitución sobre la sagrada liturgia incluso durante la celebración de la liturgia según los textos antiguos. En el momento en que esta liturgia toca profundamente a los fieles por su belleza, entonces la amarán y dejarán de estar en oposición inconciliable con la nueva liturgia. A condición de que los criterios se apliquen tal y como quiso el concilio”. Los textos conciliares, leídos de manera apropiada, son cualificados y normativos del magisterio dentro de la tradición de la Iglesia, como expresa el motu proprio Porta fidei [5].
De hecho, como recuerda el papa en la carta a los obispos que acompaña al motu proprio, “para vivir la plena comunión tampoco los sacerdotes de las comunidades que siguen el uso antiguo pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo”.
Es evidente que continuarán existiendo acentos espirituales y teológicos diferentes, pero no serán vistos como dos maneras opuestas de ser cristiano; más bien serán el patrimonio de una sola y única fe. La diversidad litúrgica que aportan los dos usos del mismo rito romano es fuente de enriquecimiento, porque se expresa en la fidelidad a la fe común, a los sacramentos que la Iglesia ha recibido de Cristo y a la comunión jerárquica.
En realidad, si de ambas formas de celebración emerge claramente la unidad de la fe y la unicidad del Misterio, esto no puede ser sino motivo de alegría profunda y de agradecimiento. Por eso cuanto mejor se viva la liturgia, cada uno en la forma propia, con una apertura de corazón que supera exclusiones y prejuicios, entonces será posible vivir aquella “unidad en la fe, libertad en los ritos, caridad en todo”.
Así pues, la realización “práctica” de esta reconciliación en el seno de la Iglesia es necesaria para proseguir de un modo creíble en el camino evangelizador y ecuménico. De ahí su capital importancia. Nuestra discordia, nuestra contraposición interna, como decíamos más arriba, citando a Benedicto XVI, pone en duda la credibilidad de nuestro hablar de Dios. Por eso hemos de hacer todo lo posible para conservar y conquistar la reconciliación y la unidad. Como afirmaba Juan Pablo II, “ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la trabazón cristiana de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones” (Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici 34).
En mi opinión, el Santo Padre presenta dos caminos complementarios que confluyen en un único objetivo común: que todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad puedan permanecer en ella o reencontrarla de nuevo.
Un primer itinerario está encaminado a conservar, garantizando y asegurando a todos los fieles que lo pidan, el uso del tesoro precioso que es la liturgia romana en el usus antiquior. En estas celebraciones será necesario, como decíamos antes, tener en cuenta también los criterios esenciales de la constitución Sacrosanctum Concilium, tal y como el concilio los ha querido, es decir sin rupturas artificiosas, como recomienda la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis 3.
Un papel fundamental, en este primer camino hacia la reconciliación, lo juega la adecuada y verdadera puesta en práctica de la instrucción Universae Ecclesiae, aprobada por el Romano Pontífice el 8 de abril de 2011.
Por otra parte, existe un segundo itinerario que conduce a la tan anhelada reconciliación: es el de todos aquellos que usan el misal publicado por Pablo VI y reeditado en ediciones sucesivas, que “obviamente es y permanece la forma normal (la «forma ordinaria») de la liturgia eucarística”, como se dice en la carta a los obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum. En este anhelado deseo de una reconciliación en el seno de la Iglesia, este segundo camino juega un papel preponderante, pues es el que recorren la mayoría de los fieles.
Como advierte el Santo Padre en esa misma carta: “La garantía más segura para que el misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y
la profundidad teológica de este misal”.
No se puede ocultar que, durante el período de renovación litúrgica y por desgracia también ahora, ha habido dificultades y abusos, como recuerda Benedicto XVI en la mencionada carta: “En muchos lugares no se celebraba de una manera fiel a las prescripciones del nuevo misal, sino que este llegó a entenderse como una autorización e incluso como una obligación a la creatividad, la cual llevó a menudo a deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable. Hablo por experiencia porque he vivido también yo aquel periodo con todas sus expectativas y confusiones. Y he visto hasta qué punto han sido profundamente heridas por las deformaciones arbitrarias de la liturgia personas que estaban totalmente radicadas en la fe de la Iglesia”.
