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sábado, 30 de junio de 2012

A PROPÓSITO DEL CASO BARGALLÓ - EL SEGUNDO MANDAMIENTO






 Por Antonio Caponnetto


“Dios no se deja burlar”
Gálatas VI,7

         Tan luego en el Día del Pontífice traían los medios una noticia que parece ser la coronación del escándalo causado por Bargalló, el obispo traidor.



         La noticia aludida da cuenta de una misa concelebrada por Bergoglio y Casaretto en la Catedral Nuestra Señora del Rosario, de la diócesis Merlo-Moreno, a cuyo cargo supo estar el pastor infiel. Los concelebrantes osaron hacer el elogio de sus quince años de gestión, el público rubricó lo dicho con vítores y aplausos dirigidos al desertor ausente; y el Arzobispo de Buenos Aires –en uno de sus habituales desmadres- se atrevió a sugerir y a encomiar el presunto carácter martirial del renegado, diciendo de él que “trabajó para los pobres y esto le valió la persecución” (cfr .La Nación, 29-6-12, p.19, y AICA, 29. 6.12).

            Así, lo que debió ser una ceremonia de desconsagración del clérigo felón, se convirtió en su homenaje, exhibiéndolo como víctima de quienes no habrían compartido su compromiso social. Lo que debió ser el necesario, reparador y legítimo vilipendio al mercenario, se trocó por una caracterización del mismo cual un cordero al que las fuerzas del mal acosaron, pero que no obstante dejó “a la Iglesia unida, humanitaria y misionera” (cfr. La Nación, ibidem).

         El descarriado llevaba por lo menos dos años de doble vida, cometiendo perjurio contra el Orden Sagrado e incurriendo en una repugnante fayutería propia de los fariseos. Pero para la ignominiosa dupla bergoglio-casarética es un detalle obviable que no merece reprobación explícita.

         Esto se llama tomar en vano el nombre de Dios. Es un pecado mortal contra el Segundo Mandamiento, y Santo Tomás de Aquino –analizándolo y explicándonoslo- recuerda la vigente condena de Zacarías (XIII, 13): “No vivirás porque has mentido en el nombre del Señor”.

         Pero la triste historia de Bargalló tiene capítulos previos igualmente lacerantes. No hablamos de los remotos, como su nombramiento a instancias de Mejía –cuya culposa inserción en la Iglesia Clandestina documentó oportunamente Carlos Alberto Sacheri- ni de su corrupción sacerdotal en manos de quienes no respondían a la Iglesia de Roma sino al Club de San Isidro; ni siquiera de antecedentes aún más lejanos y profundos, como el agudo proceso de desacralización desatado hace larguísimas décadas. Tampoco mentaremos ahora los desaguisados innúmeros de carácter doctrinal y litúrgico, perpetrados bajo su mandato episcopal.

         Hablamos escuetamente de lo sucedido las semanas anteriores. Bargalló mintió al decir que desconocía lo que las fotos probaban. Mintió después al reconocer que las fotos eran veraces, pero que no implicaban dolo pues la mancebía se consumaba con una amiga de los años infantiles. Mintió al decir que estaba “totalmente comprometido con Dios y con la Iglesia en la misión que me ha encomendado”, y que “siento profundamente mi sacerdocio y la entrega al Señor Jesús” (AICA, Declaración del 19-6-12). Mintió con descaro, pública y ostensiblemente.

         Esto también se llama tomar en vano el nombre de Dios, porque “en ocasiones” –enseña el Aquinate- “vano quiere decir falso, como en este texto del Salterio (XI, 3): ‘Todos dijeron cosas vanas a su prójimo [...]. Quien así procede injuria a Dios, a sí mismo y a todos los hombres” (Los Mandamientos comentados, II, 78-79).

         Otro capítulo previo habrá que recordar, y eso hacemos. Aceptada que le fuera la renuncia se nombró Administrador Apostólico de la diócesis al precitado Casaretto; esto es, a quien lo prohijó y cohonestó, amparándolo bajo su alero eclesiástico repleto de lobos. Como quien reemplaza a Fidel Castro por Lenin y a Judas por Caifás: así es la magnitud de esta burla.

