martes, 10 de abril de 2012

UN "COMODÍN" POLÍTICO: LAS MALVINAS




Por Cosme Beccar Varela
Buenos Aires, 09 de Abril del año 2012 - 1097

Las Malvinas son argentinas y de nadie más. Los ingleses no tienen título legítimo alguno para mantenerlas bajo su soberanía. La agresión de 1833 fue un liso y llano despojo contra el cual el "gran patriota" Juan Manuel de Rosas omitió reaccionar como hubiera debido si fuera verdadera la leyenda que a su respecto han creado los nacionalistas de izquierda y de derecha.

Dicho sea de paso, lo malo del nacionalismo es que su exaltación de la soberanía nacional puede servir tanto a los comunistas como a los católicos. O sea, no es una buena causa por sí misma sino apenas una consecuencia puramente accidental de la propia existencia del país. Son las ideas en que se funda su constitución, la Justicia en la convivencia, una Autoridad justa, la religión y la moral las que justifican la soberanía.

Una nación ocupada por el comunismo, como Cuba por ejemplo, que instaura un régimen injusto, no tiene derecho a la soberanía y existe no sólo el derecho sino también el deber de cualquier nación cristiana de intervenir para deponer a esa tiranía para que Cuba vuelva a ser fiel a su tradición católica e hispánica y pueda ser gobernada con Justicia. Sólo cuando eso se haya conseguido Cuba volvería a ser soberana.

Resumiendo puede decirse que en Cuba no hay derecho a ser "nacionalista" en el sentido que le dan a esa palabra los nacionalistas, o sea, la defensa de la soberanía nacional, sea quien sea el que la gobierne y sean cuales fueren las ideas que inspiran su Constitución.

Durante la tiranía de los jacobinos en Francia, muchos nobles enemigos de la revolución francesa se fueron a Inglaterra y a Alemania para organizar la guerra contra el régimen usurpador. Se aliaron con los ingleses y con los alemanes y formaron ejércitos que invadieron el territorio francés. El gran Joseph de Maistre en su libro "Consideraciones sobre Francia" comete el error de condenar esa invasión alegando que el patriotismo imponía estar del lado de Francia en cualquier hipótesis. Soy un gran admirador de de Maistre pero confieso que ese nacionalismo me sorprendió desagradablemente. ¿No se daba cuenta que los valientes soldados que peleaban contra los Robespierre, los Danton y demás frenéticos revolucionarios que mandaban a la guillotina a los mejores franceses y que aborrecían las tradiciones católicas, eran verdaderos patriotas que con toda razón se sentían obligados a desalojarlos para lo cual si era necesario invadir, aliados con extranjeros, el territorio francés ocupado por esos criminales, había que hacerlo?

Como Rosas no era realmente patriota, no reaccionó en 1833 contra el despojo cometido contra el país. Se limitó a presentar una protesta diplomática sin perjuicio de mantener con los ingleses la mejor de las relaciones, inclusive durante el famoso "bloqueo" que fue en realidad más francés que inglés y que terminó por gestión de los ingleses y no por una victoria de Rosas.

En vez de usar su fuerza militar en favor de Oribe en la lucha de éste contra Rivera por la Banda Oriental, que dio pretexto a los franceses e ingleses para intervenir en el Río de la Plata, debió mandar una flotilla a recuperar las Malvinas desalojando a los invasores.

No lo hizo, a pesar de que tuvo la suma del poder público desde antes de 1833, año de la invasión inglesa a las Malvinas, hasta 1852 en que fue derrocado. Diecinueve años de olvido de las consignas nacionalistas, tiempo más que suficiente para que los ingleses consolidaran el despojo. Obviamente Rosas no era Liniers...

Los gobiernos liberales surgidos después de Rosas, tampoco lo hicieron, pero eso no ha de extrañar a los nacionalistas porque eran gobiernos afines al liberalismo inglés y apreciaban más una sonrisa del gabinete de Londres que unas islas perdidas en el Atlántico Sur.

* * *

En 1982 el gobierno militar, presidido por un general aficionado al "whisky", acosado por la embestida de la izquierda y por el cansancio de muchos argentinos frente a tanta inepcia y a tantas injusticias como las que cometía ese gobierno y sus antecesores surgidos de la revolución de 1976, resolvió enarbolar la bandera de la recuperación de las Malvinas. La izquierda se sumó enseguida a ese intento y una moda de nacionalismo se apoderó de casi todos los argentinos.

Hubo manifestaciones multitudinarias en la Plaza de Mayo que fueron como una droga embriagadora para los militares. En una de esas ocasiones Galtieri lanzó aquel estúpido desafío contra Inglaterra en el que decía que no importaba que viniera "el principito" y que murieran 400, 4.000 o 40.000 soldados argentinos, pero que las islas serían conservadas.

Entretanto, los militares "derechistas" hacían acuerdos estratégicos con los comunistas rusos, con los cuales mantuvieron siempre las mejores relaciones hasta el punto de no adherir al embargo que les impusieron los EEUU cuando la invasión de la URSS contra Afganistán.

Sin embargo, las bravatas no fueron acompañadas de las necesarias medidas de guerra para resistir el contragolpe inglés. La defensa de las islas fue pésimamente planeada. Se cometieron errores imperdonables. Hasta hoy no he conseguido que alguien me explique por qué no se previó que los aviones que atacaban la flota inglesa que se aproximaba, decolaran de las mismas islas, preparando la pista de aterrizaje para eso, en vez de hacerlos salir desde el continente, volar 400 kms. de ida y otros 400 de vuelta quedándoles así apenas unos pocos litros de combustible para atacar una sola vez a todo o nada, sufriendo la persecución de los "Harrier" ingleses que salían del portaviones insignia de la flota invasora.  Los pilotos argentinos hicieron actos maravillosos de heroísmo pero con un resultado muy inferior al que hubieran podido tener si hubieran podido atacar la flota desde las islas, mucho antes de que llegara a las proximidades de ellas y quedara así en posición de usar los poderosos cañones de sus barcos que fueron en definitiva los que decidieron la batalla.

Si hubieran asegurado esa capacidad de ataque a la aviación argentina, el enorme trasatlántico turístico pintado de blanco en el que venía el grueso de las tropas inglesas que derrotaron a las nuestras, jamás hubiera podido acercarse a las islas Ese trasatlántico, desarmado, era como un "sitting duck" (un pato sentado) como dicen los norteamericanos, para los aviones argentinos.

Asistí a una conferencia que dieron algunos meses después de la derrota los coroneles argentinos con mando de tropa en las islas y lo que dijeron confirmó mi indignación contra la frivolidad con que el gobierno militar se lanzó a la aventura que costó la vida de más de 600 jóvenes argentinos y no sé cuántos ingleses. Esos coroneles dijeron, por ejemplo, que las municiones que mandaban no servían para los cañones que tenían, que el terreno era de turba tan blanda que los cañones no podían ser movidos sino por la carretera costera y que su alcance era muy inferior al de los cañones de los barcos ingleses. Obviamente, los barcos se dedicaron a cañonear y los "Harriet" a bombardear a voluntad la pista de aterrizaje y esa carretera, sin que los defensores pudieran hacer nada para impedirlo.

Me acuerdo la indignación que tenía en esos días porque me daba cuenta, sin ser militar, de los errores y falta de elementales previsiones que cometían los altos mandos de las FFAA, a costa de la vida de los pilotos, soldados y a costa de perder las islas, inexorablemente. ¡Y las mentiras que decían por la radio insuflando un optimismo totalmente falso! ¡Y las bravatas del canciller Costa Mendez y del Embajador Roca cuando se negaban a aceptar la mediación del Secretario de Estado de los EEUU, Gral. Haig y del Presidente del Perú cuando cualquier situación negociada, por ejemplo, la de "las tres banderas", hubiera sido mejor que la falta total de todo acceso al archipiélago que es adonde estábamos y estamos ahora, con menos posibilidades de revertirla!


* * *

Nuevamente el reclamo de las Malvinas le sirve a la izquierda, en este caso a la usurpadora presidencial, para hacer demagogia y conseguir adhesiones basadas en el nacionalismo. En sus charlas cotidianas la Sra. Kirchner ha reflotado el tema con insistencia, Lo mismo hace el impresentable ministro de RREE con una insolencia proporcional a su incapacidad política y a la perversidad de su índole. Los ingleses se han dado el lujo de responder con un total desprecio. Su ministro de Defensa ha dicho que no temen en absoluto a nuestro país porque saben que no tenemos FFAA. Y es verdad. Cuando las teníamos, no las supimos usar. Ahora que la tiranía las ha destruido es evidente que cualquier reclamo carece de todo respaldo material. El apoyo conseguido de los países iberoamericanos es totalmente teórico y es pura propaganda basada en la afinidad ideológica marxista de la mayoría de esos países. El apoyo del venezolano Chavez, del ecuatoriano Correa, del boliviano Morales y otros de la  misma laya es para avergonzarse y no para presentar como argumento en algún foro internacional.

* * *

Los "kelpers" acaban de reafirmar que jamás serán argentinos. ¿Quien los puede culpar por eso? ¿Renunciar a la ciudadanía  inglesa a cambio de ser ciudadanos de "peronlandia", para pasar a ser esquilmados y oprimidos por la "dirigncia" corrupta e inepta, para ver cómo se instalan en las islas los sindicalistas ladrones y chantajistas y se contagian las islas de todas las lacras que padece nuestra desgraciada nación? Tendrían que ser locos si lo aceptaran.

Por nuestra parte, quienes queremos de verdad recuperar las Malvinas, en vez de hacer exclamaciones ditirámbicas de falso nacionalismo, deberíamos empezar por sacudirnos de encima esta tiranía y cauterizar definitivamente todas las lacras que el peronismo y la izquierda han causado al país. Mientras no hagamos eso, deberíamos callarnos la boca y tragarnos la derrota, sin dejar de afirmar nuestros derechos sobre las islas.

En los últimos 60 años hemos sufrido derrotas mucho peores que la de la guerra de las Malvinas. Hemos perdido la Patria a manos de una banda de facinerosos marxistas y corremos el grave riesgo de caer en el comunismo. Y lo que es peor, ha quedado evidente que nuestras "clases cultas", que deberían dar ejemplo de patriotismo y de amor a la Justicia, se han vendido por un plato de lentejas y no están dispuestas a mover ni un dedo para recuperar la Patria. ¿Qué jerarquía queda en pie o merece respeto? Ninguna, ¿Cómo podemos pretender ganarle a Inglaterra con semejante caterva de cobardes a la cabeza?

No entremos en el juego nacionalista de la usurpadora. Las Malvinas son argentinas pero no de la Sra. Kirchner ni de ninguno de los rufianes que la acompañan. Tengamos aunque más no sea un resto de dignidad y no acompañemos esta nueva ola de falso nacionalismo en la que la tiranía pretende embarcarnos usando, una vez más, las Malvinas como una especie de “comodín” político, apto para la izquierda y para la derecha.

Cosme Beccar Varela

COMENTARIO DEL BLOG DE DIARIO PREGÓN DE LA PLATA REMITIDO AL DR. COSME BECCAR VARELA:
No obstante que publico su nota, en el Blog de Diario Pregón de La Plata, quería destacar lo siguiente:

1- Hay que distinguir el Nacionalismo del Nacionalismo Católico. Este último no es el chauvinismo francés, sino el nacionalismo atemperado por el Catolicismo, como lo definía Jordán Bruno Genta. De este modo, el fin trascendente hacia Jesucristo como Pantocrátor, como reconocimiento a su Realeza Social, se encuentra asegurado, en el marco del patriotismo legítimo, que espera lo mejor para la propia Nación, siendo conscientes que si a la Nación no le va bien, y en tanto no le vaya bien, proporcionalmente cada familia que habite en la Nación se verá afectada. Es decir, cuanto peor esté la Nación, peor estarán las familias, y más dificultosa será la labor evangelizadora (humanamente hablando)
2 - Rosas sí se preocupó debidamente por Malvinas, y la ocupación se había producido antes de que él comenzara a gobernar.
La ocupación se produce durante el gobierno de Balcarce, y a mediados de 1833 se comenta en Londres que el gobierno argentino retiraría su representante, lo que preocupa a los comerciantes. 

