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martes, 6 de mayo de 2014

CARTA ABIERTA A MONS. JOSE MARIA ARANCEDO



Carta Abierta a Monseñor José María Arancedo
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

Buenos Aires, 6 de mayo de 2014

A S. E. R. Monseñor
José María Arancedo
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
________________________________________

Excelencia:
He leído la homilía que VE pronunciara en la Misa de Apertura de la 107 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina en el día de ayer. En ella recuerda VE que está próximo a cumplirse el cuadragésimo aniversario de la muerte del Padre Carlos Mugica, hecho que (son palabras textuales) “está presente en la memoria de la Iglesia”. Añade que el Padre Mugica fue víctima de un asesinato en una época triste de nuestra historia; que “fue un sacerdote que vivió su fe y ministerio en comunión con la Iglesia y al servicio de los más necesitados, que aún lo recuerdan con gratitud, cariño y dolor”; y concluye pidiendo al Señor que, “junto a la verdad y a la justicia” los argentinos avancemos por la senda de nuestra reconciliación. Es respecto de este tema, particularmente sensible, que deseo escribirle ahora.
Hace varios años, más precisamente el Viernes Santo de 1998, en el texto de una de las estaciones del Vía Crucis celebrado aquel día en Roma, se mencionaba de modo encomiástico a las Madres de Plaza de Mayo a las que se ponía como ejemplo. Por cierto que en aquella época las señoras aún no habían perpetrado su asalto y esquilmación del Estado Nacional con los “Sueños compartidos” de la mano del “hijo” (no Jesús, precisamente). En aquella ocasión, junto a otras señoras, familiares de “ajusticiados” en esos mismos años 70, “duros y tristes”, por “jóvenes idealistas” con quienes, como ha dicho el Papa Francisco, seguramente los Pastores se habían equivocado al educarlos y acompañarlos en sus “utopías”, integré una Comisión que pidió ser recibida por el entonces Presidente de la CEA, el hoy Cardenal Karlic, quien accedió a recibirnos y tras la entrevista nos remitió a nuestros respectivos obispos ordinarios. Así fue que, en mi caso y el de otros familiares, fuimos recibidos por el Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Bergoglio.
Monseñor Karlic nos atendió con una cortesía gélida, sin dedicarnos una mirada ni menos una palabra de compasión o de misericordia. No digo hacia mí, que apenas soy hija de uno de esos muertos, pero tampoco para la Sra. Sonia Fernández Cutiellos, madre del Teniente coronel Horacio Fernández Cutiellos, muerto en el copamiento de La Tablada, que al menos era, y es, tan madre como las otras. En cambio, debo reconocer que Monseñor Bergoglio nos recibió con la mayor calidez, comprensión y misericordia, nos ofreció todas las parroquias de la Arquidiócesis para que hiciéramos rezar Misas y Rosarios por nuestros familiares caídos; sólo nos pidió que no rezáramos Vía Crucis para no aparecer como oponiendo un Vía Crucis a otro, recomendación que, al menos en mi caso, se cumplió. Aparte del hecho que acabo de relatar, en los años que siguieron, siempre como parte de asociaciones de víctimas del terrorismo, visité varios Obispos y en todos los casos encontré una actitud cálida y misericordiosa, más allá de lo que cada uno pensara políticamente.
Pero en esta ocasión, Excelencia, no sólo me acerco al Pastor como hija, ya que lo soy de Jordán Bruno Genta, asesinado en la puerta de la misma casa donde hoy vivo con mi familia (coincidentemente, también hace cuarenta años de su muerte y aún nos estremece leer la carta que nos enviaron sus asesinos, escrita por un cura o ex cura según se evidencia en los conceptos allí vertidos). Esta vez me acerco, sobre todo, como joven de los sesenta y setenta. Me acerco in memoriam de tantos miembros de la Acción Católica en la que milité y de otros grupos católicos a los que también pertenecí. Chicas y muchachos con los que compartí Misas, retiros, conferencias, actos públicos, guitarreadas y demás actividades propias de aquella juventud. ¡Cuántos de ellos fueron llevados a matar y morir por la encendida prédica del Padre Mugica y de otros curas tercermundistas! A alguno de esos sacerdotes los conocí personalmente, desde la infancia; es el caso del Padre Ricciardelli con quien compartía parroquia y barrio.
En aquellos años trágicos, la Conferencia Episcopal Argentina, que VE ahora preside, publicó un duro Documento advirtiendo sobre los peligros y las desviaciones doctrinales que representaba el llamado Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo del que el Padre Mugica era uno de sus principales mentores.
Monseñor Arancedo: fue duro afrontar la muerte de mi padre después de meses de amenazas; esto hizo pedazos a mis hijos. Pero mucho peor fue enterarme de que un joven otrora católico, Juan Carlos Dios, fue quien había puesto una bomba en un sonado atentado matando decenas de personas, en nombre de la “revolución”. Sólo los curas pudieron haber logrado semejante “conversión” suya pues resulta que, entre otras cosas, me recuerdo sentada a su lado siguiendo un largo curso sobre Santo Tomás en el que leíamos la Suma Teológica. Alargaría demasiado este escrito si enumerara a todos los conocidos y amigos que siguieron idéntico camino.
Tengo alguna certeza de que el Padre Mugica se arrepintió al final y de que estaba preocupado por lo que había ayudado a construir. Curiosamente, no suele hacerse mención a esta actitud de arrepentimiento, pero qué bueno sería hacerlo en aras de la verdad completa.
Antes de caer acribillado, mi padre comenzó a trazar la señal de la Cruz; era domingo y se dirigía a escuchar Misa. El Padre Mugica fue asesinado después de celebrar Misa. Espero que los jóvenes a quienes arrastró con su prédica a la guerrilla y murieron en ella, tuvieran tiempo de acercarse a Dios.
Esta carta es abierta pues no tengo nada que ocultar ni disimular; pero, primero, como corresponde, se la envío a VE por medio del correo electrónico. Cuando fuera posible me gustaría hablar con VE; estimo que es el consejo que nos ha enviado el Papa Francisco a cuantos están en similar situación a la mía. Sería un buen ejercicio de la “cultura del encuentro”.
En cuanto a conseguir la concordia nacional y la reconciliación de los argentinos, invocada en su Homilía, allí van todos nuestros esfuerzos como VE podrá apreciar si tuviere a bien observar la sostenida actividad desarrollada por múltiples asociaciones (la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia, entre otras) que nos representan.
Con afecto filial.
Suya en el Señor.


María Lilia Genta

marialiliagenta@gmail.com

martes, 2 de abril de 2013

2 DE ABRIL




Por María Lilia Genta
Hoy hablé con la madre del primer héroe de Malvinas. “Nunca un 2 de abril más triste”, me dijo. Cada año agregan más calumnias sobre Giachino y ya ni siquiera lo hacen sólo desde los pasquines zurdos; también desde los “moderados”.
Tanto la gente culta como la inculta revelan por sus dichos que no entienden lo que quiere decir esa noble palabra patria. Ni menos vivir para ella, morir por ella. Y hay los que identifican patria y democracia: si no hay democracia no hay patria.
Me pregunto qué hubiera pasado con la patria polaca, la de Juan Pablo II, si su existencia no hubiera perdurado en las almas polacas bajo las más terribles dominaciones, para nada democráticas (nazismo y comunismo).
De luto en este 2 de Abril que debe estar bastardeando, aún más si cabe, la Impresentable por cadena nacional. Evoco más que nunca a los que murieron, a los que lucharon con honor y muchos de ellos, como el Coronel Losito, están vejados en prisiones inicuas y también al periodista testigo de la Patria en armas, Nicolás Kazansew.