         Para coronarla –ya sin ningún atisbo de temor de Dios y en el terreno mismo de la blasfemia- la invitación oficial a la misa por los quince años de la diócesis Merlo-Moreno, instaba a rezar y a agradecer a “nuestro hermano y padre Fernando María que, durante todo este tiempo, ha demostrado la calidad de su vida y corazón, para que Dios lo bendiga y fortalezca en esta nueva etapa que le toca vivir” (AICA, 27-6-12). ¿Pero es que estamos hablando de una despedida de soltero? ¿Pero es que el adulterio, el perjurio, la doblez y el iscariotismo convierten a un pastor en modelo de corazón y de vida? ¿Acaso Dios puede bendecir sin más –esto es sin castigos y enmiendas públicos- a quien se hizo merecedor de las maldiciones lanzadas contra los fariseos? ¿Acaso “la nueva etapa que le toca vivir” es tan auspiciosa como un ascenso jerárquico conquistado a fuer de santidad y coherencia?

         También esto, claro, es tomar en vano el nombre de Dios, “porque algunas veces vano es sinónimo de insensato [...]. Por tanto, los que emplean el nombre de Dios insensatamente, como por ejemplo los blasfemos, toman el nombre de Dios en vano. A estos se refiere la Escritura cuando dice: ‘Quien blasfemare el nombre del Señor deberá morir’ (Lev. XXIV, 16)” (Santo Tomás de Aquino, Los Mandamientos comentados, II, 83).

         Algunos amigos dicen que, en este caso, Roma estaba mirando para otro lado. Puede ser. Pero es obligación de Roma mirar siempre a la Cruz, y si distrae o desconcentra la vista, las consecuencias no serán benéficas. Otros atemperan la responsabilidad vaticana aduciendo que la Santa Sede no puede estar minuciosamente al tanto de cada prete al que nombran obispo. También puede ser, lo concedemos. Pero además de que lo propio del buen pastor es conocer a cada oveja por su nombre (Jn.10, 11), ya hace demasiado tiempo que vienen resonando fuera de las fronteras domésticas las graves heterodoxias de Bergoglio. Lo menos que se podría hacer –no digamos lo necesario que es la categórica destitución y el castigo condigno- es estar doblemente vigilantes y atentos a lo que sucede en estos pagos, alrededor de tan culposo mercenario, en el sentido joánico del término.

         Hace muy poco tuvimos ocasión de adentrarnos en un valioso libro titulado Su Santidad Benedicto XVI y el sacerdocio; notable recopilación de textos editada por Aciprensa. Va de suyo que el modelo de sacerdote propuesto y exaltado por el Santo Padre está en las antípodas de este curerío adúltero, mentiroso y carnal del que Bargalló es apenas una patética muestra. Pero razón de más entonces para extremar el cuidado. No; decididamente Roma no puede mirar para otro lado.

         Entiéndanlo los fieles, porque el mundo jamás entendió nada. Los cuestionadores del celibato que marchen a buscar ganancias a otro río revuelto. Porque el revoltijo turbio de estas aguas no lo causa más la castidad que la herejía, ni menos el progresismo que la continencia.

          Lo de Bargalló no es primero ni principalmente una imprudencia. Tampoco es primero un pecado contra el sexto, el séptimo o el noveno mandamiento. Si robó los fondos de Caritas que vaya a la cárcel, que devuelva con creces el dinero a los pobres y se ocupen del caso “las sórdidas noticias policiales” de las que hablaba Borges. Si fornicó con la mujer del prójimo, que lo confiesen, le den una ducha fría y lo manden a prestar servicio a un leprosario. La Iglesia tiene larga y penosa experiencia en pecados de alcoba, y si quisiera, no le faltaría ciencia para remediar con justicia este nuevo episodio.

         Pero aquí estamos ante algo más tenebrosamente hondo, más crepuscular y sombrío, más pasible de suscitarnos el proverbial temor y temblor. Algo cuya plena intelección no se alcanza leyendo los periódicos sino el Apocalipsis. Aquí se ha burlado a Dios. Se ha ultrajado el Segundo Mandamiento, se ha violado el sacramento del Orden Sagrado, se ha dado escándalo, tal vez irreparable por muchísimo tiempo. Se ha empantanado el alma adulterina del culpable y la de quienes con complicidad lo homenajearon en  el irrespirable lodazal del sacrilegio.

         Todo esto, en su conjunto; huele más a pecado contra el espíritu que a pecado carnal. Y al fin de cuentas, el que puede lo más puede lo menos. Si obispos de esta laya pueden revolcarse gustosos en las oscuras defecciones morales, doctrinales y litúrgicas propias de la Iglesia de Pérgamo y de Laodicea, ¿por qué no habrían de vivir en concubinato con una gastronómica? Si se los ve protagonistas de tantos rebajamientos y adulteraciones del Sacrificio Eucarístico, ¿por qué habría de limitarlos un chapuzón lascivo en aguas caribeñas? Si son maestros del error cuando celebran, predican y enseñan, sin que la inteligencia les reproche nada, ¿por qué habrían de detenerse, reverentes y dignos, ante los umbrales de la pureza?