Instalado Rosas en el poder, nunca consentirá la ocupación, sino que trata de recuperarla con picardía diplomática; en efecto, se las ofrece en transacción por el empréstito a los ingleses en forma extraoficial a través de Moreno, para que , en caso de ser aceptado el ofrecimiento, fuera rechazado por la Legislatura provincial, pero quedaría el reconocimiento ingles sobre los derechos de la provincia. 


Similar estrategia usaría respecto a la Patagonia, que los ingleses no reconocían como nuestra. Esto surge claramente de la interpretación de una carta dirigido por David Robertson de la casa central Baring, a Ferdinand White, representante de Baring en Buenos Aires: 


“Ud. no desconocerá que Rosas ofreció arrendar una porción de la Patagonia a la Casa Baring a manera de una seguridad colateral por esta deuda. Los señores Baring declinaron considerar la cuestión a causa, según yo creo, de que tenía dudas sobre si la Patagonia pertenecía a Buenos Aires y se supone que una de las razones por la cuales Rosas hizo el ofrecimiento fue conseguir de Inglaterra la sanción de los derechos de Buenos Aires a la Patagonia”. Cabe aclarar que Baring no era solo uno financista usurero, sino que además era un asesor financiero del gobierno ingles.
3- Acudir a terceros países (que además no son católicos, como Inglaterra y Alemania), es un despropósito en caso de que se pretenda restaurar el orden en la Francia gobernada por revolucionarios. Hay que saber que si tal acción hubiese triunfado, tanto Inglaterra como Alemania pedirían su recompensa, pedirían alguna porción de tierra, algo se llevarían... e incluso impondrían de algún modo su protestantismo. Ahí es donde se ve el peligro de acudir a terceras naciones. El único país gobernado por tontos es Argentina, que tras la Guerra del Paraguay acaba afirmando que "la victoria no da derechos", lo cual es completamente falso en los hechos.


4- Hoy resulta fácil denigrar a Galtieri. Según informa el Gral Menéndez, Galtieri no era borracho, sino que en un momento preguntaron qué se iba a tomar, y Galtieri dijo Whisky, pero eso no implica que hubiese sido borracho, ni que su decisión hubiese sido fruto de una borrachera. Se trata de una difamación más que liberales e izquierdistas hacen, porque aunque se diga lo que se quiera, en Malvinas la Argentina fue UNA, en la oración, en la acción y en el destino... lo cual fueron 74 días que la Argentina mostró lo que verdaderamente es, no lo que está en la superficie (incluso hoy en día).


Las islas Malvinas fueron defendidas por leones. Los expertos mercenarios ingleses no podían creer que habían combatido con grandes bajas contra hombres de 18 y 19 años con un año de entrenamiento (de "colimba" como le decían), creyendo que eran comandos temibles a los que se estaban enfrentando por la garra y el coraje que mostraban.

Si la Guerra hubiese durado sólo unos días más, Inglaterra quedaba sin logística y habría perdido (al menos momentáneamente) la guerra, con consecuencias desconocidas. Lo más probable es que hubiesen estado dispuestos a arrojar una bomba atómica sobre alguna ciudad argentina para provocar la rendición, pero tampoco podemos saberlo.


Acerca de la cuestión de los aviones, el objetivo primario de los ingleses era bombardear la pista, de modo que quedara inutilizable. La pista llegó a ser bombardeada y la mitad de ella no podía ser utilizada, pero la otra mitad (a lo largo) sí. De modo que tuvo operabilidad durante todo el conflicto. Sin embargo, los noticieros y revistas, los diarios y las radios decían: "y la pista sigue intacta", lo que producía que los ingleses trataran con mayor frecuencia de bombardear la pista.


Había una cuestión estratégica: si los aviones quedaban en las islas, con las pocas unidades disponibles, habrían sido un potencial blanco de los ingleses, junto con la pista. Los daños a la flota aérea podrían haber sido irreversibles. La lógica indicaba que debían estar en el Continente, a pesar de la distancia y del sacrificio que ello implicaba, y desde allí ir y volver. Es lo que tengo entendido.


Mr Haig, jugaba para los ingleses. Galtieri filmó la entrevista mantenida con Haig en la Casa Rosada. La misión de Haig era dilatar la cuestión diplomática, no oficiar de mediador... Sus dichos eran contradictorios


5- Galtieri lo dijo muy bien en el discurso en que anunció la derrota de la "plaza Malvinas" (no de la Argentina) en 1982: la guerra continúa desde el Continente. Debemos entonces, recuperar la soberanía continental. Y en esto, Usted le ha dado la razón a Galtieri...


6- Los dichos de los kelpers no valen ni un comino. Son descendientes de usurpadores, y por tanto siempre serán británicos.


7- Se equivoca además si piensa que el nacionalismo católico es xenófobo, o que tiene características que no son compatibles con el catolicismo (lo cual sería contradictorio). El nacionalismo católico es una consecuencia de la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia en una Nación. Seguramente le consta que todos somos admiradores de Chesterton, del Cardenal Newman o de Shakespeare, que muchos admiramos todas las cosas positivas que tienen los ingleses. Sabemos distinguir lo bueno y lo malo, y sabemos distinguir la decisión de los malos gobiernos de la voluntad de la gente de bien, que en Inglaterra hay mucha, que sabe que no le pertencen las Malvinas

8- El Gobierno está usando la causa Malvinas como distracción. Eso se sabe. Pura palabrería sin respaldo alguno, ni siquiera diplomático. Además, la dinastía tiránica que nos gobierna es socia de la British Petroleum en las explotaciones mineras. Pero eso no quita que la causa Malvinas sea justa, lo cual trasciende a cualquier gobierno. Quienes fueron a combatir en Malvinas no lo hicieron por un gobierno, lo hicieron por la Patria


9- El actual apoyo latinoamericano a la Argentina no existe. Ni siquiera el pretenso zurdo croto zaparrastroso terrorista de Pepe Mujica en Uruguay apoya a la Argentina, ya que dijo que privilegiará sus intereses comerciales con Inglaterra. De Brasil ni hablar, porque la terrorista que gobierna ese país hoy es proinglesa. Piñera en Chile, es proinglés. El cocalero Evo Inmorales y el "padre" de la Patria que tantos hijos a dado al mundo en Paraguay, el Obispo Fernando Lugo, no vale de nada. Chávez tiene su centro comercial del Estado manejado por una entidad que funciona en Huston, Texas, EEUU, mientras que su refinería se encuentra en Miami... ¿va a actuar contra Inglaterra y EEUU? El más sincero en todo esto es Ollanta Humala, en Perú, cuya acción es más patriótica que la del Gobierno argentino. ¿En qué contexto geopolítico nos movemos hoy, donde ha sido disuelta toda identidad latinoamericana en su origen, raíz y esencia, para dar lugar a esta anarquía probritánica?


10- Sí, existen falsos nacionalismos, endiosadores de la Nación o de cualquiera de sus elementos. Estos han sido condenados por la Doctrina Social de la Iglesia. Sin embargo, no sucede lo mismo con el Nacionalismo Católico, ya que por ser católico se encuadra dentro de la Doctrina Social de la Iglesia, y lo católico no repulsa a lo católico. La causa Malvinas es utilizada por el falso nacionalismo que se está difundiendo, pero eso no quita la legitimidad de la causa, y que tal vez, pensando en las oraciones que se hicieron en aquellos tiempos, la Patria pudiera resurgir por el verdadero Nacionalismo Católico, a 30 años de que esas oraciones fueran elevadas a Dios


EMILIO NAZAR KASBO

DENUNCIAN A ALDO DONZIS COMO VIOLADOR

ANGELA YA NO LLORA
Fuente:  www.plazademayo.com
Grave denuncia contra Aldo Donzis, presidente de la DAIA. La historia de Ángela.

Las instituciones van sufriendo lentamente el deterioro que la propia naturaleza de la corrupción les va imponiendo. Un funcionario, un dirigente que guarda algún chanchullo bajo la alfombra, se siente imposibilitado a denunciar cosas que en otro momento no hubiese soñado dejar pasar. Es la propia dinámica de la corrupción que lentamente, como el agua, va entrando en todas partes y filtrando cada vez que alguna falla en el terreno se lo permite.
Nos hemos acostumbrado. “Siempre fue así” es una de las frases que termina con cualquier conversación, nos desresponsabiliza de cualquier hecho de corrupción, “es estructural”, “pasa en todos lados”.
La historia que sigue involucra nada menos que al actual presidente de la Daia, Aldo Donzis y nos ilustra acerca de los silencios y complicidades de muchos frente a un hecho imperdonable.
“Fue un 20 de octubre, su suegra había fallecido esa misma noche, y su esposa se fue al velatorio. Como él estaba con un cólico renal, la mujer me pide que duerma con él para que lo cuide. Yo dormía y de repente me despierto con alguien encima, manoseándome, tocándome, besándome”.
“Hubo dos veces más, las dos yo estaba con sus hijos en su misma habitación. Y en ese mismo lugar, con los hijos durmiendo él abuso de mí”.
“La primera vez yo estaba con la hija, que en ese momento debía tener 7 años, y la otra cuando yo estaba con el hijo que debía tener 9. Indudablemente la impunidad era total porque no tenía ningún reparo. Después nunca más fui a cuidarlos”.
Este es el relato de una mujer que recuerda cómo un perverso personaje alteró su vida para siempre cuando tenía 17 años. Por razones obvias, la llamaremos Ángela.
Hoy, que ya es madre, opina: “Todavía no puedo entender el rol de su esposa, yo creo que era una víctima, porque como mujer no me entra en la cabeza una cosa así”.
Ángela es una joven mujer de una conocida familia judía de Lanús, con una participación activa en la vida comunitaria.
Tal vez por eso, años después, se animó a relatar su historia, primero a sus amigas y después a algunos dirigentes dentro de ese ámbito.
-¿Por qué no denunciaste tu caso a la justicia?
– Lo veía como un hombre muy poderoso, tenía miedo, era mi palabra contra la de él.
Al día siguiente, su más íntima amiga por ese entonces fue la primera en enterarse. Plazademayo.com habló con ella y confirmó que efectivamente había escuchado de Ángela los detalles del abuso.
Su madre, así como otras amigas, recién lo supieron varios años después.
Liliana, que es parte de otro grupo de amigas de Ángela que se reúne todos los viernes a charlar, relató que “Un día Ángela nos largó la historia. Ángela es una persona que no llora”.
Quien era su novio en ese entonces la acompañó después a través de un derrotero de entrevistas con distintos dirigentes comunitarios que no hizo más que confirmar algo sabido: las víctimas sufren del abuso primero y después del maltrato de quienes deberían socorrerlas, revictimizándolas.
Siempre es el poder, real o imaginario, el que suele frenar la decisión de hacer públicos inmediatamente los delitos de esta clase. El hecho de que en este caso el victimario fuera un líder comunitario y que además fuera un familiar cercano de la víctima, demoró aun más que los hechos salieran a la luz, hasta que esta historia se intentó usar para evitar que Donzis le ganara a Agustín Zbar las elecciones de la DAIA.
Ángela decidió no intervenir en el conflicto político. Le sugirieron que lo mejor sería llevar su caso ante el rabino Sergio Bergman, quien en ese momento estaba al margen de la disputa por la presidencia de la entidad madre de las instituciones judías.
Bergman le ofreció hacer un Beth Din para evaluar el asunto dentro de los límites comunitarios y Ángela aceptó. ¿Qué es un Beth Din? Un tribunal rabínico que debe ser integrado por tres rabinos o verdaderos conocedores de la Torah y el Talmud. Es una antigua práctica judía que se sigue utilizando en la comunidad, especialmente entre sus miembros más religiosos, para dirimir internamente diversos temas, desde los familiares hasta los económicos, aunque, como es obvio, aquellos que puedan constituir un delito de acción pública deben ser resueltos en los ámbitos judiciales correspondientes.
En este caso, el tribunal tuvo algunas características excepcionales. En primer lugar, se formó sólo con dos personas, en lugar de tres. Solo uno de ellos es rabino, Sergio Bergman. El otro, en cambio, es un importante referente de la comunidad que no es rabino, aunque sí es un hombre conocedor de las escrituras. Por otro lado, llama la atención el largísimo plazo que se han tomado -desde noviembre de 2009 hasta hoy- sin llegar a ninguna conclusión y sin haber citado aún a la mayoría de los testigos ofrecidos por la víctima. Cuando Plazademayo.com consultó con ellos se nos indicó que Ángela había sido evaluada por profesionales especializados en casos de abuso y que no había un acuerdo entre ellos sobre la veracidad de sus dichos.
Sin embargo, Ángela aseguró que jamás se entrevistó con especialista alguno en ése ámbito.
Por su parte, Donzis había dicho ante el Consejo Directivo de la DAIA en octubre de 2009, que las declaraciones de Ángela eran falsas, que en realidad se trataba de una cuestión económica, que él no había actuado legalmente porque, en definitiva, eran familiares y que ya había pedido con anterioridad la constitución de un tribunal rabínico.
Para poder tener una opinión de primera mano y dirimir la contradicción convinimos con Ángela en que se encontrara con Enrique Stola, un profesional de larga experiencia en sonados casos de abuso sexual y al terminar la entrevista que mantuvieron, el medico psiquiatra confirmó que la víctima no presenta ningún trastorno psicológico ni psiquiátrico, que es una persona totalmente creíble y que ésta es una historia muy dolorosa para ella.
A esa altura parecía que la intención de este inusual Beth Din era más retrasar todo lo posible la toma de decisión, que el esclarecimiento del caso. Ya al inicio, como quien dice de sobrepique, Bergman le advirtió a Ángela: “sabés que con esto a  nivel jurídico no podes hacer nada”. Insistió luego en la prescripción de la causa, como ignorando que el tipo de justicia que buscaba la víctima de parte de él no era la ordinaria. De hecho, varios testigos cruciales ofrecidos por Angela no fueron citados con la excusa de que no pertenecen a la comunidad judía.
Para garantizar el silencio, el rabino le hizo firmar un papel que reproducimos más abajo que impide a la víctima divulgar en cualquier ámbito su historia. A la mejor manera de la justicia argentina, el caso duerme el sueño de los justos en un cajón de la sinagoga la calle Libertad. El papel esta firmado por la víctima y por un solo miembro del tribunal, Bergman.
“Hoy desisto a cualquier juicio rabínico propuesto por vos, ya que  nuevamente me siento usada, abusada y manoseada. Hoy te doy la ventaja que cajonees esta historia, porque ya lo hiciste, y cada uno decide que muerto guarda en el placard”. Le escribía Ángela al rabino en un mail de noviembre de 2009.
Plazademayo.com intentó comunicarse con Aldo Donzis para que pudiera defenderse de las graves acusaciones, pero no nos atendió. Insistimos en entrevistarnos con dirigentes de la DAIA y finalmente me encontré en un café de “Villa Freud” con tres miembros del consejo directivo de la DAIA un domingo por la noche.
Informalmente, dijeron que esto era una historia vieja y ya conocida por muchos en la DAIA y que a pesar de ello, Donzis había ganado las elecciones.
Pregunté cómo permitieron que una persona con semejante asunto pendiente, que lo hace muy vulnerable, esté a cargo de la institución como la DAIA, que dice representar a la comunidad judeo-argentina. “El abuso nunca fue denunciado a la justicia”, ésa fue la respuesta.
Intenté por otra vía: un rabino amigo llamó a otro dirigente de la DAIA y éste le contó no solo que también conocía la historia, sino que algunos medios de comunicación tenían la información y más de una vez se había usado (textual) “para agarrarlo de los beitzim” (huevos) a Donzis.
Es probable que nada pase, que Donzis siga en su puesto, la justicia ordinaria no podrá resolver el caso, la justicia divina ya falló y lo único que posiblemente se gane con este artículo es que algunos hoy tengan una herramienta menos para “apretar” al presidente de la DAIA.