miércoles, 11 de julio de 2012

LA JUSTICIA A LA INTEMPERIE



Por María Lilia Genta

Martes 10 de julio de 2012, en la porteña Plaza Lavalle. La Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia realiza su acto de homenaje al asesinado Juez Quiroga. Frente al Palacio donde alguna vez reinó la Justicia, bajo el cielo gris y la llovizna. A la intemperie. Tal como un día José Antonio puso a la Falange. Y a la intemperie unos hombres tenaces, persistentes, inflaman con su palabra la gélida mañana. Increpan, directamente, a la cabeza de un Poder Judicial prevaricador y perverso. Palabras exactas revestidas de coraje y dignidad. Reclaman la justicia perdida. Salen por los fueros del Derecho conculcado. No es hora de estar cómodamente sentados en los bufetes ni en las cátedras. La hora es brava y como aquel joven y exitoso abogado español hay que ganar las calles y acampar a la intemperie.
La patriada que estos abogados están llevando a cabo en los ámbitos más diversos no tiene parangón con nada que haya conocido en mi ya añosa vida. Es “distinto”; y eso que los distingue es lo admirable.
Esta mañana me encontré con muchos rostros que me son familiares desde aquellas militancias juveniles. Por supuesto, también estaban presentes señores, compatriotas, amigos, que proceden de otros círculos o sectores con quienes hoy marchamos juntos en el amor común a la patria en peligro. Pero, y perdóneseme en todo caso, no puedo dejar de evocar, frente a estos abogados, la figura, la vida y la palabra del joven abogado, que dejó su bufete para morir por España, y recordar aquella expresión suya que tan bien cuadra a los nuestros: son inasequibles al desaliento.

jueves, 9 de febrero de 2012

MALVINAS: DE GUERRAS Y DE SÍMBOLOS





Por María Lilia Genta

El dolor por Malvinas es una herida que parte el alma desde 1982. Cuanto más nos duele más amamos a la Patria, como decía José Antonio. Este dolor antiguo se hace insoportable treinta años después porque tenemos un Gobierno “de cuarta” que ignora el valor de los símbolos y todo lo ideologiza con ese odio inagotable a lo militar mientras nos arrastra a los foros internacionales haciendo el ridículo. El Informe Rattembach está en Internet (http://www.cescem.org.ar/informe_rattenbach/index.html). ¿Qué gran secreto develará, urbi et orbi, nuestra presidente?
Pero, aparte, ¿puede esta “chirusita” que pecó y culpa sí tuvo, necia y ordinaria, comprender la unión de la Corona y la Espada, símbolos milenarios de las grandes civilizaciones? Ella quiere ver al Príncipe inglés vestido de civil y lo apercibe por hacer el saludo militar. Parece que si se lo hubiera recibido en Malvinas con un derroche de boato, como en el día de su boda, sería distinto para la Argentina. No puede entender tampoco que el que ha de ser Rey debe, primero, ser militar. Hasta al tontón de Felipe, Príncipe de Asturias, lo vemos, vistiendo uniforme, presidir formaciones militares. 
Los ingleses simbolizan cada vez más su presencia en Malvinas. A la fuerza militar efectiva suman la fuerza no menor y efectiva de los símbolos. Nosotros, en cambio, de- simbolizamos en la misma proporción en que ellos simbolizan. Los héroes están presos o bajamos el retrato de los que están muertos. 
No es que ignoremos que las cúpulas militares -y buena parte de los militares- desconocían la historia, en 1982. Recuerdo lo que nos contaba el “Turco” Seineldín en la inmediata posguerra: “Mis camaradas me decían: «la Flota no va a venir»; pero yo seguía haciendo cavar los pozos, calefaccionándolos (el Regimiento 25, el más bombardeado, tuvo pocas bajas) porque la Historia me decía que la Flota vendría y que los yankees apoyarían a sus «primos» británicos”.
Lo sensato hubiera sido llevar a cabo el plan original -que era simbólico- y a partir de esa acción simbólica: dejar un pequeño grupo de militares custodiando la bandera, llevar al Continente a los ingleses destinados en las Islas y negociar. Pero la “plaza llena” creó el equívoco y llenaron las islas con regimientos sin preparación para la guerra y sin soporte logístico. 
No sé si hubiéramos triunfado pero me parece que no se hubiera movilizado una Flota por un grupo pequeño pero “bien montado”, simbólico. En una guerra de símbolos gana el que maneja mejor los símbolos. Hubiera sido un grito a las Naciones Unidas, hacernos oír... eso sí, sobre la sangre mártir de un Giachino cuya muerte, desangrándose por cumplir la orden, constituye en sí misma un símbolo digno de un verdadero ejército al servicio de una Nación en serio.
El gobierno militar no supo entender el valor de los símbolos y sólo quedó el recuerdo imborrable de un símbolo triste para nosotros: las botas bien lustradas del General Menéndez frente a las botas bien embarradas del General Moore el día de la rendición.
Ahora, este gobierno de patanes es incapaz de responder con un símbolo a la altura del que levanta la vieja nación pirata, pero Imperio al fin.
Por suerte, Gran Bretaña tiene un Primer Ministro que casi merece serlo de una republiqueta. Cameron no es Churchill, ni Thatcher ni Blair, ¡gracias a Dios! Así nuestro papelón es menor.