         Mientras con dolor de bautizado escribimos estas líneas –rumiando la sexta petición del Paternoster: no nos dejes caer en la tentación- se cumplen cuarenta años exactos de aquella grave y solemne alocución de Paulo VI, declarando que el demonio había penetrado en la Iglesia. Fue el 29 de junio de 1972. Así lo recordó oportunamente el interesante sitio Secretum meun mihi, agregando que desde entonces –y eso es lo peor- nadie dijo con igual solemnidad que había sido expulsado.

         No estamos en condiciones de hacer un juicio global al respecto, ni es tampoco nuestra competencia. Pero en lo que concierne a la Patria Argentina, hace apenas dos años que escribimos “La Iglesia traicionada”, dejando documentada constancia de que los demonios andan sueltos y disfrutando de formales poderes y autoridades. El desquicio que producen es literalmente infernal. Casos como el que ahora nos ocupa –y que, reiteramos, no llevan únicamente el nombre de Bargalló- no hacen sino confirmarlo.

         Que cuanto más ronde el diablo como león rugiente, más nos encuentre dispuestos a resistirlo firmes en la Fe. Es el pedido viril de San Pedro, en su primera carta. No se nos pide callar, ni disimular, ni mucho menos abrazarnos festivamente con los servidores del Maligno. Se nos pide resistir, que es el acto mayor y más sólido de la virtud de la fortaleza.

lunes, 28 de diciembre de 2009

LA SEMANA TOMISTA 2010: “PATRIA Y BIEN COMUN”


El tema elegido para la Semana Tomista durante la Asamblea Anual Ordinaria 2009 para el 2010 es “Patria y Bien Común”, habiendo sido seleccionada de entre todas las propuestas recibidas.
En marzo de 2010 se enviarán las correspondientes invitaciones, que permitirán la inscripción y anuncio de trabajos.
La XXXV Semana Tomista – 2010, lleva por lema "Patria y bien común- Reflexiones en torno al Bicentenario 2010-2016”, y se desarrollará en Buenos Aires del 6 al 10 de septiembre de 2010

sábado, 26 de septiembre de 2009

HAY QUE “ECHAR UN FLIT” FILOSÓFICO


En la imagen: Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, culmen del pensamiento realista cristiano en el marco de la Escolástica


Por Emilio Nazar Kasbo

Es necesario y urgente “echar un flit”* filosófico, para expulsar todo lo que contamina la Filosofía y la desvía de su único fin. Puede aceptarse el pensamiento y metodología Agustiniano y el de la Escolástica como Filosofía Perennis que tiene su culmen en Santo Tomás.

Los petulantes modernos pretendieron despreciar y descalificar a la verdadera Filosofía, que busca y alcanza la Verdad, para internarse en los extravíos de su devaneo intelectual que lleva no solamente a la necedad sino también a la infelicidad.


Filósofos o sofistas

Hay dos criterios para abordar la Filosofía. El primero es el que interpreta la Filosofía como una amistad con la Sabiduría, el amor al saber en la Verdad. El segundo, es el que sin importar la Verdad, y sin importar si los principios de los que parte el razonamiento son verdaderos o falsos, sino solamente para arribar a conclusiones desde una aparente coherencia interna. En este último caso, el calificativo de “filósofo” se aplicará a quien diga el disparate más coherente, que además debe reunir los requisitos de novedoso y original.

Siendo el segundo criterio erróneo, solamente puede ser calificado de Filósofo aquél que alcanza la Verdad. ¿Y el resto qué son? Son autores de una literatura imaginaria con referencia a alguna cuestión filosófica pero que jamás puede ser calificada de Filosofía. Se asemejan más a cuentos o a novelas, tal cual existen actualmente en materia histórica: novelas situadas en contextos históricos y que hasta pueden citar hechos ciertos, pero que no pueden ser consideradas “Historia” por carecer de la metodología propia de la ciencia, y sobre todo por los agregados carentes de sustento histórico que invalidan al texto como “histórico”.

“¡Pero vos lo que querés es eliminar de la Carrera de Filosofía a dos materias: moderna y contemporánea!” Así me “retó” un docente de la carrera. Sin embargo, si tales personas que se autocalificarón de “filósofos” no son tales, no tienen por qué figurar en la Carrera. Algo muy simple, y que salta a la vista. A esto se llama cuestión notoria y evidente.