lunes, 9 de abril de 2012

PALABRAS EN GUERRA




Por Juan Carlos Monedero (h)

1. Cómo hablamos y cómo discutimos
2. Cada palabra, una llama. Criminalización de los términos
3. La confusión instalada. Cuatro ejemplos
4. Cómo se nos confunde
5. Un momento: ¿no estamos exagerando?
6. Eliminar toda palabra que remita a un “en sí”
7. Conclusión

 “Mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios
mientras sigamos creyendo en la gramática”.
Nietzsche, El ocaso de los ídolos

“Hay mentiras expresas que corren el mundo,
mentiras completas en cuanto a su fórmula;
pero hay también mentiras que forman parte de lo sobreentendido”.
Ernest Hello, El hombre

“Quien considere debidamente estas cuestiones,
encontrará que hay una cierta brujería o fascinación en las palabras,
que las hace actuar como una fuerza que va más allá de lo que podemos explicar”.
South[1]

–“Cuando yo uso una palabra”, dice Humpty Dumpty en tono de desprecio,
 “significa justamente que yo entiendo darle ese significado, ni más ni menos”.
–“La cuestión es saber”, contesta Alicia,
“si usted puede hacer escribir a las palabras tantos significados diversos”.
–“La cuestión es quién debe ser el amo. Eso es todo”.
Lewis Carroll, Alicia en el país de las Maravillas












1. Cómo hablamos y cómo discutimos

La palabra humana, como todas las cosas hechas por Dios, posee una determinada naturaleza. No podemos tratarla de cualquier manera so pena de inhabilitarla para el fin que fue pensada. Ella es la moneda de intercambio más usada por nosotros: todos los días la pronunciamos, se encuentra en todas partes; en los diarios, en los locales, en los programas de televisión, en los libros, en los apuntes de estudio, en las revistas de entretenimiento, en la radio, en las marcas de ropa, en los nombres comerciales; cada vez que conversamos, que pedimos un favor, que damos una clase, que redactamos algo. No terminaríamos nunca de enumerar las cosas que portan palabras.
Por lo general, tanto una conversación pero, sobre todo, una discusión estaba caracterizada por la confrontación de posturas que se disputaban el trofeo –tener o estar en la razón– apelando a distintos argumentos, luego de haberse enunciado. Todo debate veía la realidad como medida de las tesis: aquélla las juzgaba y las tesis eran comparadas con la realidad, ya para confirmarlas o desecharlas, con el fin de conducir a nuestro oyente ocasional hasta el borde mismo de la contradicción. Éste era y sigue siendo el presupuesto natural –frecuentemente implícito– de toda polémica. La contradicción siempre tuvo un enorme valor aleccionador porque

“cuando la inteligencia se percata de que no es posible afirmar una cosa y su contradictoria, atisba con ello la existencia de lo verdadero y lo falso. Y, por allí, se da cuenta del ser”[2].

Sin embargo, los rumbos del pensamiento actual introducen un imperceptible pero fundamental viraje en este punto. Porque esta evidencia –una realidad objetiva e independiente del pensamiento, una realidad que juzga nuestras ideas y frente a la cual nosotros debemos adecuarnos– es cuestionada justamente por el relativismo, que es como sabemos una ideología absolutamente dominante. Dominación que no sólo genera un descreimiento respecto de la verdad de las cosas sino también una incapacidad para que posiciones encontradas se escuchen mutuamente. ¿Cómo podría importarme lo que otro puede decirme si mis opiniones valen únicamente porque “emanan” de mi subjetividad?
El sólo hecho de comparar una con la otra –buscando la correcta– se convierte en odioso. Han convertido a la verdad y, por ende, a la palabra verdad en algo odioso. La Verdad, uno de los Nombres de Dios, causa escozor en muchos oídos. Permanecer callado ante quien desea transmitirnos algo equivale a restringir nuestra libertad de expresión. Se olvida que sólo es posible percibir la realidad –es decir, filosofar– guardando silencio:

solo el que calla oye. Y, además, cuanto más radicalmente se dirige al todo la voluntad de oír, tanto más profundo y perfecto debe ser el silencio. Y así el filosofar… significa: oír en forma tan absoluta y total, que este silencio que oye no se vea perturbado ni interrumpido por nada, ni siquiera por una pregunta”[3].

Se trata de un largo proceso que lleva mucho tiempo y que, en el punto que nos interesa, afecta principalmente al lenguaje. En la etapa actual, este cambio tiene lugar mediante la negación de las notas arriba mencionadas, modificándose el modo en que las personas discuten. Ésto, por un lado. Pero otro rasgo consiste, además, en que ya no se enuncia lo que uno piensa, sino únicamente aquello que se rechaza. Dice Juan Pablo Vitali: “A veces no nos damos cuenta hasta dónde estamos influidos por esa forma de pensar. Elegimos palabras pensando en su opuesto, como ideas que no representan lo que se es, sino que son el reflejo de aquello a lo cual nos queremos oponer…”[4]. Inadvertidamente hacemos una opción por el no-ser, por la nada.
El abuso de las descalificaciones, previamente acordadas y nunca examinadas, se encuentra también a la orden del día. No se lleva al otro a la contradicción, ni se explica en qué consiste el error, ni se pretende sumar ejemplos particulares que refuten una tesis universal, amén de otros recursos. Simplemente se escupe con la palabra, sin perseguir otro fin que no sea la desautorización del adversario, desentendiéndose de la de-velación de un mensaje: “En la fraseología política de nuestro tiempo aparecen constantemente términos-pretexto como autocracia, absolutismo, sistema autoritario, dictadura, despotismo, tiranía, totalitarismo o, en la vereda de enfrente, liberalismo, democracia, socialismo: muletillas que, cada una en su “frente ideológico”, se usan indistintamente para designar tal o cual preferencia, tal o cual enemistad…”. Y sigue diciendo nuestro autor:

“Conveniente será apuntar de entrada que los primeros de estos términos-pretexto, empleados, sea para condenar situaciones supuestamente definidas por ellos, sea para sostenerlas con vistas a su mejor cumplimiento final, no corresponden en absoluto a la verdad de las cosas”[5].

Resulta imposible confrontar cualquier posición en términos de verdad o falsedad: ya no hablamos con quien disentimos sino con el hipotético interlocutor que, de antemano, coincidirá con nosotros. Las tesis no se rozan siquiera, quedando encapsuladas cada una en su mundo, como si no hubiese comunicación posible. El método socrático, que dejaba hablar al interlocutor para cual judoka utilizar “su propia fuerza”, se encuentra ausente. Ya no se expresa un qué. Se recubren ideas únicamente con palabras de –como mínimo– discutible significado.
Tiene lugar, pues, una verdadera guerra de las palabras, como muchos autores ya han alertado al respecto. Puesto que no son ya tesis, falsas o verdaderas, las que entran en combate; no son ya contenidos los que luchan, al menos explícitamente. Son términos, son vocablos que se “revolean” a fin de calificar de antemano a una postura, en la esperanza de que cierto sector no se atreverá a sostenerla viéndola adjetivada de esa forma. Y son palabras huecas, términos vacíos, locuciones enmascaradas, porque ya no hay un pensamiento que las sustente.
Las palabras –volando como dardos– no resultan vehículos de una significación previamente acordada. Tampoco tiene lugar un discernimiento sobre su comprensión y extensión. Léase: a nadie le importa ni qué significan ni a cuántos se les pueden aplicar. Como bien dice Falcionelli, se entremezcla todo aquello que se quiere eliminar”. Es decir, se confunde deliberadamente aquellas realidades que se desea suprimir, volviéndolas sinónimos de aquéllas que, pálidamente, las imitaron. Los ejemplos son conocidos. Se suprime la autoridad presentándola exclusivamente en su faz abusiva; se elimina la justa discriminación emparentándola con la discriminación injusta; se desacredita al varón como cabeza de su esposa haciéndolo pasar por machista; se desautoriza la moral católica asemejándola a la protestante. En una palabra, se convierten en odiosas todas las cosas buenas.
Para los que manosean las palabras no existen verdades a manifestar sino impulsos que conducir, previamente desencadenados por los abusos lingüísticos. Esta adulteración del lenguaje es resabio de la influencia marxista sobre el mismo, tan bien descripta por Jean Ousset:

“¿Y las palabras? No serán utilizadas en razón del ser que representan, sino por la fuerza que irradian, una suerte de encantamiento, por su sentido dinámico, no literal. Por ejemplo, las palabras pueblo, progreso, libertad, democracia, fascismo, etc. ¿Se piensa que sirven para designar el ser? No. Lo que se busca con su uso es poner fuerzas en movimiento”.

