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jueves, 10 de octubre de 2013

LOS NIDOS DE ANTAÑO




Por Juan Manuel de Prada
21/9/2013
Ignoro si en otro tiempo estuve loco; pero hoy, leyendo cierta entrevista, he sentido que he hecho el canelo durante todos estos años
LA democracia, nos instruía Somerset Maugham, es una fiesta a la que se invita a todo el mundo, pero en la que luego sólo puedes entrar si agasajas al portero. A agasajar al portero lo llamaba la vieja teología «halagar al mundo». Que la sentencia de Somerset Maugham es una verdad como un templo lo comprobamos, por ejemplo, en el modo en que los políticos demócratas confiesan su filiación: un político de izquierdas se confiesa de izquierdas tan campante y orgulloso de serlo; un político de derechas, en cambio, se presenta acomplejadamente como «centrista», o «reformista·, o cualquier otra mamarrachada al uso, pero no dirá ni aunque lo torturen pellizcándole las tetillas que es de derechas. Cuando alguien se declara de derechas se convierte, ipso facto, en un aguafiestas de la democracia; y lo que la democracia necesita son animadores, no aguafiestas. Sospecho que ahora mismo no hay en el mundo un solo demócrata, del Papa abajo, que se atreva a decir que es de derechas.
Otra forma de animar la democracia consiste en no hablar de las cuestiones que la democracia juzga escabrosas y como de lumpen católico, como por ejemplo el aborto. En España, por ejemplo, hubo un tiempo en que la derecha aguafiestas, para rascar votos entre el lumpen católico, se puso a dar la tabarra con estas cuestiones, interpuso recursos de inconstitucionalidad contra su práctica y hasta prometió que una vez que alcanzase el poder cambiaría las leyes que las amparan. Pero, una vez alcanzado el poder, la derecha decidió que había que animar la democracia; y, desde entonces, decidió aparcar estas cuestiones escabrosas. Un verdadero demócrata no debe hablar de ciertos temas escabrosos, pues le dirán que está obsesionado (como si denunciar las miles de vidas gestantes que cada día son arrojadas al vertedero fuese «obsesión»); y, si es un demócrata en pugna con sus creencias, deberá en todo caso ver, oír y callar, so pena de ser considerado lumpen católico.
Yo no he nacido para ver, oír y callar; así que, para mi salud personal, opto desde hoy por no ver ni oír ciertas cosas, para no tener que callar como hago hoy. En cierta ocasión, una lectora me escribió una carta pidiéndome que, si algún día perdía la fe, no lo dejase traslucir en mis artículos, pues infligiría una herida muy profunda a personas como ella, que alimentaban la suya leyéndome. Hay cosas que, aun queriéndolo, no puede uno desembarazarse de ellas: así le ocurría a Jonás con la encomienda de predicar en Nínive; y así me ocurre a mí con la fe. Pero San Agustín nos enseñaba que, si bien nunca hemos de rehuir el martirio, no debemos tampoco entregarnos a él insensatamente. Yo, que soy el hombre más insensato del mundo, estuve durante muchos años entregándome alegremente al martirio, en un combate con el mundo que me ha dejado hecho jirones, con mi carrera literaria tirada en la papelera y convertido en el hazmerreír de todos mis colegas; y este diario ejercicio de inmolación lo hacía con alegría, porque consideraba que mi obligación no era complacer al mundo, sino combatirlo hasta el último aliento.
Donde hubo nidos antaño no hay pájaros hogaño, nos dice don Quijote, cuando recobra la cordura. Ignoro si en otro tiempo estuve loco; pero hoy, leyendo cierta entrevista que ha levantado mucha polvareda, he sentido que he hecho el canelo durante todos estos años. Y, siguiendo el ejemplo del ilustre entrevistado, me dedicaré desde hoy a complacer y halagar al mundo, para evitar su condena.