Idiotas filosóficos

“Desafío a cualquiera a demostrar que Descartes, Rousseau o Kant son unos idiotas, que no son inteligentes”, refirió otra profesora. Pero veamos primero qué dice el Diccionario de la Real Academia Española sobre el término idiota: 1. Que padece de idiocia (que es un trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida). 2. Engreído sin fundamento para ello. 3. Tonto, corto de entendimiento. 4. Que carece de toda instrucción.

En el primer sentido se trata de una enfermedad, por lo cual no puede referirse a ello el desafío. Pero en los restantes sí les cabe el calificativo. Tras hallar la cumbre del conocimiento de la realidad y del saber, comienza un retroceso del cual Descartes es un acelerador y propulsor, que sólo es posible a partir de la soberbia del engreimiento carente de fundamento, en razonamientos que por aceptar postulados falsos tornan a quien sostiene el pensamiento en un tonto y corto de entendimiento, ya que carecerá de la profundidad y alcance adecuados para desarrollar la ciencia que se propone. Y acerca de que carecen de toda instrucción, en este caso se trata específicamente de toda instrucción filosófica. Así, todo aquél que se aparta del pensamiento realista cae en el idealismo espiritualista o materialista, y por tanto en una cortedad mental: se convierte en un verdadero idiota.

Aquél “sólo sé que no sé nada” socrático, se convierte en “no sabemos nada, dudamos de todo, y jamás podremos alcanzar la certeza de la Verdad” de los idiotas cínicos. ¿Cómo ha de calificarse a quien sigue tales posturas? Pues con tal vocablo se adjetiva toda una personalidad: no han de entender razones, sino que se guían por el capricho de negar la evidencia y la admiración que da inicio a la sincera reflexión filosófica que parte de la contemplación de la realidad.


Historia del desvarío

Descartes centró el universo en la conciencia de la persona, identificando a su vez a la persona con su misma conciencia. Del pensar propio no se concluye la realidad del mundo, de allí que cita como “garante” a Dios de tal conexión. Y necesita de tal “garantía” porque su razonamiento parte de postulados erróneos. El Dios de Descartes es el que aparece en la mente propia, no el de una realidad externa como Creador y Gobernante del Universo, el Dios personal.

Rousseau comienza negando el Pecado Original como base del mal en la conducta humana, y por tanto cae en el pelagianismo de sostener que el hombre es bueno por naturaleza pero que es la sociedad quien lo corrompe. Naturalista, Deísta y anticatólico, su reflexión pretende lograr un “superhombre” que crece por su sola fuerza y sin el acompañamiento de la docencia, cuyo saber parte completamente de sí mismo.

Luego Kant será el encargado de afirmar que el universo es una categoría en la mente humana, y por tanto se desconoce su existencia real. ¿Existe o no existe Dios, el Universo y la realidad del propio ser? No lo podemos saber a ciencia cierta, sino que sólo comprobamos los fenómenos que aparecen a la conciencia sin poder conocer algún ser que sustente tal fenómeno. ¿El hombre? Es una categoría del pensamiento ¿La muerte? También. Por lo tanto, la muerte de un hombre no podemos saber si en realidad es eso, ya que la ontología es desconocida: el homicidio ya no es la muerte de una persona, sino la categoría de la mente en la cual aparece un fenómeno que podría ser (o no) la extinción voluntaria de la vida ajena. Tal es la consecuencia de seguir un razonamiento extraviado, por ejemplo, al igual que sucede con los anteriores ¿“filósofos”? Cuando el hombre no es hombre, matar no es matar.

Hegel rompe con el principio metafísico de No Contradicción. De allí en más, todo es posible, nada es imposible, y marca el culmen del idealismo, con su idea de identidad entre los opuestos. Para Hegel, el principio de identidad (A=A) es una tautología que nada aporta, y de allí a la ruptura con el principio de no contradicción y del tercero excluido había sólo un paso. La razón quedó enloquecida y librada a la desconexión no solamente con la realidad sino en su identidad con sí misma. Todo puede ser y no ser a la vez… ¿es así el Universo en el que vivimos y nos movemos? Dios es y no es a la vez… ¿esto se enseña en los Seminarios?

Nietzsche, finalmente es otro ejemplar de los autores que son estudiados en la Filosofía. Su pensamiento del “superhombre” y su “razonamiento” es estudiado por muchos. Lástima que pocos saben que acabó encerrado en un manicomio y que estaba reloco. ¿En filosofía hay que estudiar la “coherencia” de los locos? Y cabe destacar que no es una “locura por Cristo”, sino una locura vitalmente anticrística y anticatólica. El hoy muerto fue quien proclamó la muerte de Dios, quien sigue vivo en la Eucaristía.

