jueves, 10 de octubre de 2013
LOS NIDOS DE ANTAÑO
martes, 3 de abril de 2012
MARTIRIO
domingo, 18 de marzo de 2012
MARTIRIO
lunes, 18 de abril de 2011
LA PROCESIÓN ATEA VA POR DENTRO
Por Juan Manuel de Prada
16 de abril de 2011
Me estremecieron las declaraciones de uno de los convocantes de esa «procesión atea» que pretendía desfilar la tarde de Jueves Santo: «Representamos un frente ideológico. Un frente dedicado, única y exclusivamente, a castigar las conciencias católicas. Nuestro propósito es hacer daño. Y no nos andamos con contemplaciones». No se me escapa que el odium fidei es un sentimiento inextinguible, cuyas ascuas no se apagarán nunca, mientras el mundo sea mundo; pero me había habituado a considerar que, en esta fase democrática de la Historia, el odium fidei se manifestaba bajo expresiones menos furibundas, más sibilinas o asépticas, englobadas bajo lo que hemos dado en denominar «laicismo». Las declaraciones de ese convocante de la «procesión atea» me han permitido comprender que ambas expresiones del odium fidei pueden ser simultáneas y concurrentes, que puede haber un Estado que muy democráticamente imponga una idolatría política de obligado cumplimiento, a la vez que sus más furibundos paladines se ocupan de «castigar» y «hacer daño» a los recalcitrantes que se resistan a obedecerla. De hecho, los odiadores más sañudos de la religión sólo afloran allá donde previamente se ha impuesto una idolatría política que sibilinamente la combate. De todos es sabido que unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces. Y declaraciones tan sañudas como las de ese convocante de la «procesión atea» sólo adquieren un sentido pleno si las interpretamos a la luz de otras de apariencia más sibilina, como las que esgrimía Peces-Barba en un artículo reciente: «Cuanto más se les consiente y se les soporta, peor responden. Solo entienden del palo y de la separación de los campos». Para que nadie interprete malévolamente que Peces-Barba está promoviendo la organización de guetos judíos, diremos que se refiere a los católicos.
La «procesión atea» ha sido, en fin, prohibida, por razones más bien colaterales y hasta peregrinas, tal vez porque los odiadores sibilinos de la religión, muy en su papel de polis buenos, consideraban que en esta ocasión los odiadores más sañudos —los polis malos— se habían excedido en su ímpetu. Pero esta «procesión atea» no era sino un aspaviento histriónico; y la verdadera procesión del odium fidei va por dentro. No emplea —de momento— el palo, sino el veneno sutil de la propaganda; y así, envenenando las conciencias, se logra crear el caldo de cultivo que a la larga permitirá sacar el palo del armario sin escándalo. En una célebre obra de C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Screwtape, un diablo veterano y de alcurnia, dedica a un diablo segundón y bisoño una serie de consejos que faciliten su misión en la tierra; entre los cuales se halla éste: «Queremos que la Iglesia siga siendo pequeña, no sólo para que los menos hombres posibles aprendan a conocer al Enemigo, sino sobre todo para que quienes se vuelvan contra él se coloquen en ese estado de exaltación enfermiza y de fariseísmo agresivo característicos de una sociedad secreta».
Esta es la verdadera procesión del odium fidei que juzgo preocupante: la que, a la vez que propaga el ateísmo, pretende caracterizar a los católicos como una secta de fanáticos encerrada en una ciudadela. Y contra esa secta de peligrosos fanáticos sólo vale el «palo», como propugnaba Peces-Barba: la mofa y el escarnio elevados a la categoría de rutina, el confinamiento en un gueto de ostracismo, la muerte civil dosificada en pequeñas dosis. Quien lo probó lo sabe.
lunes, 29 de noviembre de 2010
GARABANDAL
Por Juan Manuel de Prada
Hace año y medio, en una visita a Santander, un escritor llamado Enrique Álvarez me habló de las apariciones de la Virgen a unas niñas en San Sebastián de Garabandal, una aldea cántabra, acaecidas hace ahora medio siglo.
Enrique Álvarez era un tipo de aspecto quijotesco, pálido y delgado, con una barba de hidalgo montañés y una mirada entre mística y melancólica, como escapado de un cuadro de El Greco; cenamos juntos, en compañía de otro escritor del lugar, Juan Antonio González Fuentes, y allá por los postres, Álvarez nos confesó que andaba escribiendo una novela sobre las apariciones marianas de Garabandal, de las que yo casi nada sabía.
Álvarez nos puso en antecedentes; y durante casi dos horas su boca se convirtió en una cornucopia de palabras que exorcizaba la noche: enseguida advertí que aquel hombre era un extraordinario narrador; y que su conocimiento exhaustivo sobre aquellas apariciones nunca reconocidas oficialmente por la Iglesia —aunque tampoco negadas—, y sobre las circunstancias sociales y religiosas de la época, podrían deparar una novela nada trivial.
Enrique Álvarez acaba de publicar ahora esa novela, que se titula La risa de la Virgen (Ediciones Tantín); y que ha desbordado mis expectativas. Álvarez es un católico refractario a la pachanga teológica posconciliar, plenamente consciente de que nos hallamos en el tiempo de la «gran apostasía» que predijo San Pablo; y es, por encima de cualquier otra consideración, un escritor de gran penetración psicológica, capaz de captar —con unos diálogos vivaces y un uso sobresaliente del perspectivismo— el clima moral o social de la época que se ha propuesto resucitar literariamente. La burguesía y el clero santanderinos son retratados con un vigor que por momentos nos recuerda el trazo que emplea Clarín en La Regenta; y, aunque la pluma de Álvarez es menos acerba, el cuadro que a la postre se nos revela es también demoledor.