En esta misma línea se había definido, años antes, Juan Pablo II: “quiero pedir perdón (en mi nombre y en el de todos vosotros, venerados y queridos hermanos en el episcopado) por todo lo que, por el motivo que sea y por cualquiera debilidad humana, impaciencia, negligencia, en virtud también de la aplicación a veces parcial, unilateral y errónea de las normas del Concilio Vaticano II, pueda haber causado escándalo y malestar acerca de la interpretación de la doctrina y la veneración debida a este gran sacramento. Y pido al Señor Jesús para que en el futuro se evite, en nuestro modo de tratar este sagrado Misterio, lo que puede, de alguna manera, debilitar o desorientar el sentido de reverencia y amor en nuestros fieles” (carta Dominicae Cenae 12). En este contexto cobran mayor fuerza las palabras de Benedicto XVI en la carta a los obispos: “en la celebración de la misa según el misal de Pablo VI se podrá manifestar, en un modo más intenso de cuanto se ha hecho a menudo hasta ahora, aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo”.
Medio privilegiado para secundar este deseo del Santo Padre será que sacerdotes y fieles descubran las riquezas de la Ordenación General del Misal Romano y de la Ordenación de las Lecturas de la Misa, “textos que contienen riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del pueblo de Dios a lo largo de dos milenios de historia” (Sacramentum caritatis 40).
A su vez, no se puede dar por descontado que se conoce y aprecia toda la riqueza litúrgica y pastoral que encierran. Desde esta perspectiva, sigue siendo más necesario que nunca incrementar la vida litúrgica, a través de una adecuada formación de los ministros y de todos los fieles. “Es por tanto muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una
nueva e intensa educación para descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva liturgia”, afirma Juan Pablo II en la carta Dominicae Cenae 9. La liturgia va más allá de la reforma litúrgica, como afirmó este papa en la carta apostólica Vicesimus quintus annus 14 y recordó Benedicto XVI en el L aniversario de la fundación del Pontificio Instituto Litúrgico, el 6 de mayo de 2011. Con frecuencia se ha prestado demasiada atención a las cosas puramente prácticas, con el riesgo de perder de vista aquello que está en el centro, que es el Misterio pascual. Es esencial retomar esta orientación como criterio de renovación y profundizar así en lo que el concilio únicamente había podido esbozar en Sacrosanctum Concilium 5-7. En este sentido, el cardenal Ratzinger pudo afirmar que “la mayor parte de los problemas ligados a la aplicación concreta de la reforma litúrgica tienen relación con el hecho de que no ha tenido suficientemente presente que el punto de partida es la Pascua”. Y se comprende que la finalidad de la reforma “no era tanto cambiar los textos como renovar la mentalidad, poniendo en el centro de la vida cristiana y de la pastoral, la celebración del Misterio pascual” (Benedicto XVI, discurso en el L aniversario de la fundación del Pontificio Instituto Litúrgico).
La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, bajo cuya responsabilidad ha sido puesto todo el ámbito de la liturgia y a la que corresponde regularla y promoverla, según dispuso Juan Pablo II en la constitución apostólica Pastor bonus 62, ha recibido, por el motu proprio Quaerit semper de 30 de agosto de 2011, una orientación decisiva a su cometido: “dedíquese principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la constitución Sacrosanctum Concilium”.
Esta promoción de la liturgia se encuentra, a su vez, íntimamente vinculada con la fe, por lo que Benedicto XVI pudo decir, con ocasión de la preparación al Año de la fe 2012-2013, que aquella era “una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia y de modo particular en la eucaristía, que es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio” (Porta fidei 4.9).
Confiamos a la Madre de Dios el tiempo de gracia que estamos viviendo. Ella nos conducirá al Hijo, de quien podemos fiarnos. Será Él quien nos guíe, incluso en tiempos turbulentos, para que podamos redescubrir el camino de la fe y así iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. A esto contribuirá, sin duda, el presente libro de Fr. Alberto Soria, OSB, gran obra de investigación que va a prestar un servicio importante a la reconciliación litúrgica y, en consecuencia, a la nueva evangelización y a la unidad cada día mayor, real y efectiva, en el seno de la Iglesia. De nuevo mi más cordial felicitación y mi agradecimiento más amplio a su autor por esta magnífica obra, un gran servicio, por lo demás, tan propio de un hijo de san Benito.