Y de la muerte de Dios a la muerte del hombre había un solo paso. Así lo ha proclamado el existencialista Foucault: “el hombre ha muerto”. Luego, para quienes aun estamos con vida todo es lícito.


Filosofía y Teología

Todo esto no es más que un disparate. El razonamiento extraviado que no es criticado en sus principios, invita a aceptar postulados falsos para introducirse en la reflexión de la coherencia interna de una disquisición ridícula (que como ya había sostenido Aristóteles: un pequeño error al principio es un grave error al final).

Para aceptar a un Filósofo en la Historia de la Filosofía, primero deben analizarse los principios de su pensamiento, luego sus conclusiones, y finalmente su metodología. Si alguno de esos elementos falla entonces no es ciencia, no es Filosofía, y debe ser extirpado de la Carrera de Filosofía por carecer de requisitos esenciales. No significan más que una pérdida de tiempo que debe ser aprovechada en otros menesteres intelectuales más importantes.

Toda herejía tiene consecuencias morales. Todo pensamiento humano “desviado” (y por tanto no filosófico) tiene consecuencias no sólo morales, sino también teológicas. ¿Es digno esto de ser enseñado en los Seminarios, como formación de los futuros sacerdotes?

“Es que fuera de la Iglesia hay muchos que viven y sostienen esas ideas”, responderá alguien, y hay que conocerlas. Es cierto, en el mundo hay personas extraviadas que se guían por una cosmovisión disparatada. Sin principios, sin método y sin Verdad, la Filosofía ya no es Filosofía. La exclusiva finalidad de analizar tales autores debiera ser apologética, y no de admiración acerca de la supuesta coherencia en la persistencia cínica de un error de postulado o de conclusión.

Para ser más precisos, desde la escolástica demoledora de cualquier idea errada por más grandota que parezca (es decir, demoledora de ideotas), podríamos postular del siguiente modo la cuestión:

“De si los filósofos modernos y contemporáneos (que no comparten la Filosofía Perennis) son realmente filósofos, o no”.

Y mi conclusión que desde el principio he adelantado, es que una vez arribados a la consecuencia lógica, corresponderá la labor práctica de echar flit de la Historia de la Filosofía, de la Historia de la Filosofía y de toda Carrera de Filosofía a tales autores, expulsándolos al sitio del que jamás debieron salir: el de la literatura fantasiosa y la ciencia ficción.


* “Echar a alguien flit”. Locución verbal. Argentina. Coloquial. Rechazar o apartar a alguien abiertamente de un proyecto, cargo, o de cualquier tipo de intervención en un asunto. Neologismo. “Flit” (marca registrada) es el nombre de un insecticida (matamosquitos) que se echaba con una máquina de rociar. Aplícase por extensión a cualquier insecticida. “Echar flit” a alguien significa ahuyentar o deshacerse de una persona. Significa también tarea muy simple; por ejemplo, esa persona no sabe ni “echar flit”.

domingo, 2 de agosto de 2009

REACCIONAR CONTRA EL ROBO




Por Antonio Caponnetto

Después de la pateadura electoral recibida el 28 de junio que —como en los peores circos— padeció el payaso en ambas nalgas hasta caer desdorosamente de bruces; después incluso de la frustra cuanto burlesca incursión punitiva de Cristina contra los golpistas hondureños, sólo comparable en ridiculez al presunto rescate de Betancourt entre la selva colombiana, protagonizado por Néstor; después de tanta porcina a que no puede bastar cuenta cierta —como dirían las coplas de Manrique— el oprobio mayor de la dupla kirchnerista fue la noticia del escandaloso incremento de sus riquezas, calculado en cifras siderales precisamente durante estos últimos años de manejo incondicional del poder.

Centremos el hecho en sus justas medidas. Lo que hace abominable la fortuna de estos personajes no es la riqueza en sí misma, que podrían tener legítimamente y disponer con generosidad encomiable, sino la sumatoria de al menos tres factores, a cual más ignominioso.

El primero es la certeza de que en el origen y en la acumulación de tanto capital se dan cita la rapiña, la usura, la codicia descontrolada y los negocios turbios, exitosamente consumados por el uso privado de los controles públicos.

El segundo es el cinismo cruel, propio de las tiranías, de declamar una política inclusiva, en pro de los necesitados o menesterosos y contraria a todo atropello imperialista, mientras la vida que llevan los tales declamadores ya no es la propia de prósperos burgueses sino la de impunes y reincidentes ladrones.