Y señalaba los motivos de esta práctica: “Estas palabras no tienen, para el marxista, realmente ningún sentido real. No sirven para expresar el pensamiento. Sirven para la acción”[6]. Lo que cuenta –y no sólo para la mentalidad de izquierda–, lo único que tiene sentido, es el movimiento, la acción, porque nos da el poder sobre las personas. Somos tratados como animales, buscando que reaccionemos condicionadamente; hemos sido adiestrados para responder de manera particular ante determinados términos. De ahí que Lewis Carroll, en Alicia en el país de las Maravillas, ponga la siguiente afirmación en boca de un inescrupuloso Humty Dumpty, mientras discutía con la protagonista:

–Cuando yo uso una palabra significa justamente que yo entiendo darle ese significado, ni más ni menos.
–La cuestión es saber si usted puede hacer escribir a las palabras tantos significados diversos.
–La cuestión es quién debe ser el amo. Eso es todo.

Este programa de domesticación supone el conocimiento de las facultades humanas, tanto superiores como inferiores. Debido a esto, la lógica de los discursos va dirigida a la psicología y no a la inteligencia de la persona. La gente se distancia de ciertas posturas al experimentar la descalificación social y mediática que padecen quienes la sostienen. No se distancia porque las juzgue falsas. Por otra parte, la persona sólo avala aquello que “todos” parecen avalar, aunque un breve análisis resultara suficiente para impugnarlo[7].
Sus ideas, lejos de ser responsables adhesiones a lo visto como verdadero, terminan siendo el modo de integrarse, de ser “tenido en cuenta” en el medio social en que se desenvuelve, de estar “en la corriente” y no en la “minoría”. En una palabra, su forma de pensar le permite a la persona no quedar aislada del afecto grupal o del entorno, creyendo obtener así cierto “reconocimiento”.
La mentalidad de grupo –otros piensan como yo; yo pienso como otros– y la posibilidad de descalificar a los réprobos le infunde seguridad, lo colocan en el lado de “los muchos”. Comienza a gestarse así ese criterio que oportunamente Don Quijote reprochó a Sancho: En esto se nota que eres villano: en que eres capaz de gritar ¡viva quien vence!
No siempre fue así.

2. Cada palabra, una llama. Criminalización de los términos

         La finalidad de la palabra se cumple cuando remite a la realidad, cuando ella se convierte en signo de las cosas, tal como son. Por ende, cumple su objetivo si designa los objetos lo más claramente posible. La infinidad de cosas existentes reclama por lo mismo una infinidad de palabras distintas para convocarlas ante nuestra mente.
De ahí la importancia de un vocabulario rico, pues en la medida en que incorporemos más palabras –conociendo, claro, su significado– entendemos mejor la realidad. Esto no responde a una vana erudición sino al habla más correcta de las cosas.
Mientras más palabras conocemos, mejor podemos llamar a las cosas por su nombre. Enriquecer el lenguaje, profundizar las significaciones, diferenciar los sentidos o matices de las palabras y agudizar al máximo la capacidad de nombrar las cosas, implica borrar la confusión en la medida en que mejor conocemos la naturaleza de la realidad. “La palabra humana constituye la última perfección de las cosas sensibles”, afirma el Padre Petit de Murat. Se encuentra en el horizonte entre la realidad sensible y no sensible. Y por eso la palabra

“Cuando nombra a una de ellas (las cosas sensibles), la define, manifiesta su peso y medida ónticos y, por último, le señala su lugar en el orden del universo con respecto de las causas y dentro de las concertadas multitudes de las criaturas. Por eso se puede afirmar que el logos humano corona con una epifanía del ser al mundo sensible”[8].

La manifestación del ser se da por la palabra. Ella es más propia del hombre que el cuerpo mismo, dejó dicho Aristóteles desde las páginas de la Retórica. Ha sido dada para mostrar la identidad de su propia inteligencia con la realidad. Por eso es muy útil la aclaración del Padre Castellani:

“La mentira no es un mal en cuanto es palabra, la palabra es un bien, sino en cuanto es palabra desviada del fin de la palabra, palabra torcida, palabra que carece de identidad con la mente, carece de verdad moral. Uno toma una cosa creada por Dios para el bien, que es la palabra, y la desvía de su fin”[9].

            Si lo anterior es cierto, advertiremos los males que pueden seguirse del empobrecimiento del lenguaje, tanto si ocurre una adjetivación superficial de las ideas como si son relegados al olvido ciertos vocablos incorrectos. Porque, efectivamente, hay toda una gama de palabras abandonadas. Mientras que la cantidad y diversidad de las cosas no cambia, esta práctica conduce paulatinamente a su olvido: palabras omitidas son el preámbulo de realidades que ya no “pesan” en nuestra existencia, porque no aparecen ante nuestra mente. Por tal razón, su sola mención trae aparejada un resquemor, una incomodidad y hasta una desconfianza para el que la ha pronunciado. Como los nacidos de probetas en Un mundo feliz de Aldous Huxley –que se ruborizaban ante la “obscenidad” de la palabra madre– hoy existe un generalizado desconcierto cuando ciertos vocablos son pronunciados. Entre ellos la palabra normal, que por contraste permite referir conductas anormales. Si la pronunciación de este término supone la posesión del discernimiento entre normalidad y anormalidad, no tardaremos en escuchar «¿Usted quién se cree que es? ¿El dueño de la verdad? ¡Defina qué es normal!»:

“Cuanto más limitada sea nuestra habla, más limitados serán nuestro poder de reflexión, nuestra profundidad de pensamiento y, también, la elevación de nuestro espíritu”[10].

Muy acertadamente –aunque no compartimos su postura sobre otros temas– la periodista británica Melanie Phillips dijo, respecto de la promoción de la ideología homosexualista, que se trataba de “una campaña implacable y despiadada… para destruir el concepto mismo de conducta sexual normal”. La claridad de la cita nos exime de profundizaciones, limitándonos a señalar “el ring de pelea”: la mente humana. Los conceptos. Lo mismo reconoció Pierre Trotignon[11] durante el mayo francés, asumiendo la función de saboteador de las cabezas humanas:

“Somos los vietcongs del pensamiento.

¿Qué determina la omisión de ciertas palabras? Su criminalización. Vocablos estigmatizados hasta el punto de ensuciar la fama del que los pronuncia. Términos y personas acosadas. Palabras que huelen mal y dicciones que comprometen la vida social tanto como la continuidad laboral. De este modo, el nombre original de las cosas comienza a caer en desuso hasta perderse. El ser humano se encuentra en oscuridad respecto de estas cosas “no dichas”. Cada vez más realidades van quedando fuera de su alcance, porque se manejan cada vez menos palabras.
Cada palabra era una llama, era fuego, era luz; al ser omitida, la realidad por ella ilumina se desvanece, queda en la oscuridad.
Es el proceso exactamente inverso al aprendizaje de la infancia, en que cada vez que el niño expresa una idea a través de un vocablo –por más frágil e imperfecta que sea– parece como si una lucecita se encendiese en su inteligencia. Por motivos distintos, el programa de calculadas omisiones que estamos criticando es también semejante al deterioro que ocurre a cierta edad en las facultades de la memoria: las “velas” de nuestra inteligencia –que irradiaban luz– son “sopladas”, apagadas, alguien las apaga. Como si en una habitación se cerrara completamente las ventanas, se cortara la luz y todas las cosas que se encuentran allí dejaran de ser vistas. Como si fueran quedando negras, oscuras, veladas, sin color.
Adelantándose, Juan Ramón Jiménez reclamaba esta función docente e iluminadora del lenguaje: “¡Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas!”:

“Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.

…que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas”[12].

Los que las olvidan, las olvidan porque la palabra ya no es la cosa misma. Su nombre exacto es sistemáticamente ocultado.
Por el poder de la palabra, el hombre puede iluminar lo que desee: igual que con la televisión, la realidad termina siendo únicamente “lo mencionado”. Lo que no se dice es como si no existiera:

“La palabra implica, pues, un cierto y misterioso poder. Consideremos también (…) dos momentos claves y antitéticos en los que el lenguaje juega un papel central: Babel (Gén. 11, 9) y Pentecostés (Hechos 2, 4). Allí lo vemos degradado y exaltado. La palabra que lleva confusión y la palabra que ilumina. Todo acto de lenguaje humano tiende hacia uno de estos dos extremos”[13].

Examinaremos ciertos vocablos extraviados. Los discursos sociales, políticos y religiosos están padeciendo, a nuestro entender, un intencionado empobrecimiento del lenguaje.

3. La confusión instalada. Cuatro ejemplos

         Proponemos considerar ciertos ejemplos que nos permitan advertir la vigencia y efectos de la guerra de las palabras. Señalaremos el reemplazo y el olvido de ciertos vocablos. Conciente o inconcientemente, con culpa o sin ella, hablamos mal pero podemos hablar mucho mejor.
Respecto del discutido proyecto de “matrimonio” entre homosexuales, se escuchó decir que tanto sus promotores como sus objetores sostenían un pensamiento intolerante, pretendiendo imponer a las mayorías una forma de pensar propia de una minoría (ejemplo N°1).
Las facciones encontradas se calificaron recíprocamente como sostenedoras de ideas ilegales y anticonstitucionales (ejemplo N°2).
Las acusaciones de discriminación también fueron mutuas: el lobby pro homosexualista «acusaba» a los defensores del Orden Natural de discriminar, mientras que de nuestro lado algunos hacían lo mismo. La palabra quedó tan desvalorizada que la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) –según la cual “no sería discriminación” negar el seudo matrimonio homosexual– fue festejada y pronunciada como un argumento de los que se oponían al proyecto. De pareceres semejantes dan cuenta, dentro del mundo católico, las declaraciones con ocasión de las persecuciones en Medio Oriente e Irak, pero también en Europa, atribuidas nuevamente a la discriminación (ejemplo N°3) tanto como a la intolerancia[14].
Veremos por último la denominación de desadaptados e intransigentes (ejemplo N°4) dirigida a quienes ofenden y ridiculizan imágenes sagradas.
         Pediremos encarecidamente que no se utilicen estas palabras para calificar estos hechos. ¿Por qué? Si desea conocer nuestra respuesta, siga leyendo.

Examen del primer ejemplo

Muchas veces fue acusado el INADI –entidad promotora, entre otras, del “matrimonio igualitario”– de practicar la intolerancia y de imponer un determinado pensamiento frente a quienes no lo aceptaban. Fue un argumento que se barajó numerosas veces. Veamos detenidamente las palabras. Parece elemental distinguir entre el modo en que una idea es difundida y su admisibilidad. Yendo a nuestro ejemplo, la ideología antidiscriminatoria es inaceptable de cualquiera manera en que se presente; tanto impuesta a sangre y fuego como pacíficamente consensuada.
Estas ideas –como las entidades que las promuevan– deben ser calificadas por sus verdaderos nombres: falsedades, estafas, imposturas, fraudes. Es el fondo y no la forma lo repudiable.
Si nos limitáramos a críticas decorativas; si nos atáramos a objetar el maquillaje de estas ideas, cabría preguntarse: ¿sería menos perjudicial la ideología del género, si sus promotores dialogaran en vez de combatir por ella? Si sus conclusiones fuesen consensuadas, ¿serían legítimas porque ya no son fruto de una imposición? En una palabra: ¿el problema está en lo que imponen o en el hecho mismo de imponer?
Dígase lo mismo de cierto reproche a la energía con que suele calificarse su verborragia. Sin embargo, nos animamos a decir que esta energía es –en sí misma– lo único que no sería reprensible. Se trata sólo de una fuerza, de una voluntad que ante nada se doblega. Su calificación depende de los motivos que defienda. Fortaleza sin Justicia es palanca para el mal, dice San Agustín. Lo cual no es una razón para extirpar la Fortaleza sino para ordenarla a lo Justo.
De ahí que el término intolerancia sea el leitmotiv de quienes pretenden la coexistencia pacífica del trigo y la cizaña, de San Miguel y el demonio. El adalid de la tolerancia no está contra el error sino contra el ardor, provenga de donde provenga. Y por eso la proclamación categórica de la verdad le quita el sueño:

“Muchas personas que nada saben, acusan a la verdad de ser intolerante. Es necesario explicarse acerca de esta palabra.
            Al escucharlas, dijérase que la verdad y el error son dos seres que pueden tratar de igual a igual; dos monarcas, ambos legítimos, que deben vivir en paz cada cual en su reino; dos divinidades que comparten el mundo, sin que la una tenga el derecho de arrancar a la otra su dominio”.