Antonio Cañizares Llovera
Cardenal Prefecto de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
Roma, 25 de julio de 2013

Santiago Apóstol, patrono de España

jueves, 17 de julio de 2014

LA UCALP ALIADA CON EL FILOMASÓNICO ROTARY INTERNATIONAL PRESENTARON UNA UNIDAD SANITARIA MÓVIL





Para el pésame de los católicos tradicionales, respecto de las expectativas que alguna vez hubiesen podido tener respecto de la línea del Arzobispado de La Plata durante los últimos 15 años, los hechos acaban mostrando el paño del cual se trata.

UCALP filantrópica
La UCALP realizó un acuerdo con Rotary Internacional (asociación filomasónica y filantrópica, en que se halla prohibido tratar cuestiones religiosas), mediante el cual se implementó una Unidad Sanitaria Móvil. La misma recibió la bendición en el Pasaje Dardo Rocha de La Plata, con la presencia de autoridades municipales, del Rotary, de la Universidad Católica platense e invitados especiales.
Del encuentro participaron el Intendente de La Plata, Dr. Pablo Bruera, el Secretario de Cultura y Educación, Dr. José Cipollone, el Rector de la UCALP, Dr. Hernán Mathieu, el Director del Consulado Italiano en La Plata, Dr. Iacopo Foti, el ex presidente del Rotary International, Carlos Speroni y otras autoridades rotarias. Cabe destacar que el proyecto fue realizado en el marco de una Subvención Global.
La misma nota de difusión del evento, es una exaltación de la organización que nada hace en nombre de Jesucristo ni por su causa, denominada Rotary Club Internacional. El Decano de la Facultad de Odontología de la UCALP, Dr. Carlos Conesa Alegre –impulsor del proyecto- explicó que el mismo surge “de la mancomunión de dos entidades que tienen alto arraigo en La Plata y en su función social surge la posibilidad de poder asistir a veinte comunidades que forman los comedores rotarios de los distintos clubes que participan con el aporte profesional de la UCALP”. Las “dos entidades que tienen alto arraigo en La Plata, son la Universidad Católica local y el Rotary de la ciudad.

Solidaridad sin Cristo
Entre otros conceptos el Dr. Conesa Alegre destacó que “la Unidad Móvil va a estar dos semanas en cada club y durante ese tiempo la Facultad de Odontología de la UCALP, a través de sus alumnos y sus docentes, va a prestar atención primaria a toda la población infantil”. La referencia a “cada club” fue dirigida a sedes del Rotary Club, y no de asociaciones intermedias de diversas localidades de la región.
El actual Gobernador del distrito 4915 del Rotary, Dr. Carlos Embeita, manifestó a su vez que la Unidad Sanitaria Móvil “pone de manifiesto no solamente la creatividad de haber determinado cual es el alcance del proyecto sino que una de las cosas más importantes es la sustentabilidad. Eso se vio materializado mediante las alianzas que se hicieron no solamente con el Distrito de Italia sino también con la colaboración de la Intendencia y de la Intervención de la Universidad Católica de La Plata”.
Luego el Rector de la UCALP, Dr. Hernán Mathieu expresó que “un emprendimiento de este tipo forma parte de la esencia del servicio que una Universidad y, más aún, una Universidad Católica debe prestar pues es fundamental para una Universidad la vinculación, volcar todo esto que se genera dentro en la sociedad de la que forma parte”.
Dr. Pablo Bruera, Intendente de La Plata, cerró el evento mencionando que “me toca a mí, en nombre de todos los ciudadanos, agradecer este valioso emprendimiento. Realmente costaba pensar que esto se iba a poder hacer con tanta prontitud y esta nueva maravilla que ahora tenemos, no solamente los platenses sino una cantidad importante de ciudades vecinas, nos va a permitir a nosotros complementar una tarea que tiene que ver con la salud y con la prevención pero también con lo educativo”.
La Unidad Sanitaria Móvil tendrá diferentes tareas asistenciales, solidarias y educativas como un servicio de prevención odontológica; un consultorio clínico, oftalmológico y ginecológico; y una sala de usos múltiples.