miércoles, 20 de julio de 2011

COMODORO AGUSTÍN HÉCTOR DE LA VEGA: IN MEMORIAM



María Lilia Genta
Mario Caponnetto


Un sobrecogedor toque de silencio cruzó la mañana fría y ventosa de julio frente al Panteón Militar del Cementerio de Chacarita. Así, con “el laconismo militar de nuestro estilo” fue despedido por un grupo de familiares, amigos y camaradas el Comodoro Agustín Héctor de la Vega. Como cuadra a un soldado. Porque eso fue, por encima de todo y ante todo, De la Vega: un soldado. Poseyó, por tanto, las virtudes propias de su condición: ante todo, la fortaleza, esa firmeza del ánimo capaz de afrontar el peligro, aún el peligro de muerte; pero una fortaleza regida por la prudencia y vivificada por un entrañable amor a la patria carnal. Adornaron, también, su rica personalidad el más acendrado sentido del honor, una austeridad sin atenuantes, una lealtad sin dobleces y un espíritu de amistad y camaradería expresado en el trato exquisito del que fuimos testigos privilegiados sus amigos.
Provenía de una familia de numerosos militares. Corría, pues, por sus venas la hidalguía y el señorío propios de una estirpe vaciada en el molde recio de los grandes arquetipos. Hizo sus estudios en el Colegio Militar de la Nación, antes de la creación de la Fuerza Aérea. Creada ésta, se incorpora a la nueva Fuerza.
Su primera acción relevante fue el 16 de junio de 1955 cuando con el grado de Capitán prestaba servicio en la Base Aérea de Morón y se plegó al movimiento revolucionario contra el gobierno de Perón. La Base era leal. Junto con el Teniente Wiklinson detuvo al Jefe, al segundo jefe y a todos los oficiales leales. Los jóvenes pilotos eran rebeldes y además le respondían, como siempre lo hacen los jóvenes, con admiración y lealtad. Tras el bombardeo y viendo que el movimiento había sido sofocado, los pilotos quisieron regresar a Morón para rescatar a los jefes sublevados; pero De la Vega les prohibió que se expusieran y les ordenó que se marchasen directamente a Montevideo. Por su parte, él y el teniente permanecieron en Morón de donde lograron huir por tierra vestidos de paisano.
Hasta el 16 de septiembre, inicio de la Revolución Libertadora, estuvo prófugo, permaneciendo en el país, encerrado en las casetas de los botes del Club Náutico de San Fernando y ocultándose en distintos sitios. Los acontecimientos de septiembre lo encontraron en Córdoba donde se puso a las órdenes del Gral. Lonardi. Peleó en esa lucha asaz desigual en la que militares retirados se pusieron al frente de civiles mal armados. Sin embargo, el ataque de Perón a la Iglesia había desarmado espiritualmente a los militares “leales” que en esa época eran católicos, especialmente sus familias. Esta es la única razón que explica porque cinco mil soldados profesionales se rindieron a unos pocos cientos de militares y civiles. Respecto de esta actuación de De la Vega queremos destacar que la mañana del sepelio se presentó a despedir sus restos Patricio Videla Balaguer, hijo del General Videla Balaguer que se levantó con Lonardi en Córdoba. Patricio, que en el 55 era apenas un niño, explicó a los familiares y amigos que sintió como un deber despedir a este soldado que se había desempeñado como ayudante de su padre en el Puesto de Comando en aquellas memorables jornadas. Su padre le había hablado con admiración de aquel ayudante; le había contado de su hombría de bien, de su valor y de su lealtad. La presencia de Patricio resumió, mejor que muchas palabras, la grandeza del héroe cuya memoria sigue viva en el hijo por las narraciones del padre.
Después de los acontecimientos que acabamos de evocar, prosiguió su carrera. Se destacó por un brillante ejercicio del mando. No trepidó, en cuanta ocasión se le hizo presente, en “plantarse” frente a los superiores si estimaba que su planteo era justo.
La década del 60 se caracterizó por una serie de enfrentamientos internos en las Fuerzas Armadas. De la Vega intervino en ellos. No sabemos si todas sus opciones fueron correctas; pero sí se debe decir que su prestigio creció hasta convertirse casi en leyenda. En uno de esos enfrentamientos internos se vio obligado a exiliarse en Montevideo junto con otros Jefes militares de Marina y Ejército. Fueron meses duros al punto que para sobrevivir tuvo que emplearse en los menesteres más humildes.
A su retorno al país, superadas las circunstancias del exilio, fue Director de la Escuela de Aviación Militar de Córdoba en la que desarrolló una tarea relevante en la formación de los futuros oficiales. Nuevamente, los enfrentamientos internos lo encontraron envuelto en diversas acciones que terminaron con su carrera y su obligado paso a retiro. Se recuerda que, al dejar la Dirección de la Escuela, muchos cadetes no pudieron contener las lágrimas. Después de la arenga militar de despedida, sobria y despojada de fanfarronerías, se acercó a abrazar a los inconsolables. Tal el respeto y el afecto que había logrado ganarse. Ejercía el mando con su sola presencia. Perteneció al grupo de oficiales aeronáuticos conocidos como “juramentados” sin romper jamás el juramento.
Su última actuación pública fue en diciembre de 1975 cuando protagonizó el levantamiento de Aeroparque contra el gobierno títere e inepto de María Estela de Perón, en momentos en que la Guerra revolucionaria alcanzaba su cenit.
Después vinieron largos años de silencio. Seguía frecuentando a los viejos amigos y camaradas, prodigando su amistad en tertulias en las que siempre sobresalía por su hidalguía, un sobrio sentido del humor y una esperanza inasequible al desaliento. Su último servicio fue la publicación, en 2005, de su libro Ética del mando, donde recoge su ciencia y su experiencia adquiridas en largos años de ejercicio del mando y que quiso ofrecer a unas Fuerzas Armadas que, sin duda, le resultaban incomprensibles.
Fue un gran jefe militar. Cubrió toda una generación que se dedicó a forjar una Fuerza Aérea nacionalista en su espíritu y a la que, sin duda, se le debe la mística y el heroísmo de los pilotos de Malvinas.
Fue un combatiente que no se guió nunca por criterios de triunfo o de derrota sino por los de fidelidad y testimonio. De la Vega sabía que Dios no nos pide el triunfo sino el combate. Y en ese combate gastó su vida.
Agustín Héctor De la Vega: fue en 18 de julio, Aniversario del Alzamiento, que entregaste tu noble alma a Dios. ¡Qué día exacto eligió la Providencia para llamarte a continuar la guardia junto a los luceros! Allí estarás, ahora, tuteándote con los defensores del Alcázar y los Héroes de Malvinas.
Descansa en paz.

sábado, 9 de julio de 2011

BRIGADIER MAYOR JESÚS ORLANDO CAPELLINI


Por María Lilia Genta

Ha muerto un soldado cuyo nombre estuvo muy ligado al de mi padre. En diciembre de 1975 Argentina estaba en llamas y en total anarquía. 
El Brigadier Jesús Orlando Capellini protagonizó el primer intento militar de poner orden en nuestra Patria. En el Operativo Cóndor Azul, que tuvo lugar en Aeroparque y Morón el 18 de diciembre de 1975, mi padre -asesinado un año antes- estuvo presente en la proclama del movimiento y en todo cuanto se dijo y propuso desde allí: una definición claramente católica y nacionalista. 
Por esa razón, salvo los Generales Buasso y Mujica que compartían ese espíritu, los jefes militares que protagonizarían el Proceso, le hicieron saber que no lo acompañarían porque no compartían esas banderas. 
Se comprometieron a salir tres meses después, con otra doctrina; cosa que cumplieron con exactitud castrense. Tengo entendido que fue un Obispo el que hizo de intermediario entre ambos sectores.
Además de esta coincidencia en lo político los Genta tenemos una deuda personal con el Brigadier en cuanto a su preocupación por dejar económicamente protegidos a mi madre y a mi hermano, de forma definitiva, tras la muerte de mi padre. Si bien su iniciativa no se concretó -por decisión de mi madre- esto no mengua mi gratitud.
Casi todos los jefes de Aeronáutica de esa generación guardaron la memoria de mi padre como pudieron desde los magros espacios de poder que ocuparon. Todavía alguna callecita lleva su nombre…
Lo recuerdo al Brigadier en el velatorio de mi padre y en varios de los actos en su homenaje.
A la familia, vaya todo mi afecto; y al señor Brigadier, “escuetamente, gracias”.

Buenos Aires, 9 de julio de 2011

María Lilia Genta

miércoles, 4 de mayo de 2011

LA BANDERA AGRAVIADA NOS PIDE UN ACTO DE REPARACIÓN

Malvinas Argentinas

Por María Lilia Genta

El artículo de José Pablo Feinmann, “Una bandera para el siglo XXI”, fue publicado en Página 12 el 15 de noviembre de 2003. Sin embargo, en los últimos días ha circulado profusamente y ha sido objeto de numerosos análisis en varios medios digitales. ¿Lo han reflotado ahora por alguna razón particular? Lo ignoro. Pero me interesa mucho la fecha de su publicación porque cuando fuimos a hablar con el General Bruera, en los días en que ocupaba la Secretaría General del Ejército, allá por 2009, Silvia Ibarzabal y yo en nuestro carácter de hijas de muertos por el terrorismo vernáculo, a raíz de unas increíbles “clases” impartidas a oficiales del Estado Mayor, entre otros personajes, por una Madre de Plaza de Mayo y el mismo Feinmann, éste ya había escrito el ahora reflotado artículo. Se nos dieron en aquella ocasión absurdas explicaciones y se nos prometió, hipócritamente, que algunos representantes de nuestro “sector” serían invitados a fin de mostrar la otra cara de los setenta dándonos el mismo tiempo y espacio. Jamás se cumplió esta promesa y Bruera ya no ocupa cargo alguno en el Estado Mayor, defenestrado por la ex Garré a causa de ciertas piruetas políticas del expansivo General. Voy a esto: se llevó a disertar ante oficiales del Ejército Argentino -que han jurado morir por la Bandera- nada menos que a quien propone cambiarla. Una canallada más de la que algún día tendrán que responder los responsables de comandar nuestras Fuerzas Armadas.

¿Qué dice Feinmann en el artículo? Leamos sólo, en homenaje a la brevedad, su párrafo final: “Para este siglo XXI, para esta lucha de hoy contra la globalización del Uno Imperial, necesitamos otra bandera. Que sea azul y que sea blanca, como la anterior. De acuerdo. Pero le sacamos ese sol de la guerra y ahí, en ese lugar, reemplazándolo, ponemos el pañuelo blanco de las Madres y la Abuelas, el pañuelo de la paz, el de la vida, el de nuestro más genuino, verdadero orgullo”.

Si hay un símbolo del odio y de la muerte, ese es el “pañuelo”. Recordemos, tan solo, los discursos incendiarios de Bonafini. Pero, ¿a que abundar cuando es más que evidente que ese pañuelo representa la mayor impostura y el más torpe intento de escribir una historia argentina que no existe más que en la cabeza de los ideólogos? Profanación lisa y llana de la Bandera y de la Patria y de las gestas que ella simboliza; eso y no otra cosa es el contenido del artículo de Feinmann.