Fuentehttp://www.abc.es/cordoba/20130921/sevp-nidos-antano-20130921.html
Referencia: interpretación del doctrinalmente desviado José Manuel Vidal sobre los dichos del Papa al afirmar que no es "de derechas":
http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2013/09/19/francisco-sobre-las-reformas-de-la-iglesia-papa-religion-dios-jesus-compania-jesuitas.shtml

NOTA: El artículo es una "crítica" indirecta a declaraciones del Papa Francisco. Cada vez hay más voces que exigen precisión en las declaraciones del Papa Francisco, y que se enmienden las ambigüedades, eliminando los abusos litúrgicos. Pero son todas voces de laicos, no hay sacerdotes ni Obispos que lo exijan. Callar, es complicidad con todo lo que está mal, a la vez que implica dar razón a quien no la tiene, sobre todo en materia de Liturgia y Magisterio, transmitiendo algo inventado hace 40 años y que carece de Tradición previa.

martes, 3 de abril de 2012

MARTIRIO



Por Juan Manuel de Prada
30 de marzo de 2012

TODAVÍA RECUERDO con bochorno las loas que la prensa y los gobernantes occidentales entonaron, en la celebración de la llamada "primavera árabe". ¡Cómo se les llenaba la boca con el caramelito democrático y demás zarandajas cínicas o ilusas! Los frutos de la primaverita de marras (aunque convenientemente filtradas) ya son perceptibles para cualquier persona no excesivamente atufada por los efluvios de la propaganda: una consolidación de las facciones islamistas que promueven la umma (unidad de todos los mahometanos bajo el fundente de la fe), imposición de la sharía (ley islámica) y persecución a las comunidades de "infieles", a las que, hasta hace poco -bajo regímenes autoritarios y corruptos, no lo negaremos, pero por ello mismo solo preocupados por mantener el poder- se toleraba de modo más o menos displicente o desdeñosa..
Ahora, esa displicencia o desdén se han trasformado en animadversión desatada, que amenaza con convertirse en uno de los episodios más sangrientos del ya profuso historial de martirios que jalona la propagación del Evangelio. ¿Y, entretanto, qué hace Occidente, el otrora Occidente cristiano, hoy convertido en un delicuescente barrizal neopagano y apóstata? Pues, fundamentalmente, mirar hacia otro lado, mientras dentro de sus fronteras blasona de "libertad religiosa", que es el celofán políticamente correcto con el que se envuelve otra forma de persecución mucho más sibilina, en la que los ataques a la fe son constantes (¡a veces disfrazados con la coartada artística, oiga!) y el desprestigio social de los cristianos -a quienes los medios de comunicación presentan como friquis anacrónicos ante las masas cretinizadas- no hace sino acrecentarse día a día. Lo cual no deja de ser otra forma de martirio: ya Cristo nos anunció que debíamos temer, antes que a quienes matan los cuerpos, a quienes matan los cuerpos y las almas. Y la mortandad de almas que en esta época se está cobrando la apostasía o neopaganismo occidental es innumerable…
Esta coincidencia de fines -con el empleo de métodos muy diversos- que observamos en los persecutores sangrientos de la primaverita árabe y en los persecutores sibilinos del Occidente apostata y neopagano tiene algo de alianza tenebrosa y cristofóbica que nos recuerda, cada vez más, aquel pasaje del Apocalipsis en el que se nos narra la visión de la Bestia de la Tierra y la Bestia del Mar. La falsificación religiosa promovida en Occidente, en volandas de una cínica "libertad religiosa", y el martirio de cristianos en los arrabales del altas, en volandas de la primaverita árabe, son, en efecto, el anverso y el reverso de una misma moneda; y solo un mundo naturalista como el nuestro, que ha renunciado a indagar las causas sobrenaturales o preternaturales de las cosas, puede ignorar un signo escatológico tan gigantesco. ¡Marana Tha!...

domingo, 18 de marzo de 2012

MARTIRIO




Por Juan Manuel de Prada *


Todavía recuerdo con bochorno las loas que la prensa y los gobernantes occidentales entonaron, en la celebración de la llamada "primavera árabe". ¡Cómo se les llenaba la boca con el caramelito democrático y demás zarandajas cínicas o ilusas! Los frutos de la primaverita de marras (aunque convenientemente filtradas) ya son perceptibles para cualquier persona no excesivamente atufada por los efluvios de la propaganda: una consolidación de las facciones islamistas que promueven la umma (unidad de todos los mahometanos bajo el fundente de la fe), imposición de la sharía (ley islámica) y persecución a las comunidades de "infieles", a las que, hasta hace poco -bajo regímenes autoritarios y corruptos, no lo negaremos, pero por ello mismo solo preocupados por mantener el poder- se toleraba de modo más o menos displicente o desdeñosa..