Confusión de las almas
Cabe destacar que es prohibido a los católicos participar de actividades en instituciones que atentan contra la Fe, conforme dispone el Código de Derecho Canónico. Las instituciones altruistas y filantrópicas son incluídas en la disposición, puesto que las mayores obras “solidarias” si no son hechas por causa de Cristo y por la virtud de la Caridad católica, carecen de valor espiritual salvífico alguno. Además de que tanto el Rotary Club como el Club de Leones, son instituciones “semillero” de la satánica masonería.
El Rótary y el Club de Leones sostienen una doctrina radicalmente naturalista y atea, totalmente indiferente en cuanto a la religión y al culto. Tales clubes son satánicos, son de igual espíritu y procedencia que el masonismo, predican una moral sin religión, por lo que a ningún católico le está permitido afiliarse a tales instituciones, ya que al pertenecer a las mismas ponen en peligro su salvación eterna.
Parece que la UCALP se encuentra exenta de tales peligros, y por eso estarán haciendo acciones en nombre de los felinos o de la rueda…

lunes, 14 de julio de 2014

EL GOBIERNO PERDIO POR LA POLITIZACION DEL FUTBOL



Por Emilio Nazar Kasbo

La Selección Nacional perdió, y con ella el Gobierno Nacional fue derrotado. Sí, lo llaman “Fútbol para todos”. ¿Para todos los qué? Para todos los políticos. ¿Y el resto? ¿Y el deporte? ¿Y el negocio que involucra el fútbol? No, nada, todo es política, dijo Antonio Gramsci, del mismo modo que para los liberales todo es dinero.

Escuela de Frankfurt
El Gobierno, siguiendo los dictados de la Escuela de Frankfurt, mezcló el liberalismo capitalista con la cultura de la degradación moral marxista, a lo cual llaman “síntesis” de ambos, cuando en realidad son los dos brazos atenazadores que responden a una única perversa cabeza y dirigencia. A eso se llama “sinarquía”: al manejo de los contrarios.
Consecuencia: el fútbol es política, no es deporte ni es comercio. Luego, los partidos de fútbol se llenan de propaganda política, oficialista. El Gobierno gana “fortaleciéndose”. Si gana Estudiantes de La Plata, Boca, Gimnasia o River, le da igual, además, un grupo se enoja y otro está contento, y es más fuerte el que está contento. De última, si hay encontronazos entre barrabravas inadaptados, son reducidos y en una sola localidad.

Propaganda ideológica
Pero llegó el Mundial. Y todo prácticamente lo concentró la “TV Pública”, el “Canal 7” del Gobierno con su mayor alcance geográfico y “popular”, porque a pesar de ser del Estado, éste está manejado por una línea ideológica exclusiva que lo conforma. El problema es que no le generó ni movimiento comercial ni se transmite un espíritu deportivo al Gobierno, sino que todo se limitó a una campaña oficialista con música casi “de terror” sobre el tema de los “fondos buitres” abordado por la OEA, en la Asamblea donde todos decían que Argentina va a pagar.
Ahora bien, a escala nacional, dado que quien jugaba era la Selección Nacional representando, esta vez sí, a todos los argentinos, el Gobierno concentró prácticamente a todos los televidentes, bajándoles su línea de pensamiento, identificándose con el juego de la Selección. Así, quienes no comparten la visión gubernamental, quienes son conscientes de los problemas nacionales y no los justifican echando culpas a terceros, los opositores y los independientes, acaban rechazando los mensajes oficialistas. Y esto, potenciado en la unificación nacional de la Selección. Durante todo el Mundial, la población fue saturada de propaganda oficialista, y lo peor es que pocos habrán sido quienes la comprendieron.