Frente a esto ¿podemos hacer algo aquellos que, como en mi caso, somos hijos, familiares, amigos de los que murieron por la Bandera denostada por este filósofo extraviado? En la Guerra Contrarrevolucionaria, en la Gesta de Malvinas, muchos dieron la vida, otros quedaron con secuelas y más de mil están presos por haber defendido esa Bandera con honor. ¿Cómo se puede pasar por alto este insulto? Sería muy bueno que fuésemos capaces de unirnos todos los que amamos la Bandera, dejando de lado diferencias, sumando organizaciones e individualidades, en un gran acto de desagravio conjunto a nuestra Bandera, como aquella vez en la que todos coincidieron en las escalinatas de la Catedral Metropolitana para defenderla del asedio de los pervertidos.

El próximo 20 de junio sería, tal vez, la ocasión ideal para ello.

sábado, 8 de enero de 2011

OTRA VISIÓN SESGADA DE LOS AÑOS SETENTA

Maria Lilia Genta y Daniela Donda

Por María Lilia Genta

Impacta -impacta bien- ver un titular en un prestigioso diario nacional que recuerde a las “víctimas olvidadas del terror en la Argentina” que reproduce, a su vez, un artículo nada menos que del Wall Street Journal. El mismo día, además, una entrevista televisiva, muy bien conducida por un periodista que hacía mucho tiempo no trataba temas tabú. ¿Habrá vuelto el dueño del canal a la senda de sus comienzos o impresionado por el espaldarazo de un poderoso medio norteamericano se preocupa, ahora, por los muertos del silencio y convierte su recuerdo en políticamente correcto?

Sea como sea, es importante que el tema se instale, aunque debo discrepar profundamente respecto del modo en que se lo ha presentado tanto en el artículo como en la entrevista.

Victoria Villaruel me convocó hace tres años para su proyecto. Le hice saber enseguida que no compartía su orientación. Le agradezco que me convocara en su momento porque soy consciente de que entre esos muertos pocos hay tan “políticamente incorrectos” como mi padre, Jordán B. Genta; lo fue en los setenta y lo es hoy en 2011.

Trataré de explicar mi discrepancia. Desde luego no opino sobre los aspectos jurídicos (no soy abogada) que pueden ser técnicamente irreprochables; pero hay algo de lo que sí puedo opinar: me refiero a las cuestiones filosóficas, políticas e históricas relativas a la Guerra Revolucionaria que asoló nuestro país y cuyo último zarpazo fue el asalto al cuartel de La Tablada, hecho curiosamente olvidado en la evocación de víctimas que estamos comentando. En realidad, no sólo La Tablada, todo el hecho central y situante de la Guerra ha sido lisa y llanamente omitido.

No me parece ético y, a la postre, tampoco creo que resulte útil la construcción de “la otra cara de la mentira”. Rechazo vivamente que se apele a levantar una impostura para oponerse a la impostura establecida por la izquierda revolucionaria que tiene, ahora, los resortes del poder. Tengo un respeto profundo por la vida, las enseñanzas y la ejemplaridad del muerto que me compete. En su memoria, rehúso sumarme a cualquier tergiversación de la historia vivida, sea cual fuere. La Argentina libró una guerra justa. Fue una guerra defensiva ante la invasión venida desde afuera siguiendo la estrategia, el modo y el uso de la Guerra Revolucionaria del Comunismo. La guerra fue lo sustancial, lo importante de los años setenta.

Los atentados terroristas fueron sólo el medio elegido para amedrentar. Sin duda, hubo crueldad y horror en esa guerra. Pero en las situaciones límites, y toda guerra lo es, asoman la máxima grandeza y la máxima vileza de la condición humana. Desafío a que alguien me señale una guerra donde esto no haya ocurrido. La tendencia al mal nos viene del pecado original.

Dios se apiade de las almas de los combatientes de ambos bandos que cometieron crímenes o injusticias; que se arrepientan y encuentren justicia y misericordia en el Tribunal de Dios. Los hechos delictivos debieron ser juzgados en tiempo y forma antes de que prescribieran. Eso es lo que corresponde según la justicia de los hombres.

Pero esta pretendida “justicia universal” que ahora inventa la “lesa humanidad” comenzó en Nüremberg cuando se juzgó hacia atrás a los criminales del bando vencido y no a los de los bandos vencedores. ¿Se escuchó hablar, acaso, de los miles de oficiales polacos asesinados por los rusos o de los millones de seres humanos asesinados en y por la Unión Soviética? Sin llegar a estos horrores, ¿quién nos puede vender que los Aliados occidentales no cometieron excesos? Pero ellos vencieron, ellos juzgaron. A los que rechazaron, en su momento, esta “justicia” hipócrita, en nuestro país, se los vituperó de nazis aunque fueran católicos fieles a Cristo y a la Iglesia y no hubiesen compartido jamás la ideología pagana del nacionalsocialismo.

Los Abogados por la Justicia y la Concordia denuncian con valentía y solvencia los horrores jurídicos perpetrados en las parodias de “juicios” a los que se somete, hoy, a los combatientes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que enfrentaron la Guerra Revolucionaria. Esta es la “justicia hemipléjica” que comenzó a gestarse y a aplicarse en Nüremberg.

En las décadas de los sesenta y setenta no eran muchos los que querían escuchar que la Guerra Revolucionaria era principalmente política, cultural y apuntaba a destruir el ser nacional. Ese era el plan de la Unión Soviética y de Cuba para conseguir el dominio de nuestras patrias. Por eso no bastó vencerlos en el terreno de las armas.

En aquellos años, las jerarquías más altas de las Fuerzas Armadas no entendieron la naturaleza esencialmente cultural y política del conflicto. El general Videla, en su sobrio y veraz alegato, tuvo la humildad y la hombría de bien de reconocer esta grave falencia de su gobierno. Fue oportuno e importante que lo hiciera frente a sus subordinados, en primer lugar, y ante la Nación y la historia.

Precisamente, en esa misma época, mi padre exhortaba a emprender la guerra justa: Argentina era agredida; sus fuerzas armadas, y no bandas armadas, debían defenderla en el plano militar. No hacía sino inspirarse en la doctrina de Santo Tomás sostenida, por siglos, por la Iglesia Católica.

Sus enseñanzas no excluían ni los juicios sumarísimos ni, llegado el caso, la pena de muerte aplicada justamente por quien tiene la autoridad competente y responsable. Todo esto llevado a cabo sin hipocresías le gustara o no a la Gran Hipocresía de los poderes mundiales. Su prédica se dirigía especialmente a las Fuerzas Armadas. Los que serían después los más altos responsables políticos y militares del Proceso (estuvo reunido, incluso, con algunos de ellos) no compartieron sus análisis. Pero como sí eran cada vez más numerosos los integrantes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que lo escuchaban y seguían, la guerrilla decidió callarlo para siempre. ¿Tal vez consideraron “peligroso” su lenguaje?

Al trocar las armas -método de los setenta en que fueron vencidos- por el método gramsciano, los antiguos guerrilleros de ayer se enseñorearon del poder desde el que, ahora, corrompen y destruyen hasta el último resquicio del alma nacional.

Vuelvo al principio de esta nota, lo que más me interesa, hoy, es rescatar el hecho de la Guerra Revolucionaria que signó nuestras vidas más allá de cualquier consideración que corresponda hacer sobre cómo se la enfrentó o cómo se llevó adelante la contraofensiva. Me interesa el reconocimiento de nuestros soldados que lucharon contra este flagelo. No me adhiero a nada que implique una concesión al “nuevo” Derecho con su caricatura de la Justicia. La omisión de los militares asesinados por ser militares en las investigaciones del Celtyv, me ofende como argentina y como miembro de la familia militar. Y me ofende por los presos políticos y sus familiares, víctimas actuales de ese mismo proceso de la guerra. Entre ellos hay muchos que conocí en la cátedra de mi padre. Algunos desde la infancia o la adolescencia, a otros después. No me interesa, tampoco, que una visión jurídica, subsidiaria del mismo Derecho del enemigo, termine, finalmente, por imponer una nueva y falsa historia. La muerte socrática y cristiana de mi padre me impone una conducta: decir la verdad, nada más que la verdad; tristemente la verdad triste, brutalmente la verdad brutal.