La acción de La risa de la Virgen transcurre allá a mediados de los sesenta, cuando las apariciones en Garabandal comienzan a remitir, las niñas visionarias son obligadas a retractarse y los mensajes que habían recibido —de claro signo apocalíptico, como aquel que advertía que «muchos sacerdotes y obispos van por el camino de la perdición y arrastran consigo muchas almas»— echados a barato. Y lo que la novela retrata —sin subrayados, sin tomar partido, con una magistral sutileza— es, precisamente, el efecto de ese rechazo en la burguesía santanderina y en sus jerarquías eclesiásticas. Ante nuestros ojos, vemos la pudrición lenta pero inexorable de unos personajes que prefirieron achacar a superchería de unas pobres niñas casi analfabetas las apariciones de Garabandal: vemos a Visita, la protagonista del libro, enfangada en turbiedades adulterinas; vemos el seminario de la ciudad convertido en un despojo; vemos a los curas de la ciudad desensotanados y entregados a «encicliquerías» y filosofismos theilardianos de baja estofa, cuando no a ensoñaciones poco castas; vemos el veneno del fariseísmo infiltrándose, cual humito de Satanás, en el corazón endurecido de las jerarquías; vemos a los pocos fieles y perseverantes desacreditados y escarnecidos, con sus devociones relegadas a la categoría de religiosidad lumpen.
Enrique Álvarez ha escrito una novela conmovedora, aflictiva, de una delicadeza y una penetración humana acaso excesivas para nuestra época; tan excesivas, por cierto, como aquellas palabras que la Virgen trasladó a unas pobres niñas casi analfabetas, en un pinar de Garabandal.
sábado, 20 de marzo de 2010
CELIBATO Y PEDERASTIA

20 de marzo de 2010
SI mañana se declarase una plaga que asolase un continente entero y se descubriera que en una región determinada cuyos pobladores practican la dieta vegetariana tal plaga también se ha declarado, aunque con mucha menor virulencia, a nadie en su sano juicio se le ocurriría deducir que si la plaga no ha respetado a los pobladores de dicha región es precisamente porque son vegetarianos. Por el contrario, se deduciría que la dieta vegetariana, aunque no inmunice contra el contagio, lo hace mucho más improbable; y se concluiría que, si unos pocos pobladores de dicha región han caído víctimas de la plaga que devasta el continente entero, es más bien porque los hábitos alimenticios menos saludables de regiones limítrofes han corrompido la dieta tradicional que los pobladores de dicha región habían mantenido inalterada durante siglos. Y, para combatir la plaga, no se condenaría la dieta vegetariana, sino que, por el contrario, se trataría de deslindar cuáles son los hábitos alimenticios menos saludables que fomentan su propagación.
A nadie se le escapa que nuestra época padece una plaga de magnitud creciente llamada pederastia. No hay semana en que no leamos en la prensa que se ha desarticulado una red de pornografía infantil; no hay semana en que no sepamos de niños que han sufrido abusos perpetrados por adultos sin escrúpulos, con frecuencia familiares suyos. Y, mientras la plaga arrecia, descubrimos que también se ha extendido, aunque con mucha menor virulencia, entre los sacerdotes católicos: así, por ejemplo, en Alemania, de las 200.000 denuncias de abusos infantiles realizadas desde 1995, sólo 94 afectan a ministros de la Iglesia. De lo cual habría de deducirse, en estricta lógica, que el celibato, si no inmuniza contra la pederastia, la hace mucho más improbable; y también que si unos pocos sacerdotes han incurrido en tan aberrante crimen es más bien porque la plaga que padece nuestra época se ha infiltrado en la Iglesia, corrompiendo con sus hábitos perniciosos lo que estaba más sano que el resto. Y, en nuestra lucha contra la pederastia, lejos de condenar el celibato, trataríamos de deslindar cuáles son esos hábitos perniciosos que se enseñorean de nuestra época.
Pero en la campaña feroz que en estos días se promueve contra la Iglesia nada se rige por el «sano juicio». Y, así, se establece una relación directa entre celibato y pederastia que la estricta lógica repudia; pero ya se sabe que cuando el misterio de iniquidad anda suelto, la estricta lógica es vituperada, escarnecida y sepultada por el odio. Establecer una asociación entre celibato y pederastia es tan desquiciado como establecerla entre ayuno y triquinosis. De una persona que infringe el ayuno que a sí misma se ha impuesto podremos predicar que carece de fuerza de voluntad, o de convicción; pero si esa persona que infringe el ayuno enferma de triquinosis habremos de concluir, inevitablemente, que le gusta comer cerdo. De un sacerdote que infringe el celibato podremos predicar que las debilidades de la carne ejercen sobre él un imperio más fuerte que la lealtad a sus votos; pero si un sacerdote abusa de un niño habremos de concluir, inevitablemente, que padece una desviación sexual. Sacerdotes débiles, infractores del celibato, los ha habido siempre, como queda testimoniado en la obra de Lope de Vega o del Arcipreste de Hita; pero su debilidad la han satisfecho con mujeres. Los escasos sacerdotes que abusan de niños no lo hacen porque su sexualidad esté reprimida por el celibato, como desquiciadamente pretenden los promotores de esta campaña feroz, sino porque su sexualidad está desviada. En la misma dirección, por cierto, que nuestra época aplaude y estimula y promueve, aunque luego se rasgue farisaicamente las vestiduras cuando tal desviación se ensaña con la infancia.