El tercer factor sublevante, al fin, es que esta pavorosa oligarquía exhiba con desparpajo los frutos abundantes de su “balanza dolosa”, como la llama la Escritura (Proverbios, 20, 23), mientras en el pueblo común, al que dicen representar, crezca la estrechez de recursos, amén de la triste marginalidad de los ejércitos errantes de cartoneros y mendigos.

Cuando la fortuna privada de los gobernantes era pequeña, dice Horacio en su Oda XV, y la de todos grande, Roma conoció la grandeza de sus políticos austeros. El despotismo, contrariamente, reserva la opulencia para la clase gobernante y relega a la sociedad a condiciones lastimosas. Inicua paradoja de estas izquierdas progresistas, seducidas por el oro y los intereses de la plutocracia.

Si un resto de justicia quedara en la deshecha Patria, va de suyo que los Kirchner deberían ser encarcelados con prontitud, y juzgados duramente por las innúmeras vilezas cometidas. En la perspectiva jurídica castrista o chavista que tanto admiran, hechos de esta índole, incluso, podrían superar el castigo de las rejas por el irrevocable de una pena sin retorno. Aquí, por cierto, nada de esto ocurrirá, y quienes le sucedan a los esposos rapaces serán de la misma naturaleza que ellos, pelajes más, cirujías menos. No resoplará su inexorable sentencia ninguna voz catoniana. Como mucho se escucharán los versos de Cadícamo: “El ladrón es hoy decente, y a la fuerza se ha hecho gente, ya no encuentra a quién robar”.

Algo podemos y debemos hacer nosotros. Existir, diríamos escuetamente, si se nos permite explicar el giro verbal. El que ama le dice al amado: es bueno que existas, porque toma partido por la existencia del amado, según añeja enseñanza de Santo Tomás (“Suma Teológica”, II, II, 25, 7). Otrosí pasa con el que odia: tiene por malo la sola existencia del odiado.

Pues bien, los enemigos de Dios y de la Patria sufren con nuestra sola presencia, convertida en dedo acusador de sus malandanzas. Basta enterarse de las cosas que escriben sobre nosotros, y de las amenazas con que creen amedrentarnos. Entonces, existir, resulta hoy, frente al mundo, un verdadero desafío. Pero para eso, hemos de tener en claro qué significa existir. Algo nos dijo al respecto José Vasconcelos: “Nacer no es sólo venir al mundo, en que juntas persisten y se suceden la vida y la muerte; nacer es proclamarse; nacer es arrancarse de la masa sombría de la especie, quererse ir, levantarse”. Si existimos de este modo, ya nuestra sola existencia es signo de contradicción y piedra de escándalo. Si existimos de este modo militante, ellos y nosotros nos sabemos de sobra que apenas somos vencidos provisionales, como gustaba repetir León Degrelle.

Mucho ha de regirnos en la hora lo que nos enseñó el Señor: “Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas” (San Lucas, 21, 28). Es casi una orden castrense para adoptar una posición militar y combativa. ¡Cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas! Te lo juramos, Señor.

martes, 28 de julio de 2009

SANTOS NO EJEMPLARES


En la foto: El P. José María Iraburu, quien distingue los verdaderos santos de los que parecen y no lo son. La conclusión a la que puede arribarse tras leer el artículo, es que no puede ser declarado santo un laico, sacerdote o incluso Obispo que atente contra la Fe católica, en su intelectualidad o en sus obras.


Por José María Iraburu

La gracia de Dios, cuando actúa en un hombre concreto, aunque éste sea perfectamente dócil, no le sana necesariamente en esta vida todas las deficiencias intelectuales, volitivas y operativas de su naturaleza humana, tan herida y enferma. Sana en él todo aquello que viene exigido para su perfecta unión con Dios y para el cumplimiento de su vocación. Pero deja Dios a veces, sin embargo, que perduren en él no pocas deficiencias psicológicas y morales inculpables, que serán, quizá durante toda su vida, una gran cruz de humillación y sufrimiento.