No tengo interés en que se juzgue, ahora, fuera de tiempo, en el marco de un derecho espurio a los asesinos de mi padre. Sólo me interesa, sin dejar de asumir el pasado, contribuir desde mi modesto lugar a la pacificación nacional basada en la concordia.

domingo, 18 de abril de 2010

ACTO EN HOMENAJE AL DR. JORGE V. QUIROGA EL 28/4 EN BUENOS AIRES

 

LA ASOCIACIÓN DE ABOGADOS POR LA JUSTICIA Y LA CONCORDIA

INVITA AL ACTO PÚBLICO QUE REALIZARÁ EN HOMENAJE AL DR. JORGE V. QUIROGA

ASESINADO POR EL ERP EL 28 DE ABRIL DE 1974

Al cumplirse un nuevo aniversario del criminal atentado que provocó la muerte del Juez Quiroga, recordaremos su ejemplar trayectoria en la Justicia y exigiremos que su legado inspire a quienes hoy tienen el deber de juzgar.

El homenaje se llevará a cabo en la ciudad de Buenos Aires, el 28 de abril próximo, a las 11.00, sobre las escalinatas de la puerta principal de acceso al Palacio de Justicia (Talcahuano 550).

En la oportunidad hará uso de la palabra el Dr. Gerardo Palacios Hardy.

Estar presente es un compromiso de honor para jueces y abogados, y para los argentinos de bien.

               Mariano Gradín                                      Alberto Solanet

                   Secretario                                                    Presidente

 

UN ANIVERSARIO PARA ESTOS TIEMPOS

Por María Lilia Genta

Nota del 25 de Abril de 2007

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El próximo 28 de abril se cumplirá un aniversario muy significativo para estos tiempos que corren: el del asesinato del Dr. Jorge Vicente Quiroga, en 1974, a manos de los terroristas Marino Amador Fernández y Raúl Argemi.

El Dr. Quiroga había integrado, como juez, la Cámara Federal en lo Penal desde 1971 hasta su disolución, decidida por el Presidente Cámpora, su Ministro del Interior y el Congreso de la Nación, el 26 de mayo de 1973. Este tribunal había condenado a casi mil terroristas, todos debidamente amnistiados el día anterior. Además de los condenados fueron puestos en libertad los terroristas procesados.

El entonces Ministro del Interior, Esteban Righi, es hoy el Procurador General de la Nación. ¿No era ese el puesto ofrecido al hijo del asesinado General Sánchez, en los primeros días del Gobierno, antes de su giro a la extrema izquierda?

Decimos que es un aniversario para estos tiempos. Por estos tiempos, precisamente, la Justicia es la que recibe los ataques y las presiones del Poder Ejecutivo, de las “madres” y de las “abuelas” (que vienen a ser lo mismo). El ataque a la Cámara de Casación, la presión sobre el Consejo de la Magistratura (hecho a medida), el mantenimiento en la situación de subrogantes de doscientos jueces (la inestabilidad de su condición de subrogantes los hace más fácilmente presionables), la débil y vergonzante declaración de la Corte ante el ataque a la Cámara de Casación, todo esto aumenta el aire enrarecido que se respira en los distintos tribunales.

Entonces recordamos al Dr. Quiroga quien cumplió con su deber de Juez: ¡administró justicia! Expuso su vida en cada sentencia, aplicando la ley. Nada más y nada menos.

El 28 de abril de 1974, este hombre de cuarenta y ocho años se dirigía a buscar a un amigo para asistir con él a un partido de fútbol. Los “jóvenes idealistas” que lo “ajusticiaron” llegaron en una moto frente al número 1506 de la calle Viamonte y le impactaron catorce balazos a quemarropa.

No fue este el único atentado contra los integrantes de esa Cámara Federal. Alguno pudo escapar a la venganza; pero lo cierto es que quienes dieron la amnistía del 73, quienes disolvieron dicha Cámara son tan o más culpables que los autores materiales. Todos ellos apretaron el gatillo contra los jueces probos. En realidad son mucho más culpables que los mismos ejecutores. Ahora nos gobiernan y día a día, de modo incruento, por ahora, vuelven a asesinar a la Justicia.

Juez Federal Quiroga, en nombre de la Justicia, sencillamente gracias.

Proyecto de resolución

La Cámara de Diputados de la Nación
Resuelve

Rendir homenaje al juez de cámara doctor Jorge Vicente Quiroga, al cumplirse el 31er. Aniversario de su asesinato por parte de terroristas del ERP 22 de Agosto

Guillermo M. Cantini

FUNDAMENTOS

Señor presidente:

El 28 de abril de 1974, a las 14.30, el camarista Jorge Vicente Quiroga fue baleado en la calle desde una motocicleta por los terroristas Marino Amador Fernández y Raúl Argemi, de la organización terrorista ERP 22 de Agosto. Posteriormente, el juez Quiroga murió en un hospital.

No hablamos de ejecutar a militares, a quienes los subversivos siempre entendieron como parte del “combate armado”, aunque nunca aceptaron el concepto de haber participado de una “guerra formal”. Nos referimos a la matanza de civiles como Oberdam Sallustro (1972), el sindicalista Rucci (1973), el radical Mor Roig (1974), Alberto Bosch (durante el secuestro de los hermanos Born), el cónsul de EE.UU. John Patric Egan (1975) o el empresario Héctor Minetti (1976), por citar algunos ejemplos de una siniestra nómina.

Como se verá, en muy pocas palabras puede resumirse un claro ejemplo de aniquilamiento de seres humanos llevado a cabo por sediciosos en la Argentina de los 70 contra opositores a su ideología, y en este caso con el agravante de ser un magistrado de la Nación que sólo anhelaba cumplir con su deber.

Con Quiroga, mataron a un juez incorruptible, a un estudioso de la carrera judicial, un profesor de 48 años, que llegó a miembro de la Sala III de la Cámara Federal en lo Penal de la Nación, y desde ahí se hizo cargo del sumario por la fuga de veinticinco terroristas de la cárcel de Rawson.

Esa fue la motivación tangible del crimen del juez probo.

Quizá valdría ironizar que Quiroga fue asesinado por la osadía de pretender usar el estrado judicial para condenar a sediciosos.

“Actos de esta naturaleza tienen como claro objetivo intimidar a los magistrados en el desempeño de sus cargos”, conceptuó en ese entonces el Colegio de Abogados de Buenos Aires en un comunicado.

El 10 de junio de 1980, los asesinos del juez Quiroga fueron condenados a 18 años de prisión e inhabilitación absoluta por igual tiempo, como autores responsables del homicidio calificado por alevosía.

Los sicarios Fernández y Argemi fueron juzgados y encarcelados desde 1971 hasta el 25 de mayo de 1973, cuando el ex presidente Héctor Cámpora, a preces del entonces ministro del Interior Esteban Righi –actual procurador de la Nación–, suscribió el aciago decreto de amnistía total para terroristas y delincuentes.

Desde sus fallos, Quiroga –con la pluma y sin armas de fuego– luchó contra el terrorismo soberbio, que deliró con la toma del poder para instaurar una dictadura marxista que reemplazara al sistema democrático, asumiendo per se la representación de un pueblo que siempre lo ignoró.

Esta aseveración no parte de un artificio imaginativo sino que se desprende de la propia literatura del ERP 22 de Agosto, estructura generadora de violencia política, que fue derrotada en el Operativo Independencia, al pretender crear una zona franca en Tucumán, en 1975, durante el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón.

Procuremos no olvidar a los ciudadanos como Quiroga, que dieron su vida por ejercer la judicatura desde la virtud. Un principio que parece tan olvidado en el actual contexto. No me cabe duda de que, de seguirse su ejemplo, los organismos dedicados al enjuiciamiento de magistrados habrían cesado por falta de trabajo.