Ahora, esa displicencia o desdén se han trasformado en animadversión desatada, que amenaza con convertirse en uno de los episodios más sangrientos del ya profuso historial de martirios que jalona la propagación del Evangelio. ¿Y, entretanto, qué hace Occidente, el otrora Occidente cristiano, hoy convertido en un delicuescente barrizal neopagano y apóstata? Pues, fundamentalmente, mirar hacia otro lado, mientras dentro de sus fronteras blasona de "libertad religiosa", que es el celofán políticamente correcto con el que se envuelve otra forma de persecución mucho más sibilina, en la que los ataques a la fe son constantes (¡a veces disfrazados con la coartada artística, oiga!) y el desprestigio social de los cristianos -a quienes los medios de comunicación presentan como friquis anacrónicos ante las masas cretinizadas- no hace sino acrecentarse día a día. Lo cual no deja de ser otra forma de martirio: ya Cristo nos anunció que debíamos temer, antes que a quienes matan los cuerpos, a quienes matan los cuerpos y las almas. Y la mortandad de almas que en esta época se está cobrando la apostasía o neopaganismo occidental es innumerable..

Esta coincidencia de fines -con el empleo de métodos muy diversos- que observamos en los persecutores sangrientos de la primaverita árabe y en los persecutores sibilinos del Occidente apostata y neopagano tiene algo de alianza tenebrosa y cristofóbica que nos recuerda, cada vez más, aquel pasaje del Apocalipsis en el que se nos narra la visión de la Bestia de la Tierra y la Bestia del Mar. La falsificación religiosa promovida en Occidente, en volandas de una cínica "libertad religiosa", y el martirio de cristianos en los arrabales del altas, en volandas de la primaverita árabe, son, en efecto, el anverso y el reverso de una misma moneda; y solo un mundo naturalista como el nuestro, que ha renunciado a indagar las causas sobrenaturales o preternaturales de las cosas, puede ignorar un signo escatológico tan gigantesco. ¡Marana Tha!...

* Juan Manuel de Prada
Fuente "revistamision.com"

lunes, 18 de abril de 2011

LA PROCESIÓN ATEA VA POR DENTRO

Pasion de Jesucristo

Por Juan Manuel de Prada

16 de abril de 2011

Me estremecieron las declaraciones de uno de los convocantes de esa «procesión atea» que pretendía desfilar la tarde de Jueves Santo: «Representamos un frente ideológico. Un frente dedicado, única y exclusivamente, a castigar las conciencias católicas. Nuestro propósito es hacer daño. Y no nos andamos con contemplaciones». No se me escapa que el odium fidei es un sentimiento inextinguible, cuyas ascuas no se apagarán nunca, mientras el mundo sea mundo; pero me había habituado a considerar que, en esta fase democrática de la Historia, el odium fidei se manifestaba bajo expresiones menos furibundas, más sibilinas o asépticas, englobadas bajo lo que hemos dado en denominar «laicismo». Las declaraciones de ese convocante de la «procesión atea» me han permitido comprender que ambas expresiones del odium fidei pueden ser simultáneas y concurrentes, que puede haber un Estado que muy democráticamente imponga una idolatría política de obligado cumplimiento, a la vez que sus más furibundos paladines se ocupan de «castigar» y «hacer daño» a los recalcitrantes que se resistan a obedecerla. De hecho, los odiadores más sañudos de la religión sólo afloran allá donde previamente se ha impuesto una idolatría política que sibilinamente la combate. De todos es sabido que unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces. Y declaraciones tan sañudas como las de ese convocante de la «procesión atea» sólo adquieren un sentido pleno si las interpretamos a la luz de otras de apariencia más sibilina, como las que esgrimía Peces-Barba en un artículo reciente: «Cuanto más se les consiente y se les soporta, peor responden. Solo entienden del palo y de la separación de los campos». Para que nadie interprete malévolamente que Peces-Barba está promoviendo la organización de guetos judíos, diremos que se refiere a los católicos.