Inútiles y degenerados
En la exaltación de la incompetencia, de los inútiles y de los degenerados, las propagandas fueron hechas con el mismo criterio. El resultado por mera lógica, para quienes la conservan aun, es un bodrio. Además, el fútbol fue mezclado públicamente con el sindicalismo y con la política, de modo que todo corre por los mismos carriles, y los barrabravas de los equipos se colocan públicamente encolumnados en una línea partidaria. A ello se suma el trabajo de la ultraizquierda en sus protestas y violentas manifestaciones.
Culturalmente, la Escuela de Frankfurt fomenta el descontrol y el placer al máximo sin importar las consecuencias. Así, el resultado de los destrozos tras el partido de ayer es una mera consecuencia. La Selección Argentina perdió, y con ella perdió el Gobierno, y todo se convirtió en una protesta política. 
Ha terminado el Mundial. Somos los segundos mejores del mundo, más allá del penal que no fue cobrado. Bienvenidos a la realidad.

DESMANES, VIOLENCIA, ROBOS Y DESTROZOS CON DETENIDOS POR TODO EL PAÍS TRAS LA DERROTA DE ARGENTINA EN EL MUNDIAL


Hubo violencia, robos y destrozos en la zona del Obelisco. Alrededor de las 22, hordas de encapuchados y otros que no lo estaban, se enfrentaron con la policía, destruyeron locales comerciales y obligaron a los hinchas que festejaban el subcampeonato a retirarse del centro porteño; la refriega duró más de tres horas. En La Plata, destruyeron comercios, y robaron la Librería Claretiana, y destruyeron una imagen de la Virgen.

En La Plata
En nuestra ciudad también se registraron hechos vandálicos, robos y además uno de los grupos que generó los disturbios terminó enfrentándose con la Policía. Al concluir el partido en que Argentina resultó Subcampeón Mundial, numerosas familias como es tradicional se dirigieron a la intersección de las calles 7 y 50. Los delincuentes también estuvieron en la zona, y la Policía realizó un operativo que acabó con corridas y pedradas por parte de los ladrones contra los efectivos. Las fuerzas del orden detuvieron alrededor de cincuenta personas, entre ellas más de veinte menores de edad.
En 51 entre 11 y 12 los delincuentes partieron con piedras la vidriera de la casa de Acción Católica y se llevaron libros e imágenes religiosas. “Esto es un desastre. Tiraron una imagen de la Virgen en un edificio de la cuadra y destruyeron el vidrio”, dijo una mujer según El Día. También locales de 50 entre 9 y 10 fueron los primeros en sufrir actos de vandalismo.
Hubo malvivientes que trataron robar comercios, resultando unas 20 roturas de vidrieras y destrozos de paradas de colectivo. “Corridas, piedrazos, gases lacrimógenos, vidrieras rotas, comercios saqueados, autos abollados con sus cristales partidos y garitas de colectivos destruidas”, resumió el diario El Día local.
También los vándalos ocasionaron roturas y robaron mercaderías de locales de venta de celulares en 8 y 48; y en un comercio en 7 y 53. Hubo además decenas de vehículos estacionados en la vía pública que terminaron con sus vidrios rotos.

En Buenos Aires
En Capital, los violentos, rompieron las veredas en las avenidas Corrientes y 9 de Julio para obtener piedras que utilizaron para arrojar a la Policía, y palos y fierros con el mismo fin, saquearon comercios en los alrededores, ingresaron al teatro Broadway, agredieron a periodistas y fotógrafos, robaron a automovilistas que pasaban por el lugar y golpearon a las ambulancias del SAME.
Destrozaron vidrieras, señales de tránsito, contenedores y tachos de basura que también fueron quemados, para armarse y utilizarlos como proyectiles y barricadas contra las fuerzas del orden. Los vándalos llegaron a arrancar árboles de la Av. 9 de Julio. Numerosos comercios fueron saqueados. Hubo cerca de 70 personas heridas, entre ellas, 15 policías. A su vez, la Policía Metropolitana no intervino porque era la Policía Federal la que estaba a cargo de los operativos, en los que detuvo a más de 100 personas en flagrancia que además se resistieron a la autoridad.
Los disturbios comenzaron cuando un grupo atacó un móvil televisivo de la señal TN, donde arrancó una de las antenas del techo, lo que generó que los trabajadores abandonaran el vehículo. En tanto, los dos móviles del canal C5N fueron agredidos y obligados a replegarse, impidiendo el desarrollo de la transmisión en vivo desde el lugar de los incidentes.