Guillermo M. Cantini

miércoles, 17 de marzo de 2010

LOS FANTASMAS DE FERRARI

En la foto: Jordán Bruno Genta



Por María Lilia Genta


En lugar de sumergirme en mis lecturas preferidas, en vacaciones, las magníficas novelas policiales inglesas -solaz y relax-, acuciada por amigos y parientes, me vi obligada a comprar y leer Símbolos y fantasmas, el último libro de Germán Ferrari.
No pretendo en estas líneas agotar el tema ni desmentir las infinitas falacias en las que incurre el autor. Eso queda para futuros escritos. Me interesa, ahora, referirme a lo que considero la intención principal de estas páginas de Ferrari.
Paso por alto la obscena “poesía” puesta como epígrafe del capítulo dedicado a mi padre, Jordán B. Genta (¡ciento dos páginas!). Bazofia. Vamos al punto.
El autor reduce a cuatro los “símbolos y fantasmas”, es decir, las víctimas de la guerrilla que tienen, según el peculiar criterio de Ferrari, vigencia al día de hoy y cuyo solo recuerdo señala un peligro para la sociedad: Aramburu, Genta, Rucci y Larrabure. ¿Por qué ellos? Porque siendo, como son, casos emblemáticos, se trata de instalar brumas y dudas sobre los autores de sus asesinatos. ¿Al General Aramburu lo mandó a matar Onganía? ¿Fue un arreglo de los Servicios de Inteligencia con los Montoneros? ¿A Genta lo asesinaron las Tres A? (en muchísimas publicaciones de izquierda se lo acusa a mi padre de pertenecer a las Tres A: ¡cuánta contradicción!). Rucci había dicho, en más de una ocasión, que a él lo matarían “los inmundos bolches y trotskistas”.
De modo sibilino, el autor presenta el caso como una lucha entre gremialistas de signo diverso. ¡Total los gremialistas acostumbraban a “amasijarse” entre ellos! Pero lo peor, lo más canallesco, es afirmar que Larrabure se suicidó. ¿Cómo pudo haberse suicidado, con qué fuerzas, ese hato de huesos recubiertos de piel que se encontró metido en una bolsa, dos días después de su muerte? Por supuesto, Ferrari deduce que el Ejército mintió en cuanto a la autopsia y hasta tiene el tupé de citar, a favor de la tesis del suicidio, un reglamento de la guerrilla donde los “jóvenes idealistas” disponen acerca del régimen de los prisioneros -cuando no tenían más remedio que hacer prisioneros- a saber; buen trato, buena habitación, buena comida… ¡verdaderos spas! Que lo digan los 37 kilos que pesaba el Coronel Ibarzabal cuando lo asesinaron públicamente en una ruta.
No es difícil, pues, presumir la intencionalidad de este libro. Es muy clara: un muerto se lo adjudica a Onganía, otro a la Tres A, otro a gremialistas enemigos y a Larrabure lo suicida lo que, de paso, viene a nublar su recuerdo de cristiano ejemplar como surge de las notas halladas emparedadas en su “celda” (el pozo). Las organizaciones guerrilleras no secuestraron, no asesinaron, no torturaron… ¿qué hicieron?
En cuanto a mi padre siempre estuve y estoy orgullosa de que lo hayan elegido entre tantos y excelentes filósofos tomistas (que los hubo y hay en Argentina) para “ejecutarlo” como después lo hicieron con Sacheri. Algo habrán visto en ellos sus enemigos -mucho más allá de lo académico- para depararles el honor de unas muertes socráticas y cristianas.


Fuente: http://jordanbgenta.blogspot.com/2010/03/los-fantasmas-de-ferrari.html

jueves, 8 de octubre de 2009

A 100 AÑOS DEL NACIMIENTO DE JORDÁN BRUNO GENTA


Para compartir con algunas personas

Lis Genta

Buenos Aires, a cien años de tu nacimiento, 2 de octubre de 2009

Querido Viejo:

Celebración de la vida. Si hay algo que compartí con vos es la celebración de todas las cosas que el Buen Dios nos regala en esta tierra para nuestro goce. “Mil gracias derramando/ pasó por estos sotos con presura/ y, yéndolos mirando,/ con sola su figura/ vestidos los dejó de su hermosura”. No gozarlas sería un desprecio a tantos dones.

Vos fuiste un maestro de la alegría, del gozo sensible: el agua que cantaba en los arroyuelos de Córdoba, la playa, el mar, la alegría, la risa, la buena compañía. Si hubieras sido un amargo enjuto, un desabrido, no hubieras tenido tanto a que renunciar cuando llegó la hora de ofrecer esa vida tan intensamente vivida. Tenía que ser por algo que valiera más que todos esos dones que tan bien supiste apreciar, que me enseñaste a apreciar.

Te agradezco, sobre todo, que me transmitieras el amor por la belleza, la pasión del amor entre el varón y la mujer. El amor pleno, expresado sin sombras de mojigaterías ni de pacatas renuncias a la pasión carnal.

Te vi admirar la inteligencia de mi madre; la supiste elegir a tu misma altura. Pero te vi, también, cantar a sus ojos, a sus labios, a sus bellísimas piernas, a su figura toda; te vi, hasta el último día, besarla y abrazarla en público, ante la mirada atónita de alguno de tus amigos (creo que te perdonaban aún menos que la consideraras tu par intelectual pues no era común en los círculos en que nos movíamos). Recuerdo tu picardía cuando apuntabas que mamá recibía semejantes desbordes afectivos “halagada y ofendida”. Ella tenía que sostener su imagen de dama elegante y displicente; pero, ¡pobre de vos si hubieras renunciado a ese permanente homenaje! Ese amor tan singular entre vos y mamá fue regalo esencial, lo mejor de tu herencia para nosotros. Anda tan devaluado el amor que creo que la inmensa mayoría de los jóvenes ni tienen idea de lo que se trata.

Imposible no recordar la expresión desbordada, a tu manera, de todo lo que dije, en el festejo de tu último cumpleaños. Recuerdo bien ese día con Mario, los chicos, Tía Isolina, Amalia… Compartir el pan y el vino con vos era siempre una fiesta. Como ir al cine a ver a John Wayne o a Gary Cooper.

El próximo 27 de octubre evocaré el momento en que te despediste de estos gozos, de esas fiestas, para alcanzar la Fiesta de la vida eterna. Y eso lo hiciste a lo grande. Por Dios y por la patria por los que vale ofrendar la vida... “que no es una bengala para quemarla en fuegos de artificios”.

Hoy otros recordarán tu obra y tu pensamiento Yo quiero evocarte así.

Un beso

Tu hija Lis

viernes, 11 de septiembre de 2009

“RESPETO, COMPRENSIÓN Y CONCORDIA"

En la foto: Jordán Bruno Genta, el filósofo católico asesinado por motivo de la Fe vivida en grado heroico, el día 27 de octubre de 1974.


Por María Lila Genta.

Hay quienes me aconsejan guardar un prudente silencio público sobre el tema que me dispongo tratar. Me tomé varios días para evaluar si, en este caso, el silencio no sería sinónimo de “cobardía”. Es difícil intervenir en esta “guerra cibernética” que ha producido tanta satisfacción a nuestro “amigo” Baldomero Ugarte, entre otros. Era de esperar: nuestras internas hacen la delicia del enemigo. Por eso, hasta el momento, sólo mantuve conversaciones privadas con algunos de los actores del “caso Labraña”. Sin embargo, dado el incremento de la polémica, me parece que, tal vez, pueda ser útil poner alguna palabra con la intención de apaciguar los ánimos y clarificar el tema.

Me parece, ante todo, que lo mejor, como siempre, es intentar conocer, tratar de escuchar y de dialogar antes de juzgar.