La «procesión atea» ha sido, en fin, prohibida, por razones más bien colaterales y hasta peregrinas, tal vez porque los odiadores sibilinos de la religión, muy en su papel de polis buenos, consideraban que en esta ocasión los odiadores más sañudos —los polis malos— se habían excedido en su ímpetu. Pero esta «procesión atea» no era sino un aspaviento histriónico; y la verdadera procesión del odium fidei va por dentro. No emplea —de momento— el palo, sino el veneno sutil de la propaganda; y así, envenenando las conciencias, se logra crear el caldo de cultivo que a la larga permitirá sacar el palo del armario sin escándalo. En una célebre obra de C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Screwtape, un diablo veterano y de alcurnia, dedica a un diablo segundón y bisoño una serie de consejos que faciliten su misión en la tierra; entre los cuales se halla éste: «Queremos que la Iglesia siga siendo pequeña, no sólo para que los menos hombres posibles aprendan a conocer al Enemigo, sino sobre todo para que quienes se vuelvan contra él se coloquen en ese estado de exaltación enfermiza y de fariseísmo agresivo característicos de una sociedad secreta».

Esta es la verdadera procesión del odium fidei que juzgo preocupante: la que, a la vez que propaga el ateísmo, pretende caracterizar a los católicos como una secta de fanáticos encerrada en una ciudadela. Y contra esa secta de peligrosos fanáticos sólo vale el «palo», como propugnaba Peces-Barba: la mofa y el escarnio elevados a la categoría de rutina, el confinamiento en un gueto de ostracismo, la muerte civil dosificada en pequeñas dosis. Quien lo probó lo sabe.

lunes, 29 de noviembre de 2010

GARABANDAL

Garabandal

Por Juan Manuel de Prada

www.juanmanueldeprada.com

Hace año y medio, en una visita a Santander, un escritor llamado Enrique Álvarez me habló de las apariciones de la Virgen a unas niñas en San Sebastián de Garabandal, una aldea cántabra, acaecidas hace ahora medio siglo.

Enrique Álvarez era un tipo de aspecto quijotesco, pálido y delgado, con una barba de hidalgo montañés y una mirada entre mística y melancólica, como escapado de un cuadro de El Greco; cenamos juntos, en compañía de otro escritor del lugar, Juan Antonio González Fuentes, y allá por los postres, Álvarez nos confesó que andaba escribiendo una novela sobre las apariciones marianas de Garabandal, de las que yo casi nada sabía.

Álvarez nos puso en antecedentes; y durante casi dos horas su boca se convirtió en una cornucopia de palabras que exorcizaba la noche: enseguida advertí que aquel hombre era un extraordinario narrador; y que su conocimiento exhaustivo sobre aquellas apariciones nunca reconocidas oficialmente por la Iglesia —aunque tampoco negadas—, y sobre las circunstancias sociales y religiosas de la época, podrían deparar una novela nada trivial.

Enrique Álvarez acaba de publicar ahora esa novela, que se titula La risa de la Virgen (Ediciones Tantín); y que ha desbordado mis expectativas. Álvarez es un católico refractario a la pachanga teológica posconciliar, plenamente consciente de que nos hallamos en el tiempo de la «gran apostasía» que predijo San Pablo; y es, por encima de cualquier otra consideración, un escritor de gran penetración psicológica, capaz de captar —con unos diálogos vivaces y un uso sobresaliente del perspectivismo— el clima moral o social de la época que se ha propuesto resucitar literariamente. La burguesía y el clero santanderinos son retratados con un vigor que por momentos nos recuerda el trazo que emplea Clarín en La Regenta; y, aunque la pluma de Álvarez es menos acerba, el cuadro que a la postre se nos revela es también demoledor.

La acción de La risa de la Virgen transcurre allá a mediados de los sesenta, cuando las apariciones en Garabandal comienzan a remitir, las niñas visionarias son obligadas a retractarse y los mensajes que habían recibido —de claro signo apocalíptico, como aquel que advertía que «muchos sacerdotes y obispos van por el camino de la perdición y arrastran consigo muchas almas»— echados a barato. Y lo que la novela retrata —sin subrayados, sin tomar partido, con una magistral sutileza— es, precisamente, el efecto de ese rechazo en la burguesía santanderina y en sus jerarquías eclesiásticas. Ante nuestros ojos, vemos la pudrición lenta pero inexorable de unos personajes que prefirieron achacar a superchería de unas pobres niñas casi analfabetas las apariciones de Garabandal: vemos a Visita, la protagonista del libro, enfangada en turbiedades adulterinas; vemos el seminario de la ciudad convertido en un despojo; vemos a los curas de la ciudad desensotanados y entregados a «encicliquerías» y filosofismos theilardianos de baja estofa, cuando no a ensoñaciones poco castas; vemos el veneno del fariseísmo infiltrándose, cual humito de Satanás, en el corazón endurecido de las jerarquías; vemos a los pocos fieles y perseverantes desacreditados y escarnecidos, con sus devociones relegadas a la categoría de religiosidad lumpen.