Ernest Hello se sorprende de estas personas que se consideran a sí mismos como “por encima” de la verdad y el error, rindiendo culto a la indiferencia. Pues para nuestro autor el odio que grita es mucho más explicable, dado el pecado original, que el odio que se calla”. El «odio que grita» es la herejía o el error militante. Y continúa: “Lo que asombra es no oír la blasfemia salir de una boca humana. El pecado original está ahí; la libertad del hombre está ahí; la blasfemia tiene su explicación. Pero lo que me hunde en una estupefacción absolutamente indecible, es la neutralidad”. Por eso desenmascara el corazón de los que eluden tomar partido:

“La indiferencia es un odio de un género aparte, odio frío y durable, que se disfraza a sí misma y algunas veces, a los demás odios, tras de un aire de tolerancia, pues jamás es real la indiferencia. Esta es el odio forrado de mentira” [15].

Pensemos también en el binomio mayoría–minoría; se suele hablar tanto de protección de las minorías como de posturas mayoritarias. Y desafortunadamente no falta quien use como argumento –pretendiendo defender, por ejemplo, la permanencia de los crucifijos en los lugares públicos– que tal o cual cosa “está respaldada por la mayoría del pueblo”.
Ahora bien, ¿algo es válido porque es apoyado por muchos? Podríamos preguntarnos, entonces, si retiraríamos el crucifijo cuando su permanencia ya no tenga respaldo mayoritario. Si fuese así, Cristo sería como un vendedor ambulante al que puede despacharse con la misma naturalidad con la que le abrimos la puerta de nuestra casa. ¿Tiene sentido esto? Obviamente, NO. ¿Qué agrega decir que tal cosa es mayoritaria para quienes afirman que la realidad es independiente de la subjetividad humana? Los únicos que pueden ser conmovidos por este argumento son quienes juzgan que la verdad varía con las opiniones.
Lamentablemente, para defender nobles causas muchos apelan a la mentalidad democrática, sin advertir que ella es precisamente el problema[16]. En atención a este tipo de dificultades, Charles Maurras decía: La Revolución verdadera no es la Revolución en la calle, es la manera de pensar revolucionaria”.
En relación al precitado vocablo tolerancia, cabe decir que no es casual que este término constituya una carta de presentación que abre infranqueables puertas. Ser tolerante significa ser potable, políticamente correcto. Una persona tolerante no desentona. Es un invitado que cae siempre bien porque cree que todas las opiniones son igualmente válidas.
Mientras que los grupos pro homosexualistas «acusaban» de intolerancia a quienes negamos legitimidad al entonces proyecto legislativo, algunos de los que acertaban al defender la naturaleza del matrimonio devolvían la acusación en los mismos términos. De suerte que la palabra más dura que salía para adjetivar a los promotores de estos vicios era la de intolerantes. Lo malo del INADI y otros grupos sería, en este planteo, su intransigencia.
Ampliemos, pues, nuestra primera respuesta a fin de desmontar los supuestos del uso del término: todos son intolerantes con aquello que realmente rechazan y los cultores de la tolerancia no son excepción. En sí mismo, tolerar es un acto neutro. La salud de nuestro cuerpo está garantizada por la intolerancia de los glóbulos blancos; los mártires de los primeros siglos del cristianismo no toleraron los falsos dioses romanos; los idólatras de la corrección política tampoco toleran los factores desestabilizadores. Véase cómo el mismo John Locke –en su Carta sobre la tolerancia– señalaba una serie de personas que no debían ser toleradas. Otro tanto puede leerse en El Contrato Social. Y Karl Popper tiene la suficiente astucia para no llevar la tolerancia hasta el suicidio[17].
Todos son intolerantes; lo hemos dicho, pero no todos destruyen el Orden Natural. No queda la ideología del INADI, así, designada según lo que es. La palabra resulta confusa.
Pero más aún: si desaprobamos toda intolerancia, desautorizamos sin advertirlo también a aquellos que defienden con firmeza la Verdad. De esta manera, el celo por lo sagrado comienza imperceptiblemente a entibiarse: acabamos defendiendo con menos ímpetu y ardor lo inalterable, por temor a ser blanco de tramposos adjetivos.
Tal recurso, al tiempo que desmoviliza las propias filas –creando un sinfín de artificiales problemas de conciencia–, no detiene en absoluto al lobby pro homosexualista. Tiene razón por tanto Gómez Dávila cuando caracterizó a la tolerancia como “una firme decisión de permitir que insulten todo lo que pretendemos querer y respetar, siempre que no amenacen nuestras comodidades materiales”.
El único efecto de estos argumentos pacifistas es paralizar el ímpetu de los nuestros, perturbados por escrúpulos. Por el contrario, tómese nota que tal recurso jamás ha servido para intimidar a los ideólogos y militantes de la Revolución Permanente. El abandono de este argumento es urgente. Es excelente al respecto la frase del P. Garrigou Lagrange:

“La Iglesia es intolerante en los principios porque cree; pero es tolerante en la práctica porque ama. Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en los principios porque no creen; pero son intolerantes en la práctica porque no aman”.

Examen del segundo ejemplo

Respecto del precitado debate sobre el seudo matrimonio, se habló muchas veces en términos de legalidad o ilegalidad, como también se argumentó según la adecuación, o no, del proyecto legislativo con la Constitución Nacional. No sería justo decir que los argumentos relativos al Orden Natural fueron omitidos, pues no fue así. Pero demasiadas veces el argumento puramente legal fue la regla.
Es evidente que leyes injustas son reprobables, principalmente, por ser inmorales, ilegítimas. Desde ya que lo óptimo sería ver la injusticia en el marco de lo ilegal, pero centrar el debate sobre la ley del seudo matrimonio en torno a su concordancia con leyes positivas preexistentes –y relegar su contenido como “materia opinable”– comporta la adopción del lenguaje propio del positivismo jurídico, ciego para distinguir entre legalidad y legitimidad.
El binomio legalidad-legitimidad puede aplicarse al proyecto aprobado de “matrimonio” entre personas del mismo sexo –recientemente discutido en nuestro país– pero también puede extenderse a temas como el divorcio y el aborto.
Esta forma de hablar, independientemente de las intenciones, provoca una enorme confusión.
         Entiéndase bien lo dicho, a fin de no desestimar acciones justas. No estamos diciendo que la resistencia legal a estas iniquidades no es legítima. Siempre estará bien que las aberraciones jurídicas encuentren un freno: todos los recursos legales y legítimos que impidan o demoren un mal no deben ser desaconsejados. Así lo hicieron numerosos profesionales y ha sido un gran bien.
Lo objetado no es el retraso legal de estas infamias sino la reducción del argumento de fondo a los argumentos secundarios. Por efecto de esta reducción queda impedido el camino hacia los últimos grados de resistencia, pues –en efecto– la resistencia legal no comporta el máximo grado de oposición ante leyes injustas.
Obsérvese además que el argumento puramente legal es un callejón sin salida: si barajamos únicamente cuestiones legales, entonces no tendríamos razones ante la legislación argentina para oponernos al aborto en los casos en que ya está permitido, al divorcio, al “matrimonio igualitario”, ni a otros tantos engendros jurídicos ya existentes, ya legales.
En una palabra: si el seudo matrimonio está mal sólo “porque es ilegal”, el aborto en caso de violación de mujer idiota o demente estaría bien “porque es legal”.
Lo diremos una vez más, a fin de justipreciar los esfuerzos de aquellos que con todos los recursos de la ley defendieron y defienden la cultura de la vida. No objetamos lo que ellos hacen. Objetamos la adopción del vocabulario positivista, definida –como dijimos– por la reducción del planteo moral al planteo legal.
Cabe remarcar que esta forma de hablar es solidaria de determinada cosmovisión: el positivismo jurídico. Y su principal efecto es mucho menos la demora de los males –que es un bien– y mucho más el olvido respecto de la misma doctrina de la resistencia legal. Doctrina que enseña que una vez agotada la primera, el camino queda abierto a otros tipos resistencia, más enérgicos. Si nuestro vocabulario no deja entrever la existencia de una resistencia más robusta, caemos en el error de defender causas verdaderas con argumentos y palabras equivocadas. Legalizada una injusticia, nuestros motivos para oponernos públicamente no pueden ser legales. Neguémonos a hablar según el agnosticismo kelseniano.

Examen del tercer ejemplo

         Tanto se ha dicho respecto de la palabra “discriminación”, que antes que explicar nada no podemos sino preguntarnos por qué quienes conocen la ideologización de este término, lo utilizan ideológicamente[18].
Es imposible que las persecuciones a los católicos –tanto en Irak como en Europa– sean fruto de la discriminación; sencillamente porque todos discriminamos, pero no todos realizamos persecuciones.
Al condenar toda discriminación, deberíamos por lo mismo reprocharle a la membrana plasmática su función separatista, tan pronto como objetarnos a nosotros mismos cuando distingamos lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo natural de lo contranatural. Si alguno pensaba que el sistema de donaciones de sangre se salvaba de las críticas, se equivocó. El 14 de junio de este año, Día Mundial del Donador de Sangre, la Comunidad Homosexual Argentina presentó un recurso de amparo ante la Justicia de Buenos Aires, protestando por el reglamento guía para donaciones de sangre[19], porque tales exigencias “serían igualmente discriminatorias para nuestra comunidad”. El sistema circulatorio sería próximamente demandado.
Repitámoslo una vez más: usar peyorativamente la palabra discriminación es hacerle el juego a la ideología del género: “Se trata aquí de emplear la lengua como arma. Se obliga a la gente a aceptar determinada idea sin que tenga clara conciencia de ello, «contrabandeando» contenidos más o menos encubiertos por formas de decir”[20]. Ya decía Santo Tomás, citando a San Jerónimo, que

“con los herejes no debemos tener en común ni siquiera las palabras, para que no dé la impresión de que favorecemos su error”[21].

¿Cómo nosotros nos atrevemos a consentir esta adulteración del lenguaje?

“El lenguaje es un inapreciable instrumento de penetración y dominio. Es la savia misma de la vida social y cultural. Quien imponga un determinado lenguaje impondrá junto con éste un modo de entender la realidad, una cosmovisión subyacente, valores morales, culturales y políticos, pautas de conducta”[22].

Todo un «modo de entender la realidad, una cosmovisión subyacente», se pretende difundir condenado esta palabra: odio a la inteligencia, desprecio de las distinciones, rechazo de las diferenciaciones naturales, aversión al Orden Natural. No nos quedaremos con las ganas de citar nuevamente a Ernest Hello:

“Hay mentiras expresas que corren el mundo, mentiras completas en cuanto a su fórmula; pero hay también mentiras que forman parte de lo sobreentendido, mentiras inconscientes que se deslizan en el mundo por la conversación, por la lectura, por el hábito de lo que se llama la vida, y que es en realidad la muerte. Esas mentiras son las que dominan el mundo; consisten en una falsa asociación de ideas”[23].

Si la inteligencia es la imagen de Dios en el hombre, mal podemos nosotros aceptar el bastardeo ideológico de esta bella palabra. Discriminar es distinguir. Y distinguir es lo contrario de confundir.