Por eso quise conocer a Labraña. Me azoré, confieso, cuando leí las intervenciones engoladas, despreciativas e, incluso alguna de ellas, insultantes, de la “trinidad” que se alzó públicamente en contra de quienes ven en la actitud del ex guerrillero Labraña la posibilidad de iniciar un camino hacia la paz y la concordia nacional; aunque hay que reconocer distinto grado de agresividad y de tono en aquellos tres escritos iniciales pues sólo Eduardo Gutiérrez cae en un lenguaje propio de villanos, en tanto Beccar Varela avala la posición y difunde, “urbi et orbi” las tres misivas. Como era de esperar, estos escritos produjeron las respuestas, algunas duras y airadas, de quienes participaron en esta movida. Pero, analizando con objetividad, cuando la “trinidad” los acusó de ir al Penal de Campo de Mayo a humillar a los combatientes de nuestro heroico ejército con la presencia del ex guerrillero, quedó en evidencia que, quienes así opinaban no están muy acostumbrados a visitar presos pues es imposible ingresar en el Penal a menos que siquiera uno de los prisioneros autorice la visita y consienta en ella. Primer punto: los mismos presos acordaron la entrevista. Pero, además, ¿se tuvo en cuenta que quienes acompañaron a Labraña en esa visita eran, también, antiguos y heroicos combatientes en la guerra antisubversiva o la viuda de un heroico caído en combate? ¿Se tuvo presente, antes de criticar con tanta severidad, que entre quienes alentaban la iniciativa figuraban una señora y su esposo que dedican la vida a los presos y a sus familias?

Entiendo que se pueda estar de acuerdo o no, tener dudas sobre el tema; pero a la hora de hablar debió prevalecer la mesura. Eduardo Palacios Molina, por ejemplo, usó un lenguaje totalmente distinto planteando objeciones en un tono respetuoso y caballeresco. No obstante, pienso que hubiera sido mejor que siguiera planteando sus objeciones en privado, como lo había hecho desde un comienzo, para no alimentar a los “demonios” [no aumentar más la polémica].

Por supuesto, está el hecho de que los militares aludidos respondieron, a su vez, con indignación y altos decibeles. A uno de ellos le dije en privado, “por defender la entraña no pierdas nunca el estilo”. Pero esto, quizás, me resulte fácil decirlo porque no estuve en el monte, no participé de la lucha urbana, ni perdí un ojo en La Tablada. Digo, ¿siquiera por un instante, la “trinidad” originaria y los otros críticos, no pueden detenerse a pensar qué es lo que puede mover a los militares que están libres a librar todas las batallas posibles en pro de los camaradas presos? ¿A meterse en la mar de complicaciones, a sublimar todo lo subjetivo, a hacer lo que crean mejor para sus camaradas, las familias e intentar lograr la imperiosamente necesaria concordia nacional?

Cuánto más fácil es, “desde arriba”, caerles con una visión desarraigada de la realidad. ¿Es tan difícil intentar meterse en las almas de esos hombres que se enfrentaron a la guerrilla, estuvieron acara a cara con el enemigo, se tutearon con la muerte… para que la Argentina no fuera Cuba, para que nosotros pudiéramos tomar nuestra taza de té tranquilos?

Padecí la muerte de mi padre. Con esfuerzo perdoné -no es fácil- y nunca abandoné la lucha. Kunkel, Conti, Taiana, Filmus, son nuestros enemigos actuales. Con ellos no hay tregua. Ellos supieron con métodos distintos de los de los setenta continuar la guerra: gramscismo, Foro de San Pablo, Escuela de Frankfurt, FLACSO, chavismo (hay frentes para todos los gustos). Crucemos lanzas con ellos cada uno dentro del ámbito que le compete.

Me parecería “ubicado” dejar a los combatientes o a sus viudas el intento de llegar a la concordia con los enemigos que combatieron ayer.

¡Quien como ellos se puede sentir habilitado para esa tarea! Merecen nuestro respeto. Pueden equivocarse, por supuesto. Me pregunto si sus censores no se equivocaron nunca. Yo sí, me equivoqué muchas veces, quizás por eso intento comprenderlo.

Cuando leo muchas de las páginas escritas por “civiles” -hombres cultos- me asombra el desconocimiento absoluto que tienen sobre las guerras de nuestro tiempo. Sobre lo difícil que fue para los soldados profesionales intervenir en ellas con eficacia. Sobre el sufrimiento de ellos -los combatientes- y sus familias, antes y ahora, que han terminado en la cárcel. ¿Con qué soñarán estos “civiles”? ¿Con que si “cambia la mano” llenemos las cárceles de ex guerrilleros y sigamos con la rueda de odio y venganza? Para mí no existe la “lesa humanidad”. Hubo una guerra. Las acciones están prescriptas para los unos y los otros. Respetémonos entre nosotros y con los otros logremos la concordia porque de otra manera esto será un “medio oriente” en que no hay forma de parar.

Mientras escribo estas líneas llegan más mensajes de uno y otro lado. Pero en algún punto tengo que parar este escrito que aunque tiene como fin la concordia a lo mejor suscite algún enojo.

Antes de ponerme a escribir me apliqué el lema de los comandos: Corresponde, me atrevo. Espero que los amigos me perdonen el medio cibernético. Vejez y enfermedades limitan mi participación en las luchas callejeras de las que tanto disfruté antaño.

jueves, 21 de mayo de 2009

EL ESPÍRITU, LA DROGA Y LAS CLASES SOCIALES

Queridos amigos:

Esta mañana, oyendo la Santa Misa por Canal 7, vi pasar unos "avisos" sobre el asunto droga. Estos avisos me suscitaron algunas reflexiones que volqué en una carta que le envié a los responsables del programa.

Se las hago llegar para compartir.

Un saludo muy afectuoso para todos en el Señor.

María Lilia Genta



Buenos Aires, 17 de mayo de 2009


A los responsables del programa dominical “La Santa Misa” que se transmite por Canal 7 que incluye, además de la Misa, el Angelus del Papa y mensajes pastorales

Me parecen loables todos los esfuerzos que se hagan para evitar que se despenalice el consumo de drogas y se persiga, en serio, el narcotráfico. Lo que no entiendo es que el mensaje -de parte de la Iglesia, algunos de cuyos sacerdotes de la Arquidiócesis de Buenos Aires han tenido, al respecto, una resonante intervención mediática- sea meramente sociológico y se dirija a una sola franja de la sociedad argentina estimulando cierto “clasismo”. Cual si la drogadicción infantoadolescente fuera tan sólo un problema “villero”. Tampoco entiendo que los curas, que se ocupan de tan loable tarea, se despojen, para ello, de la vestimenta de uso común entre los clérigos y se disfracen con equipos deportivos (mucho más caros que las modestas camisas con alzacuello) asumiendo, así, un “look” setentista, un tanto fuera de moda. De alguno de los curas villeros conozco el origen social y la formación católica tradicional de sus padres lo cual aumenta mi sorpresa.


En los avisos pastorales del programa que comento, las imágenes, no ya de los santos, ¡vade retro!, sino de quienes, en nuestro tiempo, de verdad se dedican a los pobres, sin cargas ideológicas ni modas teológicas, están por completo ausentes. Presente, sí, en cambio, la del Padre Carlos Mugica. Pero, a decir verdad, lo que suele omitirse en la biografía de este cura aristócrata (¿más o menos que el “Che”?), que nunca abandonó su departamento de Recoleta, es que al final de su vida se arrepintió (o, al menos se alarmó) de su compromiso tercermundista y montonero. Poco antes de su trágica muerte, acudió a la Casa de Ejercicios, a conversar con su antiguo maestro, el P. Julio Meinvielle. No sabemos el contenido de esa conversación. Lo único que trascendió fueron las palabras que pronunció al entrar y que escucharon algunos amigos que estaban visitando a Meinvielle, testigos directos que nos narraron el hecho. “Padre Julio -dijo más o menos, Mugica- escúcheme; sé que voy a morir y no quiero morir fuera de la Iglesia”. Los testigos de esta escena coinciden en que el tono de Mugica expresaba una gran angustia. Después, se retiraron él y Meinvielle a otra habitación y hablaron a solas. Nunca supimos, por supuesto, el contenido de ese diálogo. Poco después, Mugica fue asesinado. Haya sido la “Triple A” o “Montoneros”, es igual: murió víctima de la eterna interna peronista.


Pero volviendo al asunto de la droga, creo que el mensaje de la Iglesia no debiera estar tan sesgado sino, más bien, dirigirse a todas las clases sociales añadiendo, desde luego, la dimensión religiosa del problema que no es cosa de poca monta.