Enrique Álvarez ha escrito una novela conmovedora, aflictiva, de una delicadeza y una penetración humana acaso excesivas para nuestra época; tan excesivas, por cierto, como aquellas palabras que la Virgen trasladó a unas pobres niñas casi analfabetas, en un pinar de Garabandal.

sábado, 20 de marzo de 2010

CELIBATO Y PEDERASTIA


Por Juan Manuel de Prada

20 de marzo de 2010



SI mañana se declarase una plaga que asolase un continente entero y se descubriera que en una región determinada cuyos pobladores practican la dieta vegetariana tal plaga también se ha declarado, aunque con mucha menor virulencia, a nadie en su sano juicio se le ocurriría deducir que si la plaga no ha respetado a los pobladores de dicha región es precisamente porque son vegetarianos. Por el contrario, se deduciría que la dieta vegetariana, aunque no inmunice contra el contagio, lo hace mucho más improbable; y se concluiría que, si unos pocos pobladores de dicha región han caído víctimas de la plaga que devasta el continente entero, es más bien porque los hábitos alimenticios menos saludables de regiones limítrofes han corrompido la dieta tradicional que los pobladores de dicha región habían mantenido inalterada durante siglos. Y, para combatir la plaga, no se condenaría la dieta vegetariana, sino que, por el contrario, se trataría de deslindar cuáles son los hábitos alimenticios menos saludables que fomentan su propagación.



A nadie se le escapa que nuestra época padece una plaga de magnitud creciente llamada pederastia. No hay semana en que no leamos en la prensa que se ha desarticulado una red de pornografía infantil; no hay semana en que no sepamos de niños que han sufrido abusos perpetrados por adultos sin escrúpulos, con frecuencia familiares suyos. Y, mientras la plaga arrecia, descubrimos que también se ha extendido, aunque con mucha menor virulencia, entre los sacerdotes católicos: así, por ejemplo, en Alemania, de las 200.000 denuncias de abusos infantiles realizadas desde 1995, sólo 94 afectan a ministros de la Iglesia. De lo cual habría de deducirse, en estricta lógica, que el celibato, si no inmuniza contra la pederastia, la hace mucho más improbable; y también que si unos pocos sacerdotes han incurrido en tan aberrante crimen es más bien porque la plaga que padece nuestra época se ha infiltrado en la Iglesia, corrompiendo con sus hábitos perniciosos lo que estaba más sano que el resto. Y, en nuestra lucha contra la pederastia, lejos de condenar el celibato, trataríamos de deslindar cuáles son esos hábitos perniciosos que se enseñorean de nuestra época.



Pero en la campaña feroz que en estos días se promueve contra la Iglesia nada se rige por el «sano juicio». Y, así, se establece una relación directa entre celibato y pederastia que la estricta lógica repudia; pero ya se sabe que cuando el misterio de iniquidad anda suelto, la estricta lógica es vituperada, escarnecida y sepultada por el odio. Establecer una asociación entre celibato y pederastia es tan desquiciado como establecerla entre ayuno y triquinosis. De una persona que infringe el ayuno que a sí misma se ha impuesto podremos predicar que carece de fuerza de voluntad, o de convicción; pero si esa persona que infringe el ayuno enferma de triquinosis habremos de concluir, inevitablemente, que le gusta comer cerdo. De un sacerdote que infringe el celibato podremos predicar que las debilidades de la carne ejercen sobre él un imperio más fuerte que la lealtad a sus votos; pero si un sacerdote abusa de un niño habremos de concluir, inevitablemente, que padece una desviación sexual. Sacerdotes débiles, infractores del celibato, los ha habido siempre, como queda testimoniado en la obra de Lope de Vega o del Arcipreste de Hita; pero su debilidad la han satisfecho con mujeres. Los escasos sacerdotes que abusan de niños no lo hacen porque su sexualidad esté reprimida por el celibato, como desquiciadamente pretenden los promotores de esta campaña feroz, sino porque su sexualidad está desviada. En la misma dirección, por cierto, que nuestra época aplaude y estimula y promueve, aunque luego se rasgue farisaicamente las vestiduras cuando tal desviación se ensaña con la infancia.