Examen del cuarto ejemplo

Fueron denominados como desadaptados e intransigentes aquellos que ofendieron, profanaron, destruyeron o impidieron la exhibición de imágenes religiosas[24]. Vayamos sobre este último ejemplo.
Es significativo que tal adjetivo no saliera de la boca de un intendente, sino de una figura eclesiástica. Por lo pronto, la reprobación en estos términos de las profanaciones no deja de ser insuficiente: un policía honesto estará «desadaptado» en una comisaría corrupta, tanto como un buen médico practicará la más rigurosa «intransigencia» con la enfermedad de su paciente.
¿Es algo reprochable, en sí mismo, estar desadaptado o no transigir algo?
Hablando así, se oculta el verdadero problema –la ofensa de lo sacro– detrás de términos como “perturbación del orden social”, perspectiva horizontalista que así ocupa el primer plano. Y el hombre, ante una nueva oportunidad, ya no quiere hablar de Dios.
“Los que Lo odian se pasan toda la vida recordando Su Nombre”, escribió Papini. No son ni desadaptados ni intransigentes. No son vándalos ni intolerantes: tales profanaciones fueron obra de personas inmorales, resentidas, tal vez posesas. Personas cuya obsesión principal es Nuestro Señor: caso representativo fue Gramsci, compositor de jaculatorias ateas, pensadas a fin de evitar ‘sucumbir’ a la conversión, cuando permanecía preso por conspirar contra su patria. Como resulta también gráfico ese desdichado médico abortista –que Hugo Wast noveló en Autobiografía del hijito que no nació– que en su lecho de muerte invocaba al demonio junto con sus colegas ateos, a fin de impedir su propio arrepentimiento.
Los verdaderos nombres de los que atacan los sagrados iconos son otros: cristofóbicos, inmorales, impiadosos, sacrílegos. El que destruye una imagen religiosa está «desadaptado» si es el único.
Estos otros términos, tan pronto como califican inequívocamente, operan como resonancias de realidades: un Cristo que es temido por quienes lo odian, una moral vulnerada, una piedad ultrajada. Será imposible que tales profanaciones muevan a la indignación de los fieles si reducimos el lenguaje utilizando palabras medrosas y timoratas –que no definen. La guerra cristera no se hizo para defender espacios administrativos. Y Satanás no es el desadaptado de las falanges angélicas.
Cabe señalar el auténtico origen de las persecuciones y profanaciones: ellas son fruto del odium Christi. Su explicación última se encuentra en la oposición entre las dos ciudades. Omitido ésto, la atmósfera general –indiferente en materia religiosa– sigue sin oír ni leer lo que podría ser su remedio: una palabra que hable de Cristo, que remita a Nuestro Señor.
Muchos hombres aún creen en Dios, ciertamente, pero no tanto. No tanto como para abandonar explicaciones mundanas o por lo menos horizontales y proclamar respuestas trascendentes que expliquen por qué sus fieles son perseguidos, por qué sus iconos son derribados. Comúnmente no se observa ninguna referencia al misterio sobrenatural, que debería ser normativo a la hora de entender estos acontecimientos. La permisión divina de estas persecuciones, las pruebas por la que pasan los fieles, el carácter anticristiano del mundo, todo queda disimulado bajo la cortina de humo de perfil puramente sociológico cuando no ideológico.
La palabra que confunde pareciera ser elegida con la misma precisión con que se evita nombrar el vocablo correcto.

4. Cómo se nos confunde

Aún cuando el juicio temerario sobre las conciencias nos está prohibido, debemos desentrañar un ardid que –independientemente de las intenciones– no sería razonable negar que “ha sido pensado” por alguien. Pasemos a desarmarlo teniendo presente la distinción entre esencia y accidentes.
Ante la multiplicidad de individuos existentes, si los denomináramos en virtud de sus accidentes nunca lograríamos entendernos: efectivamente, las cosas coinciden con facilidad en sus accidentes. Lo que existe son las cosas rojas, por ejemplo, pero no existe el color rojo como algo en sí. Las sustancias existen en sí, los accidentes –en cambio– existen en otro. Si agrupáramos las cosas sólo por sus accidentes –no por su esencia– tendríamos en el mismo grupo a las manzanas rojas, a los libros rojos, a las banderas rojas, etc.
La primera distinción de las cosas no pasa por sus accidentes, sino por sus esencias. La palabra tiene por fin significar principalmente su definición, que debe manifestar su esencia; y sólo secundariamente sus accidentes. Teniendo ésto presente, veamos a partir de Ferrater Mora lo que sigue:

“La falsa ecuación, llamada también sofisma del accidente, es la adscripción del atributo de una cosa a cada uno de los accidentes de esta cosa”[25].

Sostenemos que los errores comentados tienen su origen en la confusión de los atributos esenciales y accidentales. Pero, ¿cómo demostramos ésto? Poniendo bajo nuestra consideración que estas palabras pueden ser usadas para cosas muy diversas, según hemos adelantado más arriba:

·        El poseso y el laicista no tolera el crucifijo tanto como el santo no tolera el pecado.
·        La imposición puede ser tanto un acto de orden, subordinado a una norma justa, como aplicación de una ley injusta.
·        Las mayorías pueden estar en el error y las minorías acertadas.
·        Algo puede ser ilegal y anticonstitucional pero legítimo. Y al revés.
·        Los hombres pueden discriminar tanto con justicia como sin ella.
·        Un médico será intransigente con las enfermedades de su paciente
·        Un policía honesto se sentirá desadaptado en un espacio donde la corrupción sea habitual.

Agrega entonces Ferrater Mora:

“Se llama impropiamente ‘definición por el accidente’ a la que tiene lugar mediante la indicación de los caracteres o notas accidentales del objeto-sujeto. Cuando esta determinación pretende ser una verdadera definición se habla de ‘sofisma del accidente’”[26].

         El sofisma del accidente provoca la confusión entre lo esencial y lo que no lo es.

5. Un momento: ¿no estamos exagerando?

         Tal vez el lector, llegado este punto, respire aliviado al leer este subtítulo y aproveche para formular una objeción que permanecía hace rato en su cabeza: ¿No estamos exagerando con esta preocupación por la higiene verbal? ¿No ha traspasado acaso los límites del justo medio? ¿No es acaso excesiva? Además: ¿discutimos palabras o discutimos cosas? ¿Es necesario pelear por las palabras? ¿No deberíamos ocuparnos en cosas más importantes que los vocablos?
Aceptemos la legitimidad de esta inquietud. Hay algunos que piensan que las palabras no importan tanto como parece. Otros, extremando el argumento, afirman que se pierde tiempo discutiendo palabras. Que da igual los términos mientras todas tengan una buena intención detrás. Que es propio de un puntillismo y erudición inútiles, hasta arrogantes. Que los que discuten palabras deberían utilizar mejor su tiempo en otras cosas: «hablar menos y hacer más». Y que estas palabras pueden usarse tanto en un buen sentido como en uno malo, indistintamente.
Que la pluma de Félix Sardá y Salvany nos ahorre explicaciones: “¡Que las palabras, dices, no tienen importancia! Más de lo que te figuras, amigo mío. Las palabras vienen a ser la fisonomía exterior de las ideas, y tú sabes cuán importante es a veces en un asunto una buena o mala fisonomía”. Y ponía como ejemplo a los mismos enemigos de la Iglesia:

“Si las palabras no tuviesen importancia alguna, no cuidarían tanto los revolucionarios de disfrazar el Catolicismo con feas palabras; no andarían llamándole a todas horas oscurantismo, fanatismo, teocracia, reacción, sino pura y sencillamente Catolicismo; ni harían ellos por engalanarse a todas horas con los hermosos vocablos de libertad, progreso, espíritu del siglo, derecho nuevo, conquistas de la inteligencia, civilización, luces, etc., sino que se dirían siempre con su propio y verdadero nombre: Revolución[27].

También Chesterton nos respalda desde su novela La esfera y la Cruz:

–Matar es pecado –dijo el inconmovible montañés–. Verter sangre no es pecado.
–Bueno, no disputemos por una palabra –dijo el otro, bromeando.
–¿Y por qué no? –dijo MacIan con súbita aspereza–. ¿Por qué no habíamos de disputar sobre una palabra? ¿De qué sirven las palabras si no tienen importancia bastante para disputar sobre ellas? ¿Por qué escogemos una palabra con preferencia a otras si no difieren entre sí? Si a una mujer le llama usted chimpancé en lugar de ángel, ¿no habría disputa por una palabra? Si usted no quiere discutir sobre palabras, ¿sobre qué va usted a discutir? ¿Pretende usted convencerme moviendo las orejas?[28].

Otro tanto el precitado Hello:

“Una palabra cuanto más bella, resulta más peligrosa. Es indecible la importancia del lenguaje. Los vocablos son pan o veneno, y es la confusión universal uno de los caracteres de nuestra época. Los signos del lenguaje son instrumentos temibles por lo complacientes. De ellos se puede hacer el abuso que se quiera, pues no protestan, dejan que se les deshonre, y la alteración de las palabras revélase tan sólo por la íntima perturbación que produce en las cosas”[29].

Sardá y Salvany hundirá aún más el bisturí analítico, declarando el origen de las cuestiones religiosas que la Iglesia en el orden dogmático ha padecido: “Todas las herejías han empezado por ser juego de palabras, y han acabado por ser lucha sangrienta de ideas”[30]. No en vano San Atanasio disputó con los herejes arrianos por la palabra homoiousios, contraponiéndola a homoousios, esta última la expresión correcta: en esa iota unum, se jugaba nada más y nada menos que la Divinidad de Cristo.

A fin de aventar dudas respecto al tiempo dedicado en estudiar y analizar el lenguaje, será oportuno tomar nota de las coincidencias con adversarios ideológicos. Veamos lo que dice Eduardo Grüner en el espacio que el diario absolutamente subsidiado y mantenido por el gobierno actual (también conocido como Página 12) le concede:

“la “industria cultural” en general, y los grandes media en particular, pero también una “sedimentación” de odios de clase larvados (…) han conseguido enfermarnos a todos con la creencia de que las palabras no tienen más importancia que la de proyectiles lanzados contra el enemigo, disimulando el hecho de que es al interior de esas mismas palabras, en sus diferenciales acentuaciones sociales, que se juega la línea divisoria amigo/enemigo”.

Grüner reprueba esta posición: “Las palabras son, así, como pares de medias que uno se saca o se pone según haga frío o calor: meros instrumentos que se usan según la ocasión”[31].
Hernán Fair –formado en la UBA y en FLACSO– recordando al mismo Grüner en su precitado artículo, escribió:

“el discurso no es un componente superestructural, en el sentido que le otorgaba la clásica metáfora arquitectónica marxista, sino que es el lugar principal donde se realiza la lucha política”.

Y por eso, asumiendo la camiseta propia de un pensamiento de izquierda, escribe: “Hoy en día, cuando el concepto de clase social ha perdido la centralidad identitaria que en su momento tuviere (…) podríamos decir mejor que la lucha de clases se realiza y adquiere sentido en la lucha cultural por la definición legítima de las palabras”. Por eso hablará más adelante de una “lucha ideológica inclaudicable” por los términos. De ahí que afirme de forma categórica:

“la actual lucha de clases es, y lo será siempre (…) la lucha por imponer legítimamente las significaciones sociales”[32].

         El último testimonio lo tomamos prestado de Ionesco, dramaturgo del “teatro del Absurdo”:

“Renovar el lenguaje es renovar la concepción, la visión del mundo. Una revolución consiste en llevar a cabo un cambio de actitudes mentales”[33].

6. Eliminar toda palabra que remita a un “en sí”

Demostrada la importancia del lenguaje y la palabra –tanto por amigos y enemigos, tirios y troyanos– debemos desplegar finalmente nuestro juego. ¿Por qué se pretende la eliminación de ciertos vocablos? ¿Qué llevan estas palabras? ¿Qué tienen de especial? Para responder esto, sigamos haciendo un poco de historia porque es en la observación de las diferencias donde se descubre la razón de los cambios.
A la hora de pronunciarse sobre los grandes temas –como adelantamos al principio de nuestro trabajo–, el hombre siempre había hablado en estos términos: verdadero, correcto, falso, equivocado, incorrecto, erróneo. Respecto del mundo moral, siempre utilizó las palabras: legítimo, justo, honesto, inmoral, ilegítimo, injusto, deshonesto.
Ahora bien, ¿por qué nos acostumbramos –lenta pero inexorablemente– a calificar las ideas en mayoritarias o minoritarias, tolerantes o fanáticas? ¿Por qué hablamos de ideas discriminatorias frente a ideas inclusivas? ¿Por qué nos cuesta tanto hablar, simplemente, de ideas verdaderas y falsas?
No puede desconsiderarse lo dicho por el precitado Juan Pablo Vitali, quien explica agudamente:

“Toda guerra es semántica. De significados y conceptos. De palabras, de símbolos, de «dadores de sentido». Así se marcan los límites, se generan los contenidos que representan la existencia o la inexistencia de valores, se dibuja el mapa que nos guía en la acción”.