En Córdoba
En la ciudad de Córdoba, hubo incidentes en Vélez Sársfield y boulevard San Juan, epicentro de los festejos. Una persona fue detenida además por robar ruedas de auxilio de vehículos estacionados en las inmediaciones de los festejos.
También un grupo de menores fue puesto a resguardo y luego a disposición de sus padres por arrojar piedras, rompiendo el parabrisas de un móvil de Canal 10.
El comisario Jorge Gómez, en diálogo con Cadena 3, destacó el trabajo preventivo que hizo la Policía de Córdoba con 400 efectivos dispuestos en dos anillos. "También se demoró a 30 de chicos que tiraron cascotes que pudieron sacar de las veredas porque se había requisado en los anillos preventivos", afirmó el Comisario. "Hay un par de policías lesionados y un móvil de Canal 10 que le rompen un parabrisas", concluyó.

Mar del Plata
Un joven resultó herido en Mar del Plata, luego de discutir con otro en el centro de la ciudad de Mar del Plata, durante los festejos por el subcampeonato en el Mundial de fútbol de Brasil que terminaron con ocho personas detenidas.
Un chico baleó a otro en el cuello, por lo que la víctima fue trasladada al Hospital Regional y permanecía internado fuera de peligro, según fuentes policiales.
Un revólver calibre 38 fue encontrado en el lugar tras el tiro, que provocó corridas de las personas que se congregaron frente al monumento al general José de San Martín y que rápidamente se alejaron del lugar.

Entre Ríos y Misiones
Hubo dos detenidos en el festejo de los victorienses, en la provincia de Entre Ríos, los cuales se encontraban en estado de ebriedad en la vía pública. Los mismos provocaron desmanes, rompiendo y enojando a los hinchas que fueron a festejar el segundo lugar, según informó el Diario Victoria. Las dos personas, una menor y otra mayor, se encontraban en estado de ebriedad, mostrando su enojo porque Argentina perdió la final con Alemania.
Hubo una veintena de detenidos tras el partido en la provincia de Misiones, en las ciudades de Posadas, Puerto Piray, Puerto Rico y Bernardo de Irigoyen. Fueron detenidos por desórdenes en la vía pública, disturbios y estado de ebriedad. Además también hubo 9 policías heridos.
En Posadas un joven de 18 años fue detenido, por haber causado daños en un cartel luminoso. Mientras dos jóvenes de 17 y 20 años fueron detenidos por infracción al Código De Faltas por encontrarse en estado de ebriedad. En la plaza San Martín capitalina, y a raíz de un desorden, se detuvo a una chica de 18 años y un varón de 17 años de edad. Asimismo, fue detenido un hombre de 42 años por su avanzado estado de ebriedad.
En Villa Bonita también se produjeron desmanes, y efectivos policiales detuvieron a cinco personas mayores de edad y a dos menores frente a un bar que además causaban daños a un patrullero y resultando agredido físicamente un agente de policía.
En Puerto Piray, en la zona de la terminal de ómnibus, algunas personas comenzaron a generar desorden y arrojar elementos contundentes provocando daños en patrulleros policiales, varios civiles lesionados levemente y ocho policías heridos leves. A raíz de ello fueron detenidas cinco personas. Y en Puerto Rico, un joven de 20 años detenido por causar desorden en la vía pública.
Según informó Territorio Digital, también en Bernardo de Irigoyen, de un grupo numerosos de personas se hallaba de festejo sobre la ruta 101, en cercanías del acceso a la Aduana, algunos cruzaron la zona de fronteras y mantuvieron un altercado con brasileños allí ubicados. Por el caso fue detenido un hombre, en tanto que en el mismo lugar, se detuvo a otras personas por infracción al Código De Faltas.