«Alegra esa cara, hombre. La confianza en Dios tiene que echar fuera todas esas angustias. Un santo triste es un triste santo»... Hay personas caritativas que hacen esas consideraciones tan piadosas, y que serían capaces de hacérselas en Getsemaní al mismo Cristo: «vamos, Jesús, menos pavor, angustia y sudor de sangre, y un poquito más de confianza en Dios».
Santos ejemplares.
El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo como don supremo, quiere hacer que los hombres, después de haber nacido de sus padres, nazcan de nuevo, nazcan de Dios, de lo alto, del Espíritu (Jn 1,13; 3,5), y vengan a ser una nueva criatura (Ef 2,15; 2Cor 5,17), una raza de hombres no viejos, sino nuevos (Rm 6,6; Col 3,10; Ef 2,15), no terrenos, sino celestiales (1Cor 15,45-46), no ya carnales, sino espirituales (Sant 3,15; 1Cor 2,14; 3,1).
Venir a ser cristiano, por la gracia de Dios, no implica pues un cambio solamente moral, sino antes y más un cambio ontológico. Porque la gracia de Dios cambia el ser del hombre, por eso éste puede y debe cambiar su obrar (operari sequitur esse). Qué bueno sería que esta verdad se afirmara con mucha mayor frecuencia. Cuántas veces se habla del cristianismo sobre todo como de una renovación moral. Enorme error.
La gracia de Cristo sana, perfecciona y eleva la naturaleza humana. El Espíritu Santo, que «de las piedras saca hijos de Abraham» (Lc 3,8), ha de sanar, perfeccionar y elevar la razón del hombre («nosotros tenemos la mente de Cristo», 1Cor 2,16), su voluntad, es decir, su amor («por la fuerza del Espíritu Santo que nos ha sido dado», Rm 5,5), y también sus afectos y sentimientos («tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús», Flp 2,5). Más aún, hasta la memoria, la imaginación y los fondos subconscientes del cristiano han de ser sanados e iluminados por su gracia. Y, por supuesto, también sus obras han de ser santificadas, ya que «la fe sin obras está muerta» (Sant 2,17).
Esto, como sabemos, no se lo creen los luteranos y tampoco los quietistas. Pero el católico cree con firmeza que si quiere co-laborar dócilmente con el Espíritu Santo, y no resistirle, debe empeñarse en reconstruir totalmente su personalidad y su vida. Y cuando esa transfiguración en Cristo, con el auxilio de la gracia, se logra en forma notable, tenemos un santo ejemplar, que incluso a veces será canonizado por la Iglesia.