Juega un papel importante, dentro de la guerra de las palabras, la confrontación semántica. Mientras Vitali recuerda su paso por la militancia política juvenil, afirma la razón de sus progresos: “Imponíamos nuestra agenda semántica, por eso avanzábamos”. Creemos innecesario marcar una distancia con el autor en este punto, pues no compartimos su opción política. Pero sí es importante atender a lo esencial de su mensaje, resumido magníficamente:

“Si los demás hablan con nuestro lenguaje, estamos avanzando. Si nosotros hablamos con el lenguaje de los demás, estamos retrocediendo”[34].

Nuestro lenguaje lo conocemos bien: remite a la verdad, a lo que es bueno objetivamente, a la realidad plena de sentido, llena de logos (λóγος). Una realidad que en sí misma es maravillosa, que provoca admiración. Una realidad que existe en sí, sin depender del pensamiento ni de la voluntad humana para ser lo que es. Una realidad que procede de Dios y sobre la cual Él se ha revelado: ha quitado el velo que la cubría, manifestando el secreto de Su Intimidad. Pero hay otro lenguaje, expresión de otro pensamiento, que sólo ve lo accidental, lo puramente adjetivo y fenoménico, porque no cree en la capacidad de conocer realmente las cosas. Sólo sabe de fuerzas capaces de ser desencadenadas.
Ahora estamos en condiciones de dar a conocer la máxima principal de la guerra de las palabras, al menos en este punto que venimos estudiando. Creemos no equivocarnos al caracterizarla de esta manera:

ESCONDER las palabras claras, que evocan la realidad, que las denominan según su verdadero nombre –y que por tanto remiten a lo que es “en sí”– para REEMPLAZARLAS por otras que las califiquen extrínsecamente o que las definan en relación al ser humano; de modo tal que el orden natural de las cosas –anteriormente señalado por esos términos precisos– sea, primero, desdibujado y quede tambaleante en la mente del hombre hasta llegar a su posterior ANIQUILACIÓN.
Por ese camino también será abolida la diferencia entre lo verdadero y lo falso, junto con el discernimiento de lo bueno y lo malo.

Se busca enterrar aquella palabra que remita al SER, porque éste es emisario de la ciencia suprema, la Metafísica, que –como enseña Aristóteles– pertenece a Dios. Visto de arriba para abajo, la verdad me lleva a la Verdad porque las verdades que el hombre conoce no son sino participaciones de una Única Fuente Superior. Quien trae un mensaje que no se quiere escuchar –por esta razón– es eliminado. Sin embargo, no se trata sólo de abolir una o muchas palabras: se trata también del lenguaje mismo. Son atacadas las mismas estructuras lingüísticas y gramaticales. Aquí cobra sentido el aserto de Nietzsche que principió nuestro trabajo:

“Mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática” (El ocaso de los ídolos).

¿Por qué la gramática es un enemigo? Porque ella nos remite, quieras que no, al orden natural. Y el orden natural nos remite a su Autor: por éso se la combate. Veamos cómo.
La gramática fue, para Nietzsche, la estructura lingüística que impregnó en los hombres el pensamiento metafísico, pero no por una aceptación deliberada sino por el simple hecho de hacer uso de ella. La gramática, por sí misma, estaba embebida de orientación metafísica. Las razones de esto podrían ser tres:

1.     La estructura de Sujeto y Predicado.
2.     La primacía del verbo ser en toda oración.
3.     La capacidad de la palabra de significar varias y/o muchas cosas a la vez.

En cuanto a lo primero, la sola existencia de un sujeto y un predicado muestra cómo una determinada propiedad (ser mortal) puede decirse de un determinado individuo (el hombre). Por ejemplo: Todo hombre es mortal. El juicio “Todo A es B”, por su lado, toma el verbo ser como elemento unificador de dos realidades distintas. Esto significa que una oración tan simple –que apela a una estructura que, dándonos cuenta o no, usamos cotidianamente– desmiente con su sola pronunciación tanto al escepticismo como al nominalismo, dos ideas que dominaban en época de Nietzsche como también dominan hoy. Al escepticismo, porque algo del hombre se puede inferir a partir de otra cosa; más aún, porque algo se puede decir de otra cosa. Y al nominalismo, porque hemos llegado a un juicio universal: no se trata de “algún A” o “algunos A” sino de “Todo A”, juicio que supone la generalización.
Ahora bien, si hay generalización no hay nominalismo: las cosas no son absolutamente distintas sino que existe algo común que puede darse en muchas a la vez. La filosofía tradicional triunfa por el sólo hecho de que los hombres hablar respetando las leyes gramaticales, observando cosas distintas bajo la óptica de su semejanza. De esta suerte el mencionado escepticismo –negador de juicios universales y conocimientos válidos para todos los casos– es rechazado, antes por la estructura gramatical que por las ideas mismas.
Para Nietzsche –pero también para los actuales nominalistas–, la capacidad humana de generalizar es un espejismo que el hombre proyecta en las cosas, sin ningún fundamento. Yo “construyo” a las cosas y yo soy el que cree ver en ellas una propiedad “general” o “común” para, luego, sentirme autorizado a “generalizar”. Pero no pasa de una percepción personal y arbitraria. El mundo no sería un cosmos sino un caos[35].
Todo concepto metafísico, que remita a la regularidad, tendría un origen pura y exclusivamente psicológico: sólo existe en nuestra cabeza y no fuera. Si el intelecto, como dice Nietzsche, opera “fingiendo”, también finge cuando cree ver “cosas” que permanecen a pesar de los cambios. La inteligencia congela una realidad que, de por sí, es puro dinamismo. Por eso hablará de “la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la sustancia, de la permanencia...”, arremetiendo duramente el “fetichismo” del lenguaje. Dice en El ocaso de los ídolos:

“Ese fetichismo ve por todos los lados a gentes y actos: cree que la voluntad es la causa en general; cree en el «yo», que el yo es un ser, una sustancia, y proyecta sobre todo la creencia en el yo como sustancia. Así es como crea el concepto de «cosa»”.

Para Nietzsche, “el error relativo al ser” –cuyo origen ubica en la doctrina de Parménides de Elea– se alimenta

“con cada palabra, con cada frase que pronunciamos”.

El odio a la razón, como producto de estas fábulas y supercherías, le hizo escribir: “¡Esa vieja embustera que es la razón se había introducido en el lenguaje!”.
Si gracias a una única palabra el hombre da a entender muchas cosas a la vez, este “poder significante” no puede ser para Nietzsche sino una alucinación. Su crítica es total: todo lenguaje está al asedio. Explica Eugenio Molera:

La misma palabra no puede servir para referirnos adecuadamente a dos cosas distintas, pues si cubre bien la realidad de una de ellas no puede cubrir también la de la segunda, ya que la primera es inevitablemente distinta de la segunda (pues no existen las esencias o realidades universales presentes en varios objetos)”[36].

El verbo ser, como hemos adelantado, tiene una importancia decisiva en la gramática; la palabra “ser” –que conecta sujeto y predicado– remite además a la cosa real, concreta, fuera de mi pensamiento. No se trata de la cosa pensada –lo único que puede conocerse para buena parte de la filosofía actual– sino del ser que piensa. Piensa porque es, se conoce porque antes de conocerse, existe. Exactamente a contracorriente de las orientaciones filosóficas y lingüísticas contemporáneas.
Nietzsche vio que la gramática recorre el pensamiento incluso a niveles inconscientes, fortaleciendo involuntariamente una determinada cosmovisión:

“allí donde se da una comunidad lingüística es inevitable que en virtud de la común filosofía de la gramática [...] todo esté desde un principio preparado para un paralelismo de desarrollo y orden de sucesión de los sistemas filosóficos, estando por otra parte como cortado el acceso a ciertas otras posibilidades de interpretación del mundo”[37].

Si para Nietzsche no existen hechos sino interpretaciones, entonces no hay “cosas en sí” que puedan ser conocidas. Todo es interpretación, opinión, perspectiva, punto de vista, pero las cosas en su intimidad nos serían inalcanzables: “la mayor fábula que se ha inventado nunca es la del conocimiento. Siempre quiere saberse cómo está constituida la cosa en sí: pero lo cierto es que no hay cosas ‘en sí’”.
Por ende, hablar a la manera tradicional (aunque conscientemente se la niegue y combata) comporta una concesión a la mentalidad “substancialista”, que en su imperdonable candidez creía que existían cosas en sí: substancias capaces de permanecer más allá de los cambios. Ahora bien, si no hay substancias, ¿por qué hablar como si las hubiera?
En una palabra, la gramática fuerza a la mente de antemano hacia supersticiosas conclusiones, que sólo son efecto de un inadvertido punto de partida:

“la gramática actúa como una especie de gafas que nos obligan a mirar el mundo de una determinada manera, desenfocando, convirtiéndolo o mejor dicho: degradándose la pluralidad de las cosas en la (falsa) unidad de los conceptos” [38].

Debido a las razones comentadas, es evidente que por el simple hecho de hablar podemos estar peleando la más trascendental de las batallas. Mostrar esta evidencia, hacerla patente, es el objetivo de nuestro trabajo. He aquí por qué existen palabras que no pueden ser pronunciadas: están vedadas, reprobadas, estigmatizadas. Quien las pronuncie se convierte en reo de un crimen imperdonable: quien pretenda discutir en términos de “verdad” y “falsedad” comete el sacrilegio de creer, todavía, en algo más allá de las opiniones humanas. Quien en un debate busque alcanzar la postura “correcta”, admite tácitamente una objetividad, un orden dado –no construido– hacia el cual debe ordenar los pensamientos. Pero esto es inaceptable.
Otras palabras –empapadas también de contenido metafísico– llevan la misma suerte, como la palabra normal. Un término que, como dijimos, comienza a tener mala prensa: ¿Cómo atrevernos a distinguir entre lo normal y lo anormal? ¿Qué sería lo anormal? ¿La homosexualidad, la bisexualidad? Pero esto no es tolerable para el relativismo.
Ahora bien, quien no pronuncia estas palabras –hoy prohibidas– se degrada.
Porque lo que diferencia a las voces y sonidos de bestias, animales e insectos de las voces humanas –es decir, lo que define al lenguaje humano en tanto humano– es precisamente el pronunciarse sobre las esencias. Dice Aristóteles:

“Es verdad que la voz puede realmente expresar la alegría y el dolor, y así no les falta a los demás animales, porque su organización les permite sentir estas dos afecciones y comunicárselas entre sí; pero la palabra ha sido concedida para expresar el bien y el mal, y, por consiguiente, lo justo y lo injusto, y el hombre tiene esto de especial entre todos los animales…”[39].

Renunciando a los juicios categóricos y absolutos, el ser humano queda castrado en su vocación metafísica, trascendente y más aún religiosa. Y entonces, la palabra humana es deshonrada y desciende en caída libre hacia los niveles biológicos más elementales, prácticamente sin distinguirse de las voces sonoras de los irracionales. Ella quedaría ceñida a expresar “la alegría y el dolor”, tal como el perro chilla contento y gime triste, pero incapacitada para pronunciarse sobre la verdad de las cosas:

            “La crisis de una forma verbal es la crisis del ser mismo que existe en y por esa forma”[40].

            La degradación de la palabra humana tiene lugar cuando sus alas para ascender hacia la Verdad increada son extirpadas.
         El escepticismo y el relativismo, afirmados rotundamente, son modos de negar esta vocación trascendente, pero modos categóricos que comienzan a ser reemplazados por sofísticos mecanismos de refinada sutileza: “toda guerra es primero semántica, y quien imponga el alcance y el sentido del lenguaje será el triunfador”[41]. Este “alcance” y “sentido” del lenguaje es precisamente su contenido. De ahí la última cita de Vitali:

“Quien posee los contenidos posee el pensamiento, y quien posee el pensamiento posee a la persona”[42].