Repudio gubernamental
El secretario de Seguridad, Sergio Berni, afirmó que los desmanes generados anoche en la zona del Obelisco "no fueron producto de la casualidad", sino que "hubo una planificación" para generar caos. En declaraciones a radio La Red, Berni sostuvo que "esto fue totalmente planificado. Hubo una planificación para que ocurriera esto y para que se pueda generar un gran caos".
El funcionario advirtió que "estos delincuentes intentaron llevar zozobra en un lugar de festejos para poder así hacer saqueos, robar a la gente y pelearse entre ellos".
Por su parte, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, subrayó "el orgullo que el pueblo argentino siente por su Selección", felicitó al "cuerpo técnico y a los jugadores por el enorme esfuerzo" en su actuación en el Mundial de Fútbol y repudió los "hechos vandálicos" que "empañaron parte de la fiesta popular de carácter espontáneo" que surgió tras la derrota frente a Alemania y la obtención del segundo lugar.
En este sentido, en su habitual conferencia de prensa en la Casa de Gobierno, Capitanich consignó que, a raíz de los "hechos vandálicos" que se produjeron en el centro porteño, hasta las 3.30 de la madrugada habían sido detenidas "cerca de 100 personas" que se encuentran "a disposición de la Justicia".

viernes, 11 de julio de 2014

EL CONCUBINATO SIN HIJOS HA SIDO EQUIPARADO EN ARGENTINA AL MATRIMONIO ¿POR QUÉ NO DEROGAR LA LEY DE MATRIMONIO?