Resulta, al menos curioso, que un canal como C5N haya denunciado, hace poco, este flagelo que es la droga, mostrando chicos de escuelas privadas (¿rubios de ojos celestes?) y de escuelas públicas (¡de nivel primario!) drogándose, filmándose entre ellos y “subiendo” a Internet la escena. Un llamado de atención -laico- para padres y educadores de todas las clases sociales, no sólo “villeras”, desprovisto de ideologías. Este mensaje, dicho sea de paso, les viene muy bien no sólo a los padres y educadores permisivos, hijos de la educación del “prohibido prohibir”, sino, también, y sobre todo, sería bueno que estudiaran y observaran este tema los padres y educadores católicos que, quizás, tengan inclinación a creer que los buenos ejemplos hogareños y los excelentes contenidos educativos sean antídotos suficientes para preservar a hijos y educandos de todo mal. A veces parece que olvidamos que todos nacemos con pecado original y que cualquiera, llevado por la curiosidad y el ambiente social negativo, puede internarse por caminos difíciles de desandar. Nunca pensemos, como decía Castellani, que “nosotros somos los buenos, nosotros ni más ni menos, los otros son unos potros comparados con nosotros”. Personalmente, agradezco a mis padres y a quienes me educaron, que no me hayan hecho nunca creer que nací sin pecado original. Tampoco fueron negativos ni pesimistas: simplemente me educaron y tuvieron esperanza en que triunfara en mí el bien. ¿Habré correspondido a sus esperanzas?


Para terminar: quisiera escuchar a los prelados y a los sacerdotes hablar desde la Fe y no desde la sociología. Como lo hace, por ejemplo, desde su programa televisivo, el Arzobispo platense, Monseñor Aguer.


María Lilia Genta

lunes, 26 de enero de 2009

La Tablada y sus héroes - Ayer y hoy, por María Lilia Genta




Por María Lilia Genta


En la foto: La detención de Enrique Gorriarán Merlo tras el copamiento del Regimiento de La Tablada (izq). A la derecha, María Lilia Genta.

Hay hechos sobre los que podemos escribir con distancia y absoluta objetividad. Aquellos que no fueron protagonizados por amigos nuestros o amigos de nuestros hijos. O, también, por otros que hemos conocido después de los acontecimientos aprendiendo a quererlos y a admirarlos por sus dichos y sus obras.
En el caso del combate de La Tablada es casi imposible que, aún después de veinte años, los afectos no nos sacudan fuertemente.
El Capitán Horacio Fernández Cutiellos y el Mayor Médico Mario Caponnetto (mi esposo) revistaron al mismo tiempo en el Colegio Militar de la Nación. Allí trabaron una profunda amistad. Tenían una perfecta comunión en lo religioso, en el amor a la Patria y en los valores en que debían ser formados los Cadetes. Por pedido de Fernández Cutiellos, Jefe de la Tercera Compañía de Infantería -respetadísimo y amado por sus Cadetes- mi esposo colaboró en la formación humanística de esos Cadetes. A Horacio no se le ocurrió pedirle la colaboración habitual que se les hacía a los médicos, las clases de “higiene”. Se le ocurrió que lo ayudara a formar las cabezas de esos jóvenes en aquellos principios que los harían mejores oficiales. Mi esposo admiraba a Horacio. No sólo por constatar día a día sus virtudes como Jefe y verlo templar el espíritu militar de sus subordinados, sino además por su cultura y su formación humanística que excedía, por lejos, la del promedio común de la oficialidad.
Quien conoce la vida de relación entre los militares y sus familias (por lo menos en aquella época) sabe que ni pases ni distancias geográficas disminuyen estas profundas ligazones. Después de años te vuelves a encontrar y todo continúa como antes.
Cuando Horacio regresa de la Patagonia, trasladado fuera de tiempo, con todos los inconvenientes, entre ellos la separación de la familia, que provoca un traslado extemporáneo, como cuenta su esposa Liliana en la nota del diario Perfil, se va a vivir al casino del Cuartel. Mis hijos solían frecuentar la pileta y el casino del Regimiento 3 porque allí estaba destinado un amigo de ellos, el Teniente Ganora (fallecido hace unos años a temprana edad). Lo hacían con una amiga de mi hija… que terminó casándose con Ganora.
El “Pepe” Ganora, conociendo la amistad de su segundo jefe con mi esposo, se los presenta a Horacio: “son los hijos de Lis y Mario”. Con su habitual caballerosidad Horacio los invita a todos a tomar una cerveza y le manda por ellos un mensaje a mi marido: “díganle a Mario que necesito hablar con él en estos días”. Pasó algo más. A la semana siguiente, el domingo anterior al ataque, Horacio asistió a Misa en la iglesia del Carmelo de la calle Amenabar, donde por casualidad no habíamos concurrido ese día (celebraba el padre Gustavo Podestá a quien muchos de nosotros, incluyendo a los Fernández Cutiellos, seguimos durante años). Estaban sí, dos sobrinos de Mario que nos cuentan, como otros testigos, que tuvieron que esperar mucho a Horacio para saludarlo porque ese día éste se había quedado largamente en oración después de la Misa. Cuando al fin pudieron saludarlo, Horacio les dijo: “díganle a Mario que necesito hablar con él”. Mi esposo comenzaba su licencia al día siguiente y se había propuesto ir a visitarlo durante esa misma semana. Pero ese lunes 23 de enero, los hechos cambiaron todas las previsiones. La entrevista entre los dos amigos fue muy distinta. En efecto, mi esposo, aunque de licencia, se presentó espontáneamente al Hospital Militar Central donde estaba destinado. Estando en la sala de Guardia anunciaron que había llegado un cadáver no identificado pero que se presumía podía ser el segundo Jefe. Mi esposo era el único de los médicos presentes que lo conocía. Y así le tocó reconocer a su amigo. Nunca supo de qué quería hablar Horacio con él. Pero le habló sin palabras desde la camilla en la que yacía, muerto de la manera gloriosa que corresponde a un soldado: en defensa de su Patria y su Cuartel.

Pero si de palabras se trata nos quedaron a todos las que pronunció por teléfono a sus jefes al comenzar el ataque por la mañana: “Yo voy a morir defendiendo el Cuartel. Ustedes vengan a recuperarlo”. Esas fueron las palabras del soldado. Pero también nos quedaron las palabras del padre en esa magnífica carta que estaba escribiendo a sus hijos y que quedó inconclusa.

A pesar de la terrible experiencia en la sala de Guardia y del conocimiento de estas últimas palabras recogidas de Horacio, mi esposo no pudo superar la pena de no haber tenido esa última conversación que él le pidiera mantener.
Mis hijos eran pequeños cuando el asesinato de su abuelo, pero al combate de La Tablada lo entendieron y lo sufrieron como nosotros.
Pasaron algunos años. Luchando en los mismos frentes por la recuperación de la verdadera historia, comenzamos a tratar al Teniente Coronel Emilio Nani, que dejara su ojo en la reconquista de La Tablada. Todavía escucho tronar sus palabras un 23 de enero en la puerta de La Recoleta, denunciando en su estilo -tan militar, aunque ese día no hablara en su condición de militar sino de político- a todos los funcionarios miembros de las organizaciones de la guerrilla marxista que integraban e integran el gobierno de los K. Creo que fue la primera vez que se denunció públicamente.

Por los recuerdos y las relaciones actuales que nos unen a los héroes y a sus familias, evoqué el otro día al verla por televisión, el bellísimo perfil de Liliana en la tapa de la revista Gente, en 1989, y me conmovió escuchar al hijo de Horacio. Es notable encontrar en Liliana, antes y ahora, la expresión de dolor contenido, como corresponde a la mujer de un soldado… que ahora dice todo sin pelos en la lengua.
Aunque reconozco que debe recalcarse, para que “Doña Rosa” entienda la mentira oficial de los “niños buenos” que se oponían a las dictaduras, para mí no representa ninguna diferencia que los ataques hayan ocurrido en “democracia”. Bandas armadas, preparadas en el exterior, que ataquen un Cuartel de las Fuerzas Armadas o una Comisaría de las Fuerzas de Seguridad, son igualmente asesinas, apátridas y deleznables, lo hagan en democracia o en dictadura.