7. Conclusión

La fidelidad al logos –Dios mismo–, el Verbo, la Palabra, Jesucristo, nos exige la pronunciación responsable y testimonial de la verdad conocida.
Pronunciar la palabra es cosa seria, porque toda palabra es –en última instancia– una participación de Otra Palabra superior. Y si la perfección de la palabra está en tender hacia su máxima conformidad con su propio Arquetipo, el lenguaje humano no debe volverse equívoco ni transformarse en constantes ambigüedades y elipsis. Dijo el Padre Pío: “¡Reflexiona sobre lo que escribes, porque el Señor te pedirá cuentas de ello!”.
Tan necesario como predicar una palabra concisa y poseer una recta semántica es no admitir en boca de otros sino lo mismo: “Hay que regresar al coraje de pronunciar las palabras que ya no pronuncia nadie” escribe Antonio Caponnetto[43].
Sólo podemos pronunciar ante los hombres aquella palabra que define si antes la hemos contemplado interiormente –en silencio– por el verbo interior, causa de la expresión oral y sensible. Pero el acto de pronunciar la palabra humana puede adquirir una seriedad aún mayor:

“Si queremos buscar entre las actividades propias del hombre, la que está más próxima y es más semejante al Acto de Crear, la encontraremos en la actividad intelectual más pura y más desprendida de lo material; el acto de conocer, de comprender, de afirmar objetivamente lo que es; o lo que es lo mismo, el acto de nombrar un ser, de llamarlo por su nombre, indicando quién es y haciéndolo venir a presencia”.

         Comúnmente explicamos el acto de creación comparándolo con el hacer humano, estableciendo las diferencias correspondientes. Pero no es el “hacer humano” el término de comparación más propio, aunque sea legítimo, sino el acto de nombrar. Así como Dios, según nos enseña el Génesis, participó su ser a las cosas por el poder de Su Palabra, también nosotros –guardando la distancia de la creatura al Creador– convocamos, invocamos a los seres cuando pronunciamos su nombre.
Mencionar algo o alguien implica ponerlo en la conversación con el otro, como si estuviera físicamente allí, cuando evidentemente está muy lejos. Que la palabra prorrumpa como un trueno tiene una importancia fundamental: las cosas ya no son las mismas. Llega el momento de las definiciones. La confusa vaguedad de la materia sin sentido queda reducida a la unidad de la palabra y –con ella– a la unidad de la significación. Esta palabra tiene su fuerza porque ella es portadora de verdad.
La palabra porta el ser, lo lleva consigo, declara el ser. Y si el ser que ella porta es tremendo, la fuerza de la palabra será temible. Se trata del maravilloso misterio del lenguaje humano: donación y manifestación, ontofanía. Por eso dijo el precitado Jordán Bruno Genta que:

            “Hablar con propiedad, llamar a las cosas por su nombre, saberlas distinguir y jerarquizar; esta actividad especulativa, teórica, cuya plenitud se alcanzaría en la Contemplación pura, es la que mejor y más adecuadamente nos permite comprender el Acto de la Creación”[44].

            La similitud de la palabra humana con La Palabra Divina alcanza alturas increíbles: Hablar es cosa santa. Hablar no es mover los labios y hacer ruido. Hablar es manifestarse; en el siglo que vivimos, muchos mueven los labios, y aún con estrépito; casi nadie habla. Casi nadie manifiesta”. La verticalidad con la que pensaba Hello le permitió escribir:

“Afirmar es el acto inicial de la palabra. Todo verbo contiene el verbo ser. Toda palabra tiene a Dios por sostén. El que es, es el fundamento del discurso”[45].
        
Francisco Quevedo también ha entrevisto el misterio de la Primera y la Última Palabra, replicando así a sus objetores:

“Pues sepa quien lo niega, y quien lo duda,
que es lengua la verdad del Dios severo.
Y la lengua de Dios nunca fue muda”.

La palabra envuelve un compromiso y Cristo mismo, el Verbo Encarnado, también se ha comprometido. Ha dado Su Palabra: En verdad, en verdad os digo… Si quien firma un compromiso coloca su nombre, Nuestro Señor ha firmado con el derramamiento de Su Sangre todo aquello que pronunció: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24, 35). Todo lo dicho por Su boca se cumplirá, tarde o temprano.

“la palabra de Dios es viva, eficaz y tajante más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división de alma y el espíritu, hasta las coyunturas y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”[46].

Dios mismo –el Poeta, el Maestro Interior, al decir de Gerardo Diego y San Agustín– revela en nuestras mentes la melodía de la creación. Y pediremos prestado al Padre Castellani sus versos para que él manifieste bellamente –y cerrando estas páginas– lo que nosotros balbuceamos, poniéndolo en boca de Santo Tomás de Aquino:

“Luz de la luz y rosa de la rosa
foco y fuente de todo lo que es vida
que pretendo apresar con mi atrevida
torre de silogismos rigurosa…

Tripersonal natura misteriosa
inaccesible intelectual guarida
de quien el hombre sueña y el suicida
muere, y el cosmos vive, el ángel goza...”[47].

         Libremos el combate por las palabras, haciendo de cada palabra, un alcázar. Como los guerreros del Alcázar de Toledo, que durante 72 días resistieron el asalto de fuego marxista, que cada palabra sea blindada en su auténtico significado. Decíamos que Dios es «Luz de la luz». Nuestra luz es luz de la Luz, y Dios es Palabra de nuestras palabras. Queda en nosotros ser voz de la Voz.

Pascua de Resurrección 2012


[1] Citado en El significado del significado. Una investigación acerca de la influencia del lenguaje sobre el pensamiento y de la ciencia simbólica, Buenos Aires, Paidós, 1954, p. 49.
[2] Federico Mihura Seeber. Carta abierta a los responsables de la educación católica superior, Revista Separata, Nº 8, noviembre de 1991.
[3] Josef Pieper. Defensa de la Filosofía, Barcelona, Herder, 1976, p. 53.
[4] http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=2893
[5] Alberto Falcionelli, Notas sobre política y lenguaje, en Moenia. Las murallas interiores de la República, N° II, Buenos Aires, 1980, p. 13-14. La negrita es mía.
[6] Jean Ousset. El Marxismo Leninismo, Buenos Aires, Iction, 1963, p. 19. La negrita es mía.
[7] Lo realmente preocupante es que aquella mentalidad fáustica, nota distintiva del marxismo, comience a ingresar en los ambientes doctrinariamente adversos; penetración que tiene lugar por efecto derrame, impregnando no tanto por una “conversión” conciente, sino más bien a nivel de las palabras. Aquí yace, a nuestro entender, una de las actuales etapas de la colonización ideológica.
[8] Fray Petit de Murat. El último progreso de los tiempos modernos: la palabra violada, Tucumán, Ediciones de Cultura Regional, cap. II, sin numeración.
[9] Leonardo Castellani. San Agustín y Nosotros, Buenos Aires, Jauja, 2000, p. 177.
[10] Alina Diaconú. El lenguaje zarpado. Cfr. http://boletinchasqui.blogspot.com/search/label/N%C2%BA%2018
[11] En L’arc N° 3, citado por Antonio Caponnetto, Pedagogía y Educación, Buenos Aires, Colección Ensayos Doctrinarios, 1981, p. 78.
[12] Juan Ramón Jiménez. Libros de poesía, Madrid, Aguilar, 1957, p. 575.
[13] Jorge Norberto Ferro. La contaminación del lenguaje por los medios masivos de comunicación, en “La contaminación ambiental”. Editor: Patricio Randle, Buenos Aires, Oikos, 1979, p. 186.
[14] http://aica.org/index.php?module=displaystory&story_id=23695&format=html&fech=2010-10-04 ; http://www.aica.org/index.php?module=displaystory&story_id=21169&edition_id=1223&format=html&fech=2010-04-19
[15] Ernest Hello. El hombre, Buenos Aires, Difusión, 1941, p. 48.
[16] También los adversarios advierten estas “jugadas”, en las cuales pretendemos ser más piolas que aquellos con quienes discutimos sin advertir nuestras inconsistencias. Cfr.
http://www.legosalogos.com.ar/2010/03/democracia-democracia-cuando-nos.html. Este bloggero no pierde oportunidad de burlarse no de la doctrina católica sino de la incoherencia argumentativa.
[17] “Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos”. Karl Popper. La sociedad abierta y sus enemigos, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 512.
[18] Se nos dispensará que no ahondemos ahora esta cuestión, pero la hemos analizado largamente en El lenguaje es discriminatorio, ¿y qué? (http://elblogdecabildo.blogspot.com/2010/08/de-pluma-ajena.html) y Qué hay detrás de la ideología de la no discriminación (Revista Gladius N° 79, Buenos Aires, Fundación Gladius, Navidad 2010, p. 111-140).
[19] http://www.perfil.com/contenidos/2011/06/14/noticia_0016.html
[20] Jorge Norberto Ferro. La contaminación…, ídem, p. 188.
[21] Suma Teológica, III, q. 16, art. 8, corpus.
[22] Jorge Norberto Ferro. La contaminación…, ídem, p. 188.
[23] Ernest Hello. El hombre…, ídem, p. 38.
[24] http://www.reportero24.com/2011/06/lara-nuevo-ataque-a-murales-de-la-divina-pastora/ ; http://www.elmundo.es/elmundo/2011/01/24/andalucia/1295867897.html
[25] José Ferrater Mora. Diccionario de Filosofía, Madrid, Alianza, 1981, art. Sofisma.
[26] Ídem, art. Accidente. Ferrater Mora distingue la falacia del sofisma con este criterio: falacia es el error lógico no intencionado, el descuido. Mientras que sofisma es el error maliciosamente pronunciado: una mentira.
[27] Félix Sardá y Salvany. El liberalismo es pecado, Buenos Aires, Cruz y Fierro, 1977, p. 68-69.
[28] Chesterton. La esfera y la Cruz, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952, p. 58.
[29] Ernest Hello. El hombre…, ídem, p. 85.
[30] Félix Sardá y Salvany. El liberalismo…, ídem, p. 69.
[31] Cfr. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-137657-2009-12-27.html
[32] Cfr. http://www.razonypalabra.org.mx/N/N73/Varia73/14Fair_V73.pdf
[33] Eugène Ionesco, Le Coeur n’est pas sur la Main, Cahiers des Saisons, n° 15. París, 1959. Citado por Alberto Boixadós. Arte y Subversión, Buenos Aires, Areté, 1977, p. 115
[34] http://elgritodelpueblo.wordpress.com/2009/12/17/la-guerra-semantica/
[35] Recomendamos el siguiente artículo en torno al pensamiento de Nietzsche:
http://iesolorda.org/departaments/fi/El_vitalismo_de_Nietzsche.pdf, escrito por Eugenio Molera. Cfr. puntos 7.2, 7.3, 7.4, 7.5 y 16.1.
[36] Ídem, 7.2.
[37] Ídem, 7.5.
[38] Ídem, 16.1.
[39] Aristóteles. La política, Libro I, Cap. I. Madrid, Espasa-Calpe, 1980, p. 23-24.
[40] E. Nicol. El porvenir de la inteligencia, citado por Antonio Caponnetto. Pedagogía y Educación, Buenos Aires, Colección Ensayos Doctrinarios, 1981, p. 167.
[41] http://hispaniainfo.wordpress.com/category/juan-pablo-vitali/
[42] http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=2893
[43] Antonio Caponnetto. Lenguaje y Educación. Crítica a la psicogénesis de la lectoescritura, Buenos Aires, Ediciones del Cruzamante, 1990, p. 14.
[44] Genta, Jordán Bruno. La idea y las ideologías, Buenos Aires, Ediciones del Restaurador, 1949, p. 210.
[45] Hello, Ernest. Palabras de Dios. Reflexiones sobre algunos textos sagrados, Buenos Aires, Difusión, 1946, p. 92.
[46] Carta a los Hebreos 4, 12.
[47] La poesía lleva por nombre “Oración de Santo Tomás por la sabiduría”. Así continúa: “En piedra de razón, luz de sagrario/ y cemento de humano pensamiento/ de mi Summa el andamio extraordinario/ he levantado en inaudito intento.../ Quiero que un soplo tuyo lo haga viento/ lo haga música mística tu aliento/ y un rayo lo haga polvo de incensario”.