Por Emilio Nazar Kasbo

Hoy parece que “toda unión ya es matrimonio”, que el matrimonio “es cosa de papeles”, que da lo mismo casarse o vivir “arrimados”, y que lo importante que define el matrimonio es que ambos (quienes sean) vivan bajo un mismo techo. Este criterio, es el único que permitiría habilitar la inscripción como “Bien de Familia” en el Registro de la Propiedad por parte de quienes no se encuentran casados.
Si “todo es matrimonio”, entonces la institución de Orden Público carece de sentido. Si “todo es familia”, entonces todos pueden tener iguales derechos, disolviéndose así la diferencia específica de la institución.
La Cámara Nacional Civil revocó una resolución del Registro de Propiedad Inmueble que negaba a una pareja el derecho a inscribir un inmueble como bien de familia por no haber contraído matrimonio ni tener hijos.
Cabe destacar que el Bien de Familia tiene como justificación la perdurabilidad, que en principio era indisolubilidad civil, del vínculo matrimonial, y ello además en virtud de la constitución de la sociedad conyugal. Por su parte, siendo las uniones de hecho por su propia naturaleza autodisolubles y no existiendo sociedad conyugal alguna, la declaración como Bien de Familia de un inmueble no sería más que una maniobra de evasión de obligaciones.
No obstante ello, la Sala M de la Cámara Civil consideró que si bien el derecho civil argentino sólo reconoce la existencia de la familia en relación con la institución del matrimonio o del parentesco, es insoslayable que los estándares que definen a una familia en nuestra sociedad han evolucionado más allá de la familia tradicional. Por lo tanto, excluir a una familia de no casados del beneficio del régimen de familia conlleva “una discriminación infundada e inaceptable”. Cabe destacar que en este pronunciamiento se confunde el matrimonio con la misma familia, cuya existencia surge con el nacimiento de los niños, y cuyo ámbito humano, jurídico y espiritual se encuentra dado por el matrimonio o en su caso por el concubinato, incluyendo el caso del vínculo civil adoptivo. No obstante ello, hablar de “familia” sin hijos adoptivos o propios “de la pareja”, resultaría un contrasentido, se alegue lo que se alegue, incluso que se haya “evolucionado más allá de la familia tradicional”, motivo por el cual debiera también eventualmente incluirse en el concepto a la unión bestial, de una persona que dice amar profundamente a su mascota (sin discriminación de sexo de ésta). Luego, si “todo es matrimonio” y si “todo es familia”, no hay nada que distinga como familia a los habitantes de un edificio, de un zoológico, o de un matrimonio constituido “por un hombre y una mujer, consorcio de toda la vida, unión del Derecho divino y humano” (como definía el pagano Modestino) y los consecuentes hijos que surgen de tal relación
La “pareja” conformada por el periodista Pedro Brieger y Ana Laura Martín presentó una queja ante la justicia cuando recibieron la noticia de que la Dirección del Registro de la Propiedad Inmueble no les permitiría registrar su casa como bien de familia porque no estaban casados ni tenían hijos. En su recurso, Brieger y Martín sostuvieron que la resolución era discriminatoria y violaba la garantía constitucional de igualdad ante la ley al requerir que los concubinos tengan hijos para poder inscribirse, dado que la ley no impone dicha condición. En ese sentido, criticaron la aplicación que realizó el Registro de la sentencia “Marchetti”, donde se amplió el concepto de cónyuges admitiendo como tales a los concubinos que tengan hijos en común.
Es decir, la sentencia “Marchetti” ya involucró la incorporación de “parejas de hecho y con hijos” como si fuesen “familia”, y ahora se suman las “parejas de hecho y sin hijos”, porque así se supone que existe igualdad ante la Ley entre quienes se casan y quienes no se casan.
Los jueces Elisa Díaz de Viva y Fernando Posse Saguier hicieron lugar a la queja y reconocieron que una pareja de concubinos también conforma un núcleo familiar. A pesar de que esto actualmente no se encuentre plasmado en nuestro sistema de derecho, el fallo tuvo en cuenta las modificaciones que a este respecto plantea el proyecto de ley de unificación del Código Civil y Comercial de la Nación. Es decir, la fuente de la sentencia no es la Ley, sino un proyecto de Ley que no se encuentra aprobado, el cual ha sido aplicado incluso por sobre la Ley vigente.
El proyecto, que tiene media sanción del Senado, incorpora a “la familia moderna” reconociéndole los mismos beneficios que a los casados en el régimen de bien de familia. El artículo 509 del mismo, define el concubinato como "la unión basada en relaciones afectivas de carácter singular, pública, notoria, estable y permanente de dos personas que comparten un proyecto de vida común, sean del mismo o de diferente sexo". Cabe destacar que al no definir la palabra “personas”, y en tanto ya se habla de “derechos de los animales”, lo cual involucra reconocerlos como personas y por tanto con “personería”, permitiría que tales uniones puedan darse también en el zoológico (considerado como un “campo de concentración” moderno en el cual se cometen delitos de lesa humanidad manteniendo tras las rejas a animales sin juicio previo y de modo ilegal y a los cuales se les niega el ejercicio de sus derechos, en contra del artículo 18 de la Constitución Nacional”, según esta interpretación “más abierta”). Así, una futura reinterpretación del Proyecto de Reforma del Código, permitiría juzgar por delito de lesa humanidad a las actuales autoridades gubernamentales por haber mantenido los zoológicos como “centros clandestinos de detención”. Para esto no falta mucho, y la saga de “El Planeta de los Simios” es un adelanto figurativo de esta interpretación”.
Cuando todo ha perdido sentido, el único sentido que queda es el del humor. Por su parte, hoy la ley vigente define el derecho al bien de familia en función de la unión matrimonial sin importar la identidad sexual de los contrayentes, así como en función del parentesco sanguíneo o adoptivo: "...la constituida por el propietario y su cónyuge, sus descendientes y ascendientes o hijos adoptivos; o en defecto de ellos, sus parientes colaterales hasta el tercer grado inclusive de consanguinidad que conviven con el constituyente".
Para los camaristas, la tutela  sobre los derechos de familia no puede reducirse al matrimonio, sino que debe extenderse a todo tipo de uniones, que merecen la misma protección por parte del Estado, puesto que de lo contrario se agraviaría el derecho de igualdad ante la Ley.
La inscripción como bien de familia convierte al inmueble en un bien inembargable del patrimonio, y que por lo tanto, no podrá ser reclamado ante eventuales deudas de su propietario. Este régimen tiene como claro fin la protección de la familia (entendida del modo más amplio posible según el criterio de la Exma. Cámara) y el derecho a la vivienda familiar, por eso los jueces determinaron que no hay razón alguna que justifique la discriminación sobre su alcance cuando la familia es de carácter convencional, tanto como cambiar de camisa o adquirir goma de mascar, que se usa y se escupe.

El fallo de la Cámara Civil fija un importante precedente que habilita a las parejas no casadas y sin hijos, sean heterosexuales u homosexuales, puedan acceder al beneficio de inscribir sus inmuebles como bienes de familia. Falta la reinterpretación de la composición de la “familia” por “personas” sin discriminación de especie animal, que para muchos sería una animalada, y para otros un “adelanto del futuro”, porque “los animales también dan y reciben amor”, lo cual fue ampliamente aceptado de modo social en Sodoma y Gomorra.