Santos no ejemplares.
Pero otras veces, cuando la Providencia divina así lo dispone, pueden darse en el cristiano, de modo inculpable, importantes carencias –de salud mental, de formación doctrinal, de asistencias personales–. Y permite Dios entonces no pocas veces que perduren inculpablemente en el cristiano ciertas deficiencias psicológicas o morales que no afectan a la esencia de la santidad, pues al no ser voluntarias, no resisten la obra de la gracia. Aunque, eso sí, la oscurecen, y la ocultan en cierta medida ante los otros.
Y es que la gracia de Dios, cuando actúa en un hombre concreto, aunque éste sea perfectamente dócil, no le sana necesariamente en esta vida todas las deficiencias intelectuales, volitivas y operativas de su naturaleza humana, tan herida y enferma. Sana en él todo aquello que viene exigido para su perfecta unión con Dios y para el cumplimiento de su vocación. Pero deja Dios a veces, sin embargo, que perduren en él no pocas deficiencias psicológicas y morales inculpables, que serán, quizá durante toda su vida, una gran cruz de humillación y sufrimiento. Y nada expía, purifica y santifica tanto como participar de la cruz de Cristo.
Por tanto, puede Dios permitir, por ejemplo, que un cristiano que está fuerte en la virtud teologal de la esperanza sufra profundas depresiones crónicas de ansiedad y angustia. Puede permitir, y permite a veces, que una persona de gran caridad padezca con cierta frecuencia crisis compulsivas de irritación furiosa con sus prójimos. Y podría poner más ejemplos, entrando también en temas más vidriosos; pero me abstengo.
Pues bien, cristianos como éstos vendrán a ser santos no-ejemplares. Y seguro que la Iglesia no los canoniza. Pero son santos. La Iglesia sólo canoniza a aquellos cristianos en los que la santidad ontológica ha tenido una plena irradiación psicológica y moral, y que por eso son un ejemplo y un estímulo para los fieles.
No siempre es fácil distinguir al pecador del santo no-ejemplar; pero, al menos a la larga, no es tan difícil. El pecador trata de exculparse, se justifica, se conforma sin lucha con su modo de ser («lo que hago no es malo», «recibí una naturaleza torcida y me limito a seguirla», «la culpa la tienen los otros»). El santo no-ejemplar no trata de justificarse, remite sus deficiencias a la misericordia de Cristo, no intenta hacer bueno lo malo, no echa la culpa a los demás, y pone todos los medios a su alcance –que a veces en ciertas cosas son mínimos– para salir de sus miserias.
El santo no-ejemplar, por otra parte, da muestras fidedignas de su virtud, solo en apariencia inexistente. Sufre, por ejemplo, grandes ansiedades y angustias neuróticas, pero permanece en una paz humilde, y ayudado por la gracia, multiplica los actos muy intensos de aceptación de la voluntad divina, de abandono confiado, sabiendo esperar «contra toda esperanza» (Rm 4,18). Y precisamente por esos actos tan intensos crece grandemente en la vida de la gracia, en la configuración a Jesucristo. Con ocasión de esa enfermedad psico-somática, el Espíritu Santo le está purificando y santificando acelerada y profundamente. Está haciendo de esa persona un santo, un gran santo, pero un santo no-ejemplar.
La negación de los santos no-ejemplares implica una mala doctrina sobre la gracia y lleva a conductas crueles con uno mismo y con los otros. Es muy importante –en uno mismo, en el director espiritual, en los familiares y amigos– conocer bien que no siempre la santidad substancial produce la expresión accidental que en principio le correspondería tener. Si se ignora esta distinción, pueden causarse grandes daños y sufrimientos: «Alegra esa cara, hombre. La confianza en Dios tiene que echar fuera todas esas angustias. Un santo triste es un triste santo». La persona caritativa que hace a veces esas consideraciones tan piadosas sería capaz de hacérselas en Getsemaní al mismo Cristo: «vamos, Jesús, menos pavor, angustia y sudor de sangre, y un poquito más de confianza en Dios».
Atención a las razones teológicas que siguen.
La gracia perfecciona al alma misma, que es distinta de sus potencias, al menos en la doctrina de Santo Tomás. Y por otra parte, el grado de una virtud como hábito no se identifica necesariamente con su facilidad para ejercitarse en actos. Por eso, identificar sin más grado de virtud y grado de su ejercicio es un grave error, que trae en la vida espiritual prolongadas dudas vanas, muchos esfuerzos fracasados y –sobre todo en quienes buscan con toda su alma la santidad– muchos sufrimientos.
Por su parte, da ocasión a que los prójimos bienintencionados hagan muchas exhortaciones inútiles y perjudiciales, y frecuentes correcciones inoportunas, que pueden confundir al que sufre esas pruebas y hundirlo en la más negra miseria.
Es verdad que, de suyo, un hábito virtuoso facilita el ejercicio de los actos que le son propios. Pero no siempre es así, como advierte Santo Tomás: «Ocurre a veces que uno que tiene un hábito encuentra dificultad en obrar y, por consiguiente no siente deleite ni complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural] a causa de algún impedimento de origen extrínseco: como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad» (Summa Thlg. I-II,65,2 ad 2m). Aplíquese esta verdad, por ejemplo, al hombre fuerte en la esperanza y lleno de angustias neuróticas, porque padece la hipofunción de no sé qué glándula. Y recuérdese siempre que, después de todo, la plena santificación del hombre se da solo en la resurrección: «Sabemos que cuando [Cristo] aparezca, seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es» (1Jn 3,2).
Los santos saben muy bien todo esto (bueno, y si alguno no lo sabe, será, al menos en esta cuestión, un santo no-ejemplar). Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, sabía que algunas personas de mucho espíritu de oración, por dolencias psicológicas o por lo que fuera, eran incapaces de ponerse a orar asiduamente. Y ella les aconsejaba no «atormentar el alma a lo que no puede», haciéndoles entender que estas impotencias «aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en Él y amarle» (Vida 11,16). Y lo mismo decía San Juan de la Cruz cuando afirmaba que «hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).
Estas verdades, cuando son mal entendidas –como todas–, pueden dar ocasión a graves extravíos espirituales. Por eso hay que poner cuidado en entenderlas bien. Y cuando, con la ayuda de la gracia, se entienden rectamente, acrecientan mucho en el cristiano la paz interior y la libertad de espíritu, la confianza alegre y la perfecta unión con Dios, por un amor lleno de agradecimiento. Por el contrario, los planteamientos voluntaristas pelagianos o semipelagianos, al ser falsos, necesariamente causan graves penalidades y perjuicios en la vida espiritual. Así que habrá que arriesgarse a predicar, a creer y a vivir las verdades católicas sobre la gracia.
*José María Iraburu, sacerdote

jueves, 16 de abril de 2009

Ciclo a cargo del Dr. Antonio Caponnetto

Año 2009

Primer Ciclo de Conferencias



Los Clásicos

A cargo del Dr. Antonio Caponnetto


23 de abril

Platón y la Belleza



30 de abril

Aristóteles y la Retórica



7 de mayo

San Agustín y la Conversión



14 de Mayo

Santo Tomás y la concordia entre la Fe y la Razón



Todas las clases comenzarán a las 19 en punto


Viamonte 1596, Piso 1º, Ciudad de Buenos Aires


Centro de Estudios

Nuestra Señora de la Merced